viernes, 10 de junio de 2016

Echando a volar

Hace mucho tiempo, casi en otra vida, me decían que era muy blanda.
Lo era porque no dejaba llorar a mis hijos, porque lamenté haber fracasado en la lactancia de mi hijo mayor, porque luché contra viento y marea para establecer la de la segunda, porque no les mandé a guardería, porque pedí una excedencia, porque me reduje la jornada, porque trataba de reconducir las rabietas en vez de ignorarlas, porque no creía (ni creo) en la obediencia ciega ni en la disciplina militar.
Me decían que era muy blanda, que iba a lo fácil, que criaría niños miedosos y sobreprotegidos que dormirían en mi cama hasta la mayoría de edad, que tenía que despegarles de mí lo antes posible para que volaran rápido.
A estas alturas, soy consciente de que todavía me queda mucho camino por recorrer, pero tras una década de maternidad creo poder hacer un poco de balance. Sinceramente, no sé si lo que he hecho ha sido lo fácil, o lo difícil. He intentado seguir mi instinto porque creo que es simplemente la manera más correcta de tratar a un niño, y si en algún momento he visto algún resultado, he intentado celebrarlo con asombro en vez de echarme flores. 
Hemos recorrido mucho camino, hemos dado un paso tras otro, alguno hacia adelante, y alguno hacia atrás, para qué negarlo. Hemos corrido con la rapidez del guepardo, avanzado a paso de tortuga, arrastrado como las serpientes, saltado como los canguros, y colgado de los árboles como los monos.
Y de repente, cuando menos te lo esperas, llega el día en que dejan de decir que eres blanda, porque se dan cuenta de que lo has hecho igual de bien, o igual de mal, que los que han optado por seguir la corriente mayoritaria.
Ha habido días en los que me sentía fuerte como una leona y otros en los que me derrumbaba y me sentía incapaz. He hecho tribu, he conocido a un montón de gente estupenda que me acompaña y me sostiene cuando tropiezo, he dicho las frases que juraría que no diría jamás (¡a que voy yo y lo encuentro! ¡En esta casa hay que seguir unas normas! ¡Porque es así, y punto!).
Y llega el momento en que los niños mimados, consentidos y sobreprotegidos a los que yo no dejaba crecer salen del cascarón y empiezan a explorar el mundo.
Así que sinceramente, no sé si lo que hice fue lo fácil. Ni lo sé, ni me importa, porque me doy cuenta de que lo realmente difícil llega ahora.
Imagen: Yggdrasil, autor desconocido
Ya no tengo bebés, ahora prefieren jugar con sus amigos, o juntos, que conmigo. Y ahora que puedo ir al baño sola y disfrutar de ese tan cacareado tiempo para mí, hay veces que no sé qué hacer con él.
Me despierto más tarde, pero con menos alegría, porque nadie se pone a saltar en la cama a deshoras.
Había conseguido aprenderme el nombre de todos sus personajes favoritos de los dibujos animados y ahora tengo que aprenderme el de los youtubers.
Sobre todo, ya no vivimos en un mundo donde las pupas se curan con un besito, por las noches no esperamos al mago de los sueños que nos llevará a su castillo mágico donde todo lo que imaginemos se convertirá en realidad y si hay regalos debajo del árbol sabemos que los han comprado mamá y papá.
Lo realmente difícil es decir pásalo bien en vez de ten cuidado.
No conocía esto en vez de me siento vieja.
Qué mayor te has hecho en vez de dónde está mi bebé.
Lo difícil es dejar atrás el cálido refugio de la infancia y embarcarte en nuevas etapas, sabiendo que ya no volverá.
De verdad, no sé si lo que he hecho ha sido lo fácil o lo difícil. Ni siquiera sé si ha sido lo mejor o lo peor.
Me dijeron que tenía que despegarles de mí para que volaran rápido. Les he dejado crecer y ahora vuelan alto.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Cruzando puentes

