viernes, 12 de abril de 2013

Desmontando al juez Calatayud

Recientemente ha llegado a mi facebook un "decálogo", supuestamente escrito por el juez de menores Emilio Calatayud, en el que se recomiendan los pasos a seguir para convertir a tu hijo en un delincuente juvenil.
No pretendo analizar ni criticar su labor como juez, sin embargo creo que este señor (al igual que muchos otros que se convierten en personajes mediáticos) ha cometido el error de difundir sus opiniones e idiosincrasias personales disfrazándolas de consejos de experto, amén de que una persona que afirma públicamente que confundir un cachete con maltrato es una tontería está incitando públicamente a cometer un delito, ni más ni menos que si un economista dijera que es una tontería confundir la sustracción de una cartera con un robo.
No soy experta en leyes, ni psicóloga, pero en mi opinión, la práctica totalidad de los menores delincuentes tiene que haber sufrido algún tipo de abuso o carencia en su infancia: obviamente, no se trata de utilizar este argumento para justificar las conductas delictivas, pero el primer paso para erradicarlas debería ser tratar de entender por qué se producen, y corregir los factores que las han hecho posibles.
Supongo que esta teoría no vende, o por lo menos el juez Calatayud prefiere aportar un enfoque - a mi juicio - más demagógico y simplón.
A continuación os detallo el famoso decálogo: en cursiva, los consejos del insigne juez, seguidos por mis propias opiniones, lógicamente igual de rebatibles que las de cualquiera.
Imagen: Gavel, de Salvatore Vuono
http://www.freedigitalphotos.net
1. Comience desde la infancia dando a su hijo todo lo que pida. Así crecerá convencido de queel mundo entero le pertenece.
Si por "darle todo lo que pida" entendemos sobrecargar al niño de caprichos materiales, estoy de acuerdo: el materialismo desenfrenado me parece peligroso. Más peligroso aún me parece comprarle un juguete a un niño para suplir la falta de tiempo, o de ganas. Un niño pequeño no suele desear cosas materiales, lo que desea es cariño, atención, dedicación y tiempo: si no los recibe, es posible que con el tiempo intente compensar esa carencia acumulando pertenencias de forma casi compulsiva. El error es que tendemos a pensar que esos niños han sido excesivamente mimados y que su problema es que nunca se les ha negado nada, cuando en realidad se trata de todo lo contrario.
Cuando yo era niña, mi padre tenía dos trabajos, uno de lunes a viernes y otro de fines de semana y festivos. No culpo a mi padre por hacerlo, ni a mi madre por permitirlo, pues intentaron de buena fe darme lo que les había faltado en su infancia; de lo que sí les culpo es de no haberme escuchado. He perdido la cuenta de las veces que tuve que oír que gracias a ese segundo trabajo mis padres podían pagar mi ortodoncia, las clases de inglés o el viaje anual; del mismo modo que he perdido la cuenta de las veces que les contesté que habría renunciado encantada a todos esos lujos a cambio de poder contar con la presencia de mi padre en la comida de Navidad o en la función del colegio. Incluso acabé por hacer lo que suelen hacer los niños en ese tipo de situación, es decir, romper mi hucha y llevarle a mi padre el puñado de moneditas que había conseguido ahorrar para que se las quedara y me ofreciera a cambio su tiempo; huelga decir que no sirvió de nada.
Mi padre acabó dejando el segundo trabajo cuando yo tenía 14 años, demasiado tarde para disfrutar de una sesión de mimos los fines de semana, una guerra de cosquillas o una simple tarde en el parque.
Los juguetes, los regalos, los caprichos pueden esperar; por desgracia, el tiempo perdido no volverá nunca.

2. Reídle todas sus groserías, tonterías y salidas de tono: así crecerá convencido de que es muy gracioso y no entenderá cuando en el colegio le llamen la atención por los mismos hechos.
Las groserías, tonterías y salidas de tono no suelen ser comportamientos innatos; quiero pensar que si un niño ha adquirido esas costumbres en edad preescolar, será porque las ha visto y oído en algún sitio, presumiblemente en casa, en boca de sus padres o de quienes se encargan de educarle. Sería más lógico decir que los niños suelen aprender de lo que ven, y alertar a continuación a los adultos a intentar cuidar, en la medida de lo posible, sus formas y su lenguaje; pero parece que el juez Calatayud considera más efectivo reñir o castigar a un niño por hacer lo mismo que otros hacen a su alrededor.

