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viernes, 27 de febrero de 2015

La tribu

Ya he tenido suficiente,
necesito alguien que comprenda
que estoy sola en medio de un montón de gente
Qué puedo hacer

Quiero vivir, quiero gritar,
quiero sentir el universo sobre mí
Quiero correr en libertad,
quiero llorar de felicidad
Quiero vivir, quiero sentir el universo sobre mí
Como un naufrago en el mar, quiero encontrar mi sitio
Sólo encontrar mi sitio
 


 
 
Estas palabras pertenecen a la canción de Amaral titulada El universo sobre mí, y explican perfectamente cómo me sentí muchas veces cuando me convertí en madre. Sola en medio de un montón de gente, nadando contracorriente, diciéndome a mí misma viendo lo que se considera normal, me alegro de ser rara, pero al mismo tiempo sufriendo la gélida caricia de la incomprensión.
Creo que hoy en día el hecho de tener un hijo parece dar vía libre a las opiniones no solicitadas: recuerdo todas aquellas visitas congregadas alrededor de mi cama de hospital explicándome lo mal que lo estaba haciendo; esas charlas vacías con las mamás del parque, esas que tienen bebés que duermen solos desde temprana edad, se salen de todas las curvas de los percentiles, dejan el pañal con 18 meses sin un solo escape y nunca jamás tienen una rabieta, reflejo de la excelente educación que les brindan sus padres; esas críticas bienintencionadas y con intención de ayudar de amigos y familiares, que se consideran con derecho a aleccionar por el simple hecho de haber tenido más hijos, o haberlos tenido hace unas cuantas décadas, o que sin haberlos tenido siquiera piensan que es su deber imponerte su punto de vista basado en "lo que siempre se ha hecho"; esas dudas que corroen, ¿será normal? ¿lo estaré haciendo bien?, dudas que no me atrevía a preguntar en la mayoría de los casos.
Ser madre supuso un antes y un después en mi vida, pero también me ayudó a darme cuenta de lo sola que estaba, solo éramos mi marido y yo, dos náufragos abrazados que intentaban ver más allá del horizonte.
Sé que no es totalmente cierto, pero en esos primeros tiempos sentía que no tenía a nadie: mi madre había muerto, mis abuelas y mi tía también, la familia política no compartía mi visión de la maternidad, mis amigas sin hijos iban a otro rumbo y a mis amigas con hijos les notaba una pizca de cariñosa condescendencia.
Dos años más tarde, me encontraba desesperada por un supuesto problema de sueño de mi hijo; en realidad, no era un problema propiamente dicho: simplemente, el niño no dormía como se suponía que debía hacerlo, me decían que tenía el famoso "insomnio infantil por hábitos incorrectos" por mi culpa, y que tenía que "curarle" dejándole llorar.
Esa noche, me senté frente al ordenador y tecleé por primera vez las palabras que cambiaron mi vida: Dormir sin llorar. Así fue como encontré el foro, mientras dejaba escapar un suspiro de alivio al darme cuenta de que, al fin y al cabo, mi hijo era perfectamente normal.
Tras un tiempo prudencial leyendo en la sombra, decidí publicar tímidamente mi primera consulta. Unas horas más tarde, recibí una respuesta. Para ser sincera, no recuerdo exactamente qué me dijo, porque lo que realmente me llegó iba más allá de las palabras: una persona que no me conocía de nada había dedicado unos minutos de su valioso tiempo a escribirme unas líneas con el único objetivo de hacer que me sintiera mejor. Había tendido un puente entre su mundo y el mío, me había ofrecido una mano amiga a la cual agarrarme para dar el salto a una nueva dimensión.
Esa es la esencia de los foros, las webs, las redes sociales, los grupos de whatsapp. Una tribu virtual, a menudo desperdigada a lo largo y a lo ancho del globo, personas que en ocasiones están a miles de kilómetros de distancia y a las que notamos más cercana que el vecino de abajo. El anonimato de los nicks, la pantalla que sirve de barrera a menudo hacen que nos abramos más, y acabemos contando a una mamá desconocida lo que no nos atrevemos a compartir con la cuñada.
Hemos perdido el espíritu de la tribu, nos pasamos la vida compitiendo y hemos olvidado lo que significa cooperar, estamos demasiado ocupados para pararnos a escuchar, para dar un simple abrazo a quien lo necesita. Vivimos enlatados, al lado de vecinos de los que no sabemos nada excepto unas pocas frases captadas a través de la pared. Nuestros niños son solo nuestros, de unos padres que en ocasiones tienen que hacer malabares para poder dedicarles el tiempo que se merecen y compatibilizarlo con el trabajo y con un sinfín de obligaciones. Ya no son de todos como antaño; no me refiero a esa nostalgia rancia y retrógrada de quien añora los tiempos en los que se podía dar un coscorrón al niño del vecino sin que te denunciaran por maltrato infantil, sino al sentimiento de responsabilidad colectiva, a la obligación moral de no permitir que un niño se extravíe, a no mirar hacia otro lado si se pone a jugar con una botella de cristal.
Ese espíritu lo estamos recuperando, está a un clic de ratón de distancia. Puedo exponer algo que me preocupa y en algún momento alguien al otro lado encontrará unas palabras para mí; puedo intentar ayudar a mi vez a alguien que lo necesita. Pero me gustaría tener a mi tribu cerca, lo bastante cerca para poder dar y recibir achuchones en los momentos de bajón, para preguntarles por sus revisiones médicas y las tutorías en el colegio sin tener que tirar de nuevas tecnologías; en Dormir sin llorar solíamos bromear con comprar una isla polinesia como hizo Marlon Brando y montar allí una comuna de crianza con apego. Si algún día se tercia, contad conmigo.
Para terminar, un abrazo enorme a todas las personas que forman parte de mi tribu: no os voy a nombrar porque no quiero cometer el imperdonable error de olvidarme de alguien, pero sabéis quiénes soy. Gracias a vuestro apoyo, ya no me siento sola en medio de un montón de gente.

martes, 22 de julio de 2014

Envidia o compasión

Hace unos días tuve ocasión de ver un documental en YouTube que no me ha dejado indiferente. Se titula Amish: a secret life, y es un reportaje de aproximadamente una hora de duración acerca de la vida de una familia perteneciente a dicho grupo religioso. Adjunto el enlace al video por si a alguien le interesa verlo (lo lamento profundamente, pero no he conseguido encontrar una versión traducida y ni siquiera con subtítulos).
Para quien no quiera verlo, el documental analiza, a lo largo de varios meses, la vida diaria de una familia Amish compuesta por los padres y cuatro hijos (el quinto nace al final), además de recoger las opiniones de los padres, David y Miriam Lapp, acerca de su religión y del mundo que les rodea.
Vaya por delante que conocía muy poco acerca de los Amish, más o menos lo que vi en la película Witness, y tengo que admitir que después de ver el documental me siguen quedando muchas incógnitas. Sin embargo, me ha transmitido una serie de ideas, buenas y malas, que no consigo quitarme de la cabeza.
Me ha parecido curiosa la ingenuidad de David a la hora de responder a preguntas sobre planificación familiar (creo que no le acababa de quedar claro el concepto de buscar un bebé), incómoda la tranquilidad con la que Miriam acepta su rol de mujer sumisa y relegada al hogar, estridente el contraste entre los mensajes de paz y amor que pretenden transmitir y la escopeta que el niño mayor traslada a la nueva casa en ocasión de la mudanza.
Sobre todo, me ha parecido inaceptable la respuesta de Miriam cuando le preguntan por su postura acerca de la disciplina: contesta que según los preceptos bíblicos hay que recurrir a la vara y que ha podido observar muy buenos resultados; a continuación, aclara no haberla utilizado al disponer de su propia versión casera, una cuchara de palo en la que ha dibujado una sonrisa y a la que llama Smiley. Se la enseña a su hijo pequeño quien se apresura a agarrarse a su pierna pidiendo que no le pegue.
Dicho esto, la vida de esta familia está llena de detalles que me enternecen: los padres muestran en todo momento una actitud cariñosa y comprensiva hacia sus hijos (supongo que será cuando no los estén aterrorizando con el siniestro Smiley), disfrutan sinceramente del tiempo que pasan en familia, se les ve alegres y felices, conectados entre ellos, convencidos de ser ellos mismos y de su forma de vida.
Desde luego, si tuviera que vivir como ellos, me volvería loca al cabo de unos días. Pasar el resto de mi vida sin nevera o fregaplatos, no poder navegar por internet en los ratos libres, tener que coser mi propia ropa y renunciar a cualquier comodidad moderna para vivir como lo hacían sus fundadores hacia tres siglos se me haría insoportable. Además, no me considero una persona religiosa, las misas y demás servicios religiosos me aburren y cuando necesito respuestas tiendo a buscarlas en Google antes que en la Biblia.
Pero si intento ir más allá de las apariencias, tengo que admitir que he encontrado más aspectos positivos que negativos, y que probablemente son más las cosas que me unen a ellos que las que me separan. Miriam acuna a su hijo pequeño y le canta canciones, igual que he hecho yo con los míos: ella canta himnos religiosos y yo las canciones de mi infancia, pero la idea de fondo es la misma; sus niños ayudan con los preparativos cuando la congregación se reúne en su casa para rezar y los míos lo hacen cuando tenemos invitados a comer; ayudan a sus padres a recoger los huevos del gallinero y los míos colaboran a la hora de poner la lavadora; la niña se agarra a la pierna de su padre y él finge hacer un gran esfuerzo para caminar así, igual que mi marido viene haciendo desde hace años, sus respectivas sonrisas al llegar a casa de trabajar y ver a sus hijos son idénticas.
Lo que más envidia me da de esa familia es que se sienten parte de una comunidad, tienen a su alrededor a un grupo de personas que piensan y actúan de forma parecida. Es un detalle que me ha dejado un regusto amargo y me ha hecho entender hasta qué punto me siento sola a veces.
Echo en falta a una tribu, es algo que experimenté brevemente en ocasión de mi viaje a Italia, pero ha sido tan breve que casi parece un espejismo. Mis niños juegan alegres y despreocupados, corren descalzos igual que los de ellos, pero lo hacen en un pasillo, no en una granja rodeados de animales. No hay vecinos amables que les recuerden que no pueden alejarse solos, no pueden salir a una calle de cuatro carriles para jugar entre el tráfico.
Sobre todo, no hay tribu, no hay congregación, no hay grupo de personas remando en la misma dirección. Tenemos familia, y amigos, pero no somos parte de ninguna comunidad que nos ayude, apoye y aconseje: tenemos la suerte de vernos rodeados de personas que nos quieren, pero cada uno persigue sus propias quimeras, y a veces siento el dolor punzante de sentirme incomprendida, de no ser de ninguna parte, de tener que librar mis batallas en soledad porque mucha gente ni siquiera comprende mi necesidad de luchar.
No hay multitud de fieles que se reúnen en casa de uno o de otro, por turnos; a veces nos vemos con una familia, o dos, pero no siempre, porque tenemos que hacer hueco para todo el mundo y los planes no siempre salen como uno quiere.
Tengo a mi tribu virtual, mis amigas que me sostienen cuando flaqueo, que piensan igual que yo en muchos aspectos, con las que puedo hablar sin tapujos, pero a veces una conexión virtual no reemplaza un día en el zoo con los niños o un café entre risas viéndonos las caras.
Aquí no hay feligreses que entretengan a los niños cantando I'm in the Lord's army, están los que opinan que los niños deberían convertirse en muebles y no molestar, los que los dejan a su aire aunque destrocen la casa, los que se sienten en la obligación de decirles a los demás lo que tienen que hacer en vez de actuar ellos mismos, los que piensan de forma parecida y los que tienen unas ideas totalmente incompatibles con las mías. Somos partículas que se buscan, se encuentran, a veces se atraen y a veces se repelen pero nunca consiguen unirse para dar vida a algo nuevo.
Si habéis leído hasta aquí, os pido que no nos limitéis a leer. No suelo hacerlo, pero en esta ocasión me gustaría pediros que me dejarais vuestra opinión y empezar un debate. ¿Tenéis tribu? ¿Os sentís parte de un grupo? ¿Son paranoias mías o realmente la vida moderna nos hace muy, muy solos?
Estoy harta de pensar en la familia Amish y no saber si debería sentir envidia o compasión.


lunes, 3 de junio de 2013

Gotas de amor

Mi amiga Mon está empezando una recopilación de relatos sobre lactancia para su blog, y me ha pedido que participe.
En el pasado escribí largo y tendido sobre mi lactancia, el fracaso con mi hijo mayor, los comienzos duros con mi hija, la relactación, la victoria final (victoria con todas las letras, porque así la siento), así que pensé que estaba todo dicho, pero me equivocaba: todavía quedaba por relatar el día a día, la calma después de la tormenta, el triunfo después de las adversidades. Ad astra per aspera, hasta las estrellas a través de las dificultades: es una frase que me ha reconfortado en muchas etapas de mi vida, hasta convertirse en parte de mí. La llevo tatuada, en el cuerpo y en el alma.