Pues sí, todavía toma teta.
Hace unos días, me enlazaron un artículo en el que una mujer que amamanta a su hija de 6 años hablaba de su experiencia y, como os podéis imaginar, las críticas no se hicieron esperar. Incluso en ambientes donde se promueve la crianza respetuosa y la lactancia prolongada y a libre demanda, me he topado con comentarios que abarcaban desde el escepticismo hasta la hostilidad.
Por la parte que me toca, me identifico en muchísimos puntos con esa mamá. En mi caso, no son 6 años, pero teniendo en cuenta que nos acercamos a los 5 y medio y sí, todavía toma teta, no me extrañaría que siguiera entetada en su próximo cumpleaños.
Así que bienvenidos sean el escepticismo, la hostilidad, incluso el paternalismo disfrazado de tolerancia (yo lo respeto, pero...); no escribo esto para reivindicar nada, puesto que si algo hubo que reivindicar, ya lo hice en su día; tampoco lo hago para llamar la atención, ya que a mi entender, el hecho de amamantar (ya sea con 5 meses o con 5 años) no es algo que se enseñe ni que se esconda. Lo hago simplemente porque si hasta hace unos años me hubieran dicho que a esta edad seguiría dándole teta, con toda probabilidad me habría caído de espaldas, y me habría gustado que me lo hubieran explicado "desde el otro lado".
La OMS recomienda lactancia exclusiva durante los primeros 6 meses, y combinada con otros alimentos hasta como mínimo 2 años, o hasta que la madre y el niño quieran. Sugiero que en la próxima revisión se añada "y no hasta que el pediatra, la suegra, el vecino o el opinólogo de turno lo considere oportuno". La de problemas y explicaciones que ahorraría esa coletilla...
Por lo que a mí respecta, nunca me puse fecha de fin, no porque me planteara una lactancia sin límites desde el principio, sino porque la vida me ha enseñado que es suficiente con planificar algo para que el destino te presente alguna que otra sorpresa. De hecho, tenía pensado darle de mamar a mi primer hijo pero fracasé estrepitosamente al poco de empezar (la historia completa aquí).
Así que cuando me quedé embarazada de mi hija, decidí informarme para no volver a repetir los errores del pasado, pero otra vez me enfrenté a un reto que no tenía previsto (la historia completa aquí). En versión resumida, digamos que los comienzos fueron tan, tan difíciles que me parecía una locura pensar a largo plazo: hubo días que creí que no llegábamos ni al mes. Así que a medida que fuimos venciendo los obstáculos poco a poco e iba vislumbrando el camino, me planteaba la posibilidad de dar otro pequeño pasito. Y pasito a pasito, vamos cruzando puentes.
Al principio, fue una lucha. Primero, una lucha contra el tiempo, contra mi propio cuerpo y mi supuesta incapacidad para alimentar a mi hija sin necesidad de suplementos ni ayudas externas; después, cuando conseguí tirar los biberones a la basura y regocijarme porque mi hija solo se alimentaba de la leche de mis tetas, tuve que estamparme contra el muro de la corrección política. Resulta que para la corriente dominante, dar el pecho a un bebé de pocos meses es acertado y hasta meritorio, pero hacerlo más allá de lo que el interlocutor juzgue apropiado suele considerarse una muestra de patología mental, de exhibicionismo, de dependencia excesiva o de cualquier calamidad que el iluminado de turno tenga a bien hacer recaer sobre la cabeza de la madre.
Así que la lucha continuó, pero cambió de forma. Me tocó sufrir a un pediatra de la vieja escuela, de esos que opinan que a los 6 meses hay que suspender la lactancia para pasarse a la leche de continuación (de marca patatín naturalmente, ya que son todas igual de buenas, pero la marca patatín es un pelín mejor que las demás), y total, teniendo que dejarlo a los 6, qué más da a los 3 o a los 4; tuve que lidiar con (des)conocidos que achacaban cualquier problema o manifestación típica de la infancia a la teta: si duerme mal es culpa de la teta, si no engorda es culpa de la teta, si llora es culpa de la teta, si es tímida es culpa de la teta, si es contestona es culpa de la teta, si no se atreve a tirarse por el tobogán es culpa de la teta, si se tira de cabeza por el tobogán, también es culpa de la teta.
Y qué decir de esos comentarios irónicos, vas a tener que ir al cole con ella para darle de mamar durante el recreose echará novio y seguirá con la teta y demás lindezas... Supongo que cualquier mamá que haya dado de mamar más de lo que su entorno considera apropiado sabrá de lo que estoy hablando.
Por eso estoy bastante curtida ante los comentarios, he cruzado muchos puentes y sé que las riadas de objeciones e impertinencias terminarán por llegar al mar (o al desagüe), lejos de mí y de mi hija.
No pretendo generalizar, pero por lo menos en mi experiencia, tengo que decir que los que más opinan sobre lactancia suelen ser los que menos saben al respecto. Por eso no me ofende que levanten la ceja al descubrir que todavía toma teta, o se apresuren a explicarme que les parece bien, pero...
Dejadme que os desvele el secreto mejor guardado de la lactancia prolongada: con el tiempo, va a menos. Quedan atrás los altibajos de las primeras etapas, el querer engancharse a cada rato, el tardar literalmente horas en soltarse, el pedir teta como si no hubiera un mañana. Hace mucho que mi hija no me pide teta en la calle, ni en el parque, y a pesar de las predicciones agoreras, nunca me la ha pedido en el cole o en una fiesta de cumpleaños. De hecho, no recuerdo cuándo ha sido la última vez que le he dado de mamar en público. No por vergüenza, ni por el qué dirán, sino porque ha cogido la costumbre de tetear tumbada y por tanto, es más fácil darle en casa y yo me encuentro más cómoda espatarrada en la cama o en el sofá. Nuestra lactancia, tan escandalosa, impúdica y exhibicionista a ojos de algunos, se resume, a estas alturas, en una toma por la mañana y en ocasiones (cuando no está demasiado cansada) otra por la noche. Así que no veo dónde está el problema, a qué responde esa necesidad de opinar sobre algo que no incumbe a nadie más, de dejar claro que está bien, pero...
Lo mismo que si empiezan a cuestionar los pijamas que les pongo, los juguetes que les compro o la peluquería a la que les llevo... entran ganas de contestar igual, está bien, pero... ¿a vosotros qué más os da? Pero claro, esas son decisiones personales de competencia de cada familia; la teta no, es un asunto de salud pública y hasta el frutero del barrio debe tener voz y voto.
Hemos cruzado muchos puentes y todavía nos queda uno, el del destete. Lo cruzaremos, pero no antes de llegar a él.
 