3. No le déis ninguna formación espiritual: ¡ya la escogerá él cuando sea mayor!
Por lo que he podido leer, D. Emilio Calatayud es una persona de profundas convicciones religiosas, y posiblemente ha elegido la palabra "espiritual" por considerarla políticamente más correcta y aceptada por un público más amplio que si hubiera dicho "católica". A mi entender, viene a significar lo mismo, por lo menos si nos regimos por lo que declara en las entrevistas (a saber, que los valores de la religión católica son "muy buenos", que si la Iglesia - entendida como institución - ha logrado sobrevivir durante 20 siglos "por algo será" y que le preocupa el laicismo imperante en la sociedad contemporánea).
Para añadirle un toque de humor, supongo que su defensa del cachete será el equivalente terrenal de la recomendación evangélica de ofrecer la otra mejilla.
Ahora en serio, y sin ánimos de ofender las creencias de quiénes me puedan estar leyendo, no entiendo qué problema hay en cuestionar las cosas: al contrario, a mí me parece una actitud sana, señal de pensamiento crítico.
Si yo le digo a mis hijos que yo creo en tal cosa, y que ellos tienen que creer en lo mismo porque es la única manera correcta de ver la vida, me temo que no les estoy formando espiritualmente, más bien les estaré adoctrinando. Cuando una dictadura (ya sea de corte político o religioso) adopta una única línea de pensamiento nos parece un intolerable atropello de los derechos humanos; en cambio, si los afectados son niños, es un bonito ejemplo de "formación espiritual".

4. Nunca le digáis que lo que hace está mal: podría adquirir complejos de culpabilidad y vivir frustrado; primero creerá que le tienen manía y más tarde se convencerá de que la culpa es de la sociedad.
En realidad, con este punto estoy de acuerdo en parte. Educar implica necesariamente corregir las conductas inadecuadas; sin embargo, el tema de la frustración me chirría bastante, porque suele conllevar la idea de que es buenísimo que los niños aprendan a tolerar la frustración, y por tanto debemos propiciar esas ocasiones, imponiéndoles límites caprichosos, absurdos y arbitrarios.

5. Recoged todo lo que vaya dejando tirado: así crecerá pensando que todo el mundo está a su servicio; su madre la primera.
Es más probable que un niño aprenda a ser ordenado si sus padres también lo son; exigirle que su habitación esté impecablemente recogida cuando la nuestra es todo lo contrario se me antoja un poco incongruente.

6. Dejadle ver y leer todo: limpiad con detergente, que desinfecta, la vajilla en la que come, pero dejad que su espíritu se recree con cualquier porquería. Pronto dejará de tener criterio recto.
Sinceramente, esta frase me produce urticaria, me ha recordado la novela 1984 de George Orwell.
He sufrido un exceso de autoridad durante mi infancia, y más adelante las secuelas del mismo, y aún así puedo decir que mis padres nunca jamás censuraron lo que veía y leía. Es una actitud bastante contraproducente, pues la mejor manera de tener un "criterio recto" es comprobando que existen muchas formas de pensar, y quedarnos con lo bueno que pueda haber en cada una de ellas a la vez que deshechamos lo malo.
He sido lectora empedernida durante mi infancia y mi adolescencia, y en mis manos ha caído absolutamente de todo, desde el Mein Kampf de Hitler hasta el mismísimo Kama Sutra (dicho sea de paso, nunca he sido neonazi a pesar de que semejante lectura podía haberme alejado de la rectitud moral; en cuanto al Kama Sutra, os diré que las famosas posturas ocupan un par de páginas a lo sumo, por lo demás se le puede considerar un manual de buenos modales). Si nos imponen "desde arriba" nuestras lecturas y aficiones, nos prohíben lo normal, es probable que caigamos en la anormalidad.

7. Padre y madre discutid delante de él: así se irá acostumbrando, y cuando la familia esté ya destrozada lo encontrará de lo más normal, no se dará ni cuenta.
Si bien no me parece acertado recurrir a la agresividad verbal delante de los niños (ni detrás), considero que la familia somos todos, y una discusión constructiva y pacífica no tiene por qué llevar al destrozo.
Un matrimonio puede fracasar por las razones más variadas, y creo que un niño ya tiene bastante con intentar superar la separación de sus padres como para culparle por su forma de ver la situación.

8. Dadle todo el dinero que quiera: así crecerá pensando que para disponer de dinero no hace falta trabajar, basta con pedir.
Dados los tiempos que corren, para muchos padres será materialmente imposible darles a sus hijos todo el dinero que quiera.

9. Que todos sus deseos estén satisfechos al instante: comer, beber, divertirse,…¡de otro modo podría acabar siendo un frustrado!
Pues yo cuando tengo sed voy a por agua; cuando tengo hambre, pico algo aunque no sea la hora establecida. Pero yo soy mayor de edad, si no lo fuera, habría que emplear un doble rasero.

