jueves, 6 de diciembre de 2012

El club de las madres-verdugo

He llegado a este blog a través de un enlace que encontré en un grupo de Facebook en el que participo. Confieso que me costó un poco desprenderme de los prejuicios, por el simple hecho de que el nombre del mismo (Duérmete mamá) me chirriaba bastante, al recordarme peligrosamente el título de un libro que pretende "enseñar a dormir a los niños" dejándoles llorar hasta la extenuación en una habitación a oscuras.
He leído alguna entrada, aquí y allá, y he llegado a la conclusión de que se trata de un blog de maternidad que defiende unas ideas que personalmente no comparto; obviamente, cada cual es muy libre de escribir en su blog lo que le da la real gana, faltaría más. No me ha sorprendido ni para bien ni para mal, pues parece resumir lo que hoy en día se considera políticamente correcto.
En cambio, lo que sí me ha sorprendido (y muy desfavorablemente, por cierto) ha sido la mayoría de los comentarios respondiendo a todas y cada una de las entradas que he leído. Si bien no me encuentro de acuerdo con muchas de las entradas, debo decir que las mamás que las redactan lo hacen de manera bastante educada y contenida. Sin embargo, muchas de las madres que comentan (y dicho sea de paso, piden a grito respeto para su postura, sea cual sea) se permiten el lujo de insultar abiertamente a las que opinan de forma diferente, amén de recurrir a una serie de burradas sin pies ni cabeza para intentar sostener un argumento del que claramente carecen. En los comentarios se encuentran por doquier esos simpáticos calificativos tipo "ecomadre" o "madre-vaca", acuñados evidentemente por alguien que ni se ha tomado la molestia de analizar la corriente sobre la que iba a escribir, o medias verdades del tipo "a mí me han criado a biberón y estoy perfectamente", "el colecho es peligroso porque hay niños que mueren aplastados" o "esto es una secta que se está poniendo de moda".
Admito que no me gustan las etiquetas y detesto ser encasillada, pero tras ver la rabia, la inquina, la hiel, el rencor y en ocasiones hasta el odio que destilan algunas opiniones, no he podido resistirme a rebautizar alguna de sus autoras como "madres-verdugo".
Vaya por delante que no me considero "seguidora de la crianza natural" en el sentido estricto: digamos que me siento más afín a este tipo de crianza que a cualquier otra, porque el respeto al niño y a sus etapas me parece algo básico y fundamental; ahora, considero que tengo derecho a labrarme mi parcela dentro de ese marco de respeto, adoptar lo que me parece más adecuado y prescindir de lo que no me convence.
Sin embargo, intento en la medida de lo posible tomar decisiones razonadas, informarme de las ventajas y desventajas de cada postura y adoptar la que mejor se ajuste a mi forma de pensar y de entender la maternidad (y también guiarme por mi instinto, faltaría más).
Las entradas más indignantes del mencionado blog son, a mi entender, las que tratan el tema de la lactancia. Reconozco ser radical, fundamentalista y hasta talibana de la teta al respecto, pero considero que en muchos casos habría que informarse antes de opinar.
Mi cruzada particular se reduce a pedir que los profesionales sanitarios se informen antes de recomendar biberones de apoyo cuando no son necesarios, y a quejarme por las opiniones no solicitadas y los comentarios jocosos que me toca escuchar de vez en cuando (dicho sea de paso, me gustaría saber dónde viven las mamás que se sienten cuestionadas y presionadas por su decisión de no dar el pecho, porque en mi entorno te suelen cuestionar justo por lo contrario).
Estoy de acuerdo con ellas hasta cierto punto, porque sinceramente duele que la gente emita juicios de valor sin conocer tu historia, pero tengo que decir que, tras años de frecuentación de foros de crianza con apego, blogs afines y demás publicaciones "sectarias" no he visto que la corriente mayoritaria se dedique a llamar malas madres (expresión ampliamente utilizada por aquellas que optan por la lactancia artificial) a las que dan el biberón por el motivo que sea. De todo habrá, pero hasta donde yo he podido ver, las madres que defienden la lactancia suelen hablar de su propia experiencia, defender su punto de vista, y difundir información (demostrada científicamente) acerca de los beneficios de dar el pecho, apoyar a quiénes quieren darlo pero se encuentran con dificultades y proponer argumentos a favor para quienes estén dudando.
En cambio, la principal defensa de quienes se sitúan (la mayoría de las veces por decisión propia) en el bando contrario, suele ser la de atacar, insultar y descalificar a las que hacen las cosas de otra manera. He tenido que leer, en uno de los comentarios del mencionado blog, que las madres que dan el pecho a niños de tres años son unas enfermas mentales. En calidad de progenitora condenada al manicomio (pues no hemos llegado todavía a los tres años, pero esa es la intención) me he dado por aludida, me he picado y me he puesto a escribir esta entrada, para vapulear verbalmente a ciertas ideas, a mi modo de ver, bastante poco respetables.
Para empezar, me hace cierta gracia que las personas que defienden el biberón por elección lo hagan enarbolando la bandera de la libertad individual, como si las que damos el pecho lo hiciéramos por obligación. Lógicamente, no se puede forzar a una madre a dar el pecho si no quiere hacerlo, pero considero que antes de tomar una decisión hay que sopesar los pros y contras, y hay que hacerlo en base a información actualizada y fiable, y no siguiendo tópicos viejos de décadas.
Quien no quiera dar el pecho, que no lo dé; quien no quiera informarse, que no lo haga; quien prefiera cerrar los ojos ante las ventajas (demostradas) de la lactancia materna y repetir mecánicamente que es muy importante que la madre se sienta cómoda o liberada, es muy libre de actuar como mejor le parezca, pero que luego no pongan en la picota a quienes hemos elegido otro camino, por convicción propia y no por moda. Simplemente, porque no es igual dar el pecho que no hacerlo, atender a un bebé que dejarle llorar, estar con él que dejarle al cuidado de terceros para realizarse trabajando o haciendo vida de pareja y un sinfín de ejemplos similares. No se trata de hacer un ranking de la mejor madre a la peor, ni de concursar para ganar la medalla de madre del año: en mi caso, se trata simplemente de hacer lo que creo que es mejor para mis hijos, y por extensión para mí, de ser fiel a mis principios y de no permitir que me aconsejen en contra de lo que siento.
Pienso que mis opiniones personales son igual de discutibles que las del resto de la humanidad, pero las defiendo con pasión porque he llegado a ellas después de sopesar también las alternativas.
Personalmente, no me siento amenazada por las madres que dan biberón desde el primer día, las que mandan a los niños a la guardería para que socialicen ni por las que aplican el método Estivill (en este último caso, me dan mucha pena los bebés, pero no percibo a las madres como un peligro para mis creencias). En cambio, he notado que muchas exponentes del bando contrario suelen ponerse a la defensiva, ofrecer explicaciones que nadie les ha pedido y lanzarse de cabeza a criticar a quienes no opinan igual.
Me atrevo a decir que en mi vida le he preguntado a una madre si da el pecho o el biberón, si está a favor de las guarderías, de la escolarización o de la educación en casa, si su hijo duerme con ella o en una habitación aparte; no lo pregunto porque me parece una falta de educación y una intromisión injustificada en la vida privada del personal. Ahora, si me lo cuentan y me piden opinión, me considero con derecho a decir lo que pienso sin que se me lancen a la yugular por no hacer lo que se considera políticamente correcto hoy en día.
A veces nos sentimos atacados cuando sabemos que podíamos haberlo hecho mejor. No sé si será el caso, pero en las madres-verdugo más virulentas me ha parecido ver un atisbo de inseguridad.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Hermanos

Desde que tengo uso de razón, me prometí a mí misma que tendría más de un hijo. Como muchos hijos únicos, añoraba algo que no llegué a conocer.
En realidad, ser hija única no tiene nada de malo, incluso ofrece ciertas ventajas. Sin embargo, de niña solía envidiar a las amigas que tenían hermanos: mi casa parecía más ordenada, más silenciosa y menos espontánea que las suyas; es más divertido saltar en el sofá o hacer una lucha de almohadas cuando alguien juega contigo.
Obviamente, ser hija única no me impidió tener amigos, primos y conocer a otros niños con los que jugar, pero no pude experimentar los pros y contras de esa convivencia diaria de la que disfrutaban las familias más numerosas. Además, creo que el hecho de no convivir con otros niños más o menos de mi edad me hizo madurar de repente en algunos aspectos, mi niñez fue más breve de lo que debería haber sido.
Cuando mi marido y yo decidimos buscar un bebé, yo tenía clarísimo que algún día repetiríamos la experiencia; en cambio mi marido, que procede de una familia numerosa, no estaba tan seguro. Como dije al principio, a menudo añoramos lo que no llegamos a conocer.
Mi hijo fue hijo único durante cuatro años y medio, y a decir verdad no me arrepiento de ello: pude dedicarle todo ese tiempo sin tener que repartirlo con nadie más, pude concentrar todas mis energías en él y en sus juegos, con él me estrené en la maternidad y no pensé en ir a por otro hasta tener la (casi) certeza de estar haciéndolo medianamente bien.
Al final tiramos por la ventana todos los miedos y las inseguridades, y llegó la princesita. A diferencia de su hermano, desde que nació no pudo disfrutar de todo mi tiempo, porque lo tiene que compartir; lógicamente, tiene sus parcelas de exclusividad, igual que las tiene mi hijo, pero en ocasiones me veo obligada a hacer malabares para que cada uno reciba su "ración" de dedicación materna, intento adaptarme a las exigencias de cada uno y ser ecuánime al mismo tiempo (no es nada fácil, pero merece la pena).
Sin embargo, mi niña tiene algo desconocido para los hijos únicos: a su ídolo, un hermano mayor al que intenta imitar en todo, alguien que tiene que parecerle un cruce de niño y de adulto, divertido como un niño y al mismo tiempo hábil como un mayor. Él tiene a una admiradora, una personita que le sigue allá donde va, que a veces le chincha pero le adora.
Últimamente juegan juntos a menudo; no juegan de la misma manera, pues sus habilidades e intereses son todavía muy diferentes, pero aún así, encuentran un terreno común, actividades de las que ambos disfrutan, cada uno a su manera.
Suelen jugar en la habitación de mi hijo, arrodillados en el suelo, vuelcan una caja de juguetes y cada uno se pide las piezas que prefiere. Algunas veces se enfadan y tengo que mediar; otras, se ponen a jugar por separado; otras más, cada vez con mayor frecuencia, se ponen a jugar un juego que solo ellos entienden, donde cada uno fija sus propias reglas.
La foto que he elegido para esta entrada procede de uno de esos juegos: como podéis ver, en mi casa criamos con apego hasta a los peluches, porque esos dos siempre están juntos, la rana en brazos del oso que es más grande. Mi hija me los trajo, por turnos, para que les diera teta, y después mi hijo les puso pañal, porque son bebés.
Me quedé embelesada observándoles mientras jugaban, viendo como se reían a la vez de algo que yo no entendí. Sé que nada de esto garantiza que cuando sean mayores se vayan a llevar bien, sin embargo, espero que el día que lleguen a adultos lleven grabadas en sus corazones esas miradas de complicidad.