domingo, 10 de enero de 2016

Momentos

Ha pasado otro año, tal y como me ha recordado Facebook recientemente con su resumen de fotos de 2015. Y dicho sea de paso, a ver si el año nuevo me trae tiempo, inspiración y ganas de escribir.
He llegado a esa etapa de mi vida en la que el tiempo empieza a acelerar; razonablemente, ya he superado el ecuador de mi existencia, aunque a decir verdad no tengo ganas de hacer balance, porque equivaldría a decir que cada día que pasa es un día menos. Prefiero pensar que cada día que pasa es un día más.
Sea como sea, este año ha pasado como una exhalación, día tras día y mes tras mes, con sus rutinas, sus altibajos y sobre todo, sus momentos. Leí alguna vez que de nuestras vidas solo recordamos momentos, aunque yo creo que más bien lo que permanece son las sensaciones, las huellas imborrables que cada vivencia deja en nuestra piel y en nuestro interior.
Así que si tuviera que resumir el año pasado, no hablaría de personas, lugares o acontecimientos, porque si me paro a pensar, lo que ha quedado es mucho más inmediato y menos adulterado.
El asombro al descubrir cuánto ha crecido mi hija, el lenguaje tan elaborado del que hace gala (la niña que tardó en hablar, y ahora no para) y los conceptos tan rebuscados, tan "de mayor" que a veces acuden a su cabecita. Ir con ella a recoger a su hermano de una extraescolar y que me cuente que las sombras son más largas porque el sol está más lejos; o que me explica que si vas al parque con falda echas a volar cuando saltas, como las hadas.
Sus juegos también han evolucionado, menos saltos y cosquillas y más diálogo.
El sonido de su risa, el alborozo que nos embarga al estallar en carcajadas por cualquier tontería.
Mi hijo, debatiéndose entre los últimos coletazos de una infancia que todavía no ha quedado atrás y una nueva etapa que no sabe bien adónde le llevará. Mi niño cada día es menos niño, quiere montar una plataforma para luchar contra la tauromaquia cuando sea mayor, últimamente siente cierta fascinación por la religión y el origen de las celebraciones, y se divierte montando un Lego sin mirar las instrucciones. Y al mismo tiempo, está empezando a preocuparse por su aspecto exterior, por la ropa que lleva, no vaya a ser que su apariencia se convierta en motivo de burla entre sus amigos.
Ha querido cortarse el pelo, después de años de lucha para conseguir una melena al estilo de la de Anakin Skywalker en la tercera parte de Star Wars. He borrado la foto de Hayden Christensen que llevaba en el móvil para instruir a la peluquera, ahora le tengo que enseñar a peinarse con las puntas levantadas.
Están (re)descubriendo el placer de jugar juntos, ya no como iguales, sino como un hermano mayor cuidando de su hermana pequeña. Siguen peleándose por los juguetes, pero su relación poco a poco se va redefiniendo. Mi niña está llegando al final de la etapa dependiente, de no irás al baño sin mí, pero poco a poco va buscando otros referentes, y no es infrecuente que me digan mamá, vamos a jugar juntos, puedes ir a hacer tus cosas.
Así que me pongo a hacer mis cosas, las que sean, tratando de disfrutar de esa extraña soledad que en ocasiones añoro y de la que a veces recelo. Sola con mis ideas, mis pensamientos, mis recuerdos y mis emociones.
Sola con el caleidoscopio de sensaciones que han formado este año pasado: paseos en familia, la brisa marina acariciándome la piel, la aguja del tatuador rasgándome la muñeca, las risas de mis hijos, hundir las manos en la masa de las galletas, quedarme dormida mientras abrazo a mi niña, perderme en unos ojos color canela, mirarme al espejo y descubrir que a pesar de los estragos del tiempo, estoy mucho mejor que hace años.
Un año más, un año menos. A por el siguiente, a por todos.