10. Dadle siempre la razón: son los profesores, la gente, las leyes… quiénes la tienen tomada con él.
Otra frase que se las trae... No se trata de dar la razón ni de quitarla, sino de analizar la situación de forma objetiva. Si el día de mañana uno de mis hijos tiene un conflicto con un adulto y considero que no tiene razón, así se lo haré saber a todas las partes implicadas: opino que lo importante no es no equivocarse sino ser capaces de recapacitar y rectificar cuando eso ocurre. Lo que no voy a hacer es quedarme callada ante una injusticia por miedo a "desautorizar" al adulto de turno, concepto que por desgracia está muy de moda.
Un niño acostumbrado a ser regañado cada vez que le lleva la contraria a un adulto acabará por perder la confianza en sus progenitores y no acudirá a ellos ni siquiera en casos graves, como puede ser por ejemplo un abuso sexual, porque pensará de entrada que sus padres no le defenderán. Puede parecer descabellado pero os aseguro que no me lo invento.

“Y cuando su hijo sea ya un delincuente, proclamad que nunca pudisteis hacer nada por él”.
Sin comentarios.

Adiós, Pirata Tuerto

A lo mejor no es definitivo, pero de momento lo parece: desde hace varias noches, mi hijo no me pide que le cuente un cuento antes de dormir. Ahora le doy un beso y se queda en su habitación mientras yo voy a dormir a su hermana; con solo aguzar un poco el oído puedo saber lo que hace. Le oigo abrir cajones, sacar pinturas o juguetes con los que se entretiene un rato; oigo a su padre entrar a hablar con él, darle las buenas noches; más tarde un crujido de muelles me dice que se ha metido en la cama.
Mi hija está en una de esas etapas en la que se resiste al sueño todo lo que puede, con lo cual en ocasiones llego a tardar una hora. Cuando salgo de la habitación, la casa está a oscuras, en silencio excepto por la televisión que mi marido suele ver a esas horas.
Recorro el pasillo intentando no hacer ruido y me paro un momento a contemplarle mientras duerme. Le aparto el pelo de la cara, le doy un beso, si se ha destapado vuelvo a subir el edredón.
Ha pasado otra etapa, en realidad él lo ha querido así, entiende que su hermana tarda mucho en dormirse, que en ocasiones no quiere quedarse sola y es misión imposible contarle un cuento con tranquilidad, quizás también se siente mayor para esos cuentos inventados noche tras noche, siempre distintos y en el fondo muy parecidos.
Al igual que con anterioridad me despedí de la ciudad de los conejos, del fantasma cantarín y de la ranita traviesa, ha llegado la hora de decirle adiós al Pirata Tuerto. En realidad es un Playmobil, comprado hace dos años en una tienda de Sepúlveda en ocasión de un viaje de Semana Santa, y se convirtió inmediatamente en uno de sus juguetes favoritos; en lo que a cuentos se refiere, después de dos años ha sido el personaje más longevo que ha protagonizado nuestro final del día.
Ya no hay más cuentos, ya no me acurruco junto a él respirando el olor de su pelo mientras me invento historias siempre nuevas. Ya es mayor y parece que no lo necesita.
Así que adiós Pirata Tuerto, y gracias por acompañarnos durante este tiempo. La historia del accidente en el que perdiste el ojo le hizo comprender la importancia de ir al médico cuando nos encontramos mal; tus viajes a países exóticos en busca de tesoros fabulosos llevaron la emoción hasta nuestra casa; tus aventuras junto al Pirata Espadachín me ayudaron a explicarle el valor de la amistad, y a hacerle entender que esta sigue adelante incluso a pesar de las peleas y las discusiones; tus bromas al Pirata Tontolaba añadían el toque de humor; la astucia con la que conseguías burlar a los malvados bandidos hablaba de la importancia de aprender a resolver conflictos sin necesidad de llegar al enfrentamiento físico; los deberes de lengua se hicieron menos pesados al descubrir que tenías que limpiar la cubierta del barco aunque no te gustara; los consejos del sabio Patapalo nos sacaron de apuros cuando me quedaba en blanco y no sabía cómo continuar el cuento.
Sé que es una tontería, pero me despido de ti con lágrimas en los ojos, porque sé que no volverás, y un día pasarás a formar parte de esa cápsula del tiempo en la que almaceno cosas que hemos dejado atrás.
Si me lo permitís, tengo un consejo para los que tenéis niños que tardan literalmente horas en dormirse: como dice mi amiga Mon, todo pasa y todo llega. No desesperéis, disfrutad del momento, porque cuando una etapa termina, no vuelve, y es posible que tengáis que despedir a vuestro Pirata Tuerto particular antes de lo que pensáis.
Gracias por todo Pirata Tuerto, sigue surcando los siete mares a bordo de tu galeón. Nunca te olvidaré, ni olvidaré los ratos que pasé junto a mi niño mientras le hablaba de ti.
Hasta siempre.

