Mostrando entradas con la etiqueta parto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta parto. Mostrar todas las entradas

martes, 6 de enero de 2015

El despertar

Cuando nació mi hijo mayor, uno de los primeros pensamientos que pasó por mi cabeza fue que en ese momento éramos los padres perfectos, ya que no nos había dado tiempo todavía a cometer ningún error. En realidad, ya habíamos cometido unos cuantos sin darnos cuenta.
Me había pasado los últimos dos meses de embarazo inmersa en una dicotomía emocional, tratando de superar la pérdida de mi madre y de alegrarme al mismo tiempo por mi embarazo. Daba bandazos para conciliar a la vez mi nueva condición de huérfana y la de futura madre, me sentía mal por mi madre cuando me encontraba feliz y mal por mi hijo cuando me echaba a llorar. Solo conseguí aliviar mi dolor anestesiándome emocionalmente, dejé de hacerme preguntas para las que no tenía respuesta y me centré en buscar las respuestas fáciles.
Mi casa se llenó de revistas de bebés que comparaban varios modelos de trona para explicarte cuál era el mejor, que llenaban sus páginas de enlaces patrocinados, atractivos y coloridos, pero huecos al mismo tiempo.
Esa oda al materialismo pareció llenar mi vacío, y me apresuré a comprar hasta el chisme más inútil para que a mi hijo no le faltara de nada. Nunca me paré a pensar que lo único que podía necesitar era yo.
Seguí viviendo en mi nube, con las emociones taponadas por ese frenesí consumista, hasta que llegó el momento del parto. Momento ansiado y temido al mismo tiempo, anticipado y vivido en mi cabeza una infinidad de veces, mientras los relatos de terror de amigas y familiares resonaban en mis oídos.
Sin embargo, el destino me regaló un parto rápido, inesperado, casi animal que me reconcilió con esa naturaleza que parecía haber olvidado.
Una contracción brutal, que me parte en dos, nada más llegar a la habitación. Le sigue otra, y otra más, con una frecuencia y una intensidad alarmantes. Todo el mundo decía que las primeras eran espaciadas y flojas. Camino de un lado a otro, es lo que más alivia el dolor, y después de 45 minutos rompo aguas en medio de la habitación. Aguas claras, límpidas, un manantial que me prepara para dar vida. Me bajan al paritorio, técnicamente para ponerme un antibiótico, pero por lo visto ya estoy dilatada y llega el ginecólogo corriendo. Empujo, me rajan, sale el bebé. No tengo tiempo de verlo porque se lo lleva el pediatra, me cosen y me suben a la habitación.
Estoy a punto de ver a mi hijo por primera vez, me acerco a la cuna en la que una enfermera le ha depositado y me doy cuenta de que en esa estampa hay algo que no encaja: su sitio no es esa cuna, su sitio está entre mis brazos. Nunca he cogido en brazos a un bebé, cuando me visualizaba haciéndolo sentía un miedo atroz a hacerle daño; pero alguna fuerza hasta entonces desconocida guía mis manos. Cojo a mi bebé y le acurruco contra mi pecho. Se acomoda, plácidamente dormido.
Mi instinto, largamente negado, se despierta y empieza a rugir con la fuerza de un león. Soy madre, a partir de ese momento en mi vida hay un antes y un después.
Siempre pienso que el destino ha sido benévolo permitiendo que mi hijo naciese de madrugada: ese pequeño detalle nos regaló unas horas de soledad y de vínculo. En mi ignorancia, pensaba que un nacimiento era una ocasión para celebrar, para llenar la habitación de visitas. Esperar a dar la noticia en horario laboral fue una de las mejores decisiones que pudimos tomar.
Unas horas después, la habitación se llenó de gente deseosa de darme consejos y de explicarme lo mal que lo estaba haciendo; afortunadamente, llegaron demasiado tarde para poder acallar mi instinto.
No sabía nada, no había leído nada digno de mención, conocía al dedillo los distintos modelos de cochecitos y la mejor técnica para bañar a un recién nacido, pero no sabía nada de apego, de los efectos de la separación madre-bebé, no tenía ni idea de lo que era un parto respetado ni de muchas otras cosas. Mi hijo me lo enseñó todo, me descubrió un mundo nuevo, me abrió un camino por el que seguimos avanzando hasta el día de hoy. He tropezado muchas veces y me he vuelto a levantar, he cometido los errores que acabo de describir y unos cuantos más. Pero no he vuelto a silenciar mi instinto: en el momento en que cogí a mi hijo en brazos dejé de oír consejos y empecé a escucharme a mí misma.

