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lunes, 30 de marzo de 2015

Ya somos uno más

En realidad se veía venir, de hecho lo dejé caer hace un par de meses, en esta entrada. Mi hijo quería un gato, y yo estaba encantada de que quisiera uno.
Siempre me han gustado los animales, y siempre he pensado que las personas capaces de maltratarlos no tienen alma; en ese sentido, durante mis embarazos, cuando trataba de imaginar cómo serían mis hijos, pedía secretamente que fueran capaces de sentir empatía y cariño hacia cualquier ser vivo.
Puedo decir, por lo menos a día de hoy, que mis plegarias han sido escuchadas. Mi niña se desvive por cualquier animal que se encuentre por la calle o vea en un video; en una ocasión confundió a un bulldog francés con un cerdito, pero eso no le impidió hacerle mimos, y cuando le reviso la cabeza en busca de piojos me recuerda que, en caso de encontrar alguno, no debo matarlo, sino pedirle amablemente que vuelva a su casa con su papá y su mamá, que le estarán echando de menos.
Mi hijo mayor ha salido antitaurino y animalista a más no poder, así que cuando desveló su anhelo secreto de tener un gatito, empezamos a hablar de las responsabilidades que implica cuidar de una mascota. Entre los dos, buscamos y leímos artículos relacionados con cualquier aspecto del mundo felino, y al ver que tenía claro que se trataría de un nuevo miembro de la familia y no de un juguete, decidimos dar el siguiente paso.
Empecé a buscar protectoras, a mirar sus páginas web, a leer sus historias. A pesar de que considero que no hay que meter a los niños en una burbuja, que no les hace ningún bien mantenerles apartados de un entorno al que tarde o temprano tendrán que enfrentarse, las filtré para él: una de las mejores maneras de bucear en las profundidades de la maldad humana es leer las historias de animales abandonados.
Un día, mientras leíamos historias de gatos en busca de hogar, mi niño me preguntó por qué había tan pocos cachorros y tantos gatos adultos. No pude mentirle, no me quedó más remedio que explicarle que mucha gente está dispuesta a acoger una adorable bolita de pelo, pero a medida que crecen no es infrecuente que se cansen, cambien de idea y se deshagan del gato; y que generalmente la gente los busca pequeños, por eso a los gatos adultos les es difícil encontrar una segunda oportunidad.
Me dijo que a él no le importaba que fuera mayor, me pidió expresamente que buscáramos el que tuviera menos probabilidades de encontrar un hogar, que dijéramos que si no había nadie dispuesto a darle una oportunidad, pues nosotros sí.
Creo que un niño de 8 años (ahora 9) dispuesto a acoger un gato difícilmente adoptable para hacerle feliz está demostrando una empatía y una madurez impropias de su edad.
Finalmente, nos tocó convencer a papá de que estábamos hablando de añadir un gatito a la familia, no a un tigre salvaje, y cuando por fin lo logramos, hablamos con la protectora.
Así es como Nuri se unió a nuestra familia; hace algo más de un mes que está con nosotros, y hemos disfrutado de cada minuto. Es una gatita tierna y cariñosa, apareció abandonada en un campo con sus hermanos, y estuvo viviendo en una casa de acogida con una niña más o menos de la edad de mi hija y más gatos.
Nuri (fuego en arameo) pasó la primera media hora de su nueva vida en nuestra casa escondida en el transportín, asustada y sin querer salir. Me senté frente a ella, para que me viera, pero intentando no agobiarla; de vez en cuando metía la mano dentro del transportín para acariciarla. Ella se dejaba hacer, sin apartarse pero sin moverse; de repente, se dio la vuelta, se puso boca arriba y empezó a ronronear.
Cuando mi hijo y yo estábamos todavía barajando la posibilidad de adoptar a un gato, le dije que nosotros podíamos elegirlo, pero él a su vez nos tenía que elegir a nosotros. Creo que ese fue el momento en que Nuri me eligió, cuando me entregó su cariño y su confianza, y a partir de ese instante, todo fluyó.
Mis gamberros la quieren con locura, la miman a más no poder, en ocasiones se ponen pesados porque la despiertan cuando está durmiendo la siesta, pero creo que la atención y el cariño que derrochan hacia ella son suficientes para compensar.
Todavía no ha llegado el final de la historia: soy hija única y he querido tener más de un hijo, en mi infancia tuve gatos (primero una, y cuando murió, otro; la primera tras una batalla campal con mi padre, que se negaba en rotundo), pero el día de mañana no descarto adoptar un hermanito para Nuri. No ha llegado aún el momento, pero viendo lo que estoy disfrutando de este caos, esta alegre anarquía que no me deja dar ni un paso sin toparme con algún juguete, humano o felino, teniendo en cuenta que nunca he vivido con dos gatos a la vez pero estoy segurísima de que la experiencia merecerá la pena, quizás sea solo cuestión de tiempo antes de ampliar la familia otra vez.
 

