viernes, 25 de enero de 2013

Transformación

El último día que fui a la oficina, el pelo me llegaba justo debajo de los hombros; a finales de verano, cuando me reincorpore al finalizar la excedencia, me rozará el trasero. A lo largo de estos dos años y medio he engordado lo que no está escrito, me depilo cuando me acuerdo y al mirarme al espejo veo arrugas y canas que antes no tenía: en resumen, me he embrutecido.
Nunca he sido una persona especialmente arreglada, he seguido modas y tendencias solo en contadísimas ocasiones, sin embargo en otro tiempo, en otra vida, solía salir a la calle con el bolso a juego con los zapatos, las uñas perfectamente pintadas y pendientes del mismo color que la ropa.
Ahora mi armario está compuesto, como mucho, por una docena de prendas que no conjuntan necesariamente entre sí: llevo años sin comprarme prácticamente nada, porque pensé que conseguiría perder peso, porque vivimos con un solo sueldo, porque tengo cosas más importantes en la cabeza. No necesito ponerme de punta en blanco para ir al parque o a la frutería, unas zapatillas o unas botas militares son el calzado más cómodo para perseguir a unos niños que corretean por la calle como potrillos, una simple coleta es suficiente para mantenerme el pelo alejado de la cara a pesar de no ser estéticamente muy atractiva y si no he tenido tiempo de pintarme las uñas, confío en que nadie se va a fijar.
Sin embargo, dentro de unos meses deberé salir de mi burbuja para volver a formar parte, digamos, del mundo real: no trabajo de cara al público, no se me exige una elegancia exquisita, pero tengo que ir mínimamente presentable, y me temo que el chándal no entra dentro de los atuendos que la empresa considera adecuados.
Poco a poco estoy empezando la transformación: trato desesperadamente de perder algo de peso (estoy a dieta día sí y día no, me cuesta horrores ponerme a ello), me hago una mascarilla una vez por semana y me he enganchado a tutoriales de youtube donde unas chicas se hacen unos peinados con una habilidad que nunca seré capaz de adquirir. En verano intentaré acabarla, aprovecharé las rebajas para conseguir algún chollo, iré a la peluquería para reducir mi melena a una longitud envidiable pero aceptable, me volveré a teñir y a maquillar con cierta regularidad. 
En realidad, espero con impaciencia la llegada del verano, pero por motivos completamente distintos: será el último verano que podré disfrutar enterito con mi marido y mis hijos; a partir del siguiente, tendremos que hacer malabares para compaginar las vacaciones escolares con nuestras respectivas obligaciones laborales, esforzarnos para cuadrar fechas y ver cómo nos organizamos para que los niños puedan disfrutar de sus vacaciones incluso en los días en que no nos podamos mover de casa.
El final del verano dará paso a muchos cambios, yo volveré a trabajar, mi hija empezará el colegio. El martes pasado fuimos a entregar el formulario de solicitud de plaza, y mientras lo firmaba me temblaba la mano: miro a mi niña y me doy cuenta de que ya no tengo bebé, ahora es una señorita que reclama su independencia, juega sola cuando quiere, elige y pela ella misma la mandarina que va a tomar de postre, viene corriendo a darme un abrazo o intenta trepar por la estantería para curiosear entre los libros y los juguetes de su hermano. Al mismo tiempo la veo tan pequeña, tan indefensa y me pregunto cómo reaccionará a esa repentina separación. Irá solo por la mañana, pero soy consciente de que es muy pronto y maldigo el sistema que hace posible una escolarización tan temprana.
De aquí a septiembre quedan casi ocho meses, tendrá tiempo de crecer y evolucionar; yo también, tendré tiempo de hacer cábalas, de hacerme a la idea, porque por desgracia no me queda más remedio, y no puedo arriesgarme a quedarme sin trabajo en los tiempos que corren.
De aquí a septiembre también hay tiempo suficiente para que maduren más proyectos, no digo más, pero a ver si el 2013 va a ser un año de transformación como promete.