miércoles, 3 de abril de 2013

Niñas-esposas

Desde que soy madre no he vuelto a ver el telediario con los mismos ojos.
Siempre me han afectado las noticias relacionadas con los abusos a la infancia: sin embargo, hace años me decía que si el destino hubiera decidido ser menos benévolo y más caprichoso conmigo, yo habría podido ser uno de esos niños; ahora me digo que cualquiera de esos niños habría podido ser uno de mis hijos, lo cual cambia radicalmente el enfoque.
He podido ver recientemente un reportaje, realizado por la fotógrafa americana Stephanie Sinclair, llamado Child brides (literalmente niñas-esposas) y traducido al español como Matrimonios forzados, (traducción chapucera donde las haya, pues obvia la edad de las novias, tema principal del reportaje), que se puede visualizar a través de este enlace.
Hace años que me considero familiarizada con el tema: desde niña oí decir a mi madre y a mi tía que mi bisabuela se había casado a los 15 años con un hombre mucho mayor que ella, un hombre al que no amaba y apenas conocía; lo hizo para huir de los malos tratos de una madrastra que no tenía nada que envidiar a la de la Cenicienta. Diez años más tarde había dado a luz a seis hijos, dos de los cuales no consiguieron sobrevivir a una infancia llena de privaciones, y pasaba sus días atrapada en una casa minúscula, prisionera de un marido alcohólico y violento y de una vida que en cierto modo había elegido, pero no previsto.
La que fue la vida cotidiana de mi bisabuela sigue siendo moneda corriente en muchos países y en muchas culturas.
Al pensar en matrimonios concertados me venían a la mente retazos de noticias que había visto, oído o leído acerca de esos enlaces que se llevan a cabo en la India y alrededores de forma clandestina en la oscuridad de la noche: niños y niñas, en algunos casos de la edad de mis hijos, vestidos y maquillados como adultos, protagonistas de una ceremonia que no alcanzan a entender.
La buena noticia es que a esa edad, el matrimonio solo tiene un valor simbólico; a la novia se le permite seguir viviendo con su familia, disfrutar de su infancia durante unos años más: la enviarán a la casa del marido cuando llegue a la pubertad, con suerte incluso más tarde, al finalizar sus estudios.
La mala es que a partir de entonces su vida, y la de su marido, quedan indisolublemente ligadas a una persona a la que no han escogido.
Más recientemente he descubierto que existen tradiciones mucho más siniestras y escalofriantes en lo que a matrimonios infantiles se refieren: en la tradición hindú los contrayentes suelen ser de edades parecidas, en cambio en algunas zonas de Africa y Oriente Medio (entre otros), algunas familias casan a sus hijas con hombres que les doblan o triplican la edad.
En algunos casos, se trata de niñas de 8, 10 años, niñas que ven como se les arrebata su infancia de un día para otro, niñas obligadas a convertirse en esposas, amas de casa y madres antes de tiempo. Lo habitual es que el marido se comprometa a no mantener relaciones sexuales con su esposa hasta pasado un tiempo, pero tengo entendido que tampoco es infrecuente que el día después de la boda la familia exhiba orgullosamente una sábana ensangrentada, gráfica muestra de la virtud de la novia y de la virilidad del marido.
Siempre pienso que detrás de los números, las estadísticas y los artículos hay personas reales que viven y sufren; quizás el reportaje de Stephanie Sinclair me impactó tanto porque sus fotos consiguieron ponerles cara a una realidad que hasta entonces solo había podido rozar.
(c) 2005 Stephanie Sinclair
http://www.stephaniesinclair.com
Son imágenes que me han parecido de una belleza sobrecogedora, a pesar de la crudeza de la tragedia que retratan. De todas ellas, la que más me ha impresionado es la que he puesto aquí a la derecha. Por lo que he podido averiguar, la niña se llama Ghulam Haider y tiene 11 años; el hombre sentado a su lado es su futuro marido, se supone que tiene 40, aunque parece bastante más mayor. La foto ha sido tomada el día de su fiesta de compromiso según algunas fuentes, el día de su boda según otras; todas ellas coinciden en que era la primera vez que la niña veía al hombre que pronto sería dueño de su destino. Tanto la jovencísima esposa como su prometido residen en un pueblo rural de la provincia de Ghor, en Afganistán.
He ido a buscar la provincia de Ghor (o Gaur) en Google Maps, y no hay nada: ninguna ciudad, ninguna carretera, solo una infinita sucesión de montañas aterciopeladas, interrumpida de vez en cuando por un puñado de casas comunicadas entre si por senderos difícilmente transitables.
Ninguna oportunidad para Ghulam, que soñaba con ser maestra pero tuvo que dejar la escuela en cuanto le anunciaron su compromiso, ni para ninguna de las demás chicas obligadas a casarse antes de tiempo, en su aldea y en otras latitudes. Dicen que su padre, de 32 años (ojo al dato, 8 menos que su yerno) declaró que se vio obligado a casarla tan pronto debido a la situación de extrema pobreza que atravesaba la familia. De la madre no hablan, posiblemente no tenga voz y voto, y con toda probabilidad contrajo matrimonio a una edad parecida (echando cuentas, el padre tuvo a Ghulam con 21 años y según la tradición la madre debería ser más joven).
Lo que más me estremece de la foto es la historia que se desprende de ella y que no queda reflejada en las crónicas. El marido mira a la cámara con expresión indescifrable, su cara parece esculpida en piedra, resultado de una vida que para él tampoco habrá sido fácil. Un hombre de 40 años es considerado joven en nuestra sociedad, en cambio este señor parece un abuelo, un hombre derrotado que intenta agarrarse a su juventud perdida casándose con una niña que tiene edad para ser su hija.
Para él parece un día normal, de hecho lleva la ropa de todos los días, un pantalón manchado, un turbante viejo. A ella la han vestido para la ocasión, el vestido y el velo son nuevos, tienen que haber supuesto un esfuerzo económico importante para su familia. La fotógrafa le preguntó cómo se sentía y ella contestó que qué se suponía que debía sentir si no conocía a ese hombre.
Sin embargo, su mirada lo dice todo.