Gotas de amor


Es una noche cualquiera. Tumbada en la cama con mi hija acurrucada contra mi pecho, disfruto por un instante de este momento de paz interior. Está profundamente dormida, hace rato que ha dejado de mamar, pero descansa con la cabeza apoyada en su teti, como suele llamarla, con una manita sujeta a mi escote.

Este instante, tan cotidiano y al mismo tiempo tan especial, forma parte de nuestras vidas desde hace mucho tiempo; sin embargo, si echo la vista atrás recuerdo que hubo un tiempo en el que me habría parecido imposible llegar hasta aquí.

Nuestros comienzos fueron muy duros, empezamos con lactancia diferida, luego mixta, sin parar de peregrinar por consultas de especialistas y grupos de apoyo de vario tipo en búsqueda de una ayuda, una solución.

Hay lactancias que son un camino de rosas, y otras que requieren subir a la cima de una montaña. Hubo una época en que me pregunté qué había hecho para ser castigada con la segunda, pero eso fue hace mucho tiempo: he llegado a la cima de la montaña, pero sobre todo he llegado a quererla, porque es mi montaña, me estuvo esperando durante todo este tiempo aunque no lo supiera, y quizás, si no hubiera tenido que subir, hoy en día no disfrutaría tanto del paisaje.

Ya no hay reivindicación, ni rabia, ya no discuto con nadie que ponga en tela de juicio mi decisión de amamantar ni me torturo por lo que fue o lo que habría podido ser. Ahora sé que mi cuerpo está capacitado para alimentar a mi hija, que mis tetas son perfectas, a pesar de las estrías, porque de ellas brotan gotas de amor.

Cada toma es un momento íntimo, mágico, especial: intercambiamos miradas que expresan lo que las palabras no alcanzan a decir, mientras disfrutamos de la cima de nuestra montaña, del camino que hemos recorrido y del que nos queda por recorrer.
Nada dura para siempre, y algún día ella decidirá ponerle fin; entonces bajaremos de la montaña y al echar la vista atrás intentaré retener las lágrimas mientras la grabo a fuego en mi corazón.

viernes, 12 de abril de 2013

Adiós, Pirata Tuerto

A lo mejor no es definitivo, pero de momento lo parece: desde hace varias noches, mi hijo no me pide que le cuente un cuento antes de dormir. Ahora le doy un beso y se queda en su habitación mientras yo voy a dormir a su hermana; con solo aguzar un poco el oído puedo saber lo que hace. Le oigo abrir cajones, sacar pinturas o juguetes con los que se entretiene un rato; oigo a su padre entrar a hablar con él, darle las buenas noches; más tarde un crujido de muelles me dice que se ha metido en la cama.
Mi hija está en una de esas etapas en la que se resiste al sueño todo lo que puede, con lo cual en ocasiones llego a tardar una hora. Cuando salgo de la habitación, la casa está a oscuras, en silencio excepto por la televisión que mi marido suele ver a esas horas.
Recorro el pasillo intentando no hacer ruido y me paro un momento a contemplarle mientras duerme. Le aparto el pelo de la cara, le doy un beso, si se ha destapado vuelvo a subir el edredón.
Ha pasado otra etapa, en realidad él lo ha querido así, entiende que su hermana tarda mucho en dormirse, que en ocasiones no quiere quedarse sola y es misión imposible contarle un cuento con tranquilidad, quizás también se siente mayor para esos cuentos inventados noche tras noche, siempre distintos y en el fondo muy parecidos.
Al igual que con anterioridad me despedí de la ciudad de los conejos, del fantasma cantarín y de la ranita traviesa, ha llegado la hora de decirle adiós al Pirata Tuerto. En realidad es un Playmobil, comprado hace dos años en una tienda de Sepúlveda en ocasión de un viaje de Semana Santa, y se convirtió inmediatamente en uno de sus juguetes favoritos; en lo que a cuentos se refiere, después de dos años ha sido el personaje más longevo que ha protagonizado nuestro final del día.
Ya no hay más cuentos, ya no me acurruco junto a él respirando el olor de su pelo mientras me invento historias siempre nuevas. Ya es mayor y parece que no lo necesita.
Así que adiós Pirata Tuerto, y gracias por acompañarnos durante este tiempo. La historia del accidente en el que perdiste el ojo le hizo comprender la importancia de ir al médico cuando nos encontramos mal; tus viajes a países exóticos en busca de tesoros fabulosos llevaron la emoción hasta nuestra casa; tus aventuras junto al Pirata Espadachín me ayudaron a explicarle el valor de la amistad, y a hacerle entender que esta sigue adelante incluso a pesar de las peleas y las discusiones; tus bromas al Pirata Tontolaba añadían el toque de humor; la astucia con la que conseguías burlar a los malvados bandidos hablaba de la importancia de aprender a resolver conflictos sin necesidad de llegar al enfrentamiento físico; los deberes de lengua se hicieron menos pesados al descubrir que tenías que limpiar la cubierta del barco aunque no te gustara; los consejos del sabio Patapalo nos sacaron de apuros cuando me quedaba en blanco y no sabía cómo continuar el cuento.
Sé que es una tontería, pero me despido de ti con lágrimas en los ojos, porque sé que no volverás, y un día pasarás a formar parte de esa cápsula del tiempo en la que almaceno cosas que hemos dejado atrás.
Si me lo permitís, tengo un consejo para los que tenéis niños que tardan literalmente horas en dormirse: como dice mi amiga Mon, todo pasa y todo llega. No desesperéis, disfrutad del momento, porque cuando una etapa termina, no vuelve, y es posible que tengáis que despedir a vuestro Pirata Tuerto particular antes de lo que pensáis.
Gracias por todo Pirata Tuerto, sigue surcando los siete mares a bordo de tu galeón. Nunca te olvidaré, ni olvidaré los ratos que pasé junto a mi niño mientras le hablaba de ti.
Hasta siempre.

lunes, 4 de marzo de 2013

Ya no tengo bebé


Eso es lo que pienso a menudo cuando miro a mi hija. La observo con la acostumbrada mezcla de orgullo y nostalgia mientras tomo nota de los cambios, sutiles pero imparables, que voy percibiendo en ella.
Todavía no habla mucho (es bilingüe y sé que va a tardar en soltarse; aunque el tema daría para otra entrada), pero casi a diario noto que va incorporando nuevas palabras y nuevas expresiones a su vocabulario.
Ya no juega como un bebé, no se conforma con coger algo y botarlo contra el suelo a ver qué pasa, ahora hace juego simbólico de verdad, coge un muñeco o peluche y lo sienta en la silla, le intenta dar de comer o me lo trae para que le dé teta; si juega con una casa o castillo abre puertas y ventanas y hace pasar a los personajes de un lado a otro.
En septiembre, poco antes de cumplir 3 años, empezará el colegio: pocas horas, compatibles con mi vuelta al trabajo y reducción de jornada, en el mismo centro que su hermano; pero con todo, significará hacerla abandonar la cálida burbuja en la que ambas estamos envueltas desde su nacimiento.
Cuando pienso en esto siento la peligrosa tentación de negar la realidad, de decirme a mí misma que sigo teniendo un bebé, que todavía me necesita mucho y depende mucho de mí: es cierto, pero poco a poco está empezando a recortarse su espacio, su pequeña parcela de autonomía.
Hubo un tiempo en que me picó el gusanillo de tener un tercero; para ser sincera, a veces todavía sueño con revivir por última vez la magia del embarazo, con atreverme a parir en casa o por lo menos planteármelo seriamente. Pero a todos los sueños les sigue el despertar, y me tengo que recordar a mí misma que mi marido no está por la labor, ya empezamos a tener una edad y sobre todo, volver a disfrutar de una excedencia tan larga sería impensable por motivos económicos.
Además, ya no tengo bebé pero en su lugar hay una señorita graciosa y simpática, que nos hace reír con sus ocurrencias y sus travesuras, con un espíritu artístico insuperable (las paredes de mi casa dan fe de ello), increíblemente asertiva a la hora de reclamar lo que considera que le corresponde por derecho pero al mismo tiempo dulce y tierna.
El que fue mi primer bebé ya es un chicarrón, casi preadolescente en algunos aspectos, rebelde en ocasiones pero bueno, noble y maduro; a veces se pasa el día con el no en la boca pero al mismo tiempo demuestra, con nosotros y con su hermana, una sensibilidad fuera de lo común.
Cada etapa es igual de maravillosa y merecedora de ser vivida que la anterior, pero hay veces que no puedo evitar echar la vista atrás y sentir un regusto amargo ante una época que se ha ido para siempre.
En un intento de congelar el tiempo, de retener conmigo para siempre aquellos recuerdos que no quiero que se escapen, desde su nacimiento voy anotando todos sus avances y mis pensamientos. Por ahora es un documento de Word, una recopilación de datos, fotos, relatos y pensamientos, pero cuando cumplan 18 años lo maquetaré, encuadernaré y convertiré en un libro; se lo regalaré como testimonio de nuestra vida y nuestra felicidad, para celebrar el lazo que nos une desde que oyeron latir mi corazón desde el interior.