miércoles, 2 de enero de 2013

Nochevieja, siete años o una vida entera




New Year 2013, de Mr. Lightman
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Técnicamente, ya ha pasado la Nochevieja.
Este año, he conseguido felicitar el año nuevo a todas las personas que conozco, en los foros en los que participo y mantener la sonrisa a lo largo del día. Es posible que para buena parte de la humanidad no sea nada digno de mención, pero me siento bastante orgullosa de haberlo conseguido.
Para que podáis entenderlo del todo, quizás sea preciso que me acompañéis en un recorrido por el sendero de mi memoria.
Desde que tengo uso de razón y hasta hace siete años, la Nochevieja fue mi festividad favorita. Me encantaba la llegada del año nuevo, la intriga por lo que me depararía el futuro, el misterio de lo que me esperaba los 365 días siguientes y que iría desvelando poco a poco. Sobre todo, adoraba las fiestas de fin de año.
Cuando era niña, solíamos pasar la Nochevieja en casa de unos amigos de mis padres que organizaban fiestas a las que acudían varias familias, la mayoría con niños de mi edad. Todavía recuerdo la emoción que nos embargaba a todos los niños, la ilusión con la que jugábamos a juegos simplones y aún así divertidísimos, las risas, el cosquilleo en la nariz provocado por las burbujas del champán, lo mayores que nos sentíamos al tomar un sorbo de una bebida alcohólica y al acostarnos tan tarde. Luego venían las campanadas, la medianoche, los abrazos, la alegría, la regeneración y la promesa de un nuevo año.
Mi infancia quedó definitivamente atrás en ocasión de una de esas fiestas de Nochevieja, cuando un chico que me gustaba me dio mi primer beso, un auténtico beso de película, debajo del muérdago porque traía suerte, a escasos metros del lugar en que nuestros respectivos padres charlaban y bromeaban. Esa Nochevieja dejé atrás mi cáscara de niña patosa y vislumbré por un momento la inalcanzable mujer en la que quería convertirme.
Después vino la adolescencia y se acabaron las fiestas con los amigos de mis padres, porque empecé a ir a las mías propias. Llegaron las risas con las amigas, los coqueteos con el alcohol, las minifaldas que subíamos hasta niveles escandalosos al llegar a la vuelta de la esquina mientras nos mirábamos de reojo en los escaparates, los ligoteos que decíamos eran señal de buena suerte para el resto del año.
La primera vez que vi a mi marido también fue en Nochevieja; no nos presentaron oficialmente hasta unas semanas más tarde, pero nuestras miradas se cruzaron por primera vez en una fiesta de fin de año. Años más tarde, ya casados y hartos de fiestas, en otra Nochevieja nos decidimos a buscar un bebé.
Hace siete años, la Nochevieja trajo un amanecer de sueños rotos, la muerte de mi madre, el 1 de enero de 2006, cerca de las 04:00 de la mañana. El destino quiso arrebatarme toda la alegría por el cambio de año para equilibrar la balanza, después de tantos años de Nocheviejas felices. Aquel día, me prometí a mí misma que jamás volvería a celebrar el fin de año.
A partir de entonces, el 1 de enero se convirtió en un día sombrío, un día en el que me ocultaba en la cocina para llorar a escondidas, una fecha en la que intentaba rehuir de cualquier contacto humano, deseando únicamente que llegara la noche para poder meterme en la cama y que se acabara el constante recordatorio de la pérdida de una persona que tanto ha significado para mí.
Sin embargo, este fin de año ha sido distinto. El recuerdo de mi madre me ha acompañado, he añorado sus abrazos y la he echado de menos como siempre, pero por algún motivo entendí que no tiene sentido seguir sepultándome en vida durante el aniversario de su muerte. De algún modo supe que tenía derecho a ser feliz incluso este día del año sin sentirme culpable ni tener la sensación de empañar la memoria de mi madre por ello: no he superado el dolor, pero he conseguido atravesarlo y he reunido la fortaleza suficiente para poder convivir con él.
Después de muchos años, me decidí a organizar una auténtica cena de Nochevieja: cena familiar, solo nosotros y mi padre, pero aún así una cena especial, cuidadosamente planeada y trabajada.
Me disponía a compartir las campanadas con mi familia por primera vez en años, pero a mis niños les pudo el cansancio: el mayor llevaba en danza desde las 07:00 de la mañana (el año que viene tengo que convencerle a que duerma algo de siesta) y la peque me pidió ir a dormir cuando faltaba media hora para la medianoche.
Me metí en la cama con los dos, y mientras mi hija mamaba y me inventaba un cuento para su hermano me invadió una sensación de paz interior que no había experimentado en años. En aquel momento entendí que la vida sigue, y me reconcilié con la Nochevieja. Sigue siendo el aniversario de la muerte de mi madre, pero también de muchos recuerdos felices.
A lo lejos, se oían las campanadas retransmitidas por alguna televisión, las risas de la gente y los fuegos artificiales. Arropada por mis niños, me permití el lujo de volver a ser feliz en fin de año.
Cuando se durmieron, salí de la habitación y compartí unas cuantas horas con mi marido, hablando hasta las tantas y disfrutando de su compañía. El destino me ha quitado mucho pero me ha dado mucho más.
Por la mañana, cuando me desperté tenía claro que era el aniversario de la muerte de mi madre; pero también fue el día en que mi marido me llevó el desayuno a la cama, me dio un abrazo cuando me vio flaquear, preparó un guiso de carne con arroz sabiendo que me gusta mucho y se mantuvo a mi lado a lo largo de todo el día; fue el día en que mis hijos me despertaron con un beso y un abrazo; mi hijo me enseñó la nave espacial de Lego que acababa de construir, me puso al día del resultado de su último experimento de congelación (últimamente le ha dado por meter en el congelador las cosas más variadas a lo largo de la noche para ver qué pasa), le ayudé con los deberes de matemáticas y a pasar el nivel 58 de Cradle of Persia, jugué al fútbol con mi hija y bailamos juntas unas canciones del Cantajuego; esta noche, mientras le contaba a mi niño el cuento antes de dormir, me dijo que se siente muy afortunado por tenerme de mamá.
Ha sido un buyen día, después de todo.
Creo que el año que viene celebraré la Nochevieja como se merece. Sentir añoranza por mi madre y por todos los que ya no están no debe impedirme disfrutar con los que siguen a mi lado y se esfuerzan a diario por hacer que mi vida merezca la pena.
Puede que haya perdido siete años, pero me queda una vida entera.
Feliz 2013, y que todos vuestros sueños se hagan realidad.