domingo, 3 de enero de 2016

Año nuevo, vida nueva



A buenas horas, pero más vale tarde que nunca. Empiezo el año con mis mejores deseos, esperando que en 2016 consiga sacudirme de encima la vaguería blogueril que se ha apoderado de mí.
Que cada final sea un nuevo comienzo y cada paso una aventura.
Hasta pronto.

viernes, 30 de octubre de 2015

El 95% de las mamás se sienten juzgadas...

... Y el 5% restante, a las que nos importa un bledo la opinión de los demás, resistimos como podemos.
No sé si os acordáis del anuncio de Similac del año pasado. Sí, ese que llamaba a la paz y a la tolerancia, que enseñaba un muestrario variopinto de mamás y papás recriminándose los unos a los otros por la forma de crianza elegida, y al final un carrito con el bebé dentro rodaba pendiente abajo y todos se echaban detrás, para mostrarnos que a pesar de las diferencias todos queremos lo mejor para nuestros hijos. Recuerdo que las redes sociales se inundaron de alabanzas, qué bien, qué bonito, qué cierto. En realidad, estaba muy bien montado y había que verlo unas cuantas veces antes de darse cuenta de que bajo la pátina de tolerancia, el mensaje estaba claro: las mamás que daban el pecho eran unas dejadas que iban en chándal y se tapaban para amamantar, para no ofender al prójimo, en neto contraste con las mamás de biberón, impecablemente peinadas y enfundadas en arregladísimos trajes de ejecutivas; las primeras hablaban de lo duro y doloroso que era dar el pecho, mientras las segundas se erguían en pos de mujeres modernas y liberadas.
Bueno, pues este año han afinado un poco el tiro, y el nuevo anuncio es sin duda más sutil. Esta vez, la lactancia no se presenta como una elección personal, pues las mamás que no amamantan han tenido historias muy tristes (una ha conseguido superar un cáncer y la otra dio a luz a mellizos prematuros que estuvieron a punto de morir; un abrazo muy fuerte a todas las mamás que han pasado por trances de este tipo, y dicho sea de paso, me parece bastante poco ético frivolizar de esta manera con vivencias tan duras) Sin embargo, el mensaje de fondo sigue siendo el mismo: no juzgar, no opinar, todo es bueno y bonito, todas las opciones son igual de respetables, todas somos buenas madres. Otra vez, el anuncio corre como la pólvora por doquier, compartido sin cesar junto a los llamamientos al respeto y a la tolerancia.
Llamadme cínica, y sé que después de escribir esto perderé unos cuantos seguidores, pero personalmente, estas campañas me crispan los nervios. Para empezar, el que sea una multinacional productora de leche de fórmula la que se dedica a difundir estos mensajes me parece bastante insultante. Dicen que lo importante es el mensaje, y da igual de dónde proceda, pues me temo que no, no da igual, porque el simple hecho de que sea una empresa la que lo hace, deja bastante claro que el fin último no es la paz mundial, sino comercializar sus productos y aumentar las ventas. Cuando a Oliviero Toscani se le ocurrió sacar fotos de condenados a muerte o de enfermos de SIDA en fase terminal para las campañas de Benetton, le llovieron las críticas.