miércoles, 2 de enero de 2013

Nochevieja, siete años o una vida entera




New Year 2013, de Mr. Lightman
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Técnicamente, ya ha pasado la Nochevieja.
Este año, he conseguido felicitar el año nuevo a todas las personas que conozco, en los foros en los que participo y mantener la sonrisa a lo largo del día. Es posible que para buena parte de la humanidad no sea nada digno de mención, pero me siento bastante orgullosa de haberlo conseguido.
Para que podáis entenderlo del todo, quizás sea preciso que me acompañéis en un recorrido por el sendero de mi memoria.
Desde que tengo uso de razón y hasta hace siete años, la Nochevieja fue mi festividad favorita. Me encantaba la llegada del año nuevo, la intriga por lo que me depararía el futuro, el misterio de lo que me esperaba los 365 días siguientes y que iría desvelando poco a poco. Sobre todo, adoraba las fiestas de fin de año.
Cuando era niña, solíamos pasar la Nochevieja en casa de unos amigos de mis padres que organizaban fiestas a las que acudían varias familias, la mayoría con niños de mi edad. Todavía recuerdo la emoción que nos embargaba a todos los niños, la ilusión con la que jugábamos a juegos simplones y aún así divertidísimos, las risas, el cosquilleo en la nariz provocado por las burbujas del champán, lo mayores que nos sentíamos al tomar un sorbo de una bebida alcohólica y al acostarnos tan tarde. Luego venían las campanadas, la medianoche, los abrazos, la alegría, la regeneración y la promesa de un nuevo año.
Mi infancia quedó definitivamente atrás en ocasión de una de esas fiestas de Nochevieja, cuando un chico que me gustaba me dio mi primer beso, un auténtico beso de película, debajo del muérdago porque traía suerte, a escasos metros del lugar en que nuestros respectivos padres charlaban y bromeaban. Esa Nochevieja dejé atrás mi cáscara de niña patosa y vislumbré por un momento la inalcanzable mujer en la que quería convertirme.
Después vino la adolescencia y se acabaron las fiestas con los amigos de mis padres, porque empecé a ir a las mías propias. Llegaron las risas con las amigas, los coqueteos con el alcohol, las minifaldas que subíamos hasta niveles escandalosos al llegar a la vuelta de la esquina mientras nos mirábamos de reojo en los escaparates, los ligoteos que decíamos eran señal de buena suerte para el resto del año.
La primera vez que vi a mi marido también fue en Nochevieja; no nos presentaron oficialmente hasta unas semanas más tarde, pero nuestras miradas se cruzaron por primera vez en una fiesta de fin de año. Años más tarde, ya casados y hartos de fiestas, en otra Nochevieja nos decidimos a buscar un bebé.
Hace siete años, la Nochevieja trajo un amanecer de sueños rotos, la muerte de mi madre, el 1 de enero de 2006, cerca de las 04:00 de la mañana. El destino quiso arrebatarme toda la alegría por el cambio de año para equilibrar la balanza, después de tantos años de Nocheviejas felices. Aquel día, me prometí a mí misma que jamás volvería a celebrar el fin de año.
A partir de entonces, el 1 de enero se convirtió en un día sombrío, un día en el que me ocultaba en la cocina para llorar a escondidas, una fecha en la que intentaba rehuir de cualquier contacto humano, deseando únicamente que llegara la noche para poder meterme en la cama y que se acabara el constante recordatorio de la pérdida de una persona que tanto ha significado para mí.
Sin embargo, este fin de año ha sido distinto. El recuerdo de mi madre me ha acompañado, he añorado sus abrazos y la he echado de menos como siempre, pero por algún motivo entendí que no tiene sentido seguir sepultándome en vida durante el aniversario de su muerte. De algún modo supe que tenía derecho a ser feliz incluso este día del año sin sentirme culpable ni tener la sensación de empañar la memoria de mi madre por ello: no he superado el dolor, pero he conseguido atravesarlo y he reunido la fortaleza suficiente para poder convivir con él.
Después de muchos años, me decidí a organizar una auténtica cena de Nochevieja: cena familiar, solo nosotros y mi padre, pero aún así una cena especial, cuidadosamente planeada y trabajada.
Me disponía a compartir las campanadas con mi familia por primera vez en años, pero a mis niños les pudo el cansancio: el mayor llevaba en danza desde las 07:00 de la mañana (el año que viene tengo que convencerle a que duerma algo de siesta) y la peque me pidió ir a dormir cuando faltaba media hora para la medianoche.
Me metí en la cama con los dos, y mientras mi hija mamaba y me inventaba un cuento para su hermano me invadió una sensación de paz interior que no había experimentado en años. En aquel momento entendí que la vida sigue, y me reconcilié con la Nochevieja. Sigue siendo el aniversario de la muerte de mi madre, pero también de muchos recuerdos felices.
A lo lejos, se oían las campanadas retransmitidas por alguna televisión, las risas de la gente y los fuegos artificiales. Arropada por mis niños, me permití el lujo de volver a ser feliz en fin de año.
Cuando se durmieron, salí de la habitación y compartí unas cuantas horas con mi marido, hablando hasta las tantas y disfrutando de su compañía. El destino me ha quitado mucho pero me ha dado mucho más.
Por la mañana, cuando me desperté tenía claro que era el aniversario de la muerte de mi madre; pero también fue el día en que mi marido me llevó el desayuno a la cama, me dio un abrazo cuando me vio flaquear, preparó un guiso de carne con arroz sabiendo que me gusta mucho y se mantuvo a mi lado a lo largo de todo el día; fue el día en que mis hijos me despertaron con un beso y un abrazo; mi hijo me enseñó la nave espacial de Lego que acababa de construir, me puso al día del resultado de su último experimento de congelación (últimamente le ha dado por meter en el congelador las cosas más variadas a lo largo de la noche para ver qué pasa), le ayudé con los deberes de matemáticas y a pasar el nivel 58 de Cradle of Persia, jugué al fútbol con mi hija y bailamos juntas unas canciones del Cantajuego; esta noche, mientras le contaba a mi niño el cuento antes de dormir, me dijo que se siente muy afortunado por tenerme de mamá.
Ha sido un buyen día, después de todo.
Creo que el año que viene celebraré la Nochevieja como se merece. Sentir añoranza por mi madre y por todos los que ya no están no debe impedirme disfrutar con los que siguen a mi lado y se esfuerzan a diario por hacer que mi vida merezca la pena.
Puede que haya perdido siete años, pero me queda una vida entera.
Feliz 2013, y que todos vuestros sueños se hagan realidad.


martes, 6 de noviembre de 2012

Dormir sin llorar

Hoy al mediodía, el programa Nens de la emisora Tarragona Radio ha ofrecido una entrevista a Rafi López, fundadora y administradora del foro Dormir sin llorar; la entrevista se puede escuchar a través de este enlace.
Hace cuatro años y medio que conozco el foro de Dormir sin llorar, y si tuviera que resumirlo en pocas palabras, diría que me ha cambiado la vida. Lo descubrí por casualidad, por aquel entonces necesitaba respuestas, estaba desesperada por saber si era cierto que mi hijo, que entonces tenía dos años, se resistía tanto a dormir por mi culpa, porque no le había dejado llorar y le estaba malcriando, y en el foro no solo las encontré, sino que pude comprobar que "lo mío" no era tan raro como pensaba.
Al principio, me limitaba a leer, hasta que conseguí reunir el valor necesario para publicar tímidamente mi primera consulta; me sentí acompañada y arropada, así que empecé a escribir con mayor asiduidad.
Confieso que me costó bastante atreverme a dar consejos, porque me daba apuro hacerlo siendo novata; con el tiempo, aprendí que todas las aportaciones son de agradecer.
Yo soy tan solo una de los más de 14.000 usuarios que han pasado por el foro; me atrevo a decir que prácticamente todas (hablo en femenino, pues somos mayoría de mamás) hemos entrado para lo mismo, para buscar la solución a un problema de sueño, real o supuesto, de nuestros retoños. Algunas se marchan al poco tiempo, puede que porque nuestra filosofía no encaja con su forma de pensar, o porque una vez solucionado o encarrilado el problema que las ha llevado hasta el foro deciden seguir con su vida; otras vuelven periódicamente, y cada vez que lo hacen es como volver a abrazar a una amiga de la que hacía tiempo que no sabíamos nada; también las hay que directamente no nos marchamos.
Un foro es como una casa con las puertas abiertas de par en par, cada cual es libre de entrar y salir como le plazca, de decidir si se encuentra cómodo, si le gusta la decoración y de elegir su sillón favorito. Sin quitarle ningún mérito a Rafi, el foro somos todas, las que llevamos miles de mensajes y las que apenas han escrito media docena, las que lo conocemos desde hace tiempo y las que acaban de llegar, las veteranas y las nuevas.
Allí tengo a mi tribu, unas amigas que en algunos casos viven a cientos de kilómetros y aún así siento más cercanas que algunas personas que tengo al lado. Mi tribu, que comparte conmigo las mismas preocupaciones sobre crianza, que me sostiene cuando flaqueo, me escucha cuando me desahogo, una tribu hecha de manos amigas dispuestas a acompañarme. Gracias a Dormir sin llorar, ya no me siento sola con mis ideas "locas".
Todo esto se lo debo (se lo debemos) a Rafi, porque sin tanta pasión, ilusión, entusiasmo, alegría, compromiso y entrega por su parte, DSLL no sería una realidad. Tengo la suerte de haberla conocido en persona, y puedo asegurar que es igual de encantadora que a nivel virtual.
Como dije antes, un foro no es estático, sino algo cambiante: la estructura puede ser fija, pero el tejido varía en función de las aportaciones que recibe. Últimamente, hemos propuesto crear un subforo de (pre)adolescencia para uso y disfrute de las que tenemos niños más mayorcitos. Sé que puede parecer absurdo que un foro de sueño infantil dedique un espacio a hablar de adolescentes, pero bien mirado, yo no lo veo así: como dice una amiga mía (parte de mi tribu) todo pasa y todo llega, y tarde o temprano dejaremos de preocuparnos por los desvelos nocturnos, las rabietas, el control de esfínteres o los deberes de primaria para enfrentarnos a nuevos retos. Algún día mis hijos irán al instituto, sufrirán por amor, querrán salir de noche, se pasarán el día escuchando una música que me parecerá horrorosa y siguiendo modas cuestionables, tendré que hablar con ellos de drogas, de anticonceptivos, negociar la hora de llegar a casa, dejarles tomar sus decisiones sin imponerles las mías a la vez que rezaré para que elijan el camino que yo considero correcto.
Pasaré por todo esto, pero no quiero hacerlo sola, necesito a mi tribu, que por aquel entonces tendrá hijos adolescentes igual que yo. Podemos hablar de piercings y de carreras universitarias a la vez que buscamos trucos para reducir los despertares de los bebés y explicamos qué es la angustia de separación.
Llamadme tonta, pero mientras escribo esto estoy llorando a lágrima viva, me duele en el alma la idea de marcharme de DSLL algún día para buscar mis respuestas en otros lares, y pienso que igual haciendo un poco de reforma podemos ampliar la casa y evitar así que nadie tenga que irse a otra más grande.
Hasta que descubrí a Dormir sin llorar me sentía insegura, incapaz y llena de miedos, debatiéndome eternamente entre lo que me pedía el instinto y el miedo a malcriar. El foro ha sido mi metamorfosis, mi catarsis; igual pido lo imposible, pero me cambió, y me gustaría que siguiera cambiando conmigo. El tiempo lo dirá.

A Rafi, si me lees: GRACIAS POR HABERLO HECHO POSIBLE.

lunes, 22 de octubre de 2012

Cadenas

Imagen: 3D chain breaking, de David Castillo Dominici
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Antes de ser madre, yo era de las que decían que dejaría al bebé con los abuelos para irme una semanita de viaje con mi marido de vez en cuando. Sumergida en la autocomplacencia, lo argumentaba diciendo que un hijo no me iba a cambiar la vida, pero las razones reales, esas que acechaban ocultas tras mi coraza, eran más profundas.