jueves, 6 de diciembre de 2012

El club de las madres-verdugo

He llegado a este blog a través de un enlace que encontré en un grupo de Facebook en el que participo. Confieso que me costó un poco desprenderme de los prejuicios, por el simple hecho de que el nombre del mismo (Duérmete mamá) me chirriaba bastante, al recordarme peligrosamente el título de un libro que pretende "enseñar a dormir a los niños" dejándoles llorar hasta la extenuación en una habitación a oscuras.
He leído alguna entrada, aquí y allá, y he llegado a la conclusión de que se trata de un blog de maternidad que defiende unas ideas que personalmente no comparto; obviamente, cada cual es muy libre de escribir en su blog lo que le da la real gana, faltaría más. No me ha sorprendido ni para bien ni para mal, pues parece resumir lo que hoy en día se considera políticamente correcto.
En cambio, lo que sí me ha sorprendido (y muy desfavorablemente, por cierto) ha sido la mayoría de los comentarios respondiendo a todas y cada una de las entradas que he leído. Si bien no me encuentro de acuerdo con muchas de las entradas, debo decir que las mamás que las redactan lo hacen de manera bastante educada y contenida. Sin embargo, muchas de las madres que comentan (y dicho sea de paso, piden a grito respeto para su postura, sea cual sea) se permiten el lujo de insultar abiertamente a las que opinan de forma diferente, amén de recurrir a una serie de burradas sin pies ni cabeza para intentar sostener un argumento del que claramente carecen. En los comentarios se encuentran por doquier esos simpáticos calificativos tipo "ecomadre" o "madre-vaca", acuñados evidentemente por alguien que ni se ha tomado la molestia de analizar la corriente sobre la que iba a escribir, o medias verdades del tipo "a mí me han criado a biberón y estoy perfectamente", "el colecho es peligroso porque hay niños que mueren aplastados" o "esto es una secta que se está poniendo de moda".
Admito que no me gustan las etiquetas y detesto ser encasillada, pero tras ver la rabia, la inquina, la hiel, el rencor y en ocasiones hasta el odio que destilan algunas opiniones, no he podido resistirme a rebautizar alguna de sus autoras como "madres-verdugo".
Vaya por delante que no me considero "seguidora de la crianza natural" en el sentido estricto: digamos que me siento más afín a este tipo de crianza que a cualquier otra, porque el respeto al niño y a sus etapas me parece algo básico y fundamental; ahora, considero que tengo derecho a labrarme mi parcela dentro de ese marco de respeto, adoptar lo que me parece más adecuado y prescindir de lo que no me convence.
Sin embargo, intento en la medida de lo posible tomar decisiones razonadas, informarme de las ventajas y desventajas de cada postura y adoptar la que mejor se ajuste a mi forma de pensar y de entender la maternidad (y también guiarme por mi instinto, faltaría más).
Las entradas más indignantes del mencionado blog son, a mi entender, las que tratan el tema de la lactancia. Reconozco ser radical, fundamentalista y hasta talibana de la teta al respecto, pero considero que en muchos casos habría que informarse antes de opinar.
Mi cruzada particular se reduce a pedir que los profesionales sanitarios se informen antes de recomendar biberones de apoyo cuando no son necesarios, y a quejarme por las opiniones no solicitadas y los comentarios jocosos que me toca escuchar de vez en cuando (dicho sea de paso, me gustaría saber dónde viven las mamás que se sienten cuestionadas y presionadas por su decisión de no dar el pecho, porque en mi entorno te suelen cuestionar justo por lo contrario).