En segundo lugar, estos anuncios rezuman cierto paternalismo, al estilo vamos a enseñar a estas mamás ignorantes a empatizar un poco. Será que tengo cierto ramalazo talibán, o mejor dicho, soy de empatía selectiva, pero rogaría a los señores de Similac que respetaran mi derecho a opinar lo que me da la gana. Esto no es una carrera de méritos, no se trata de ser mejor o peor madre que la vecina, así que por favor no lo llevemos por esos derroteros, pero a estas alturas de la vida me considero medianamente empoderada y rogaría que me permitieran tomar decisiones razonadas y fundamentadas en vez de darme la razón como a los tontos.
A la generación de nuestros padres la desconectaron de su instinto de manera brutal, muchas mamás recientes eran infantilizadas a más no poder, estaban rodeadas de "expertos" que sabían más que ellas, porque habían estudiado, porque ya habían criado hijos, porque habían criado más hijos, porque los habían criado mejor, o simplemente porque se otorgaban cierta superioridad moral. El problema es que escuchar las opiniones ajenas a veces implica silenciar el instinto, esa vocecita interior que nos conecta a nuestra esencia y a nuestra maternidad de manera irreversible e indestructible.
Además, una de las grandísimas ventajas de la era tecnológica es la gran cantidad de información fiable, verídica, completa y accesible que se encuentra a un solo clic de distancia. Ya no tenemos porque agachar la cabeza ante la suegra que nos dice que demos papillas a los 3 meses porque ella lo hizo así y le fue muy bien, podemos bajarnos la guía de introducción de alimentos de la OMS y rebatirle con todas las de la ley.
Por este motivo me parecen tan dañinas las campañas "respetistas", porque si empezamos a decir que es igual de respetable un parto natural que programar una cesárea, que da lo mismo amamantar que dar biberón por elección, que dejar llorar a tu hijo es tan válido como atenderle, estamos dinamitando la esencia misma de la información. Para qué buscar alternativas, para qué molestarse en mejorar si al final es lo mismo una cosa que la otra.
Imagen: Tregua entre mamás
Alias, cómo rebajar prácticas cuestionables a mera opción educativa
Que conste que no soy perfecta, ni me lo creo, ni me subo a un pedestal ni juzgo a nadie (opino, eso sí, y estoy en mi derecho, igual que todo hijo de vecino, incluso si a Similac no le parece bien); quien me conozca, quien me haya leído con cierta asiduidad sabrá que mi primera lactancia fracasó y mi hijo acabó tomando fórmula, que en mi casa entran bollycaos y Coca Cola, que a veces pierdo la paciencia y se me escapa un grito, que en ocasiones les pongo la tele para entretenerles, que las manualidades se me dan fatal y que soy incapaz de hacer esculturas con la comida para que se la coman con más ganas. No me vale el no juzguemos para que no nos juzguen: he perdido la cuenta de las veces que me han juzgado, en algunas ocasiones lo han hecho con razón y lo he encajado, en otras ha sido sin razón (creo yo) y me ha resbalado. Si la recomendación es constructiva, y aún así nos duele, nos hiere y nos enfada, quizás deberíamos hacer un poco de autocrítica y ver por qué nos afecta tanto, en vez de matar al mensajero. Una vez superado el cabreo inicial nos aguardará un mundo entero de información, de trucos para hacerlo mejor y no volver a tropezar con la misma piedra.
Prefiero mil veces sentirme juzgada y seguir aprendiendo que renunciar a hacerlo por dejarme amansar con una palmadita en la espalda.