martes, 12 de marzo de 2013

Un día como hoy

Dicen las efemérides que un día como hoy asesinaron  al emperador romano Heliogábalo, enterraron los restos de Galileo y anexaron Hawaii a Estados Unidos; para mí, desde luego es un día importante, obviamente por mis propias razones.
Un día como hoy, hace 7 años, me convertí en mamá.
Mi hijo pertenece a ese escasísimo porcentaje de bebés que deciden nacer justo el día de la salida de cuentas: vino al mundo de forma rápida y casi inesperada, tras 45 minutos de contracciones, nada más.
De vuelta a la habitación, una enfermera cogió a mi hijo y le dejó en la cuna; me acerqué para observarle, estuve un rato mirándole con interés y curiosidad, porque después de 9 meses preguntándome cómo sería, por fin podía ponerle cara. De repente, esa imagen empezó a chirriar, me dije a mí misma que algo estaba fuera de lugar, esa cuna no era el sitio adecuado para mi hijo, su sitio eran mis brazos. Me había pasado una vida entera diciéndome que a los niños no se les debe coger mucho para no malacostumbrarles, pero en ese momento no conseguí luchar contra mi instinto, así que di al traste con todas mis teorías y mis planteamientos y cogí en brazos a mi bebé.
Cuando volví a mirarle la carita, esta vez desde otro ángulo, sentí casi físicamente una oleada de amor maternal fluyendo por mis venas y llenando cada fibra de mi ser. Así empezó el resto de mi vida.
Han pasado 7 años, y ha habido de todo, etapas maravillosas y otras que es hacen más cuesta arriba: hay días que son difíciles, pero cada día merece la pena.
Qué bonito va a ser mirar hacia adelante, y qué difícil no llorar cuando miro hacia atrás.

Feliz cumpleaños tesoro. Ser tu mamá es un privilegio y el mejor regalo que podía pedirle a la vida. Espero que tengas un día inolvidable. Te quiero más de lo que imaginas, hasta el infinito y más allá.

lunes, 4 de marzo de 2013

Ya no tengo bebé

Eso es lo que pienso a menudo cuando miro a mi hija. La observo con la acostumbrada mezcla de orgullo y nostalgia mientras tomo nota de los cambios, sutiles pero imparables, que voy percibiendo en ella.
Todavía no habla mucho (es bilingüe y sé que va a tardar en soltarse; aunque el tema daría para otra entrada), pero casi a diario noto que va incorporando nuevas palabras y nuevas expresiones a su vocabulario.
Ya no juega como un bebé, no se conforma con coger algo y botarlo contra el suelo a ver qué pasa, ahora hace juego simbólico de verdad, coge un muñeco o peluche y lo sienta en la silla, le intenta dar de comer o me lo trae para que le dé teta; si juega con una casa o castillo abre puertas y ventanas y hace pasar a los personajes de un lado a otro.
En septiembre, poco antes de cumplir 3 años, empezará el colegio: pocas horas, compatibles con mi vuelta al trabajo y reducción de jornada, en el mismo centro que su hermano; pero con todo, significará hacerla abandonar la cálida burbuja en la que ambas estamos envueltas desde su nacimiento.
Cuando pienso en esto siento la peligrosa tentación de negar la realidad, de decirme a mí misma que sigo teniendo un bebé, que todavía me necesita mucho y depende mucho de mí: es cierto, pero poco a poco está empezando a recortarse su espacio, su pequeña parcela de autonomía.
Hubo un tiempo en que me picó el gusanillo de tener un tercero; para ser sincera, a veces todavía sueño con revivir por última vez la magia del embarazo, con atreverme a parir en casa o por lo menos planteármelo seriamente. Pero a todos los sueños les sigue el despertar, y me tengo que recordar a mí misma que mi marido no está por la labor, ya empezamos a tener una edad y sobre todo, volver a disfrutar de una excedencia tan larga sería impensable por motivos económicos.
Además, ya no tengo bebé pero en su lugar hay una señorita graciosa y simpática, que nos hace reír con sus ocurrencias y sus travesuras, con un espíritu artístico insuperable (las paredes de mi casa dan fe de ello), increíblemente asertiva a la hora de reclamar lo que considera que le corresponde por derecho pero al mismo tiempo dulce y tierna.
El que fue mi primer bebé ya es un chicarrón, casi preadolescente en algunos aspectos, rebelde en ocasiones pero bueno, noble y maduro; a veces se pasa el día con el no en la boca pero al mismo tiempo demuestra, con nosotros y con su hermana, una sensibilidad fuera de lo común.
Cada etapa es igual de maravillosa y merecedora de ser vivida que la anterior, pero hay veces que no puedo evitar echar la vista atrás y sentir un regusto amargo ante una época que se ha ido para siempre.
En un intento de congelar el tiempo, de retener conmigo para siempre aquellos recuerdos que no quiero que se escapen, desde su nacimiento voy anotando todos sus avances y mis pensamientos. Por ahora es un documento de Word, una recopilación de datos, fotos, relatos y pensamientos, pero cuando cumplan 18 años lo maquetaré, encuadernaré y convertiré en un libro; se lo regalaré como testimonio de nuestra vida y nuestra felicidad, para celebrar el lazo que nos une desde que oyeron latir mi corazón desde el interior.