sábado, 18 de junio de 2011

Desorden y felicidad

Confieso que al escribir la entrada anterior, acerca del caso de Habiba, sentí miedo. Si la lactancia a demanda e intentar construir una relación materno-filial basada en el cariño y el apego fueran razones de peso para privar a una madre de su bebé, más de una y más de dos acabaríamos en la lista negra de las madres en peligro de perder la custodia de sus hijos.
Quiero pensar que el caso de Habiba ha sido un monstruoso error administrativo, una aberración que ya no se va a repetir, una tremenda injusticia que será reparada con prontitud (espero). Porque de lo contrario, miedo me da que el estado, o quien por él, se crea con derecho a husmear en nuestra cotidianidad y decidir si nuestra forma de hacer las cosas es acorde a la corriente dominante.
Bastante tenemos ya con escuchar y rebatir las opiniones, a menudo no solicitadas, de familiares que quieren imponernos como ley de vida las recomendaciones de hace treinta años, de la vecina del quinto que piensa que lo que hacía con su hijo es de aplicación universal para toda la población infantil, de las docenas de expertos de todo tipo, con y sin cualificación, que salen de debajo de las piedras para decirnos cómo tienen que comer o dormir nuestros hijos, cada cuánto tienen que ir al baño o lo que tenemos que hacer en caso de rabietas.
Nos quieren proponer una educación rígida y encorsetada, donde todo esté bajo control y sometido a un sinfín de normas y reglas (por no mencionar los tan cacareados límites). Pienso en eso e imagino una familia como las de los anuncios, una casa impoluta donde la mamá pasa la aspiradora con zapatos de tacón mientras los niños, repeinados y vestidos con la ropa de los domingos, esperan tranquilamente sentados en el sofá a que se les dé permiso para ir a su habitación a jugar mientras esperan a que llegue el papá para saludarle con una sonrisa.


Easter rabbit in grass, de patou
www.freedigitalphotos.net
Pues yo no quiero un mundo así, prefiero una casa patas arriba, cojines de todos los colores tirados por el suelo, juguetes que aparecen en el lugar menos pensado, la cama sin hacer porque siempre hay alguien en ella, una cama que es el centro neurálgico de la vida familiar, un lugar donde dormir, amar, comer, jugar y hablar. Prefiero una mamá con chandal y coleta que se tira al suelo para hacer puzzles y carreras de coches, que cuando pierde los estribos es capaz de pedir perdón, que olvida el reloj y mide el tiempo escuchando los latidos de su corazón. Prefiero unos niños sudados de tanto correr, que montan en bici por el pasillo y patinan por el salón, que pintan en la pared y después ayudan a limpiarla, unos niños inquietos, despeinados y con las mejillas enrojecidas por el esfuerzo y la alegría. Prefiero un papá que nada más llegar a casa tira el maletín al suelo y se pone a jugar a las cosquillas mientras se le iluminan los ojos de felicidad.
Recuerdo que una vez, cuando era pequeña, en ocasión de una regañina mi padre me dijo que yo necesitaba disciplina, y le contesté: la disciplina es buena para los soldados, pero el mundo lo cambian los pensadores. Enmudeció, no sé si por la prontitud de mi respuesta o por la declaración de intenciones que se escondía tras ella.
He tratado de hacer de ella mi bandera: hace mucho que he entendido que no puedo cambiar el mundo, pero puedo negarme a que el mundo me cambie a mí. Quiero que el día de mañana mis hijos recuerden su infancia como una etapa que ha merecido la pena vivir.
No quiero que me enseñen rutinas y trucos para vivir mi maternidad desde la distancia, el desapego y el autoritarismo. Reivindico mi derecho a vivir mi vida como yo he elegido vivirla, no quiero un páramo aséptico vacío de sentimientos, prefiero mil veces mi desorden, mi mundo imposible con sorpresas detrás de cada esquina, donde las heridas se siguen curando con un beso.