martes, 6 de noviembre de 2012

Dormir sin llorar

Hoy al mediodía, el programa Nens de la emisora Tarragona Radio ha ofrecido una entrevista a Rafi López, fundadora y administradora del foro Dormir sin llorar; la entrevista se puede escuchar a través de este enlace.
Hace cuatro años y medio que conozco el foro de Dormir sin llorar, y si tuviera que resumirlo en pocas palabras, diría que me ha cambiado la vida. Lo descubrí por casualidad, por aquel entonces necesitaba respuestas, estaba desesperada por saber si era cierto que mi hijo, que entonces tenía dos años, se resistía tanto a dormir por mi culpa, porque no le había dejado llorar y le estaba malcriando, y en el foro no solo las encontré, sino que pude comprobar que "lo mío" no era tan raro como pensaba.
Al principio, me limitaba a leer, hasta que conseguí reunir el valor necesario para publicar tímidamente mi primera consulta; me sentí acompañada y arropada, así que empecé a escribir con mayor asiduidad.
Confieso que me costó bastante atreverme a dar consejos, porque me daba apuro hacerlo siendo novata; con el tiempo, aprendí que todas las aportaciones son de agradecer.
Yo soy tan solo una de los más de 14.000 usuarios que han pasado por el foro; me atrevo a decir que prácticamente todas (hablo en femenino, pues somos mayoría de mamás) hemos entrado para lo mismo, para buscar la solución a un problema de sueño, real o supuesto, de nuestros retoños. Algunas se marchan al poco tiempo, puede que porque nuestra filosofía no encaja con su forma de pensar, o porque una vez solucionado o encarrilado el problema que las ha llevado hasta el foro deciden seguir con su vida; otras vuelven periódicamente, y cada vez que lo hacen es como volver a abrazar a una amiga de la que hacía tiempo que no sabíamos nada; también las hay que directamente no nos marchamos.
Un foro es como una casa con las puertas abiertas de par en par, cada cual es libre de entrar y salir como le plazca, de decidir si se encuentra cómodo, si le gusta la decoración y de elegir su sillón favorito. Sin quitarle ningún mérito a Rafi, el foro somos todas, las que llevamos miles de mensajes y las que apenas han escrito media docena, las que lo conocemos desde hace tiempo y las que acaban de llegar, las veteranas y las nuevas.
Allí tengo a mi tribu, unas amigas que en algunos casos viven a cientos de kilómetros y aún así siento más cercanas que algunas personas que tengo al lado. Mi tribu, que comparte conmigo las mismas preocupaciones sobre crianza, que me sostiene cuando flaqueo, me escucha cuando me desahogo, una tribu hecha de manos amigas dispuestas a acompañarme. Gracias a Dormir sin llorar, ya no me siento sola con mis ideas "locas".
Todo esto se lo debo (se lo debemos) a Rafi, porque sin tanta pasión, ilusión, entusiasmo, alegría, compromiso y entrega por su parte, DSLL no sería una realidad. Tengo la suerte de haberla conocido en persona, y puedo asegurar que es igual de encantadora que a nivel virtual.
Como dije antes, un foro no es estático, sino algo cambiante: la estructura puede ser fija, pero el tejido varía en función de las aportaciones que recibe. Últimamente, hemos propuesto crear un subforo de (pre)adolescencia para uso y disfrute de las que tenemos niños más mayorcitos. Sé que puede parecer absurdo que un foro de sueño infantil dedique un espacio a hablar de adolescentes, pero bien mirado, yo no lo veo así: como dice una amiga mía (parte de mi tribu) todo pasa y todo llega, y tarde o temprano dejaremos de preocuparnos por los desvelos nocturnos, las rabietas, el control de esfínteres o los deberes de primaria para enfrentarnos a nuevos retos. Algún día mis hijos irán al instituto, sufrirán por amor, querrán salir de noche, se pasarán el día escuchando una música que me parecerá horrorosa y siguiendo modas cuestionables, tendré que hablar con ellos de drogas, de anticonceptivos, negociar la hora de llegar a casa, dejarles tomar sus decisiones sin imponerles las mías a la vez que rezaré para que elijan el camino que yo considero correcto.
Pasaré por todo esto, pero no quiero hacerlo sola, necesito a mi tribu, que por aquel entonces tendrá hijos adolescentes igual que yo. Podemos hablar de piercings y de carreras universitarias a la vez que buscamos trucos para reducir los despertares de los bebés y explicamos qué es la angustia de separación.
Llamadme tonta, pero mientras escribo esto estoy llorando a lágrima viva, me duele en el alma la idea de marcharme de DSLL algún día para buscar mis respuestas en otros lares, y pienso que igual haciendo un poco de reforma podemos ampliar la casa y evitar así que nadie tenga que irse a otra más grande.
Hasta que descubrí a Dormir sin llorar me sentía insegura, incapaz y llena de miedos, debatiéndome eternamente entre lo que me pedía el instinto y el miedo a malcriar. El foro ha sido mi metamorfosis, mi catarsis; igual pido lo imposible, pero me cambió, y me gustaría que siguiera cambiando conmigo. El tiempo lo dirá.

A Rafi, si me lees: GRACIAS POR HABERLO HECHO POSIBLE.

martes, 30 de octubre de 2012

Talibanes

Creo que el debate lo empezó mi amiga Pilar, de Maternidad continuum, al preguntar si los pediatras deberían ser asesores de lactancia; a raíz de su entrada, he tenido ocasión de leer varios artículos y comentarios sobre el tema.
Este tipo de artículos habitualmente acaba dividiendo a los lectores en dos bandos, están los que defienden la lactancia materna y los que lamentan el daño que están haciendo los (mal) llamados talibanes de la teta. Confieso que soy incapaz de leer a estos últimos sin reprimir una expresión de incredulidad: resulta que a estas alturas, todavía hay gente que cree en la existencia de una especie de conspiración a escala mundial cuyos siniestros fines pasan por por culpabilizar a las madres que no han dado el pecho y poner a los bebés en peligro de vida con tal de no recurrir a la leche artificial.

Para volver a la pregunta inicial, personalmente opino que no, no es necesario que un pediatra sea asesor de lactancia: es una profesión que respeto profundamente, y que abarca muchísimos campos, y cada cual es libre de especializarse en aquellos que más le interesan y motivan, faltaría más.
Exigirle a mi pediatra unos conocimientos profundos y pormenorizados sobre lactancia materna se me antoja igual de descabellado que pretender que se sepa de memoria la receta de la merluza en salsa verde.
Sin embargo, para aprovechar el ejemplo de la merluza, un pediatra tiene la obligación de saber a partir de qué edad se le puede dar merluza a un bebé, y la información debe ser acorde a las recomendaciones de los organismos oficiales.
La pena es que todo el mundo parece estar de acuerdo en lo que respecta a la merluza, pero si tratamos de aplicar el mismo razonamiento a la teta, por desgracia la cosa cambia.
Repito que no le exigiría a mi pediatra una cultura enciclopédica sobre lactancia, pero creo que tengo derecho a pedir que tenga por lo menos unos conocimientos básicos y razonablemente actualizados sobre el tema, que no se dedique a perpetuar tópicos, mitos y teorías de hace décadas, y sobre todo, que intente no emitir juicios de valor o presentar opiniones personales como si fueran verdades científicas.
En mi opinión, si una madre quiere amamantar pero se encuentra con problemas, lo más ético, sensato y correcto sería intentar encontrar la causa y ponerle remedio; si el pediatra en cuestión no es ducho en lactancia, debería remitir a la madre a un asesor o a un grupo de apoyo donde puedan ayudarla.
En cambio, es bastante frecuente que el pediatra se dedique a desanimarla, a inventarse enfermedades peregrinas (véase tu leche no alimenta) y a solucionarlo todo a golpe de biberón.
A este respecto, quiero dejar claro que no pretendo demonizar la leche de fórmula: en algunos casos por desgracia es necesaria, y para esos casos, menos mal que está. Si hay que suplementar porque existe una razón de peso, pues se suplementa, y además sin sentirse culpables porque en esa situación concreta es lo mejor para el bebé; pero no hay que olvidar que la lactancia artificial tiene riesgos, y por este motivo se debería recurrir a ella únicamente en casos estrictamente necesarios cuando no hay otra alternativa posible. Considero que la lactancia es un derecho del niño, no un capricho de la madre.
Si esto es ser talibana, entonces lo soy, y a mucha honra.
Los asesores de lactancia, las consultoras IBCLC y los grupos de apoyo han nacido en respuesta a la desinformación que muchas veces reina en el ámbito sanitario. Su labor, hasta donde he podido comprobar, consiste en ayudar a las madres a seguir amamantando cuando quieren hacerlo, no en perseguir a quienes han decidido no dar el pecho por el motivo que sea.
Existen estudios científicos que demuestran los riesgos de la lactancia artificial; son estudios que duelen mucho (mi primera lactancia fracasó, así que creo que sé de lo que hablo), pero aún así, querer ignorar la realidad, enfadarse y matar al mensajero no sirve de nada.
Lo que me sigue llamando la atención es que a estas alturas se sigue hablando mucho de los talibanes de la teta pero no se dice nada de los que están en el otro extremo: no son los talibanes del biberón, sino más bien los talibanes anti-teta.
He tenido la mala suerte de toparme con un pediatra así, un señor que consideraba a la teta culpable de todo, que intentaba obligarme a destetar, por activa y por pasiva, que llegó a decirme que una lactancia prolongada (para él, prolongada significaba 6 meses) podía ocasionar problemas de crecimiento.
Sin embargo, en una cosa tenía razón: tengo mala leche, pero no en el sentido en que lo decía, sino porque se la tengo guardada. El día que mi hija se destete le escribiré una carta contándole lo que pienso de sus teorías.
En su día, ese señor dio a entender que yo era una talibana de la teta, y me vi obligada a contestarle que viniendo de él, me lo tomaría como un cumplido.

lunes, 22 de octubre de 2012

Cadenas

Imagen: 3D chain breaking, de David Castillo Dominici
http://www.freedigitalphotos.net
Antes de ser madre, yo era de las que decían que dejaría al bebé con los abuelos para irme una semanita de viaje con mi marido de vez en cuando. Sumergida en la autocomplacencia, lo argumentaba diciendo que un hijo no me iba a cambiar la vida, pero las razones reales, esas que acechaban ocultas tras mi coraza, eran más profundas.