Mi madre recibió una crianza bastante machista: no tanto como podía haberlo sido, no tanto como la de muchas amigas y primas suyas, pero aún así la igualdad brillaba por su ausencia. Le dejaron claro desde el principio que ningún hombre tenía derecho a ponerle la mano encima, ni a considerarla inferior por el simple hecho de ser mujer, pero al mismo tiempo fue víctima de ese machismo sutil y no por ello menos dañino: le inculcaron la tácita aceptación de que ser esposa y madre iba a ser su único objetivo en la vida, le transmitieron un trasnochado sentido del deber según el cual su obligación iba a ser servir a los demás miembros de la familia, la animaron a renunciar a sus aficiones y a sus propios intereses para cumplir con sus obligaciones de esposa y madre de familia.
Para mí quiso otra cosa, pero desgraciadamente no supo hacer con su vida otra cosa que la que habían previsto para ella: realmente renunció a muchas cosas por mi padre y más adelante para mí. Renunció a trabajar fuera de casa, a tener aficiones y horizontes más allá de la familia.
A mí me lo contaba, me explicaba como se echó a llorar cuando se dio de baja del trabajo cuando estaba embarazada de mí, porque sabía que no iba a volver y cerraba definitivamente una etapa de su vida; me decía que había dejado de ir a conciertos de música clásica porque a mi padre no le gustaba o que le llegó un momento en el que renunció a tener más hijos porque yo daba mucho trabajo.
En los momentos buenos, todas estas historias significaban fíjate hasta dónde puede llegar el amor de una madre; pero en los momentos malos, se traducían más bien en mira a todo lo que he tenido que renunciar por tu culpa.
Años después, me di cuenta de que algunas de esas renuncias las había hecho a regañadientes, por presión social, por miedo al juicio ajeno, o simplemente porque era lo que se esperaba de ella. Creo que mi gen rebelde y contestador nació en ese momento, porque empecé a darme cuenta de que prefería equivocarme pensando con mi propia cabeza que acertar por hacer caso a los demás.
Decidí que el día que tuviera hijos no les cargaría jamás con el peso de una decisión que ellos no tomaron, y pensé que la forma más lógica de conseguirlo sería no renunciar a nada que me hiciera feliz. Me convertí en una acérrima defensora de la teoría del tiempo de calidad, convencida de que a mis futuros hijos les iba a beneficiar más verme menos tiempo, pero feliz y realizada, que tenerme todo el día en casa amargada y descontenta.
Mis teorías se fueron al traste en el mismo instante en que me pusieron en brazos por primera vez a mi hijo recién nacido: le miré, al principio con curiosidad, porque durante 9 meses había intentado imaginar qué aspecto tendría; pero luego la oxitocina y la emoción del momento hicieron el resto. Contemplé a mi bebé, lo mejor, lo más perfecto, quizás lo único bueno que había hecho en la vida hasta ese momento y entendí que con él y por él no habría renuncias: en ese momento empecé a quererle con cada fibra de mi ser, y simplemente supe que por él iría hasta el infinito y más allá.
Hasta la fecha, he sido fiel a mis principios: no he renunciado a nada a lo que no quisiera renunciar. He dejado de lado algunas aficiones y costumbres que tenía antes, pero ha sido totalmente voluntario; simplemente he cambiado, y por ejemplo ya no me apetece salir a bailar hasta las tantas, igual que en su día dejé mis juegos de niña porque ya había superado esa etapa.
Sigo siendo bastante impermeable a la presión social, de hecho no suelo hacer caso a los consejos no solicitados, sobre todo si están reñidos con mi instinto. Me da un poco igual lo que los demás consideren correctos y he llegado a la conclusión de que las únicas personas con derecho a juzgar mi manera de educar a mis hijos son ellos mismos.
Los viajes siguen siendo una asignatura pendiente. Me encanta conocer países lejanos, pasear por una playa de arena tan blanca y fina como la harina, disfrutar de un amanecer de colores aquí desconocidos; pero lo volveré a experimentar más adelante, porque mis niños todavía son pequeños para soportar tantas horas de avión.
Ya no queda ni rastro de mi propósito de irme a solas con mi marido: mi corazón no está encadenado, sino fusionado con el de ellos; no me he anulado como persona, al revés, he crecido, he evolucionado, he dejado de mirarme el ombligo, mi marido y mis hijos, mi pequeña tribu, me han descubierto el verdadero sentido de la vida.
Con ellos, por ellos y para ellos he conseguido romper las cadenas.

viernes, 6 de julio de 2012

El fin de una etapa

Llevo cerca de un mes queriendo escribir esta entrada, cerca de un mes rumiando y reflexionando sobre ella y varios días escribiéndola a trompicones por falta de tiempo.
El 22 de junio pasado, mi hijo mayor terminó el ciclo de Educación Infantil; una semana antes, asistí a su actuación de fin de curso y a su graduación.
De entrada, reconozco que no considero necesaria una ceremonia de graduación para niños tan pequeños, pero admito que cuando oí que le llamaban, le vi subir al escenario acompañado por la música de fondo, recibir su diploma y la enhorabuena de su profesora, no pude contener las lágrimas.
La ceremonia finalizó con un lanzamiento colectivo de babys, a falta de birretes, más música y baile, mientras yo asistia hipnotizada, derramando lágrimas saladas que no consiguieron aliviar esa mezcla de orgullo y tristeza que acompaña cada etapa que finaliza en lo que a mis hijos se refiere.
Estaba pensando en todo aquello cuando sobrevino el último día de colegio: por ser el último día, terminaron al mediodía; nos pidieron que les lleváramos con ropa playera, pues iban a celebrar la "fiesta del verano".
Ese día, durante todo el camino, no conseguí desprenderme de una extraña sensación de dejá-vu; por algún motivo, mi mente seguía reviviendo una y otra vez el primer día de colegio de mi niño, a la vez que me recordaba cuántas cosas habían pasado desde entonces, cuánto habíamos cambiado todos desde aquel primer día.
El día que mi niño inició su etapa escolar, recorría ese mismo camino cogido de mi mano, mientras no paraba de preguntarme a mí misma cómo iría todo. Los comentarios no solicitados que había tenido que escuchar durante tiempo revoloteaban a mi alrededor, como una molesta nube negra que no me abandonaba. Mi hijo no había ido a la guardería y esto, según algunos, era razón suficiente para que su adaptación al colegio fuera horrorosa; me perseguían relatos de niños que habían llorado durante meses y de profesoras que arrancaban a los pequeños de los brazos de sus madres.
En realidad, había pasado buena parte de ese verano intentando preparar psicológicamente a mi niño para el colegio. Juntos habíamos elegido su mochila, una mochila roja y negra de Rayo Mc Queen, la ropa que llevaría el primer día, habíamos jugado al colegio con muñecos y playmobils, le había explicado con la mayor objetividad posible en qué consistía el colegio, qué iba a hacer allí.
Aún así, durante el camino nos enfrascamos, los dos, en nuestros pensamientos. Mi niño entró contento, sin embargo, al ver llorar a muchos de sus compañeros, se asustó. Le había contado que algunos niños lloraban porque tenían miedo, pero mi explicación no le preparó para el impacto emocional de presenciarlo con sus propios ojos.
Me abrazó, nos abrazamos. Entré con él en clase, intenté ayudarle a que se familiarizara con el ambiente. Llegó su profesora y empezó a hablar con él, me pidió que me fuera, me explicó que tenía que confiar en ella, me prometió que no iba a dejarle llorar, que le consolaría y le cogería en brazos lo que hiciera falta.
Me fui de allí viendo como mi niño me seguía con la mirada, mientras unas silenciosas lágrimas acariciaban sus mejillas. Confieso que me fui de allí sintiéndome la peor madre del mundo.
Al abandonar el edificio, una especie de sexto sentido me dijo que todo iba bien, y si bien suelo tener cierta confianza en este tipo de cosas, al mismo tiempo necesitaba una confirmación.
Por la tarde, fui a recogerle con el corazón en un puño, mientras barajaba mentalmente todas las posibilidades así como las posibles soluciones.
Salió contento, me explicó que al principio se había asustado un poco pero que luego se había divertido. Le pregunté si quería volver y me dijo que sí.
Tres años y medio después le esperaba en el mismo lugar en el que le había visto salir el primer día; le vi correr y saltar en el patio, jugar con sus amigos, y cuando me vio vino corriendo hacia mí con una sonrisa en los labios. Me despedí de su profesora, mientras las lágrimas (de las dos) expresaban lo que las palabras no alcanzaban a decir.
Mi hijo emprendió el camino de vuelta llevando a su hermana de la mano, igual que tres años y medio antes yo le había llevado a él. Tenía ganas de reír y llorar a partes iguales. Ya en casa, le pedí que se pusiera el baby por última vez y le saqué una foto, recuerdo agridulce que me demuestra lo mayor que se está haciendo mi hijo y se convertirá para siempre en conmemoración del fin de una etapa.