martes, 29 de enero de 2013

Malas madres (y desatinos de la corrección política)

Imagen: Destination
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En realidad es un tema que traté de pasada cuando escribí la entrada titulada El club de las madres-verdugo, pero dada la importancia que le atribuyo, creo que se merece su propio espacio.
Para dejar claro de qué estoy hablando, voy a sacar la artillería pesada desde el principio: digamos que si en ocasión de una comida familiar, o en una reunión entre amigas, o en un blog, foro o artículo de periódico a alguien se le ocurre decir que el método Estivill es cruel e innecesario, que la lactancia materna es mejor que la artificial o que los azotes no sirven para educar, por poner unos cuantos ejemplos, es más que probable que se levante alguna que otra voz indignada a proclamar pues yo he dejado llorar a mis hijos / les he dado biberón / les doy una torta cuando se portan mal y no soy peor madre por ello. Es una frase que pone de manifiesto la facilidad con la que algunas personas se sienten atacadas o insultadas cuando en realidad nadie las está cuestionando, lo que se está poniendo en tela de juicio son sendas actitudes que por desgracia se han convertido en moneda corriente.
Vaya por delante que el debate buena madre vs. mala madre me parece una rematada estupidez, porque nos aleja del que debería ser el objetivo, es decir revisar nuestra forma de actuar y tratar de cambiarla allí donde sea mejorable, para enzarzarnos en un debate estéril que suele acabar como el rosario de la aurora. Personalmente, me da igual ser considerada mejor o peor madre que mi cuñada o la vecina del quinto, lo que realmente me interesa es ser la mejor madre posible para mis hijos, que al final son quienes tienen que sufrir las consecuencias de mis errores. Por extensión, creo que si lo que realmente nos interesa es defender el bienestar de todos los niños, deberíamos dejar de lado las discusiones de patio de colegio, las comparaciones absurdas y tratar de llegar más allá de las apariencias.
Por este motivo, me parece un enfoque bastante reduccionista y simplón el tratar de reconducir cualquier barbaridad a mera opción educativa; de hecho, todos los debates políticamente correctos que se precien incorporan por lo menos uno de los siguientes dogmas de fe (que aprovecho para cuestionar abiertamente):

Cada niño es diferente: en realidad estoy de acuerdo con esta frase en función de lo que se pretenda dar a entender. Por supuesto que cada niño es diferente, al igual que lo somos los adultos, el entorno y la educación recibida puede "moldear" nuestra personalidad de distintas maneras, pero la esencia la traemos de serie, por decirlo de algún modo. En lo que a niños se refiere, en la lotería de la vida nos puede tocar un hijo que nos parezca fácil de criar o viceversa, una personita con un carácter muy fuerte que nos suponga un reto en muchos aspectos: a nivel práctico, eso significa que hay niños que duermen fatal, otros que se niegan a comer, los hay que tienen unas rabietas de espanto o que parecen ser desobedientes por naturaleza. Nadie ha dicho que esto fuera fácil.
Sin embargo, me rechina la frasecita cuando se emplea para defender lo indefendible, para justificar que se deje llorar al que no duerme, que se fuerce al que no come, se ignore al que tiene rabietas o se azote al que no obedece. Todos somos diferentes, pero lo que tenemos en común es nuestra condición de seres humanos, el derecho a ser tratados con dignidad y respeto y la obligación de tratar a los demás del mismo modo.
Educar no significa decir nunca que no o ceder por miedo a disgustar al niño, pero tampoco meter el miedo en el cuerpo. Considero que la educación es un trabajo a larguísimo plazo, y en muchas ocasiones lo que sembramos hoy lo recogeremos dentro de muchos años: tarde o temprano, los niños acabarán por pagarnos con la misma moneda, a nosotros y al resto de la sociedad.