Mi madre recibió una crianza bastante machista: no tanto como podía haberlo sido, no tanto como la de muchas amigas y primas suyas, pero aún así la igualdad brillaba por su ausencia. Le dejaron claro desde el principio que ningún hombre tenía derecho a ponerle la mano encima, ni a considerarla inferior por el simple hecho de ser mujer, pero al mismo tiempo fue víctima de ese machismo sutil y no por ello menos dañino: le inculcaron la tácita aceptación de que ser esposa y madre iba a ser su único objetivo en la vida, le transmitieron un trasnochado sentido del deber según el cual su obligación iba a ser servir a los demás miembros de la familia, la animaron a renunciar a sus aficiones y a sus propios intereses para cumplir con sus obligaciones de esposa y madre de familia.
Para mí quiso otra cosa, pero desgraciadamente no supo hacer con su vida otra cosa que la que habían previsto para ella: realmente renunció a muchas cosas por mi padre y más adelante para mí. Renunció a trabajar fuera de casa, a tener aficiones y horizontes más allá de la familia.
A mí me lo contaba, me explicaba como se echó a llorar cuando se dio de baja del trabajo cuando estaba embarazada de mí, porque sabía que no iba a volver y cerraba definitivamente una etapa de su vida; me decía que había dejado de ir a conciertos de música clásica porque a mi padre no le gustaba o que le llegó un momento en el que renunció a tener más hijos porque yo daba mucho trabajo.
En los momentos buenos, todas estas historias significaban fíjate hasta dónde puede llegar el amor de una madre; pero en los momentos malos, se traducían más bien en mira a todo lo que he tenido que renunciar por tu culpa.
Años después, me di cuenta de que algunas de esas renuncias las había hecho a regañadientes, por presión social, por miedo al juicio ajeno, o simplemente porque era lo que se esperaba de ella. Creo que mi gen rebelde y contestador nació en ese momento, porque empecé a darme cuenta de que prefería equivocarme pensando con mi propia cabeza que acertar por hacer caso a los demás.
Decidí que el día que tuviera hijos no les cargaría jamás con el peso de una decisión que ellos no tomaron, y pensé que la forma más lógica de conseguirlo sería no renunciar a nada que me hiciera feliz. Me convertí en una acérrima defensora de la teoría del tiempo de calidad, convencida de que a mis futuros hijos les iba a beneficiar más verme menos tiempo, pero feliz y realizada, que tenerme todo el día en casa amargada y descontenta.
Mis teorías se fueron al traste en el mismo instante en que me pusieron en brazos por primera vez a mi hijo recién nacido: le miré, al principio con curiosidad, porque durante 9 meses había intentado imaginar qué aspecto tendría; pero luego la oxitocina y la emoción del momento hicieron el resto. Contemplé a mi bebé, lo mejor, lo más perfecto, quizás lo único bueno que había hecho en la vida hasta ese momento y entendí que con él y por él no habría renuncias: en ese momento empecé a quererle con cada fibra de mi ser, y simplemente supe que por él iría hasta el infinito y más allá.
Hasta la fecha, he sido fiel a mis principios: no he renunciado a nada a lo que no quisiera renunciar. He dejado de lado algunas aficiones y costumbres que tenía antes, pero ha sido totalmente voluntario; simplemente he cambiado, y por ejemplo ya no me apetece salir a bailar hasta las tantas, igual que en su día dejé mis juegos de niña porque ya había superado esa etapa.
Sigo siendo bastante impermeable a la presión social, de hecho no suelo hacer caso a los consejos no solicitados, sobre todo si están reñidos con mi instinto. Me da un poco igual lo que los demás consideren correctos y he llegado a la conclusión de que las únicas personas con derecho a juzgar mi manera de educar a mis hijos son ellos mismos.
Los viajes siguen siendo una asignatura pendiente. Me encanta conocer países lejanos, pasear por una playa de arena tan blanca y fina como la harina, disfrutar de un amanecer de colores aquí desconocidos; pero lo volveré a experimentar más adelante, porque mis niños todavía son pequeños para soportar tantas horas de avión.
Ya no queda ni rastro de mi propósito de irme a solas con mi marido: mi corazón no está encadenado, sino fusionado con el de ellos; no me he anulado como persona, al revés, he crecido, he evolucionado, he dejado de mirarme el ombligo, mi marido y mis hijos, mi pequeña tribu, me han descubierto el verdadero sentido de la vida.
Con ellos, por ellos y para ellos he conseguido romper las cadenas.

martes, 16 de octubre de 2012

Alimentar al monstruo

Imagen: Scream, de idea go
http://www.freedigitalphotos.net

Pido disculpas por adelantado porque soy consciente de que mis últimas entradas son algo crudas, tétricas y dejan mal sabor de boca.
En mi defensa, solo puedo decir que en ocasiones veo, oigo o leo cosas que me hacen pensar que el mundo está mal hecho: escribir sobre ello no consigue exorcizar a los demonios, pero en ocasiones los ahuyenta un poco.
Últimamente, he tenido la ocasión de debatir acerca de una noticia de actualidad en ocasión de una reunión familiar: la noticia en cuestión es la condena a 99 años de reclusión a una mujer de Texas (semejante desgraciada no merece el calificativo de madre) culpable de pegar las manos de su hija de 2 años a la pared y propinarle una paliza que la dejó en coma durante días.
Estaba familiarizada con el suceso porque se trató recientemente en un grupo de Facebook en el que participo, y posteriormente estuve consultando la noticia en diferentes medios de comunicación.
En ocasión de esa reunión familiar, los más moderados consideraban que se ha hecho justicia; los más radicales opinaban que casi un siglo de prisión era insuficiente dada la gravedad del delito cometido y que habría sido más apropiado que la maltratadora fuera condenada a muerte. Dejando de lado el hecho de que el estado de Texas no aplica la pena capital, este tipo de opiniones me hacen sentir como la oveja negra (o blanca, a saber).
Para empezar, estoy en contra de la pena de muerte: lo que me incomoda no es tanto el hecho de quitarle la vida a otro ser humano, sino la aterradora posibilidad de garantizarle al estado el derecho a decidir quién merece seguir viviendo y quién debe ser ejecutado. Nos quieren hacer creer que el estado somos todos, pero en realidad el estado lo forman más bien un grupo de políticos, corruptos en muchos casos, que se aprovechan de sucesos tan sonados para hacer campaña a favor del endurecimiento de las penas o al revés, para pedir clemencia, con el único objetivo de ganar votos.
Respecto al caso del que estoy hablando, indudablemente me alegro de que la agresora se encuentre fuera de la circulación; de que la niña haya podido librarse de las garras de su torturadora; espero que la vida pueda compensarla, a ella y a sus hermanos, por los horrores que han vivido, sufrido y presenciado.
Dicho esto, una condena ejemplar para un delito de este calibre no me parece ninguna victoria. Al revés, es una evidente muestra del fracaso del modelo de sociedad que hemos construido.
Una persona capaz de atacar con semejante saña a su propia hija es un monstruo: no merece una segunda oportunidad, no merece volver a ver a sus hijos, no merece ser madre (dicho sea de paso, este tipo de noticias me hacen pensar que la fertilidad mundial está bastante mal repartida).
Sin embargo, la semilla de la maldad no brota de un día para otro, a menudo es necesario regarla y abonarla durante un tiempo considerable para que pueda crecer.
En el caso que nos ocupa, la agresora ha sido una niña maltratada durante su infancia: su madre, abuela de la pequeña víctima, reconoció a un periódico que solía golpearla con frecuencia cuando era niña.
Vaya por delante que esto no es ninguna excusa: todos y cada uno de nosotros somos los últimos responsables de nuestros actos y de las consecuencias de los mismos; soy consciente de que muchas personas han sufrido malos tratos en su infancia y aún así han educado a sus hijos con cariño y respeto; sin embargo, estadísticamente está demostrado que la grandísima mayoría de padres que maltratan a sus hijos han sido maltratados en su infancia; en otras palabras, es mucho más fácil repetir patrones que no hacerlo.
Muchas de estas historias serían evitables: muchos de esos niños maltratados tenían familia, amigos, vecinos, maestros que observaron los abusos y no hicieron nada para evitarlos, o incluso cuando hicieron lo que estaba en sus manos, el caso fue mal llevado por los servicios sociales que decidieron contra toda lógica dejar a un niño maltratado en un hogar violento.
A lo mejor es una utopía, pero siempre he pensado que darles una segunda oportunidad a estos niños contribuiría a reducir la población carcelaria el día de mañana.
Sé que es un discurso incómodo, porque yo misma, sin ir más lejos, me niego asumir responsabilidad alguna por los actos cometidos por una persona a la que ni siquiera conozco; sin embargo, hay que decir que la sociedad en la que vivimos suele ser bastante tolerante en lo que a maltrato infantil se refiere.
La mayoría de las personas que se definen sensatas consideran una aberración lo que se le hizo a la pequeña víctima del caso que nos ocupa; sin embargo, un 60% de esa población que se define sensata se declara a favor del cachete educativo (oxímoron donde los haya) según una encuesta llevada a cabo hace unos años: en otras palabras, les parece normal que se agreda físicamente a un niño en según qué circunstancias, cuando probablemente consideran inaceptable la violencia contra un adulto, sea cual sea el contexto.
A este respecto, sí que creo que la sociedad somos todos: quizás no podamos evitar que se produzcan sucesos tan trágicos, pero tenemos la obligación moral de denunciar ese tipo de situaciones. Cada vez que no hagamos nada cuando alguien deja llorar a su bebé para que se acostumbre a estar solo, que giramos la cabeza cuando un niño recibe un azote porque "cada uno educa a sus hijos como quiere", que no llamamos a la policía al oír gritos y golpes en la casa del vecino porque no es asunto nuestro, cada vez que nos quedemos sin actuar pudiendo hacerlo nos convertimos en cómplices involuntarios, vamos alimentando al monstruo, a ese mismo monstruo al que luego pretendemos encerrar cuando se vuelve demasiado amenazador, apartarle lejos de nuestra vista para olvidar que lo hemos creado entre todos.
Lo más triste del caso de Texas es que la custodia de la niña maltratada y de sus hermanos ha sido concedida a la abuela materna: habéis leído bien, la misma persona que hace años solía golpear a la futura agresora cuando era niña. Para que luego hablen de justicia.