jueves, 17 de mayo de 2012

Nonna Gufo

La traducción literal del título de esta entrada sería "abuela Búho": así era como llamaba a mi abuela materna. Gufo, búho, era un apodo cariñoso que le habían dado mis padres, porque tenía la costumbre de caminar por la casa a oscuras, incluso de noche: según ella, porque era capaz de ver en la oscuridad, como los búhos, según mi madre y mi tía, para ahorrar luz. Fuera como fuera, hasta la fecha me resulta difícil recurrir a su nombre de pila para pensar en ella, en mi corazón sigue siendo Gufo.
He tenido la inmensa suerte de conocer a personas especiales y maravillosas a lo largo de mi vida y sin duda, mi abuela materna fue uno de los pilares de mi infancia.
Ahora que soy adulta y madre, lamento no haber podido conocerla más, mejor y durante más tiempo, no haber tenido la ocasión de añadir más espesor a la imagen que guardo mi interior.
Recuerdo que me encantaba que me relatara anécdotas de su infancia, y me hablaba de las travesuras que hacía con sus hermanos, de cómo su madre los perseguía para pegarlos. En aquel tiempo, me parecían historias divertidas, como los tebeos que concluían con la persecución final; en cambio, ahora puedo llegar a vislumbrar la infancia de mi abuela en toda su crudeza, una infancia marcada por la pobreza y los malos tratos.
Mi abuela fue la segunda de seis hijos nacidos en una familia pobre de solemnidad; dos de sus hermanos no consiguieron sobrevivir a una infancia llena de carencias y privaciones. Su madre, mi bisabuela, a la que no llegué a conocer, se había casado muy joven para huir de las palizas de su madrastra, y no supo hacer otra cosa que criar a sus hijos con la misma brutalidad con la que ella había sido educada. Su padre casi nunca tenía trabajo, y cuando conseguía unas pocas monedas acababa gastándoselas en la taberna del barrio.
Sin embargo, mi abuela tenía el don de saber ver siempre el lado positivo de las cosas: nunca reprochó nada a sus padres, se limitó a dedicar el resto de su vida a intentar hacer felices a los demás.
Sabía que me encantaban sus historias, y consiguió trasformar una infancia de pesadilla en un relato emocionante y divertido: me contaba la historia de su hermano Albino al que se le quedaron las piernas torcidas de tanto esconderse en el cesto de la colada para huir de la cólera de su madre, el mismo que cuando empezó el colegio tenía entendido que debía volver a casa cuando sonara la campana y así lo hacía, incluso cuando no habían terminado las clases.
Mi historia favorita era, sin duda, la de la tarta de manzana. Mi bisabuela esperaba la visita de una amiga, y había preparado una tarta de manzana, toda una delicatessen en una familia donde la comida escaseaba a menudo. Para evitar que los niños se comieran la tarta destinada a la visita, la bisabuela decidió guardarla en lo alto de un armario, pero al hacerlo inclinó la bandeja y la tarta se cayó al suelo. Entonces, les dijo a los niños que podían comerse la tarta, porque se había estropeado y así no se la podía ofrecer a su amiga. Sin embargo, ellos se negaron (mi abuela decía que eran pobres, pero tenían dignidad), despertando así por enésima vez la ira de su madre.
Recuerdo escuchar estas historias con la cabeza apoyada en el regazo de mi abuela, mientras su barriga se movía al ritmo acompasado de su respiración. En realidad, no era una mujer cariñosa en el sentido estricto de la palabra, no solía dar besos ni abrazos: supongo que años de malos tratos tuvieron que arrebatarle la capacidad de expresar sus sentimientos de forma tangible, pero sabía escuchar, sabía entender, sabía consolar.
No era una mujer culta, de hecho solo pudo ir al colegio durante un par de años antes de tener que ponerse a trabajar para intentar sacar adelante a su familia, pero tenía esa sabiduría que procede de la vida, una habilidad invidiable para encontrar lo que se ocultaba en los corazones ajenos.
Su casa, en la que pasaba todo el tiempo que me permitían, era una especie de paraíso, un lugar encantado donde podía emprender una caza al tesoro y encontrar auténticas reliquias de otros tiempos, como la radio de antes de la guerra, el crucifijo de plástico que brillaba en la oscuridad o el segnatempo, una estatuilla que cambiaba de color cuando iba a llover.
Una vez me compró una muñeca para que tuviera un juguete en su casa, pero por lo que recuerdo nunca le hice demasiado caso. Me gustaba mucho más jugar en la cocina, inventarme recetas con las sobras de comida que guardaba para mí, triturar los ingredientes más variados en su molinillo de café, poner chismes encima del tocadiscos para verlos dar vueltas a 78 revoluciones, jugar y experimentar con todo lo que en casa no me dejaban tocar siquiera.
Mi abuela me malcrió en el verdadero sentido de la palabra, que yo recuerde nunca me levantó la voz, y tamaña falta de disciplina hacía que un consejo suyo tuviera más efecto que todas las órdenes que recibía en otros sitios. Ella no entendía las modernas técnicas educativas, no sabía nada de la independencia temprana, ni de la necesidad de poner límites a los niños, desconocía los motivos por los cuales hay que cortar las rabietas de raíz. Solo sabía que yo era sangre de su sangre, y quería que fuera feliz.
Cuando se fue de este mundo, después de una larga enfermedad, yo tenía 13 años. Sin embargo, tuve que despedirme de ella mucho antes. Llegó un momento en que empezó a olvidar las cosas, las caras, las personas, y comenzó un lento descenso hacia la inconsciencia.
El día del entierro de mi abuela mi madre me reprochó que no llorara por ella. El comentario me hirió profundamente, porque la había llorado muchas noches en la soledad de mi habitación, desde que empezó a apagarse y esa persona maravillosa se fue convirtiendo en una cáscara vacía. Fui incapaz de llorar el día de su muerte porque sabía que hacía mucho que la había perdido.
A veces pienso que no la he perdido porque no me ha abandonado. Oí su voz por última vez unos quince años después de su muerte, mientras estaban operando a mi padre de urgencia. Resonó en mi cabeza con toda claridad: va tutto bene, Cochi (va todo bien, Cochi - este último era el apodo con el que solía dirigirse a mí). Tan solo unos segundos después, los médicos nos avisaron de que la operación había sido un éxito.
Quiero que esta entrada sea un pequeño tributo para ella, una forma de hacerle saber lo que en su día no pude o no supe verbalizar, una manera de quitarme de encima aunque sea en parte, el peso de las palabras que no supe pronunciar.
Sigue estando allí, se ha convertido en una de las estrellas que me guían, me miran y me protegen desde arriba.
Hasta siempre, Gufo.

lunes, 9 de abril de 2012

Heridas cicatrizadas V - Remontando el vuelo

Continuación de:
Heridas cicatrizadas I - Un mal comienzo
Heridas cicatrizadas II - Lucha y rendición
Heridas cicatrizadas III - Descubriendo la magia
Heridas cicatrizadas IV - El despertar

A pesar de la gran cantidad de información que había recopilado, el inicio de mi segunda lactancia tampoco fue fácil. No lo voy a contar en detalle porque ya lo hice en esta entrada, así que me limitaré a matizar unos puntos que allí pasé por alto.
Ante todo, mi decisión de dar el pecho a mi hija sorprendió a más de uno: por lo visto, mi anterior fracaso me había otorgado una especie de status de madre incapaz de dar de mamar. Lo normal, lo cabal, lo correcto habría sido no intentarlo siquiera.
Lo intenté, y al encontrarme con dificultades recibí todo tipo de presiones para que abandonara. Volví a toparme con todos los tópicos que habían contribuido a hundir mi primera lactancia, eran como troncos que se interponían en mi camino, imposibles de derribar por mucha información que tuviera en mi mano. No me quedó más remedio que sortearlos, pero me ocasionaron más de un tropiezo. Me rompí los cuernos para que entendieran que lo que me pasó la primera vez no tenía absolutamente nada que ver con lo que me ocurrió la segunda, removí Roma con Santiago para localizar el problema y tratar de ponerle solución. A pesar de todo, sé que para muchos ha sido una forma de complicarme la vida y de hacer sufrir a mi bebé. Trataron de hacerme ver que, después de lo que me había pasado la primera vez, dos meses de lactancia diferida y otros dos de mixta eran todo un logro, me dijeron que no podía aspirar a más, se preguntaron por qué seguía insistiendo.
Lo hice porque ya tenía una cicatriz que surcaba mi alma, y no quería añadirle otra.
Lo hice porque mi hija se lo merecía.
Lo hice porque sabía que se podía.
Lo hice porque eso me permitió, en cierto modo, reparar el daño que mi renuncia le había causado a mi hijo.
En la recta final de mi relactación fui a ver a una consultora IBCLC. Lo que más le agradezco no es la ayuda "técnica", sino el apoyo psicológico que me brindó. Fui a verla pensando que tenía las alas rotas y me ayudó a entender que en realidad hacía rato que había aprendido a volar.
También me ayudó a sanar la herida que tenía con mi hijo mayor, a verla desde otro punto de vista. Conseguí transmitirle a mi hijo la idea de que la lactancia es lo natural, lo normal, lo deseable; le conté una versión resumida de la historia que acabo de relataros y parece haberla comprendido. Sobre todo, he conseguido reunir el valor de pedirle disculpas por mi fracaso, por habernos negado mutuamente una experiencia que podía haber sido maravillosa.
Me he reconciliado por fin con la maternidad y con la lactancia; años después he conseguido que probara mi leche, he logrado ofrecer a mi hijo lo que en su día quise darle y no pude.
Por fin he podido cerrar el círculo.

Continúa en Heridas cicatrizadas VI - Epílogo

Heridas cicatrizadas IV - El despertar

Continuación de:
Heridas cicatrizadas I - Un mal comienzo
Heridas cicatrizadas II - Lucha y rendición
Heridas cicatrizadas III - Descubriendo la magia

Dos años después de los acontecimientos que acabo de relatar, mi fracaso en la lactancia se había convertido en una espina en mi corazón que de vez en cuando me molestaba, pero a la que apenas prestaba atención. Mis sentidos estaban centrados en el reto que supone criar a un niño de 2 años: las rabietas, el control de esfínteres, los logros, las dudas ligadas a cada etapa.
De la noche a la mañana, mi hijo empezó a resistirse a la hora de ir a dormir: hasta entonces, su padre y yo nos turnábamos para hacerle mimos hasta que se quedaba dormido, pero a partir de aquel día eso dejó de ser suficiente. Cuando estaba a punto de cerrar los ojos, mi hijo cambiaba de postura, se levantaba, se sentaba en la cama, se ponía de pie, hacía lo que fuera con tal de no dormirse. Nuestro ritual nocturno, que solía durar unos quince minutos aproximadamente, de pronto llegó a alcanzar las dos horas.
El veredicto del entorno fue unánime: la culpa era mía, porque había malacostumbrado a mi hijo y ahora me estaba tomando el pelo. También parecían coincidir en la solución: acompañarle a dormir era malísimo, tenía que dejarle llorar. Lo primero me pareció un disparate y lo segundo una aberración; me dije a mí misma que tenía que haber otra forma de hacerlo, y me lancé a la Red en busca de respuestas.
Así fue como encontré el foro de Dormir sin llorar, y un mundo nuevo se abrió ante mí. No conseguí resolver el "problema" de mi hijo, que remitió espontáneamente con el tiempo, pero me permitió descubrir la crianza con apego. Comprendí que no era blanda ni débil por no dejar llorar a mi hijo o no educarle a base de cachetes, estaba haciendo lo correcto, y sobre todo, pude comprobar que existía gente que pensaba como yo, profesionales cuyas teorías coincidían con mi manera de hacer las cosas. Ese descubrimiento no cambió mi manera de actuar, pero me fortaleció, me dio alas, me ayudó a seguir haciendo con la cabeza bien alta lo que hasta entonces había hecho sintiéndome culpable.
Mi reconciliación con la lactancia se produjo de forma paulatina. Gracias a un mensaje que leí en el foro, me interesé por el libro Mi niño no me come de Carlos González y decidí comprarlo. Encontré en él una simple mención a la lactancia a demanda que derribó por completo la teoría de las tres horas que había dominado mi mente hasta entonces. Decidí seguir ese hilo para ver adónde me llevaba y tuve la oportunidad de contar, aunque demasiado tarde para mi niño, con información correcta, actualizada e imparcial.
Esa información reabrió las viejas heridas y de repente me sentí como si me hubieran amputado una pierna y acabara de descubrir que habría sido suficiente con cambiar de zapatos. Hasta entonces, había atribuido el fracaso de mi lactancia a una especie de mal karma, una combinación de problemas de índole físico y psicológico: la muerte de mi madre que me había cortado la leche, una maldición hereditaria (mi madre apenas pudo darme el pecho), un bebé grandote que necesitaba más leche que la que yo alcanzaba a producir.
A medida que seguía informándome, mis sentimientos cambiaban de rumbo: yo no había dado al traste con mi lactancia, me la habían robado. Ya no me sentía desdichada, sino engañada, estafada.
Si los médicos del hospital no hubieran atiborrado a mi hijo a glucosa, si me hubieran explicado cómo dar el pecho en vez de cómo preparar un biberón, si me hubieran dado apoyo y no un bote de leche, si mi suegra y mi amiga no me hubieran insistido en que yo no podía dar de mamar, si el pediatra me hubiera ayudado a relactar en vez de poner el último clavo en el ataúd de mi lactancia, si hubiera sabido de la existencia de grupos de apoyo, las cosas habrían podido ser muy distintas. Quizás nunca hubiera conseguido prescindir de suplementos, pero con toda seguridad habría conseguido dar el pecho durante más tiempo, habría podido disfrutar de esa experiencia en vez de vivirla como una tortura, un recuerdo constante de mi incapacidad.
Estaba todavía intentando encarrilar la ola de sentimientos que estas nuevas implicaciones generaban en mí cuando me volví a quedar embarazada.