Cada uno educa como quiere (o todos los padres quieren lo mejor para sus hijos): creo que habría que tener claro que no se le debería hacer a un niño lo que no le haríamos a un adulto; dentro de esos límites, cada persona, cada familia es muy libre de escoger el camino que más le guste o que más se adapte a su situación, sus circunstancias y su forma de ver la vida.
En las famosas discusiones políticamente (in)correctas a menudo se tiende a mezclar churras con merinas, a confundir no dejar llorar con permitir que el niño meta los dedos en el enchufe, a identificar permisivismo con pasotismo y a decidir si es peor no dar el pecho o darle al niño bollería industrial.
Técnicamente, todos queremos lo mejor para nuestros hijos, pero en muchos casos también se pretende que la llegada de un bebé no nos cambie la vida, que nos permita dormir y salir como lo hacíamos antes.
Repito que odio esa expresión, no se me ocurriría llamar mala madre (o mal padre) a quien perjudique a su bebé de forma intencionada para anteponer su propio bienestar y comodidad; pero creo que tengo todo el derecho a defender mi opinión, a dejar claro que para mí esa persona está muy equivocada, está metiendo la pata hasta el fondo y posiblemente el día de mañana se arrepienta. Tengo derecho a decir lo que pienso sin que se me tache de exagerada, talibana o fanática (improperios que se oyen y leen a menudo en el "bando contrario", aunque eso sí, escupidos con el máximo respeto).

Todos cometemos errores: por supuesto que sí, pero flaco favor nos haremos si nos limitamos a justificarlos. El primer paso para enmendar un error es reconocerlo, si lo disfrazamos o lo redefinimos con palabras bonitas lo que estamos haciendo es normalizarlo, restarle importancia y allanarnos el camino para volverlo a cometer. Lo valiente no es no equivocarse, es saber pedir perdón y sobre todo rectificar cuando eso ocurre.
Existen muchos motivos para hacer daño, se puede herir a alguien por maldad, egoísmo o dejadez, y también podemos hacerlo sin mala intención, por ignorancia o por habernos dejado llevar por un mal consejo; sin embargo, lo segundo no debería impedirnos asumir las consecuencias de nuestros actos. Un niño no sabe si su madre o su padre le ha dado un azote porque quiere que sufra, porque ha tenido un mal día y lo está pagando con él o porque cree que es una forma efectiva de resolver un conflicto; sea cual sea la razón, ese azote le va a doler igual (por si no se me entiende, me refiero al daño emocional que causa una agresión física cometida por una persona que debería cuidarte y protegerte, así que no me vale el  no hace daño si se les da flojito).

Todas las posturas son respetables: ni hablar. Simplemente no es igual de respetable atender a un niño que se despierta por la noche que dejarle llorar, no es igual dar el pecho que el biberón (a este respecto, quiero matizar que me refiero más bien a negarse a dar el pecho, no a intentarlo y no conseguirlo por el motivo que sea), no es igual dialogar con un niño que soltarle un guantazo, no es igual quedarte con tu bebé que dejarle al cuidado de familiares para irte de viaje de pareja y un largo etcétera.
Mientras sea legal, cada cual es muy libre de adoptar la postura que le dé la real gana, pero por favor, que no me digan que da lo mismo una cosa que la otra. Tengamos claro lo que es el respeto: respetar significa  no hacerle a los demás lo que no queremos que nos hagan a nosotros, no es quedarse callado ante una injusticia para no ofender al que la comete.
Faltar el respeto es insultar o descalificar a una persona, se lo merezca o no; decir una verdad que escuece, o explicar que la postura contraria está cientifícamente demostrada no es necesariamente irrespetuoso (aunque posiblemente dañino para el ego de quien lo escucha), y rasgarse las vestiduras al grito de no soy mala madre por ello me parece una reacción sumamente infantil y desproporcionada: resulta que el que más ofendido se siente es precisamente el que menos razones tiene para sentirse así.
Las posturas reñidas con el respeto simplemente no son respetables, así de claro.

Los extremos no son buenos: depende. En algunas cosas no valen las medias tintas, y en los ejemplos que vengo arrastrando a lo largo de toda la entrada, un término medio es imposible de alcanzar al tratarse de posturas irreconciliables: o respetamos al niño o no le respetamos, en el mismo instante en que condicionamos este respeto a las circunstancias (le atendemos pero solo en horario laboral, le cogemos en brazos pero solo cuando nos apetezca a nosotros, solo le pegamos cuando lo demás no funciona) se lo estamos faltando.
El término medio no siempre es lo más sensato y saludable, personalmente pienso que cuando está en juego la dignidad de una persona, tenga la edad que tenga, más vale irse al extremo. Lo contrario, equivaldría a decir que entre no ser racista y unirse a una célula del Ku Klux Klan hay que buscar un término medio, por ejemplo ser racista pero solo con determinadas etnias.
Visto así, queda claro, pero si lo trasladamos a la infancia ya se desdibuja todo en favor de las diferentes opciones educativas para buscar una escala de grises donde solo existen el blanco y el negro.