martes, 2 de octubre de 2012

Ya era hora, Dr. Estivill


Dicen las malas lenguas que Estivill se ha retractado, igual que lo hizo Ferber hace unos años; en mi opinión, no es exactamente así: retractarse significa admitir abiertamente haberse equivocado y asumir las consecuencias de los errores cometidos. Lo que ha hecho el Dr. Estivill en esta ocasión es lo mismo que acostumbra a hacer desde hace tiempo: tergiversar la realidad cuando una pregunta le resulta incómoda.
El que sigue es un extracto procedente de una entrevista concedida al periódico El País, que se puede consultar íntegramente a través de este enlace y cuyo único objetivo parece ser el de promocionar su último libro (cada respuesta finaliza con la coletilla "En nuestro libro ¡A dormir! encontrará más información al respecto"):
Imagen: cortesía de Dormir sin llorar
He leido el libro "Duérmete niño", y tengo la duda de a qué edad se debe empezar a aplicar el método que propone. En un recién nacido con lactancia materna a demanda, ¿cómo es posible conjugarla con el método?
Recientemente hemos publicado el libro 'A dormir', que es la actualización de los conocimientos sobre el sueño de los niños. En él, explicamos unas normas para enseñar a dormir a los niños correctamente respetando la lactancia materna, de hecho los estudios científicos que hemos publicado en la revista española de pediatría han sido realizados en niños con lactancia materna a demanda. En el cerebro de los niños existe un grupo de células que es nuestro reloj biológico. Es el que nos indica que hemos de dormir de noche y estar despiertos de día. Como otras estructuras del cerebro de los niños, este reloj biológico es inmaduro al nacer. Por esto los niños duermen a trocitos y no pueden dormir de un tirón las horas nocturnas hasta los seis meses de edad. Las normas que explicábamos en 'Duermete niño' eran para los niños a partir de los tres años que tenían el denominado 'insomnio infantil por hábitos incorrectos'. Estas normas no pueden ser aplicadas en los niños más pequeños por esta inmadurez de su reloj biológico. Hay que realizar otras rutinas respetando la lactancia materna a demanda para ir enseñando a este reloj biológico a sincronizarse con el medio ambiente y así llegar de seis meses con un sueño nocturno adecuado de unas once horas y tres siestas diurnas: una después del desayuno, una después de la comida y una después de la merienda. En nuestro libro 'A dormir' explicamos estos nuevos conocimientos científicos y damos las pautas adecuadas para que el niño, siguiendo la lactancia a demanda, pueda ir estructurando adecuadamente su sueño.

Ante tan asombrosa declaración, solo se me ocurren dos posibilidades: la primera, que el Dr. Estivill esté mintiendo descaradamente; la segunda, que me falle estrépitosamente la comprensión lectora (a mí y posiblemente a un montón de lectores más). Tenía entendido que en el Duérmete niño, a los niños de tres años con el denominado (o inventado, ya que por lo que sé, ni en el DSM-IV ni en ninguna otra publicación digna de tal nombre se recoge tal enfermedad) "insomnio infantil por hábitos incorrectos" había que ponerles una valla en la puerta de la habitación para que no pudieran salir ("¡Da igual si se levanta, como si se quiere quedar dormido en el suelo!" escribe el Dr. Estivill a este respecto, haciendo gala de la empatía que siempre le ha distinguido). A los que había que dejar llorar era a los bebés a partir del 6º mes, e incluso antes, véase: "Desde el tercer mes, no os levantéis a cogerlo ante el primer gemido".
El libro no explica a partir de qué número de gemido está permitido cogerle (si es que lo está), y tampoco qué se debería hacer en caso de que los gemidos se conviertan en llanto.
Por otra parte, confieso que el método Estivill nunca me ha convencido. Siempre he pensado que si había que buscar una solución a los problemas de sueño debía ser una solución conjunta, junto con el bebé, no contra él, porque no se puede basar la felicidad de uno en la infelicidad de otro.
Sin embargo, conozco a muchos padres (cuya comprensión lectora debe ser tan escasa como la mía) que se lo han creído, que han dejado llorar a sus bebés, han limpiado el vómito "sulfurándose por dentro" como recomienda el libro, y ahora descubren que todo eso no ha servido de nada, porque resulta que el patrón de sueño de sus hijos se debía a una inmadurez de su reloj biológico y no a unos supuestos hábitos incorrectos.
Me pregunto qué les dirá el Dr. Estivill a esos padres: si admitirá haberse equivocado, les ofrecerá una indemnización (debería ofrecérsela a sus hijos, más bien) o simplemente les dirá que son tontos y no saben leer.

Incluso si seguimos esta última hipótesis y damos por sentado que millones de padres somos incapaces de procesar lo que leemos (cosa que no es cierta, pues el infame Duérmete niño deja claro en un sinfín de ocasiones que hay que ignorar voluntariamente al bebé por mucho que llore, y recalco que estamos hablando de bebés a partir de los 6 meses), cabría esperar que su nuevo libro ¡A dormir! ofreciera un enfoque algo más empático y respetuoso.
Nada más lejos de la realidad, pues el nuevo libro ofrece también pautas para los recién nacidos, circunstancia que en el anterior no se daba. Según las nuevas instrucciones, al recién nacido se le debe acostar en su cuna y en su habitación desde el primer día de vida; tampoco se le debe atender con prontitud por lo visto: ya que los recién nacidos tienen la mala costumbre de lloriquear (textual) por la noche, el Dr. Estivill recomienda deshacerse de los intercomunicadores, para poder dormir bien (los padres, el bebé no importa). También hace hincapié en que se le debe acostar despierto para que pueda conciliar el sueño por si solo (está prohibido cogerle, pero tampoco explica qué hay que hacer si no lo consigue).
Asimismo, el concepto que tiene el Dr. Estivill de la lactancia a demanda resulta cuanto menos curioso: para empezar, si un bebé de 6 meses debe dormir 11 horas seguidas por la noche y tres siestas al día, apenas le queda tiempo para mamar; en segundo lugar, ofrece una interesante explicación del reflejo de succión, y a continuación advierte que muchos padres primerizos cometen el grave error de confundirlo con una señal de hambre, lo cual puede llevar a sobrealimentar al bebé o a darle de comer a deshoras, cargándose así de un plumazo el concepto de demanda, la producción de leche de la madre y la lactancia materna, por ese orden.

Los libros que ofrecen esta visión de la puericultura, que suprimen la parte más agradable de la maternidad y fomentan el desapego desde el minuto 1, a menudo consiguen alejar emocionalmente a la madre del bebé, divorciarla de su instinto, volviéndola tan vulnerable que preferirá seguir comprando libros o pedir consejo al experto de turno en vez escucharse a sí misma y a su bebé.
Por supuesto, no pretendo decirle a nadie cómo debe vivir su maternidad. Cada cual es libre de hacerse la pregunta y buscar la respuesta que considere más satisfactoria.
Personalmente, considero que la maternidad no es una obligación y ni siquiera un derecho, sino un privilegio, y como tal deberíamos vivirla en su plenitud, disfrutando de todos los dones que nos ofrece.
Admito que nunca me he sentido especialmente realizada al cambiar un pañal o al quitar restos de comida de un babero; sin embargo, cuando he tenido a un bebé dormido en mis brazos, o en mi regazo, cuando le he olido el pelo mientras le daba besos en la cabecita, cuando he visto su barriguita moverse apaciblemente al ritmo de su respiración es cuando he sentido la MATERNIDAD con mayúsculas fluir por mis venas.

En esta ocasión, la declaración del Dr. Estivill no me parece insultante como habitualmente, porque prefiero leer entre líneas y quedarme con el mensaje positivo que contiene: gracias a estas palabras, el mundo creado por el Dr. Estivill se ha derrumbado como un castillo de naipes.
Dice que las normas del Duérmete niño son aplicables únicamente a mayores de tres años que sufren una enfermedad inexistente, y eso equivale a admitir que jamás se debería dejar llorar a un bebé.
Reconoce por fin que los supuestos problemas de sueño en bebés se deben a la inmadurez de su reloj biológico y no a la falta de firmeza de sus padres. Ya no ve un trastorno donde no lo hay, ni ofrece soluciones para problemas que él mismo crea.
Pasa por alto el hecho de que forzar la maduración del reloj biológico inevitablemente trae problemas y deja secuelas, pero creo que es evidente, y si no lo ve así, solo tiene que echar un vistazo a los numerosos estudios que se han realizado sobre el tema.
Ya era hora, Dr. Estivill: por desgracia, demasiado tarde para muchos niños, pero quizás todavía a tiempo para muchos otros.
Bienvenidos a la nueva era.

martes, 25 de septiembre de 2012

Las caras del mal

Esta entrada surge como reflexión tras la lectura de Cine, madres y psicópatas del fantástico blog lamamacorchea. Por otra parte, aviso que esta entrada es bastante cruda y contiene descripciones explícitas de maltrato infantil; si creéis que os pueda afectar, os ruego que no la leáis, o por lo menos, que lo hagáis con cuidado.