sábado, 10 de octubre de 2015

Meritene y maldades

Si algún día tu hijo te dice que eres una madre mala, es que eres muy buena, dicen en el más reciente anuncio de Meritene, último eslabón de una larga cadena de despropósitos patrocinados por Nestlé.
Como si no tuviéramos bastante con el de Pediasure, ese que explicaba que uno de cada dos niños se deja comida en el plato.
¿Por qué uno de cada dos niños se deja comida en el plato, mamá? preguntó mi hija.
Porque uno de cada dos padres les pone demasiada comida, contestó su hermano.
Por lo menos, el Pediasure intentaba enumerar las bondades de las verduras y el pescado a ritmo de música, pero este, directamente no hay por donde cogerlo.
Llego tarde, porque ya ha sido brillantemente desmontado en este artículo (entre otros) y a decir verdad, ni siquiera habría escrito esta entrada de no ser por los recuerdos que me ha traído a la cabeza.
Vaya por delante que no me considero un modelo a seguir en cuanto a nutrición infantil; es más, reconozco que en mi casa no siempre comemos las 5 raciones diarias de fruta y verdura, nuestro menú semanal puede no ser todo lo variado que recomiendan los nutricionistas, y si bien intentamos no comer porquerías a diario, de vez en cuando incorporamos algo de comida basura a nuestra dieta.
Pienso que una dieta variada debe ser precisamente así, variada, y por tanto de vez en cuando hay que hacer hueco también para los donuts y las patatas fritas; me parece peligroso abusar de las comidas malas, pero igual consideración me merece el prohibirlas tajantemente sin posibilidad de negociación. Que conste que lo digo como superviviente de terrorismo nutricional durante la infancia, me temo que gracias a ello me he quedado un poco tocada, incluso después de media vida sin haber vuelto a comer acelgas.
En otras palabras, admito que en mi casa no siempre comemos de manera ejemplar, pero por lo menos no se estila la costumbre de cebar a los niños con batidos y demás complementos innecesarios, ni mucho menos los hacemos comer bajo coacción.
Eso es lo que realmente me molesta del anuncio de Meritene. No es tanto que nos intenten vender como imprescindible un producto que es precisamente lo contrario, sino la manera en la que lo hacen. Es posible que a estas alturas me haya acostumbrado a las familias felices de los anuncios de la tele, esas familias rubias y sonrientes que siempre se levantan de buen humor y no pierden la alegría ni ante la mancha de tomate más resistente. Quizás por eso me ha chocado tanto la actitud de la madre del anuncio de Meritene. Es curioso que Nestlé haya intentado justificarse diciendo que su anuncio pretende ensalzar la paciencia y la perseverancia de las que hacen gala muchos padres a la hora de la comida; personalmente, por mucho que lo mire, esas virtudes no las veo por ningún lado, el comportamiento de la madre me parece más bien amenazador y chulesco.
El asombroso caso de la niña que comía brócoli sin necesidad de amenazas
Yo solía volver del colegio con el estómago encogido, preguntándome qué habría para comer; algunos menús anunciaban directamente una batalla campal. Así que perdonadme, pero me resulta mucho más fácil empatizar con el chico afectado por el  "síndrome del niño malcomedor" (palabro inventado por las multinacionales que fabrican suplementos, pero de gran impacto psicológico) que con esa madre, tan pacientemente autoritaria y tan amenazadoramente perseverante (¿es ironía o sarcasmo? preguntaría mi hijo. Un poco de cada, creo.)