Continúa en Heridas cicatrizadas V - Remontando el vuelo

Heridas cicatrizadas III - Descubriendo la magia

Continuación de:
Heridas cicatrizadas I - Un mal comienzo
Heridas cicatrizadas II - Lucha y rendición

Cuando abandoné la cocina, después de llorar y autocompadecerme durante un buen rato, me prometí a mí misma que dejaría de mirar hacia atrás para empezar a mirar hacia adelante.
En retrospectiva, tengo que admitir que fue sensato abandonar: después de tantos errores, las probabilidades de éxito eran objetivamente muy remotas, e insistir solo nos iba a causar, a mi hijo y a mí, más dolor y sufrimiento.
Además, se dice que no hay mal que por bien no venga, y en este caso también fue así. Mi renuncia a luchar por un sueño que se alejaba cada vez más me hizo descubrir la única, auténtica ventaja del biberón: ese envase de plástico se convirtió en un recordatorio constante de mi fracaso, me hizo entender que le había fallado a mi hijo y me impulsó a querer compensarle de mil maneras.
No había sido capaz de alimentar a mi hijo como quería, pero todavía estaba a tiempo de quererle, de mimarle, de disfrutar de mi maternidad y de su infancia. Por fin se hizo el silencio, aprendí a desoír los consejos y a rebatir a quienes me recomendaban no cogerle en brazos, no atenderle al primer llanto, no sacarle de la cuna a no ser que fuera necesario, y a buscar mi propio camino. Ese vínculo que la lactancia no pudo crear se formó a base de brazos, de besos, de abrazos, de juegos, de mimos, de cosquillas, de noches en vela, de baños de espuma, de cuentos, de canciones, de amor infinito reflejado en todos los instantes del día.
Quizás, si hubiera conseguido darle el pecho, no habría logrado captar la magia de la maternidad.
Con el tiempo, el dolor se atemperó. No lo superé, supongo que nunca conseguiré superarlo del todo; digamos que es una herida que con el tiempo dejó de escocer y acabé por ponerle una tirita para no ver la cicatriz.
A medida que mi hijo crecía, la situación se fue normalizando. Mis familiares, amigos y conocidos no volvieron a mencionar el tema; yo dejé de sentirme incómoda y avergonzada cada vez que iba a comprar leche a la farmacia o le daba el biberón en el parque; ya no veía a madres que me miraban con desdén y a mi hijo con pena.
A la edad de 9 meses, mi niño empezó a rechazar los biberones, el recordatorio de mi fracaso quedó definitivamente desterrado y de esa experiencia solo me quedó un regusto amargo, una mezcla de añoranza y resignación, hasta que mi hijo cumplió 2 años y mi vida cambió para siempre.

Continúa en Heridas cicatrizadas IV - El despertar

Heridas cicatrizadas II - Lucha y rendición

Continuación de:
Heridas cicatrizadas I - Un mal comienzo

Sentada en el suelo, con mi hijo plácidamente dormido en mi regazo, reflexionaba acerca de lo ocurrido. Ahora me doy cuenta de que lo que ocurrió en realidad fue que el bebé apenas había tenido ocasión de estimular la producción de leche, porque entre la glucosa, el que le ponía al pecho cada tres horas y el biberón que le acababa de dar le habían quitado las ganas de engancharse a la teta. Sin embargo, la inevitable conclusión a la que llegué gracias a mis (nulos) conocimientos sobre el tema, fue que no tenía leche: tal y como me habían dicho en el hospital, igual que le había pasado a mi madre, a mi suegra, a mi amiga, a un montón de madres que conocía.
Al día siguiente, fui a ver al ginecólogo para la revisión y le dije que no me había subido la leche. Tengo que decir que este señor ha sido el único profesional sanitario que consulté en su momento que no me recomendó olvidarme del tema. Me dijo que eso era prácticamente imposible: ya teníamos comprobado que no tenía ningún problema de tiroides que justificara una posible hipogalactia (y aún así me mandó una analítica para volverlo a descartar); me comentó que un trauma muy fuerte, como había sido la muerte de mi madre, podía afectar seriamente la tasa de prolactina y hacer que la subida fuera menor y más tardía. Me recomendó ponerme al bebé al pecho todo lo posible, comprarme un sacaleches para acelerar la producción y consultar cualquier duda con el pediatra. Los primeros dos consejos fueron muy acertados; el tercero, desastroso.
Al relatarle la historia, el pediatra me dijo textualmente: a estas alturas, ni te lo plantees. Le contesté que aún así, me lo quería plantear, y le pedí que me explicara cómo hacerlo. Me indicó que me pusiera al bebé al pecho, pero no todo lo posible, sino cada tres horas para que fuera asociando la teta con la comida (un consejo que hoy en día me parece una burrada, pero confieso que en su momento lo encontré sensato) y si rechazaba el pecho, que le diera el biberón.
Así que añadí otro despropósito al cúmulo de errores garrafales que ya había cometido, y respeté escrúpulosamente las tres horas de rigor. Entre tomas, probaba con el sacaleches.
A todo esto, creo que mi convicción de que "no me había subido la leche" tenía un fondo de verdad. En condiciones normales, una estimulación tan escasa e inadecuada me habría provocado una mastitis de caballo, en cambio no tuve la más mínima molestia. Puede que el sacaleches fuese malísimo, puede que no supiera utilizarlo correctamente (a veces llegué a hacerme sangre), pero nunca conseguí más de unas pocas gotas. Entonces cogía esa cantidad tan mísera, que apenas alcanzaba a cubrir el fondo del biberón, y mojaba los labios de mi hijo mientras lloraba de impotencia porque era todo lo que podía darle.
No sabría decir cuánto tiempo aguanté así: creo que un mes, más o menos. Evidentemente, después de aquel primer biberón vino un segundo, un tercero y otros más. Tengo que decir en mi defensa que mi error no fue no buscar información, sino buscarla en la dirección equivocada. No tenía ni idea de que existieran grupos de apoyo a la lactancia (ojalá lo hubiera sabido), así que me centré en investigar acerca de la subida de la leche, la forma de incrementarla, cómo tener más leche, toda una serie de disparates que poco tenían que ver con el problema real.
Mi entorno se dedicó a intentar sabotear todos mis esfuerzos, con la mejor intención del mundo, pero dejándome claro que me estaba proponiendo algo imposible, repitiéndome una y otra vez los mismos tópicos: no insistas, si no se puede no se puede, no pasa nada, no importa, no eres peor madre por dar biberón, con el biberón se crían igual de bien, lo importante es que el niño no pase hambre.
Mi marido intentó ayudarme, me ofreció su apoyo, me escuchó (que no es poco), secó mis lágrimas, pero su condición de hombre le impidió llegar hasta las raíces de mi dolor, creo que nunca llegará a comprender la magnitud de mi derrota.
Llegó el día de la rendición. Todavía consigo visualizarlo como si se tratara de una película: es un día como muchos otros, hecho de infructuosos intentos de extraerme una leche que simplemente no quiere salir; me pongo al niño al pecho, y empieza a llorar como un loco. Me digo a mí misma que últimamente empieza a llorar nada más ver la teta, el pobre tiene que asociarla con pasar hambre. Tras lloros y más lloros (suyos y míos), le doy el biberón y al rato se queda dormido. Le dejo en la cama y como un autómata voy a la habitación contigua, cojo el sacaleches y lo llevo a la cocina. Lo arrojo a la basura con todas mis fuerzas mientras maldecía mi destino, mis tetas inútiles y mi ineptitud como madre. Luego abro la ventana, me siento y (Dios me perdone) me enciendo un cigarro. El dolor que me abrasa la garganta me ayuda a olvidar aquel otro, más punzante y profundo, que me atenaza las entrañas.
Contemplo las volutas de humo que bailan por mi cocina y desaparecen lentamente como mis esperanzas, mientras las lágrimas que se deslizan lentamente por mi cara me hacen pensar, una vez más, en lo que pudo ser.

Continúa en Heridas cicatrizadas III - descubriendo la magia

Heridas cicatrizadas I - Un mal comienzo

En los foros en los que participo he mencionado en ocasiones que mi primera lactancia fue un estrepitoso fracaso. Sin embargo, nunca he contado la historia completa, y por razones de espacio creo que es mejor hacerlo aquí.
Ante todo, quiero dejar claro que no la relato con intención de autojustificarme ni de aleccionar a nadie: lo hago porque creo que es una historia que merece ser contada. La lección más valiosa que he sacado de lo que pasó entonces, y de lo que pasó después, ha sido aprender a no juzgar. Todo es criticable según el prisma bajo el que se mire: la que ha dado teta durante mucho tiempo es una fanática, la que lo ha dejado antes una comodona, la que no ha querido una egoísta y la que no ha podido una inútil. Socialmente, está mal visto darle teta a un niño relativamente mayor, lo mismo que dar un biberón a un bebé de corta edad. Sinceramente, es muy difícil ser tolerante con quien tiene una postura radicalmente distinta a la que defendemos. Por otra parte, pienso que detrás de cada no he podido e incluso detrás de cada no he querido suelen esconderse unas vivencias, unas experiencias y unos recuerdos difíciles de compartir, y a menudo complejos y dolorosos.
Como ya dije, es una historia muy larga que viví por etapas. He decidido contarla del mismo modo, por etapas, para evitar aburrir y extenderme demasiado, y también porque cada parte del relato coincide con el estado de ánimo que dominó aquella época.
Dicho esto, si estáis preparados para zambulliros en las profundidades de mi mente, allá vamos.