Nunca había pensado que un niño pudiera ser malo hasta que conocí a uno que lo era. Nunca pensé que un niño pudiera odiar de verdad hasta que empecé a odiarle.
A menudo utilizamos el término "malo" referido a un niño para decir inquieto, travieso o desobediente. Sin embargo, este niño no era nada de eso: era malo de verdad, en el sentido de maléfico, cruel, diabólico. En realidad, era un niño maltratado, pero por aquel entonces no lo sabía.
Pertenecía a mi círculo familiar lejano, con lo cual la interacción con él, si bien esporádica, se convertía en obligatoria en fechas señaladas. He sido testigo de primera mano de su maldad, y os puedo asegurar que desde la más tierna infancia este niño pareció disfrutar del sufrimiento ajeno: si se cruzaba con un gatito la emprendía a pedradas, si coincidía con un niño más pequeño le pegaba hasta hacerle llorar, si se encontraba a un animal en la carretera suplicaba a su padre que le atropellara con el coche, si jugaba con más niños su única diversión era intentar unir a los demás en contra de uno. Jamás he conocido a otra persona que se regocijara tanto ante la idea de causar o presenciar el dolor ajeno.
Los adultos solían reaccionar con una mezcla de estupefacción, indignación, irritación y aburrimiento. Algunas veces nos reñían a todos, porque no se atrevían a culpar abiertamente al hijo de otro, en ocasiones no entendían que los demás niños nos negáramos a jugar con semejante monstruo y trataban de presionarnos para que socializáramos.
Su vida, en apariencia, era de lo más normal: hijo único de padres de clase media (padre funcionario, madre ama de casa, típico en aquellos años), vivía en una casita con jardín, donde tenía una habitación no muy amplia pero bastante luminosa, correcta pero impersonal, con libros y juguetes alineados ordenadamente en los estantes.
Nunca vi a su madre levantarle la voz, ni mucho menos la mano. Su padre le gritó en algunas ocasiones (a mi modo de ver por minucias y no por cosas graves), pero aparte de eso, nunca vi nada fuera de lo normal.
Al llegar a la adolescencia, reivindiqué mi derecho a juntarme con quién me daba la gana en las reuniones familiares, o en su defecto a saltármelas directamente, y afortunadamente dejé de tener contacto con él.
Durante muchos años pensé que la maldad era algo innato: sin ir más lejos, yo misma había conocido a un niño auténticamente malo en mi infancia. Sin embargo, cuando ya era adulta, una persona de mi familia empezó a revelar detalles que hicieron que mi convicción, tan firmemente arraigada, se tambalease.
Esta persona abrió la caja de Pandora y me descubrió unos secretos de familia que hasta el momento habían permanecido celosamente guardados.
Por lo que me contó, no fue un niño deseado. En realidad, decir que no fue un niño deseado es un eufemismo. Por aquel entonces, el aborto era ilegal, y sus padres no tenían ni los contactos necesarios ni el dinero suficiente para llevarlo a cabo de forma clandestina, así que su madre intentó acabar con su embarazo de mil maneras posible: se fue a esquiar cuando el médico le mandó reposo, se tiró por las escaleras, se dio golpes en la barriga, pasaba horas tumbada boca abajo. Al que le recriminaba que tuviera tan poco cuidado llevando una vida en su interior, solía contestarle con una sonrisa: mejor perderlo ahora que después.
Cuando nació, mi familiar me contó que la madre experimentó desde el principio un rechazo profundo y visceral hacia él: en cuanto el bebé se ponía a llorar, pedía a gritos que se lo llevaran para no oírlo.
Por las noches, le encerraban en el baño para no oír su llanto; más adelante, aprendieron a hacerle callar añadiendo a la leche del biberón una cucharada sopera de un tranquilizante para adultos.
Sé de buena tinta que dos personas se pusieron en contacto con los servicios sociales en varias ocasiones: hubo una ronda de visitas con pediatras, neurólogos y asistentes sociales, pero la cosa no fue más allá.
Más adelante, cuando tenía rabietas sus padres le encerraban en su habitación, cerraban la llave y podían olvidarse de él durante una tarde entera. Con el tiempo, su habitación se convirtió en su universo, puesto que pasaba allí todo el día, al principio por obligación y luego por costumbre. Contaban que solo salía de allí para ir al colegio y para comer, y pasaba la totalidad de su tiempo libre encerrado entre esas cuatro paredes, sin hacer aparentemente nada, la mente perdida en a saber qué.
Imagino que solo fue cuestión de tiempo para que empezara a vomitar ese odio que le atenazaba las entrañas; debió ser duro ver como su madre se enternecía ante un perrito recién nacido, esa misma madre que le apartaba de su lado porque no le quería, no le había querido nunca. Ese afán por destruir la felicidad ajena encerraba una perversa lógica, buscaría el dolor ajeno tratando de atemperar el propio, intentaría borrar las risas de los demás para olvidarse de su propia infelicidad.
Después de estas revelaciones, ya no estoy tan segura de que la maldad sea algo innato.
Posiblemente, este niño nunca habría sido un dechado de empatía, pero quizás si hubiera nacido en un hogar diferente habría tenido alguna posibilidad.
Hace años que no sé nada de él, ni quiero saberlo, porque hay heridas que tardan en cerrarse. Lo último que me contaron es que trabajaba espóradicamente, seguía viviendo con sus padres, no se le conocían amigos ni pareja y pasaba la mayor parte de su tiempo libre dando paseos por el monte.
Lo más curioso es la lectura que ha hecho mucha gente de este caso: a este niño le han faltado unos azotes. Incluso después de ponerles al corriente acerca del maltrato infantil tan sutil y aún así brutal y continuado al que fue sometido prácticamente desde el día de su nacimiento, los hay que piensan que la vida tenía que haberle maltratado más.
Si lo hubieran hecho, me temo que le habrían convertido en una auténtica bomba de relojería.
El Dr. Spock dijo que unos insultos y humillaciones a diario eran más dañinos que unos azotes de vez en cuando; estoy de acuerdo en el sentido de que debemos cuidar muchísimo el lenguaje cuando hablamos o reprendemos a nuestros hijos para no herirles con unas palabras que en principio iban pensadas para educar. Sin embargo, esa frase ha sido tristemente enarbolada como bandera por una generación entera de padres que la han esgrimido como defensa a la hora de dar cachetes sin cargos de conciencia.
Personalmente, no cambiaría los azotes puntuales que recibí yo por la infranqueable prisión de indiferencia y desprecio en la que este niño se vio encerrado a lo largo de su vida. Sin embargo, de allí a decir que si nos hemos convertido en personas decentes y civilizadas gracias, y no a pesar de, los azotes recibidos durante la niñez, hay un trecho.
Siempre quise a mis padres, reconozco que se mostraron empáticos, dialogantes y cariñosos conmigo la mayor parte del tiempo; sin embargo, esos azotes puntuales los hicieron caer del pedestal, puesto que lo único que me enseñaron es que los adultos pueden permitirse el lujo de perder ese autocontrol que pretenden enseñarles a los niños.
Curiosamente, el niño más maltratado al que conocí jamás nunca recibió un cachete, por lo menos delante mío; sin embargo, eso solo demuestra que el mal tiene muchas caras.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Cumplimos, superamos, seguimos.


Cumplimos dos años.
Mi polluela cumple dos años; y ella y yo cumplimos dos años de lactancia. A nivel nutricional, estoy cumpliendo las recomendaciones de la OMS, pero a nivel emotivo estoy cumpliendo con ella. A nivel emotivo, estos dos años no tienen precio.
Han pasado dos años, que se dice pronto, y en estos dos años ha habido de todo: al principio problemas y obstáculos de todo tipo, pero al cabo de unos meses dimos comienzo a una experiencia mágica y maravillosa que quedará grabada a fuego en mi corazón durante el resto de mi vida.
Siempre recordaré esa mirada tierna y cómplice que intercambiamos, esa manita traviesa rebuscando en mi escote con nocturnidad y alevosía, esa vocecita que últimamente pide su alimento, algunas veces con timidez (¿teti?), otras con urgencia (¡¡¡TETIIIIII!!!).
Este es solo uno de los muchos senderos del camino de la maternidad que me recuerda lo afortunada que soy; recorredlo conmigo si queréis.

Superamos las dificultades.
Empezamos tan mal que pensé que no llegábamos ni a dos meses. Nuestros comienzos fueron dificilísimos: lactancia diferida, luego mixta; no me voy a extender porque ya lo hice en otro momento. Ahora todo eso ha quedado atrás; ya no me enfado porque me hayan dicho que no lo lograría, ahora solo me queda la feliz tranquilidad de haberlo logrado, y la voluntad de disfrutar de esta experiencia.

Seguimos nadando contra corriente.
Aunque la OMS y demás organismos oficiales coincidan en que se debería dar el pecho hasta los 6 meses de forma exclusiva y combinada con otros alimentos durante 2 años como mínimo, parece que más de uno no se ha enterado. En su día, tuve que luchar contra mi antiguo pediatra, que opinaba que la lactancia artificial tenía "exactamente las mismas propiedades" (textual) que la materna, que relactar era una tontería porque "total, a los 6 meses hay que dejarlo para pasar a la leche de continuación" (textual, de nuevo); me tocó escuchar un sinfín de consejos no solicitados sobre las ventajas del biberón; tranquilizar a los que me preguntaban alarmados si el pediatra (el nuevo, el anterior se fue a la porra cuando trató de forzarme a destetar a los 4 meses para darle biberones de cereales) sabía que la niña seguía mamando "a su edad".
(Por cierto, lo que dijo mi pediatra actual el otro día al enterarse de que la niña seguía mamando "a su edad" fue: eso es lo mejor que puedes darle. También hay pediatras como Dios manda, la pena fue no haber encontrado a uno así desde el principio.)
En realidad, lo nuestro no debería considerarse "contra corriente", debería ser lo normal, en el sentido de habitual. Sin embargo, aunque hay que decir que las cosas están cambiando, sigue siendo la opción minoritaria. Por mi parte, es la opción que hemos escogido las dos, y nos sentimos muy felices con ella.