sábado, 28 de enero de 2012

Aprender


Cuando era pequeña, al igual que todos los hijos únicos, soñaba con tener más de un hijo.
Al hacerme mayor, fui añadiendo más detalles a mi fantasía infantil: tendría dos, niño y niña para más señas, preferentemente por ese orden. Decidí que los educaría como me educaron a mí, con una mezcla de cariño y disciplina, sería una madre moderna y autosuficiente, porque la maternidad no me impediría volver a trabajar en cuanto pudiera, y por supuesto mantendría mi identidad y mi vida de pareja, pues yo iba a ser una de esas madres liberadas que dejan a los niños con los abuelos para hacer una escapada con su marido de vez en cuando.
Como siempre, como en todo, la vida no ha sido como la soñaba, ha demostrado ser muchísimo mejor. A veces pienso que debería haber sido madre antes, pero aún así no me arrepiento. Me digo a mí misma que podría haber tenido hijos en otro momento, pero en ese caso no serían los mismos niños, y como no los cambio por nada, he llegado a la conclusión de que al fin y al cabo he elegido el momento perfecto para ser madre (o tal vez ellos han elegido el momento perfecto para venir al mundo).
Estaba escrito en el gran libro del destino que algún día sería madre, que en realidad había nacido para eso, y que todas las quimeras que perseguí hasta ese momento eran meros espejismos, espirales de humo de colores llamativos, incorpóreas e insustanciales, pero no lo supe hasta que llegó el momento.
La maternidad me descubrió mi sitio en el mundo. Es curioso, pero cuando pensamos en la relación de unos padres con sus hijos habitualmente damos por sentado que los padres son los que enseñan, los que trazan el camino, los que guían a los niños debido a su experiencia. Sin embargo, gracias a mis hijos he podido descubrir que si nos paramos a observar y a escucharnos a nosotras mismas, son los niños los que nos muestran el camino: un camino a menudo escondido, incluso negado, un camino que nos ha esperado pacientemente durante muchos años. Ellos son nuestros auténticos maestros, los que nos ayudan a descubrirnos y a conocernos mejor.
Cuando nació mi hijo mayor, dos meses después de la muerte de mi madre, me encontraba anímicamente muy mal. Su llegada fue un elixir, renací con él y juntos emprendimos el camino. Mi niño me ayudó a atravesar el dolor y a superarlo, me enseñó a amar sin reservas, a escuchar mi corazón, a comunicarme sin palabras, a gozar de las victorias y a fortalecerme con las derrotas. Borré de un plumazo todas mis ideas preconcebidas, dejé de mirar hacia fuera y empecé a mirar hacia dentro, a observarme a mí misma. Gracias a él, descubrí que tenía el poder de crear y moldear mi mundo, de captar la esencia de los sentimientos y de librarme (por fin) de los convencionalismos y de las apariencias. Él ha sido mi despertar.
Luego llegó mi niña: vino a conectarme incluso más con mi instinto. Con ella aprendí que creía saber pero me quedaba mucho por aprender. Había logrado escucharme a mí misma pero aprendí a escucharla también a ella. Me enseñó a luchar por un ideal, con ella descubrí que para llegar a la cima de la montaña lo que importa no es subir rápido sino disfrutar del ascenso. Con su llegada, el mundo que estaba creando se expandió y se inundó de ternura, de fuerza vital, de sueños cumplidos.
Cuando nació, me dije que mi familia estaba completa. Pero desde hace un tiempo, siento que todavía no estamos todos, que hay una chispa de luz entre las estrellas que todavía no ha bajado para llenarnos de felicidad. No sé decir por qué, es algo que se escapa a la lógica, es simplemente algo que siento, intuyo y percibo. Tres es el número perfecto, tres son las etapas vitales de cualquier mujer. Creo en el destino, en el azar y sé que todavía tengo que llenar un trocito más de mi corazón.
Mi marido tiene claro que no va a buscar más hijos, y yo, para ser sincera, no tengo ganas de tratar de convencerle de lo contrario, de hablar o de discutir. En cierto modo me he acomodado, sé que el tiempo se me echa encima porque no soy ninguna niña, y si no ocurre a corto o medio plazo ya no ocurrirá; de momento, prefiero disfrutar de la etapa tan serena, apacible, maravillosa y feliz que estamos atravesando. Sé que nosotros no lo buscaremos, pero un día él o ella nos buscará a nosotros. Lo sé por esa sabiduría que procede de la intuición: es un sexto sentido que permanece dormido durante largos períodos pero nunca me abandona del todo.