Lo que más me repatea es la dichosa frase que abre esta entrada, si algún día tu hijo te dice que eres una madre mala, es que eres muy buena. Históricamente, se ha usado esa frase como justificación barata para tranquilizar conciencias, como autorización para cometer una ristra de barbaridades que nos pondrían los pelos como escarpias si la víctima - perdón, el objetivo, fuera un adulto en vez de un niño.
Mis hijos nunca me han dicho que soy una madre mala, así que probablemente para Nestlé y compañía, debo ser más mala que un dolor.
El anuncio es nuevo, pero hasta donde yo sé, el Meritene lleva ya unos cuantos años en comercio. Mi primer contacto con esta gama de complementos se produjo hará unos 6 años, cuando mi pediatra de entonces le diagnosticó a mi hijo el famoso síndrome del niño malcomedor. A decir verdad, mi niño era (y sigue siendo) muy alto y delgado, pero sinceramente su peso siempre ha estado dentro de las tablas; siempre le noté activo, curioso y despierto, con lo cual no me preocupaba excesivamente si se dejaba comida en el plato.
Pues nada, en una revisión este señor me vino a decir que el niño estaba "descompensado", me sometió a un interrogatorio en cuanto a nuestros hábitos alimenticios y al considerar "insuficientes" las cantidades que el niño acostumbraba a comer, intentó endiñarme un estimulante del apetito (sí, un medicamento, de esos que actúan sobre el cerebro). Digamos que la diplomacia no es mi fuerte, y le contesté a las claras que me negaba a drogar a mi hijo para que comiera. Entonces me propuso el dichoso Meritene, y cuando también me negué a eso, me jugó la carta del niño enfermo dejando caer la posibilidad de que mi hijo tuviera un trastorno metabólico. Allí me enfadé de verdad, y le dije que si consideraba que mi hijo pudiera tener algún problema de salud, ya podía mandarnos a hacer las pruebas que considerara oportunas para confirmar o desmentir su diagnóstico en vez de sugerirme cebarle como si fuera un pavo. Como era de esperar, reculó rápidamente y no nos mandó ninguna prueba, posiblemente el único problema era mi negativa a llenar los bolsillos de Nestlé.
Así que seguramente, para mi ex pediatra, era una madre mala; y posiblemente, para mi suegra, mi cuñada, la vecina del quinto, alguna mamá del parque y un largo etcétera, también.
Todo sea dicho, con mi hijo mayor pagué la novatada. Nunca le sometí a presión, ni me enfadé para que se acabara el plato como ocurre en los aterradores anuncios de Meritene (he descubierto que hay una serie entera, el tema es el mismo, la madre-sargento que coacciona al niño y este le espeta "eres muy mala", y a continuación viene la repelente frasecita limpia-conciencias), pero en mi fuero interno me sentía nerviosa e intranquila ante la posibilidad de que sufriera carencias.
Llegó un día en el que decidí olvidarme de la presión. No ocurrió ningún milagro, mi hijo no se zampó una sandía entera ni nada por el estilo; pero yo empecé a vivir un poco mejor, a confiar más en mí misma y en mi instinto. A día de hoy, en plena racha preadolescente, está desarrollando un apetito voraz. Quien le ha visto y quien le ve, desde luego no está mal para un niño "malcomedor".
Con mi hija no tuve que replantearme el tema de la presión, porque directamente no la hubo. Con mi facilidad habitual para hacer amigos, mandé a la porra a todo opinólogo, y dejé que ella misma se administrara y regulara. A día de hoy, no recuerdo que se haya negado a probar ningún alimento, come cantidades aceptables y su menú es muy, muy variado. Come hasta brócoli, pero sin necesidad de rodearla de juguetes para luego castigarla retirándoselos, como en el dichoso anuncio.
Así que habrá que darle la vuelta a la frase: si mis hijos dicen que soy buena, debo ser malísima. Y a mucha honra.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Historias