Cumplimos una promesa.
En los "días malos", cuando todavía luchábamos por instaurar una lactancia que se resistía, me prometí a mí misma que si lo lográbamos no destetaría, que dejaría que fuera mi niña la que decidiera cuándo y cómo dejar la teta, que la dejaría seguir adelante para lo bueno y para lo malo.
Dos años después, sigo preguntándome qué puede ser lo "malo" de nuestra lactancia: quizás algún mordisco, algún desvelo nocturno, algún momento embarazoso al bajarme la camiseta en público... pero son minucias comparadas con la tranquilidad, la felicidad y la paz interior que la lactancia nos aporta.

Superamos las críticas.
Al principio, me consideraban una pobre mamá con problemas para dar de mamar; en el peor de los casos, y teniendo en cuenta mi fracaso anterior, una mujer físicamente incapacitada para dar el pecho.
Más adelante, cuando vieron que no me rendía, dejé de ser una desgraciada digna de compasión y lástima para convertirme en una loca fanática que prefería perjudicar a su hija (esto sí que dolía) antes que pasarse a la leche de bote.
A estas alturas, ya no necesito responder a los ataques: no hace falta que les recuerde que estaban todos equivocados, porque a la vista está que mi niña crece sana y fuerte sin necesidad de enriquecer a las productoras de leche infantil.

Seguimos disfrutando del camino.
El camino que nos queda es un camino de rosas; tuvimos la mala suerte de pincharnos con las espinas al principio, pero desde hace mucho tiempo solo olemos el perfume.
Tengo que decir que después de las dificultades iniciales no he vuelto a tener ningún problema: nunca he tenido dolor, ni mastitis, ni infecciones. Algunas lactancias son como un camino con baches, a cada poco hay un sobresalto. La mía fue como saltar un barranco, pero ahora tengo el camino despejado y disfruto de cada metro recorrido.
Cumplimos un sueño.
Al principio, soñaba con una lactancia prolongada, luego hubo una temporada en la que llegar a los dos años me habría parecido, más que un sueño, un milagro. El año fue todo un hito, pero dos años son un triunfo.

Superamos el miedo.
El miedo nos acompañó durante buena parte de este viaje: miedo a dejarla con hambre, a fracasar, a no ser capaz, a tirar la toalla. Ahora ya no hay miedo: para vencerlo, ha sido fundamental el apoyo presencial y virtual que he recibido a lo largo de estos dos años (que quede claro que no todo son críticas), y recuperar la confianza en mí misma y en mi capacidad de alimentar a mi hija.

Seguimos cumpliendo.
Hemos llegado hasta aquí, ahora el límite es el cielo.
Soy consciente de que cada paso que damos nos acerca inevitablemente al destete: no sé si ocurrirá dentro de dos meses o de tres años, por mi parte no le pongo fecha, dejaré que la decida ella. Y cuando eso ocurra, podré decirme de verdad que he cumplido con la lactancia.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Maestros

Mi hijo ha vuelto al cole el lunes pasado. En este caso, la vuelta ha implicado muchos cambios: cambio de ciclo (empezamos primaria), de centro, de compañeros, de profesores.
Me he decidido a escribir esta entrada porque la vuelta al cole es un tema bastante popular por estas fechas; algunas experiencias son buenas, pero otras por desgracia son todo lo contrario. Me han contado, y he leído, historias que me han puesto los pelos como escarpias: niños que lloran desconsolados mientras la maestra los arranca de los brazos de sus madres, que se encuentran perdidos en un ambiente extraño sin que los consuelen (ya se sabe, "hacen teatro"), obligados a permanecer sentados durante horas, a hacer ejercicios que no comprenden ni les gustan. Son auténticas historias de terror, que dicen mucho acerca de nuestro sistema escolar y también acerca de muchos educadores; historias en ocasiones (las menos, todo hay que decirlo) contadas con inexplicable orgullo por unos padres que se vanaglorian de la oportunidad que tiene su retoño de "fortalecerse" a base de llantos; la mayoría de las veces, historias llenas de lágrimas, las de los hijos y las de unos padres que se torturan por dentro, que se debaten entre la obligación de llevar a sus niños a un sitio donde no son felices y la imposibilidad de cambiarlos de entorno.
Mi propia etapa escolar no ha sido demasiado exitosa que digamos: en el mismo momento en que pisé un aula, me etiquetaron de "problema de actitud", y el resto es historia.
Sin embargo, desde que mi niño está escolarizado he podido comprobar que existen excepciones, sigue habiendo personas que sienten auténtica pasión por lo que hacen, y que me devuelven la fe en la posibilidad de cambio.
El lunes pasado, mientras esperaba con mi niño a que le llamaran para subir a clase y me seguía preguntando si la decisión de cambiarle de colegio se demostraría acertada, vi a una maestra pasando lista para agrupar a cada niño con la clase que le correspondía. De repente, la maestra levantó la vista y se percató de que una niña estaba llorando: dejó a un lado la lista, se acercó a la niña, la abrazó, la consoló y habló con ella hasta que consiguió tranquilizarla, y después, con la niña de la mano, retomó la lista donde la había dejado.
Mi hijo llegó tarde a clase el primer día, pero hizo su entrada de la mano de esa maestra; supe que estaba en buenas manos.
Volví a ver a esa maestra el mismo día, a la salida; en esa ocasión, se le acercaron dos chicos que acababan de terminar su primer día en el instituto: habían ido a buscarla para contarle qué tal les había ido.
Ese mismo día conocí también a la maestra de mi hijo. No pude hablar mucho con ella, pues había muchos padres esperando con impaciencia el parte del día, pero la conversación que mantuvimos me impresionó, y para bien. Me explicó que a pesar de que solo mantendrán el horario reducido la primera semana, calculan que el período de adaptación durará alrededor de un mes; durante ese tiempo, lo que les interesa es que los niños se vayan familiarizando con el ambiente, que se conozcan entre si y hagan amistad, que se acostumbren a sus maestros y a sus nuevas asignaturas, en otras palabras que se sientan a gusto.
Hoy mi niño me presentó a su profesor de historia. Ayer volvió fascinado de su primera clase de dicha asignatura, maravillado por la explicación del maestro acerca de la evolución del tiempo. Le pregunté por curiosidad cómo era el maestro, y me contestó que es viejo, y le falta un diente.
Sentí cierta curiosidad (y una ligera señal de alarma por si ese "anciano" resultaba ser un señor de mi generación) hacia ese preceptor desdentado, y hoy pude satisfacerla.
Mi autoestima está a salvo, porque el maestro es mayor; yo no le definiría viejo, es más joven que mi padre, aunque tiene claramente unos cuantos años más que yo. También es cierto que le falta un diente, aunque hay que mirar con detenimiento para darse cuenta (mi hijo es muy observador en lo que a piezas dentales se refiere). Tiene un nombre curioso, de esos que ya casi no se oyen, y cuando le vi me recordó a un abuelo: pero no a uno de esos abuelos modernos que se blanquean los dientes y se broncean en viajes al Caribe organizados por el Imserso para vivir una segunda (o tercera) juventud, sino a un abuelo de antaño, de los que olían a tabaco de pipa y se afeitaban con brocha y cuchilla, abuelos que nos dejaban sorber la espuma de la cerveza, nos contaban historias de tiempos pasados, nunca nos levantaban la voz, abuelos a los que solíamos hacer caso porque les teníamos cariño, y no miedo.
Ese abuelo de nombre peculiar, que hacía gala de esa elegancia trasnochada que las personas de su generación consideran una forma de cortesía, me explicó lo que iban a hacer a lo largo del año, me comentó que a los niños de esa edad no se les puede ni debe pedir que estudien, pero se les puede pedir que aprendan, y por ese motivo el aprendizaje tiene que resultarles interesante y divertido. Mientras me hablaba, desprendía un optimismo contagioso que me hizo entender la fascinación que debió sentir mi hijo en su clase.
De camino a casa, le pregunté a mi niño qué había hecho hoy, y me contestó que habían jugado al juego de los globos: cada niño escribió su nombre en un globo y luego lo soltó en el patio. Pensé en esos globos levantándose en el aire impulsados por el viento: uno de ellos lleva el nombre de mi hijo, sus esperanzas e ilusiones. Ese globo estará volando por el cielo, buscando su camino; mi niño, prisionero de un sistema caduco, anacrónico y a menudo decepcionante, tendrá que plantearse muchas preguntas y encontrar las respuestas; pero las personas que le flanquean me están demostrando que creen en lo que hacen, y eso alivia un poco la congoja que siento ahora mismo.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Lentejita

Lentejita vino a habitar mi cuerpo por estas fechas, hace tres años.
En mi mente y en mi corazón siempre será Lentejita, pues no se quedó con nosotros lo suficiente para que pudiéramos buscarle un nombre más adecuado.
Vino por sorpresa: por aquel entonces, yo estaba decidida a ampliar la familia, pero mi marido no lo tenía tan claro, así que ante la duda seguíamos con anticonceptivos mientras hablábamos (y a veces discutíamos) acerca de la conveniencia de tener un segundo hijo.
Pero una de esas casualidades de la vida hizo que algo fallara, y Lentejita anidó en mi interior. Lo supe desde el principio, debido a las náuseas y mareos que empecé a tener de la noche a la mañana. Me dije que iba a ser una niña, por aquella absurda superstición según la cual los embarazos de niños van como la seda y los de niñas son muy molestos (todo sea dicho, en el embarazo de mi hijo no tuve ni una sola náusea, y en el de mi hija vomité hasta bien entrado el tercer trimestre); ahora en cambio mi intuición me dice que habría sido un niño.
No lo sé, y en realidad nunca lo sabré, pero cada vez que pienso en Lentejita lo hago en masculino, y así me voy a referir a él a lo largo de esta entrada.
Cuando vi el positivo en el test, tuve que sentarme por la fuerza de las emociones: miedo, sorpresa, alegría, incertidumbre, expectación, impaciencia, anticipación, esperanza.
Mi hijo estaba encantado ante la idea de tener un hermanito, empecé a hablarle del bebé, de cómo serían nuestras vidas dentro de unos pocos meses.