No siempre fui una talibana de la teta.
Suelo decir que la maternidad me mostró mi lugar en el mundo, en cambio los primeros dos tercios de mi embarazo fueron relativamente normales: peregrinaba de médico en médico para los controles rutinarios y de tienda en tienda para comprar lo (in)necesario para el bebé. Sin embargo, entre todos los trastos inútiles que se amontonaban en mi casa a medida que aumentaba el volumen de mi barriga no se podía encontrar ni un solo biberón, puesto que mi intención era dar el pecho.
Para ser sincera, mi intención era intentarlo, probar a ver qué tal y seguir adelante si la experiencia me gustaba. Para escandalizar a la familia, solía decir que me planteaba llegar a los 6 meses de lactancia, para horror de mi madre y de mi suegra que me aseguraban que con 3 tenían más que suficiente. En realidad, ni siquiera se me pasó por la cabeza la idea de una lactancia prolongada: es más, la idea de dar el pecho durante años me parecía físicamente imposible. Nadie a mi alrededor había llegado más allá de un par de meses, y pensaba que a todas las madres les llegaba un día en que la leche simplemente se retiraba, o por lo menos eso me aseguraban todas.
Admito que no había leído Un regalo para toda la vida porque ni siquiera sabía que existía. El único libro sobre crianza que leí durante mi embarazo fue el monstruoso Duérmete niño (cortesía de una amiga), y con eso se me quitaron las ganas de seguir leyendo.
La muerte de mi madre, cuando me encontraba en la semana 30, me hundió anímicamente y pasé el último tercio de mi preñez intentando superar la pérdida y sobreponerme a la sensación de vacío.
Mi hijo vino al mundo poco después de las 3 de la madrugada y llenó mi vida de luz y color. Al poco de nacer, se lo llevaron para darle un "refuerzo" de glucosa, explicándome que de no hacerlo podía sufrir una hipoglucemia. Gracias al refuerzo, se pasó prácticamente todo el día adormilado en mis brazos. Recuerdo que intenté engancharle a la teta, incluso se enganchó en alguna ocasión, pero sin ganas.
Unas horas más tarde, la habitación se había llenado de visitas: mi padre, mi suegra, mi mejor amiga de entonces, mis cuñados, mis sobrinos, el pediatra de guardia, todos a la vez. Mi suegra y mi amiga intentaron explicarme cómo debía dar el pecho, a base de manosearme las tetas y tratando de acercar al bebé casi a la fuerza, recordándome que tenía que hacer eso cada tres horas, ni más ni menos, mientras los hombres apartaban discretamente la mirada, las otras mujeres se relataban mutuamente anécdotas de partos y lactancias y el pediatra nos recomendaba alegremente una marca de leche de inicio, "una excelente opción cuando la lactancia no es posible" (textual), mientras yo rezaba en silencio para que ese momento acabase pronto, para que se fuera todo el mundo y me dejasen a solas con la familia que acababa de formar. Habría sido cómico si no me hubiera sentido tan humillada.
Al darme el alta, el personal sanitario me regaló un bote de leche para que lo utilizara si yo no tenía. De vuelta a casa mi hijo empezó a llorar a pleno pulmón y mi amiga, que había insistido en acompañarme, me lo quitó de los brazos, indicándoles a mi padre y a mi marido que fueran corriendo a comprar un biberón porque el niño se estaba deshidratando y se iba a morir; a mí, me ordenó que me fuera a descansar. Esa orden despertó a la tigresa que dormía en mi interior, le sugerí que se fuera a descansar ella misma, pues la notaba un poco alterada e incapaz de entender que de mi hijo me ocupaba yo, y cogí al bebé de sus brazos para no volverlo a soltar.
A esas alturas, mi hijo seguía llorando sin que hubiera forma de calmarle, intentaba tranquilizarle ofreciéndole el pecho sin éxito, mientras un torbellino de sentimientos negativos se arremolinaba en mi interior: desesperación, impotencia, sensación de inutilidad. Era mi hijo y ni siquiera podía hacer que parara de llorar.
Fue el principio del fin: con la siniestra maldición de mi amiga resonando en mi mente, le di el biberón. Lo hice llorando, consciente del humillante fracaso que eso suponía. No tengo excusas, ni justificaciones. Si pudiera volver atrás, lo haría, pero por desgracia no puedo. Afortunadamente, tengo el resto de mi vida para compensar a mi hijo por el error que cometí.

Continúa en Heridas cicatrizadas II - Lucha y rendición

miércoles, 21 de marzo de 2012

Montañas rusas

Mi madre tenía vértigo: no podía asomarse a una barandilla ni salir a una terraza sin marearse. De pequeña, cuando me llevaba al parque a jugar con mis amiguitos la veía sufrir en silencio mientras me subía al tobogán o intentaba trepar por los árboles (actividad en la que siempre destaqué por lo mal que se me daba), y eso me incomodaba. En realidad nunca me prohibió ese tipo de actividades, pero el mero hecho de ver lo mal que lo pasaba ya era suficiente para desanimarme.

Amusement park, de xedos4
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Quizá por eso, por rebeldía o como forma de reacción, me aficioné a las montañas rusas. Cuando empecé a salir con mi pandilla de amigos, las convertí en mi atracción favorita: para ser totalmente sincera, al principio me movía más bien el deseo de sentirme integrada y aceptada, pero con el tiempo empecé a apreciar el torrente de sensaciones que el viaje despertaba en mí.
He subido a muchas montañas rusas diferentes, pero con el tiempo los recuerdos se han mezclado y solo permanece una sensación difusa de sentimientos discordantes. Lo que sí recuerdo es la expectación al subir por una cuesta, el miedo de saber que cuando la subida termine iremos bajando a toda velocidad, el viento que me azota la cara, la descarga de adrenalina que casi noto físicamente, el grito (ya no sé si de miedo, de alegría, de poder o de todo un poco) que me acompaña en el descenso, esa sensación extraña que permanece cuando el viaje ha terminado, una mezcla de euforia y decepción.
Ahora mismo estoy subida a una montaña rusa emocional. No puedo, ni quiero, entrar en detalles debido a esa forma de superstición que en mi tierra se llama scaramanzia, y consiste básicamente en no hablar de acontecimientos que todavía no se han producido por miedo a que no tengan lugar. Puedo decir que se trata, sin embargo, de un sueño que poco a poco se convirtió en proyecto, un proyecto cuya grandeza me asombra y asusta al mismo tiempo.
Siempre me ha gustado soñar, porque dejar volar la imaginación brinda la posibilidad de vivir mil vidas,
de cambiar de rumbo a cada instante sin tener la necesidad de sopesar las consecuencias de las decisiones tomadas.
Pero como dije, el sueño ya no es tal, ahora es un proyecto que va tomando forma, que crece por momentos, y no precisamente gracias a mí, sino a una amiga que sabe encontrar el lado práctico de los sueños, que sabe remover cielo y tierra hasta convertirlos en realidad. Tener un sueño puede cambiar una vida, pero saber cumplirlo consigue cambiar muchas.
Así que aquí estoy, estoy sentada en un tren junto a las personas que comparten este proyecto conmigo, disfrutando del traqueteo de la subida mientras empiezo a sentir miedo ante el descenso inminente.
Deseadme buen viaje.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Como una estrella

El próximo día de Año Nuevo se cumplirán 6 años de la muerte de mi madre.
Ese día empezó de madrugada, recuerdo la llamada de mi padre que rompió el silencio de la noche para decirme lo que él mismo se negaba a creer.
Después de aquel día y del siguiente, ya no recuerdo nada. Todo es una confusa maraña de sentimientos: dolor, un dolor intenso y desgarrador que rompió mi alma y la hizo añicos, rabia, incredulidad, soledad, tristeza; sobre todo, la sensación de no poder volver a ser feliz nunca más.
Cuando se fue dejó un vacío dentro de mí, una ráfaga de viento helado me llegó hasta los huesos y me congeló el corazón. Los demás, los que quedaron, mi marido, mi padre, el bebé que pataleaba en mi interior me arroparon para ayudarme a derretir el hielo que atenazaba mis entrañas, pero aún así no pasaba día en que no me preguntara a mí misma cómo habría sido mi vida si las cosas hubieran sido diferentes.
Nada en la vida puede prepararnos para la muerte de un ser querido; nada en la vida puede compensarnos por su ausencia. Es algo que nunca se supera, y sin embargo el tiempo y la distancia nos enseñan a convivir con un vacío en nuestro interior. Nunca será igual, pero volvemos a experimentar una felicidad que creíamos perdida.
Ahora pienso en mi madre con la resignada aceptación de lo que fue sin entregarme a las fantasías de lo que habría podido ser. No suelo mirar sus fotos a menudo, porque su imagen sigue grabada a fuego en mi memoria. Además, en las fotos salía con cara de ajo: no solía sonreír porque tenía un diente torcido, y le daba vergüenza enseñarlo a la cámara. Sin embargo, era una persona muy vital y solar, con una sonrisa contagiosa: así es como la recuerdo, así es como vive dentro de mí, con una sonrisa en los labios, siempre a punto de estallar en carcajadas.

Bright Star, de bulldogza
http://www.freedigitalphotos.net
A veces me pregunto qué pensaría de mí al verme en mi faceta de madre. Sé que en algunas cosas chocaríamos, que se horrorizaría al descubrir que su nieta de 15 meses sigue tomando teta o que su nieto decide con cierta regularidad lo que quiere para cenar. La verdad es que una pelea dialéctica de vez en cuando sería preferible a este yermo desierto de hielo, hecho de eternos silencios.

Sin embargo, con el tiempo me he vuelto capaz de recordar nuestras vivencias con ternura y ya no con tristeza. Sé que no volverán, pero también sé que no las olvidaré nunca, y podré recordarlas las veces que quiera, y será como volver a vivir con ella de nuevo.

Mi madre no se ha ido, no se ha muerto del todo. Revive en cada una de las canciones que me enseñó y que ahora canto a mis hijos, en los apodos que han heredado, en los regalos que conservo, las postales que atesoro. He sentido, incluso físicamente, su caricia en los momentos de desaliento, y por las noches puedo mirar el cielo estrellado por la ventana y saber que está allí.
Lejana como una estrella pero igual de brillante, me ve, me sigue, me acompaña y está a mi lado incluso cuando no percibo su presencia. Diminuto punto de luz en el tejido de la divinidad, como una estrella se ha convertido en la luz que me guía.

Dedicado a mi madre, a todas las madres que ya no están, a todas las abuelas que no pudieron conocer o ver crecer a sus nietos y que nos transmiten su fuerza y su amor desde el infinito.




martes, 20 de septiembre de 2011

¡¡Un año!! (Desde el valle verde)

Hoy es el primer cumpleaños de mi hija. Ella cumple un año, mi marido y yo cumplimos un año como padres de dos y mi hijo cumple un año como hermano mayor.
Y luego está ella, mi polluela, mi princesita, la reina de la casa, que desde hace un año nos regala amor y felicidad.
También cumplimos, ella y yo, un año de lactancia, y teniendo en cuenta lo difícil que lo tuvimos al principio, me parece poco menos que un milagro. Esa experiencia fue el primer texto mío que apareció publicado en internet, primero en el blog del grupo de lactancia Madres de la leche, a petición de una amiga, después en otros, cuyos autores apreciaron mi historia y pidieron permiso para reproducirla. Ahora, la incluyo también aquí, porque al ser el cumpleaños de mi hija es también una forma de felicitarla por el camino recorrido.