El color favorito de mi hija es el amarillo. Dice que es el que más le gusta porque es el color del sol y de las flores. Tiene alma de artista y le encanta dibujar enormes soles y paisajes inundados de pintura amarilla. Observo maravillada como poco a poco va forjando su personalidad y definiendo sus gustos.
Hasta hace no mucho, su color favorito era el rosa. Personalmente, es un color que detesto, no por sexista sino porque me parece empalagoso. Para ser sincera, yo soy de esas mujeres tolerantes y conciliadoras que consideran que el sexismo se nota en otras cosas, y el rosa solo es un color; que es mejor comprar una Barbie cuando te la pide que tenerla suspirando por algo que para ella solo es un juguete. Soy de esas personas que piensan que la clave es lo que se vive en casa, como si el entorno y el resto del mundo no influyeran para nada.
Luego me topo con artículos como este y hago una cura de humildad. Me doy cuenta de hasta qué punto me he engañado a mí misma, lo equivocada que estoy cuando trato de pasar por alto las cadenas a las que nos han atado desde generaciones.
El problema no es el rosa, ni las princesas, ni las faldas de tul: el problema radica en la validación implícita que conllevan todas esas cosas.
Yo de niña encajaba perfectamente en la definición de marimacho: siempre llevaba pantalones, prefería los coches a las muñecas y en mi fuero interno, soñaba con ser un chico. Me ha costado años de introspección y de terapia entender que lo que anhelaba realmente no eran unos atributos de los que carecía, sino la libertad y la rebeldía que asociaba inconscientemente al género masculino.
Intentaron criarme para que fuera autónoma e independiente, una mujer moderna y liberada, de esas que anteponen el éxito y la realización personal al tradicional papel de esposa y madre abnegada. Dicen que la palabra convence, pero el ejemplo arrastra, y todo a mi alrededor parecía un constante recordatorio de cuál debía ser mi lugar en el mundo.
No jugué con Lego de color rosa, porque no los había, no llevaba peinados de princesa, porque mi madre consideraba más higiénico el pelo corto (lo llevo hasta la cintura desde la adolescencia: he sido autónoma, independiente e inmune a las opiniones ajenas como querían, pero no en las áreas previstas). Mi crianza fue bastante unisex dadas las circunstancias, pero las señales estaban allí, empezando por mi abuelo paterno que consideraba que una nieta jamás puede tener la misma importancia que un nieto varón, ya que este último garantiza la continuidad del apellido familiar, mientras que las mujeres es como si fueran "prestadas" ya que lo pierden al casarse. Ironías de la vida, gracias a la doble nacionalidad mis hijos conservan su preciado apellido en un respetable segundo lugar, mientras que mi primo y heredero del linaje familiar no ha tenido descendencia.
Crecí con un eterno sentimiento de inferioridad, con un afán constante de ganarme esa aprobación que los chicos de mi entorno recibían de forma natural. Dejé de ser niña el día que me vino la regla, cuando en ocasión de una cena familiar mi abuela, mi tía y demás familiares me prohibieron ir a jugar como había hecho hasta entonces, porque ya tenía edad para compartir sobremesa con el resto de mujeres.
A decir verdad, era todo bastante rancio y machista, cuando se acababa de cenar, los hombres iban al sofá, a la zona noble, se espatarraban viendo el fútbol o se ponían a charlar de cosas de hombres; las mujeres se encargaban de fregar y se quedaban de cháchara en la cocina. Sin embargo, clichés aparte, recuerdo con cariño aquellas sobremesas, y sobre todo las lecciones de vida que destilaban. Cada una de esas mujeres guardaba celosamente sus secretos, pero aprovechaba esos momentos en tribu para transmitirme las enseñanzas que consideraba más valiosas. Nunca hablaban de sus tabúes pero no tenían reparos a la hora de contar las intimidades de la vecina o de alguna conocida: ningún tema de conversación era considerado demasiado picante o escabroso, ni siquiera para mis jóvenes oídos. Al fin y al cabo, yo había nacido mujer y más me valía entender de qué iba el mundo; me decían que tuviera cuidado con los hombres, incluso a una edad en la que no me interesaban lo más mínimo, y al mismo tiempo daban a entender que el secreto del éxito era precisamente aprender a hacer eso como Dios manda.
Cada una de esas mujeres intentó transmitirme su experiencia y sabiduría, compartir conmigo historias vividas, leídas y oídas, historias que en ocasiones habían tenido lugar un siglo antes. Otra cosa no, pero las mujeres de mi familia tenían muy buena memoria, unida a la costumbre de contar una y otra vez las anécdotas destacables a la siguiente generación.
Desciendo de un largo linaje de mujeres muy distintas entre si en cuanto a experiencias y temperamento. Jóvenes y viejas, ricas y pobres, conformistas e irreverentes, cada una de esas vidas es un pedacito que llevo dentro. Ternura, comprensión, envidia, compasión, incredulidad, rabia, admiración, asombro: cada anécdota, cada historia es una pincelada fugaz en el lienzo de mi memoria. Hay colores vibrantes y otros sombríos, brochazos y trazos tan finos que apenas se ven.
Mujeres sometidas, que no supieron hacer con su vida otra cosa que lo que su entorno se esperaba de ellas, que soportaban estoicamente la ausencia de sus maridos y las habladurías de vecinos y familiares mientras se teñían las cejas con el hollín de la chimenea para aparentar ser más jóvenes; mujeres asustadas, tan desconectadas de si mismas que en el momento culminante podían preguntar al marido qué quería comer al día siguiente; mujeres derrotadas, que se refugiaban en el alcohol buscando una vía de escape; mujeres valientes, madres solteras que criaron con un amor sin límites a pesar del estigma social; pero también (y sobre todo) mujeres fuertes, decididas, valientes, que supieron vivir según los dictámenes de su corazón, mujeres que vivieron amores eternos, amores ilícitos, mujeres que trabajaron, amaron, suspiraron, lloraron, mujeres que supieron sacarle todo el jugo a la vida.
Su sangre corre por mis venas, y por la de mi hija. Algún día tendré que decidir si compartir o no esas historias con ellas; quizás hablarle de las cadenas que arrastramos todas la ayudará a romper las suyas. De momento, me conformo con verla pintar girasoles.