Pero luego llegó el amanecer de los sueños rotos y me desperté con un sangrado que no prometía nada bueno. En urgencias, sentada en la sala de espera esperando a que me atendieran le pedía a Lentejita que intentara aguantar, prometiéndole que si conseguía resistir unos minutos más iba a protegerle durante el resto de mi vida. Me acariciaba la tripa intentando llegar hasta él mientras rezaba a mis muertos y a todos los dioses para que nos ayudaran, y no nos separaran antes de tiempo.
Entré, y me topé con una ginecóloga totalmente falta de tacto que mientras me hacía una ecografía me soltó a bocajarro: acabas de abortar, con la misma indiferencia que si se tratara de una muela picada.
Después, los recuerdos se desdibujan y se confunden entre sí. Todavía conservo en mi memoria la imagen de mi marido abrazándome, mientras intentábamos consolarnos mutuamente por el dolor de una pérdida que ya no tenía remedio; y como no, las frases supuestamente de ánimo del entorno, sobre todo el comentario estrella podrás tener más hijos, al cual contestaba sí, pero ya no podré tener a este.
Dicen que todo en la vida ocurre por algún motivo, y posiblemente se pueda aplicar también a la pérdida de Lentejita. Me parece muy cruel pensar que pueda haber alguna razón, algún motivo detrás de una experiencia tan desgarradora, pero puede que así sea.
Mi marido, que hasta entonces se había mostrado reacio ante la idea de ampliar la familia, descubrió lo feliz que se sentía al pensar que íbamos a ser cuatro, y se animó a intentarlo. A mí en cambio me ocurrió lo contrario, no quería tener otro bebé, me aterraba volver a pasar por lo mismo.
Tres meses después me quedé embarazada de mi niña. Soy consciente de que si Lentejita hubiera vivido mi hija no existiría, y si bien me es imposible alegrarme por haber perdido a un hijo, cada vez que miro a mi niña doy gracias al cielo por haberla tenido, y me digo que igual es cierto que todo ocurre por una razón.
Sin embargo, pienso en Lentejita a menudo, especialmente en estas fechas que coinciden con su breve estancia entre nosotros. Espero que no haya sufrido, que haya vuelto a la inmensidad del universo sin darse cuenta de nada y que dondequiera que esté, sepa que habría sido muy querido y que su llegada nos habría llenado de alegría y de ilusión.
Espero que cuando llegue mi hora Lentejita esté allí para acogerme, junto con mi madre, mi abuela y todos los que me precedieron, y que entre todos me ayuden a emprender el camino que olvidé al nacer. Quizás en ese momento consiga entender por qué nos tuvimos que separar, por qué cada uno de ellos tuvo que dejar mi corazón marcado a fuego.
Mientras tanto, me conformo con mirar al cielo y mandarle un silencioso beso de despedida.
Hasta siempre, Lentejita.

Dedicado a Lentejita, y a todas las lentejitas que abandonaron este mundo demasiado pronto, eternos bebés que ahora juegan juntos entre las estrellas y flotan en la luz infinita, igual que en su día flotaron en nuestro interior.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Dos premios más

Dos premios más vienen a alegrarme la vuelta y a aliviarme un poco el síndrome postvacacional.
El primero, Liebster blog, me llega de la mano de Carmen, de La gallina pintadita; recogido queda, y perdón por el retraso, pero es lo que tiene estar de vacaciones.
Ahora lo tengo que repartir, y otorgar a mi vez a 5 blogs que tengan menos de 200 seguidores. Esta vez los agraciados son:


El siguiente premio viene de Lo que nadie me dijo, un blog al que por cierto no conocía (lo encontré al curiosear por las estadísticas del mío) y que me alegro de haber descubierto, porque me ha encantado.
Además del blog que me lo concede, me gusta también el premio: no sé si antepongo la diversión a la competitividad, la verdad es que cuando empecé el blog escribía más bien para mí, pero con el tiempo me empezó a hacer ilusión ver cómo va creciendo, descubrir que hay personas que aprecian y se interesan por lo que escribo.
Este premio también hay que repartirlo a blogs que tengan menos de 200 seguidores, esta vez a 10 (en algunos casos no he conseguido ver el número de seguidores, así que lo siento si he patinado), y en esta ocasión se lo "reboto" a los siguientes blogs:


Un deseo (in)confesable: me encantaría crear un premio Kim, aunque teniendo en cuenta que últimamente ando fatal de tiempo y que el diseño gráfico no es lo mío es probable que la cosa se haga esperar... pero todo se andará.
Un beso.

miércoles, 29 de agosto de 2012

El poder del mar

No sé si me habréis echado de menos, pero ya estoy de vuelta.
Durante estas semanas he cambiado la pantalla por la playa, y el sonido de las teclas por el ruido de las olas rompiéndose contra las rocas. He vuelto animada, contenta y con las pilas cargadas.
En parte, será por el mar. Nací en una ciudad de mar y en cierto modo lo llevo en la sangre: después de tantos años viviendo a cientos de kilómetros del mar, lo sigo echando de menos.
En realidad, la presencia del mar no ha sido el motor de mi infancia, nunca me puse el bañador para lanzarme al agua nada más despertarme: para ir a la playa teníamos que coger el autobús, y a mi madre le parecía bastante engorroso, con lo cual íbamos en contadas ocasiones y reservábamos el mes de julio para ir a una playa "seria". Aún así, cada vez que vuelvo a mi ciudad y respiro el olor del mar, ese aroma salado e inconfundible, me vienen a la mente viejos recuerdos: el puerto pesquero donde di mi primer paseo romántico con mi novio de entonces, las gaviotas que veía volar por el cielo cuando iba a casa de mi primo, la heladería a la que iba con mi mejor amiga desde la que se podía ver todo el golfo.
Hasta el día de hoy me emociono cada vez que veo el mar, me transmite tranquilidad y fuerza a la vez.

En cambio, mi marido y mis hijos han nacido lejos del mar y solo lo han tenido cerca en vacaciones, sin embargo a ellos también les encanta el agua y la disfrutan cada uno a su manera.
A pesar de haber nacido en una ciudad de mar, confieso que no sé nadar (si me lanzan al agua no me ahogo, pero solo consigo dominar el "estilo perro"), en cambio a mi marido le encanta y ha aprovechado las vacaciones para dar rienda suelta a su afición.
Mis niños parecían pececillos, se pasaban todo el día en remojo entre playa y piscina. Mi princesita ha demostrado ser extremadamente lanzada: no le da miedo tirarse al agua ni siquiera sin manguitos, le encantan las aguadillas, se ríe a carcajadas si acaba con la cabeza debajo del agua; su hermano, que a esa edad era algo más circunspecto y tenía cierto reparo a la hora de bañarse donde no hacía pie, se ha soltado por completo y no duda en tirarse por el tobogán o trampolín, le encanta bucear y llevar su propia estadística del tiempo que consigue permanecer sumergido y jugar a cualquier juego acuático que se le ocurra.
Estas semanas he podido disfrutar de mi familia como no lo había hecho en meses: hemos sido libres, felices y más unidos que nunca si cabe. He dejado de pensar en problemas e inconvenientes porque me he dado cuenta de que soy una privilegiada, porque tengo una familia que vale lo que no está escrito.
Así que aquí estoy, todavía un poco en las nubes gracias al poder del mar.
Tengo la casa hecha un desastre y no puedo conectarme tan a menudo como me gustaría, sin embargo he podido ver que en mi ausencia me han llegado premios, en concreto de La Gallina pintadita y de Lo que nadie me dijo. Os los agradezco de corazón y os prometo que en cuanto pueda les dedicaré una entrada para darles la importancia que se merecen, de momento aquí va mi agradecimiento por adelantado.
Gracias por estar allí, como siempre.

martes, 24 de julio de 2012

La princesita

Nunca me han gustado las princesas de los cuentos: cuando era niña, me parecían unos seres frívolos y pusilánimes que no hacían otra cosa que esperar cobardemente a que alguien las salvara en vez de luchar para cambiar su destino; de más mayor, aprendí a sustentar esa impresión con toda una serie de argumentos feministas; de las princesas de carne y hueso mejor no hablo, pues soy republicana hasta la médula.