La cima de la montaña
En junio de 2005, cuando me quedé embarazada de mi hijo mayor, lo tenía claro: quería amamantar. Por desgracia, no pudo ser. Mi madre falleció dos meses antes de que yo diera a luz, y creo que eso afectó seriamente mis niveles de prolactina; el resto lo hizo una mezcla de ignorancia, inexperiencia, miedo y malos consejos.
En diciembre de 2009, cuando volví a quedarme embarazada, tuve claro de nuevo que iba a darle el pecho a mi bebé. Y esta vez, estaba decidida a conseguirlo. Pasé buena parte del embarazo recopilando información sobre lactancia, posturas, técnicas, posibles problemas y soluciones, leí y releí "Un regalo para toda la vida" hasta casi aprendérmelo de memoria. Pensaba que la información es la clave de todo, que ya poseía toda la información necesaria, que todo iba a ser fácil, solo tenía que ponerme al bebé al pecho nada más nacer y la naturaleza haría el resto.
Pasé las primeras horas con mi hija recién nacida tumbada sobre mi pecho, mientras la habitación se llenaba de visitas y las primeras críticas no se hacían esperar ("¿qué haces con la niña encima todo el rato? La niña hay que dejarla en la cuna y ponerla al pecho solo cuando le toca".)
A decir verdad, desde el principio tuve la sensación de que algo no marchaba bien. Por lo que había leído, pensaba que la niña iba a querer estar enganchada al pecho a todas horas, pero no era así: apenas se cogía, chupaba durante un par de segundos y a continuación se soltaba. Se lo comenté al personal del hospital, pero me tranquilizaron diciéndome que era normal, que el bebé solo mamaría unas pocas gotas de calostro, y estas serían suficientes para alimentarle.
De vuelta a casa, esperé ansiosamente la subida de leche, comprobando compulsivamente mis pechos una y otra vez. Viejos recuerdos afloraron a mi memoria: mis pechos vacíos, mis intentos de sacarme leche con un extractor, las pocas gotas que conseguía tras media hora de tortura, mi hijo llorando de hambre, todo el mundo diciéndome que renunciara porque yo no tenía leche, los suplementos de fórmula que acabaron por ganar la partida.
Pero esta vez fue diferente. La segunda noche empecé a notarme los pechos más calientes, más llenos. Pensé que ya no habría ningún problema, que por fin podría conseguir mi deseada lactancia.
En realidad, los problemas no habían hecho más que empezar. La niña lloraba mucho, apenas dormía, le ofrecía el pecho a todas horas pero no se enganchaba. Tres días después fuimos a la clínica donde nació para que le realizaran la prueba del talón y pedí que la pesaran. Al principio se negaron, dijeron que tenía buen aspecto y nos recomendaron ir a urgencias en caso de dudas; ante mi insistencia, acabaron pesándola, y descubrí con horror que había perdido 700 gramos, casi un 20% de su peso al nacer.
De camino a casa con un biberón de leche de fórmula que nos dieron, me sentí la peor madre del mundo porque había estado a punto de matar de hambre a mi hija. Por un momento pensé que se había acabado todo, que tendría que darle ese biberón, y luego otro y otro, como ya me había ocurrido con mi hijo mayor.
Es difícil explicar lo que se siente a quien no haya pasado por algo similar. Cuando pones toda tu ilusión y tu lactancia fracasa, nadie se para a escucharte, pero todo el mundo acude a ti con palabras de falso consuelo. Siempre hay almas caritativas que intentan levantarte el ánimo enumerando las supuestas ventajas del biberón, y entre ellas nunca suele faltar la de "es muy cómodo porque se lo puede dar cualquiera, así tú descansas o te diviertes". Te dicen que deberías alegrarte por poder hacer lo que hace cualquiera, ya que no has podido hacer lo que solo una madre puede hacer.
Ya lo había vivido, y me volvió a ocurrir.
Al principio los sentimientos fueron muy confusos, una mezcla de preocupación, miedo, incredulidad, culpabilidad, impotencia, derrota, tristeza y rabia, todo ello junto a una curiosa sensación de dejà-vu: otra vez, no. Luego llegaron las ganas de luchar, de imponerme al destino, y con ellas las largas horas que pasaba sacándome leche hasta rellenar un biberón mientras al mismo tiempo atendía a la peque o jugaba con mi hijo, con los mismos pensamientos rondando por mi cabeza sin parar.
Las críticas, crueles como siempre, resonaban en mis oídos: "no puedes", "no sabes", "la otra vez no pudiste, ahora tampoco podrás", "si no lo has conseguido hasta ahora es que es imposible, no te obsesiones, dale el biberón".
Dejé de hablar del tema, todos los días después de llevar a mi hijo al colegio me encerraba en casa con la peque, piel con piel, esperando un milagro, conociéndonos, descubriéndonos, aprendiendo a luchar, a sentir, a sufrir juntas.
Las críticas seguían, impertérritas: "no te encierres en casa todo el día, tienes que llevar a la niña al parque", lo mismo que las intromisiones: "¿cuándo le toca? ¿le toca comer? ¿le das el bibe, no? Trae, que se lo doy yo".
Los primeros dos meses fueron muy duros. Los avances eran muy pocos, iba de un grupo de apoyo a otro, de un médico a otro pidiendo ayuda, buscando una explicación. Cada uno tenía una teoría diferente y me dejaba más confundida que antes.
De repente un día, casi a finales de noviembre, ocurrió el milagro por el que tanto había rezado: mi bebé se enganchó al pecho que le ofrecía, pero en vez de soltarse a los pocos minutos siguió mamando. Lo hizo durante una hora y ocho minutos: lo sé porque no podía despegar los ojos del reloj. Ese mismo día no volvimos a lograrlo, pero sí al día siguiente.
Poco a poco, las tomas fueron aumentando en duración y frecuencia. Irónicamente, este avance también significó el fin de la lactancia materna exclusiva que habíamos logrado hasta entonces: la niña mamaba a todas horas, yo ya no tenía tiempo de sacarme leche porque se ponía nerviosa, también tenía que atender a mi hijo mayor y encargarme de la casa. Empezamos a suplementar con fórmula: al principio un refuerzo después de cada toma, poco a poco los fuimos reduciendo.
A día de hoy, confieso que no los hemos abandonado del todo. Algunos días no los necesita, otros sí. Me planteo incluso que ese biberón que todavía se nos resiste pueda ser psicológico, que responda a nuestra propia necesidad, mía y de mi marido, de comprobar con nuestros ojos a través de las rayitas que la peque está bien alimentada. Por otra parte, en ocasiones llora y no encontramos la causa. Sé que parezco novata, que a lo mejor solo es cuestión de seguir investigando, que puede haber múltiples razones. Pero a veces se pone a llorar, le doy teta, teta y más teta hasta que no quiere más; al rato vuelve a llorar e intento jugar con ella o animarla, pero sigue llorando; trato de que duerma y vuelve a llorar; me pregunto si son gases, dolor de tripa, aburrimiento, estrés... pero nada funciona, sigue llorando o al rato vuelve a hacerlo. Entonces se toma el biberón y se queda tranquila.
He pensado en volver a sacarme leche. La cantidad que toma no es mucha y si yo la tengo, comprobaré con mis propios ojos que dispongo de ella y me animaré a tirar el biberón a la basura; si no la tengo, en cuestión de días empezaré a producirla.
No he renunciado, pero ya no tengo prisa. Simplemente, llevo 3 meses intentando llegar hasta la cima de una montaña, todavía me faltan unos pocos metros y quiero parar para descansar un poco. Porque de tanto subir, no he tenido tiempo de ver lo bonito que es el paisaje.
Ya no oigo voces, ni críticas, ni consejos no solicitados. Aún no lo hemos logrado del todo pero he conseguido lo que les parecía imposible, y ahora me miran con extrañeza, con asombro.
A nivel anímico, mi viaje ha terminado. Las que hayáis pasado por una relactación, o la habéis presenciado, estaréis de acuerdo conmigo en que psicólogicamente es durillo. Sin embargo pienso que siempre se puede aprender algo, y este revés me ha dado también la oportunidad de crecer como persona, de conocerme mejor a mí misma, de descubrir facetas que desconocía y de sorprenderme con otras que creía ya olvidadas.
También he tenido la oportunidad de revivir mi anterior fracaso en la lactancia. He podido reabrir las viejas heridas y he conseguido curarlas. Ahora han cicatrizado, siempre estarán allí pero ya no me duelen.
Durante todos estos años no he parado de preguntarme cómo habría sido mi relación con mi hijo mayor si hubiera podido darle el pecho. Evidentemente, si lo hubiera conseguido, habría contado con ciertas ventajas, por lo menos a nivel nutricional e inmunológico. Pero lo que realmente me interesaba era saber qué nos habíamos perdido a nivel emocional y afectivo. La verdad es que no lo sé, que nunca lo sabré. Pero también me he reconciliado con la vida en ese sentido. Antes mi hijo pensaba que todos los bebés tomaban biberón, ahora, tras verme sacarme leche y darle teta a su hermana infinidad de veces, sabe que hay bebés que toman pecho. Alguna vez quiere hacer el "juego de la teti" y se me engancha. No saca nada, no sabe mamar, quizás nunca supo o quizás lo olvidó hace mucho. Pero nos une una corriente de amor que va mucho más allá de la leche. Ha probado mi leche, ha saboreado unas gotas. No le gusta, pero la ha probado.
Así que al fin y al cabo, quizás no nos hayamos perdido nada, ni ahora ni entonces. Decir lo contrario sería pensar que, si las cosas hubieran sido distintas, mi relación con él ahora sería mejor, o que él sería de algún modo diferente, y mi hijo no podría ser mejor de lo que es.
Miro a mi hijo mayor y veo a un niño entrañable, bondadoso, responsable, maduro, reflexivo, razonable, simpático, alegre, altruista, lleno de empatía y de buenos sentimientos. Y sí, le he criado a biberón pero se lo he dado con amor, sentándole en mi regazo, rodeándole con el otro brazo, manteniendo el contacto visual y cubriéndole de besos cuando terminaba. Durante todo este tiempo siempre pensé que la lactancia iba a ser, entre otras cosas, una forma de crear ese vínculo tan soñado, y por fin me doy cuenta de que ese vínculo siempre ha estado allí.
Llegados a este punto, no quiero dar la impresión de haberlo conseguido yo sola. Nada más lejos de la realidad. Es más, si no hubiera contado con el valiosísimo apoyo y con la inestimable ayuda de muchas personas, esta historia no habría podido ser contada. Desde aquí, les quiero agradecer públicamente todo lo que han hecho por mí:
- A mi princesita: yo he puesto la teta, pero tú has puesto las ganas y la determinación. Sin ti no lo habría conseguido: juntas nos vamos a comer el mundo. Te quiero preciosa.
- A mi hijo mayor, mi ranita salvaje de los bosques: gracias por tu paciencia, tu madurez, tu comprensión. Eres el mejor hijo que una mamá puede tener. Te quiero hasta el infinito y más allá.
- A mi marido: gracias por estar a mi lado, por enseñarme que existen muchas formas de amar, por intentar protegerme de todo, incluso de mí misma.
Ad astra per aspera. Te quiero más de lo que imaginas.
- A Núria: gracias por tu tiempo, tus conocimientos, tu cariño. Sin ti no solo no lo habría logrado, no habría empezado siquiera.
-A Rafi y a todas las moderadoras de DSLL: gracias por acompañarme en este proceso, por reír y llorar conmigo, por escuchar, aconsejar, acompañar y sobre todo por estar allí. ¡Y yo que pensaba que era hija única!
- A Mon, por todo lo anterior y por haber aguantado la respiración todo este tiempo, por creer que mi historia merecía ser contada y por darme la oportunidad de verla publicada.
- A mi padre por ser un aliado inesperado, por animarme a luchar por mis ideales y a ir contra corriente.
- A Claudia por creer en lo que haces, por demostrarme que no estaba loca. Un día me pasaré para contártelo en persona.
- A Kika por el empujoncillo final.
Es curioso, pero también debo un agradecimiento a los criticones y a los detractores de siempre: si me hubieran apoyado, el miedo a no estar a la altura me habría hecho fracasar. En cambio, se empeñaron en demostrarme que si no se puede, no se puede, y yo quise demostrarles que querer es poder. La rabia fluía dentro de mí y se transformaba en obstinación, que junto a una pizca de locura era justamente lo que necesitaba para seguir adelante: la única batalla que se pierde es la que se abandona.
Si habéis leído hasta aquí, espero que mi historia no os haya dejado indiferentes. Por mi parte, no pretendo dar lecciones ni mucho menos. Tengo entendido que lo que me ha ocurrido es más frecuente de lo que parece. Pero para mí es algo único, porque es mi historia, una historia en la que el dolor y el sufrimiento acabaron por dejar paso a la esperanza.
Os la dedico a todas, a las que estáis pasando por algo parecido, a las que lo habéis vivido, a las que lo habéis conseguido y a las que no lo habéis podido lograr.
Pero sobre todo, se la dedico a mis hijos, mis niños, alimentados de forma diferente pero unidos a mí por el mismo lazo de amor.
Solo me queda añadir que escribí este relato el pasado mes de enero; hace mucho que hemos alcanzado la cima de la montaña, y nuestra vida (no solo en lo que concierne a la lactancia) es ahora un valle verde lleno de felicidad. Las montañas han quedado atrás, las sigo viendo a lo lejos, y de vez en cuando no puedo evitar mirarlas con una sonrisa, pensando que si no las hubiera cruzado, no habría encontrado mi valle.