Cloud profile, de idea go
http://www.freedigitalphotos.net

Un día, una diminuta luz decidirá abandonar la infinidad del universo para instalarse dentro de mí, para ayudarme a descubrir el camino que todavía me queda por recorrer: porque gracias a mis hijos, he aprendido muchísimo, pero todavía me quedan unas cuantas lecciones.
Necesito aprender que la vida está llena de sorpresas, que el destino baraja las cartas pero nosotros las jugamos, necesito descubrir la auténtica magia del nacimiento, necesito parir en cuclillas en mi dormitorio alumbrada por la luz de las velas (y de la luna, si procede). Esta es una lección que también debe aprender mi marido, necesita librarse de sus miedos, comprender que el sufrimiento no es fin a si mismo, no es un dolor de muelas, es un dolor que enseña, transforma, purifica.
He aprendido a escucharme y a luchar, ahora tengo que aprender a dejarme llevar. Necesito recibir estas lecciones y todas las que me quiera enseñar, interiorizarlas y hacerlas mías, para poder cerrar el círculo y llegar a ser mejor mujer, mejor madre y mejor persona.
Estoy preparada, pero para lograrlo necesito que vengas. Sé que algún día lo harás, y cuando llegues, me sentiré completa, porque por fin estaremos todos.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Camino de redención


Fairy wood, de Evgeni Dinev
http://www.freedigitalphotos.net
La descripción del blog Reeducando a mamá, del que soy asidua, dice: Antes de ser madre yo pensaba que a los niños había que criarlos a golpe de: "Quién bien te quiere te hará llorar" y que "la letra con sangre entra". Pero mis hijos lo han cambiado todo. Ahora sé que tengo que sostenerlos, nutrirlos, amarlos sin límites y dejarme llevar por mi deseo maternal. Como hija del patriarcado conductista necesito reeducarme. Y en esta reeducación necesito vuestra ayuda: la de esta “tribu” virtual defensora de nuestra capacidad natural para vivir en el AMOR.
Me permito copiarla porque me identifico totalmente con lo que la autora quiere expresar. Se suele decir que quien no tiene hijos tiene normas, y antes de ser madre tenía clarísimo que dejaría a los niños con la abuela para irme de vacaciones con mi marido, que los niños necesitan mano dura, que no permitiría que un bebé me cambiara la vida.
En realidad, no tuve que esperar a convertirme en madre para darme cuenta de la cantidad de sandeces que defendía con cierta arrogancia: en cuanto me puse de parto, se borraron de mi mente las técnicas de relajación que me enseñaron en los cursillos, las teorías de las revistas sobre bebés y los consejos recibidos. En ese momento conecté con mi parte más animal, la más instintiva y al mismo tiempo la más sabia de todo mi ser, mientras rezaba una silenciosa plegaria a mi madre para que me ayudara en ese trance que se me antojaba tan aterrador. Evolucioné, crecí, me descubrí, envejecí mil años en pocos minutos.
Ahora me siento libre de ataduras mientras recorro este camino de redención en compañía de mis cachorros (y de su padre, por supuesto). Las críticas y las opiniones ajenas resbalan sobre mi piel como si fueran gotas de lluvia, caen al suelo y forman charcos que no resistirán el calor del sol.
Ya no me interesan las teorías ni las experiencias ajenas, me dejo guiar por mi instinto porque sé que no me fallará. A veces cometo errores y tropiezo, pero mi familia está a mi lado, tendiéndome la mano para ayudarme. Lo más importante no es llegar, sino disfrutar del viaje.