Dicho esto, en mi casa tengo una princesita y se me cae la baba con ella.
Es una entrada que le debo desde hace mucho, puesto que objetivamente hablo más de su hermano que de ella. Los dos son hijos de mis entrañas, a los dos los crío del mismo modo, pero entre él y ella en ocasiones ha habido una diferencia de enfoque.
Con mi hijo mayor descubrí la maternidad, en algunas cosas pagué la novatada y aunque aprendí a escuchar a mi instinto, en ocasiones casi me sentí culpable por hacer caso omiso de los consejos ajenos que me cantaban las alabanzas del desapego para que no fuera malcriado.
Cuando la tuve a ella, no necesitaba enarbolar banderas, porque ya lo había hecho y todo mi entorno sabía, a esas alturas, de qué pie cojeo. Mi segunda maternidad fue más consciente, menos guerrera y más segura.
Una amiga me dijo una vez que con el segundo hijo no te emocionas tanto como el primero, porque se ha acabado la sorpresa, todo lo que te toca vivir ya lo has vivido con anterioridad.
En realidad, no estoy de acuerdo: cada embarazo es distinto, cada parto es distinto, cada bebé es distinto. Puedes repetir la experiencia varias veces y vivirla de forma diferente, igual que si te enamoras más de una vez a lo largo de tu vida: esas mariposas en el estómago no dejan de ser especiales porque ya las hayas experimentado en otra ocasión; la única diferencia es que a veces, cuando nos enamoramos de una persona adulta podemos equivocarnos, en cambio en el amor que se siente hacia un bebé no hay error posible.
Mi princesita nos tiene irremediablemente encandilados a todos desde el momento en que salió de mí.
Ha nacido rubia en una familia de castaños, y aunque es pronto para asegurarlo, también parece ser la única de la familia que no es zurda.
Como una princesita, es increíblemente coqueta, le encanta ponerse pulseras, collares, sombreros, gafas de sol y cualquier adorno que encuentre en mis cajones o en el armario; se los pone, se los quita y cuando está satisfecha con el resultado sale disparada hacia el espejo, se pavonea, se aplaude y dice ¡bapa! (guapa).
Lo primero que hace por las mañanas (después de ponerse fina de teta, quiero decir) es dirigirme una gran sonrisa y traerme sus zapatillas y una horquilla o goma de pelo para empezar el día arreglada.
Se puede decir que no habla, porque su vocabulario es bastante limitado, pero se hace entender perfectamente. Por lo que a mí respecta, nuestra comunicación es casi telepática: después de estar juntas todo el tiempo desde que nació, a veces nos entendemos sin necesidad de hablar.
Su hermano la adora, le presta sus juguetes, la vigila, la lleva de la mano, le enseña cosas, si le da una rabieta me ayuda a consolarla. Al principio, jugaban en la misma habitación, últimamente juegan juntos, interactúan de verdad.
Ella tiene una caja de juguetes, en parte suyos y en parte heredados, a los que habitualmente presta poca atención: le ha salido la vena imitadora y prefiere jugar con lo que juega su hermano, o ayudarme a mí con las tareas domésticas (limpia el polvo con una toallita, saca las cacerolas del cajón mientras yo cocino, me ayuda a quitar el fregaplatos - se ha cargado un par de platos en el intento, pero la intención es la que cuenta).
Estamos en etapa de rabietas y cuando se enfada llora, grita, chilla y se tira al suelo. Por mi parte, tengo clarísimo que mi hija no es "mala", ni "malcriada", ni es un "bicho". Admito que es extremadamente asertiva, y me alegro por ella, porque está demostrando con su ejemplo ser la némesis de las insípidas princesas de los cuentos.

viernes, 20 de julio de 2012

Premios a pares

Reconozco que últimamente tengo el blog un poco descuidado, por falta de tiempo y de inspiración. Sin embargo, acabo de descubrir que me han otorgado no un premio, sino dos, lo cual obviamente me produce doble alegría. Gracias como siempre por considerarme merecedora de ello.
En orden cronológico:

Premio Yo ♥ Portear


Me llega de la mano de Pilar, de Maternidad Continuum, y para recogerlo tengo que explicar por qué amo portear.
Para ser sincera, el porteo es algo que he descubierto en tiempos relativamente recientes. Cuando nació mi hijo mayor desconocía la existencia de una corriente llamada crianza con apego (lo más cercano al porteo que conocía era una mochila no ergonómica) así que, a falta de portabebé, le llevaba a brazo pelado adonde hiciera falta. Como os podéis imaginar, los agoreros de siempre vaticinaron en su día que mi hijo siempre querría ir en brazos, pero (para variar) no fue así. Dejó de "cangurear", como lo llamábamos, cuando estaba embarazada de su hermana, y desde entonces no lo ha vuelto a pedir, desatando en mí la acostumbrada mezcla de orgullo y nostalgia. Por cierto, parece mentira pero en ocasiones echo de menos esa complicidad que se creaba entre nosotros a pesar del dolor de espalda.
Con la peque sí que conocía los distintos portabebés, además había ido a talleres para comparar los diferentes tipos y aprender a utilizarlos. A pesar de ello, confieso que sigo siendo incapaz de anudarme un fular correctamente.
Respondiendo a la pregunta, amo portear porque me fascina la posibilidad de disfrutar de la cercanía de mi bebé y de tener las manos libres al mismo tiempo. El porteo permite cargarse de un plumazo esos consejos, tan bienintencionados como molestos, del estilo tiene que acostumbrarse a estar en la cuna para que tú puedas hacer tus cosas. Gracias al porteo, he podido hacer todas mis cosas sin que mi hija tuviera que pisar la cuna, las hemos hecho juntas desde que nació.
Ahora estamos en huelga de porteo, supongo que ir tan unida a mamá es incompatible con las necesidades de un terremotillo en constante evolución, sin embargo sigue siendo un bonito recuerdo y una herramienta que agradezco porque me facilitó mucho la vida en su momento.
Ha llegado la hora del reparto, y esta vez se lo concedo a:
Entre mimos y juguetes: no sé si al final portea o ha porteado, sé que la intención estaba allí. Pero se lo merece por el apego y el cariño que transmite, y porque si no me equivoco, necesita una inyección de moral.
Creciendo con David: porque no solo es una experta en portabebés, sino que los hace ella misma, y preciosos por lo que he podido comprobar.
Pegaditos crecemos mejor: porque me encanta la sensibilidad con la que expone los temas que trata y creo que merece un reconocimiento.

Premio osito

Me encantan los osos, cuando era pequeña mi peluche favorito era un oso, y curiosamente los peluches favoritos de mis hijos también son osos. Mi madre apodó a mi padre Bubu, como el oso amigo de Yogui, y Osito era el apodo con el que me dirigía a mi marido cuando éramos novios. En fin, los osos siempre han estado presentes en mi vida y ahora también lo serán en mi blog.
Este premio me lo concede Carmen de La gallina pintadita (¡gracias guapa!), y para recogerlo solo tengo que pasar el relevo a otros blogs, así que en esta ocasión agraciaré a los siguientes:
El método Maridill: por hacernos reflexionar a través de la ironía. Empezó como una broma y se ha convertido en mucho más.
Aprendiendo de Adrián y Gael: porque me encanta su sencillez y sensibilidad.
De repente mami: porque su hija y la mía tienen casi la misma edad, y me veo reflejada no solo en muchas de sus vivencias, sino en sus opiniones y sentimientos.

viernes, 6 de julio de 2012

El fin de una etapa

Llevo cerca de un mes queriendo escribir esta entrada, cerca de un mes rumiando y reflexionando sobre ella y varios días escribiéndola a trompicones por falta de tiempo.
El 22 de junio pasado, mi hijo mayor terminó el ciclo de Educación Infantil; una semana antes, asistí a su actuación de fin de curso y a su graduación.
De entrada, reconozco que no considero necesaria una ceremonia de graduación para niños tan pequeños, pero admito que cuando oí que le llamaban, le vi subir al escenario acompañado por la música de fondo, recibir su diploma y la enhorabuena de su profesora, no pude contener las lágrimas.
La ceremonia finalizó con un lanzamiento colectivo de babys, a falta de birretes, más música y baile, mientras yo asistia hipnotizada, derramando lágrimas saladas que no consiguieron aliviar esa mezcla de orgullo y tristeza que acompaña cada etapa que finaliza en lo que a mis hijos se refiere.
Estaba pensando en todo aquello cuando sobrevino el último día de colegio: por ser el último día, terminaron al mediodía; nos pidieron que les lleváramos con ropa playera, pues iban a celebrar la "fiesta del verano".
Ese día, durante todo el camino, no conseguí desprenderme de una extraña sensación de dejá-vu; por algún motivo, mi mente seguía reviviendo una y otra vez el primer día de colegio de mi niño, a la vez que me recordaba cuántas cosas habían pasado desde entonces, cuánto habíamos cambiado todos desde aquel primer día.
El día que mi niño inició su etapa escolar, recorría ese mismo camino cogido de mi mano, mientras no paraba de preguntarme a mí misma cómo iría todo. Los comentarios no solicitados que había tenido que escuchar durante tiempo revoloteaban a mi alrededor, como una molesta nube negra que no me abandonaba. Mi hijo no había ido a la guardería y esto, según algunos, era razón suficiente para que su adaptación al colegio fuera horrorosa; me perseguían relatos de niños que habían llorado durante meses y de profesoras que arrancaban a los pequeños de los brazos de sus madres.
En realidad, había pasado buena parte de ese verano intentando preparar psicológicamente a mi niño para el colegio. Juntos habíamos elegido su mochila, una mochila roja y negra de Rayo Mc Queen, la ropa que llevaría el primer día, habíamos jugado al colegio con muñecos y playmobils, le había explicado con la mayor objetividad posible en qué consistía el colegio, qué iba a hacer allí.
Aún así, durante el camino nos enfrascamos, los dos, en nuestros pensamientos. Mi niño entró contento, sin embargo, al ver llorar a muchos de sus compañeros, se asustó. Le había contado que algunos niños lloraban porque tenían miedo, pero mi explicación no le preparó para el impacto emocional de presenciarlo con sus propios ojos.
Me abrazó, nos abrazamos. Entré con él en clase, intenté ayudarle a que se familiarizara con el ambiente. Llegó su profesora y empezó a hablar con él, me pidió que me fuera, me explicó que tenía que confiar en ella, me prometió que no iba a dejarle llorar, que le consolaría y le cogería en brazos lo que hiciera falta.
Me fui de allí viendo como mi niño me seguía con la mirada, mientras unas silenciosas lágrimas acariciaban sus mejillas. Confieso que me fui de allí sintiéndome la peor madre del mundo.
Al abandonar el edificio, una especie de sexto sentido me dijo que todo iba bien, y si bien suelo tener cierta confianza en este tipo de cosas, al mismo tiempo necesitaba una confirmación.
Por la tarde, fui a recogerle con el corazón en un puño, mientras barajaba mentalmente todas las posibilidades así como las posibles soluciones.
Salió contento, me explicó que al principio se había asustado un poco pero que luego se había divertido. Le pregunté si quería volver y me dijo que sí.
Tres años y medio después le esperaba en el mismo lugar en el que le había visto salir el primer día; le vi correr y saltar en el patio, jugar con sus amigos, y cuando me vio vino corriendo hacia mí con una sonrisa en los labios. Me despedí de su profesora, mientras las lágrimas (de las dos) expresaban lo que las palabras no alcanzaban a decir.
Mi hijo emprendió el camino de vuelta llevando a su hermana de la mano, igual que tres años y medio antes yo le había llevado a él. Tenía ganas de reír y llorar a partes iguales. Ya en casa, le pedí que se pusiera el baby por última vez y le saqué una foto, recuerdo agridulce que me demuestra lo mayor que se está haciendo mi hijo y se convertirá para siempre en conmemoración del fin de una etapa.