En conclusión, no pretendo convencer ni evangelizar a nadie, me limito a dar mi opinión (igual de discutible y prescindible que cualquier otra) desde mi madriguera virtual. Soy consciente de que mi voz no tiene el poder de cambiar nada, pero mi voz unida a otras puede formar un coro o un multitudinario grito de protesta capaz de cambiar el mundo.

viernes, 25 de enero de 2013

Transformación

El último día que fui a la oficina, el pelo me llegaba justo debajo de los hombros; a finales de verano, cuando me reincorpore al finalizar la excedencia, me rozará el trasero. A lo largo de estos dos años y medio he engordado lo que no está escrito, me depilo cuando me acuerdo y al mirarme al espejo veo arrugas y canas que antes no tenía: en resumen, me he embrutecido.
Nunca he sido una persona especialmente arreglada, he seguido modas y tendencias solo en contadísimas ocasiones, sin embargo en otro tiempo, en otra vida, solía salir a la calle con el bolso a juego con los zapatos, las uñas perfectamente pintadas y pendientes del mismo color que la ropa.
Butterfly, de Salvatore Vuono
http://www.freedigitalphotos.net
Ahora mi armario está compuesto, como mucho, por una docena de prendas que no conjuntan necesariamente entre sí: llevo años sin comprarme prácticamente nada, porque pensé que conseguiría perder peso, porque vivimos con un solo sueldo, porque tengo cosas más importantes en la cabeza. No necesito ponerme de punta en blanco para ir al parque o a la frutería, unas zapatillas o unas botas militares son el calzado más cómodo para perseguir a unos niños que corretean por la calle como potrillos, una simple coleta es suficiente para mantenerme el pelo alejado de la cara a pesar de no ser estéticamente muy atractiva y si no he tenido tiempo de pintarme las uñas, confío en que nadie se va a fijar.
Sin embargo, dentro de unos meses deberé salir de mi burbuja para volver a formar parte, digamos, del mundo real: no trabajo de cara al público, no se me exige una elegancia exquisita, pero tengo que ir mínimamente presentable, y me temo que el chándal no entra dentro de los atuendos que la empresa considera adecuados.
Poco a poco estoy empezando la transformación: trato desesperadamente de perder algo de peso (estoy a dieta día sí y día no, me cuesta horrores ponerme a ello), me hago una mascarilla una vez por semana y me he enganchado a tutoriales de youtube donde unas chicas se hacen unos peinados con una habilidad que nunca seré capaz de adquirir. En verano intentaré acabarla, aprovecharé las rebajas para conseguir algún chollo, iré a la peluquería para reducir mi melena a una longitud envidiable pero aceptable, me volveré a teñir y a maquillar con cierta regularidad. 
En realidad, espero con impaciencia la llegada del verano, pero por motivos completamente distintos: será el último verano que podré disfrutar enterito con mi marido y mis hijos; a partir del siguiente, tendremos que hacer malabares para compaginar las vacaciones escolares con nuestras respectivas obligaciones laborales, esforzarnos para cuadrar fechas y ver cómo nos organizamos para que los niños puedan disfrutar de sus vacaciones incluso en los días en que no nos podamos mover de casa.
El final del verano dará paso a muchos cambios, yo volveré a trabajar, mi hija empezará el colegio. El martes pasado fuimos a entregar el formulario de solicitud de plaza, y mientras lo firmaba me temblaba la mano: miro a mi niña y me doy cuenta de que ya no tengo bebé, ahora es una señorita que reclama su independencia, juega sola cuando quiere, elige y pela ella misma la mandarina que va a tomar de postre, viene corriendo a darme un abrazo o intenta trepar por la estantería para curiosear entre los libros y los juguetes de su hermano. Al mismo tiempo la veo tan pequeña, tan indefensa y me pregunto cómo reaccionará a esa repentina separación. Irá solo por la mañana, pero soy consciente de que es muy pronto y maldigo el sistema que hace posible una escolarización tan temprana.
De aquí a septiembre quedan casi ocho meses, tendrá tiempo de crecer y evolucionar; yo también, tendré tiempo de hacer cábalas, de hacerme a la idea, porque por desgracia no me queda más remedio, y no puedo arriesgarme a quedarme sin trabajo en los tiempos que corren.
De aquí a septiembre también hay tiempo suficiente para que maduren más proyectos, no digo más, pero a ver si el 2013 va a ser un año de transformación como promete.