Estoy de acuerdo con ellas hasta cierto punto, porque sinceramente duele que la gente emita juicios de valor sin conocer tu historia, pero tengo que decir que, tras años de frecuentación de foros de crianza con apego, blogs afines y demás publicaciones "sectarias" no he visto que la corriente mayoritaria se dedique a llamar malas madres (expresión ampliamente utilizada por aquellas que optan por la lactancia artificial) a las que dan el biberón por el motivo que sea. De todo habrá, pero hasta donde yo he podido ver, las madres que defienden la lactancia suelen hablar de su propia experiencia, defender su punto de vista, y difundir información (demostrada científicamente) acerca de los beneficios de dar el pecho, apoyar a quiénes quieren darlo pero se encuentran con dificultades y proponer argumentos a favor para quienes estén dudando.
En cambio, la principal defensa de quienes se sitúan (la mayoría de las veces por decisión propia) en el bando contrario, suele ser la de atacar, insultar y descalificar a las que hacen las cosas de otra manera. He tenido que leer, en uno de los comentarios del mencionado blog, que las madres que dan el pecho a niños de tres años son unas enfermas mentales. En calidad de progenitora condenada al manicomio (pues no hemos llegado todavía a los tres años, pero esa es la intención) me he dado por aludida, me he picado y me he puesto a escribir esta entrada, para vapulear verbalmente a ciertas ideas, a mi modo de ver, bastante poco respetables.
Para empezar, me hace cierta gracia que las personas que defienden el biberón por elección lo hagan enarbolando la bandera de la libertad individual, como si las que damos el pecho lo hiciéramos por obligación. Lógicamente, no se puede forzar a una madre a dar el pecho si no quiere hacerlo, pero considero que antes de tomar una decisión hay que sopesar los pros y contras, y hay que hacerlo en base a información actualizada y fiable, y no siguiendo tópicos viejos de décadas.
Quien no quiera dar el pecho, que no lo dé; quien no quiera informarse, que no lo haga; quien prefiera cerrar los ojos ante las ventajas (demostradas) de la lactancia materna y repetir mecánicamente que es muy importante que la madre se sienta cómoda o liberada, es muy libre de actuar como mejor le parezca, pero que luego no pongan en la picota a quienes hemos elegido otro camino, por convicción propia y no por moda. Simplemente, porque no es igual dar el pecho que no hacerlo, atender a un bebé que dejarle llorar, estar con él que dejarle al cuidado de terceros para realizarse trabajando o haciendo vida de pareja y un sinfín de ejemplos similares. No se trata de hacer un ranking de la mejor madre a la peor, ni de concursar para ganar la medalla de madre del año: en mi caso, se trata simplemente de hacer lo que creo que es mejor para mis hijos, y por extensión para mí, de ser fiel a mis principios y de no permitir que me aconsejen en contra de lo que siento.
Pienso que mis opiniones personales son igual de discutibles que las del resto de la humanidad, pero las defiendo con pasión porque he llegado a ellas después de sopesar también las alternativas.
Personalmente, no me siento amenazada por las madres que dan biberón desde el primer día, las que mandan a los niños a la guardería para que socialicen ni por las que aplican el método Estivill (en este último caso, me dan mucha pena los bebés, pero no percibo a las madres como un peligro para mis creencias). En cambio, he notado que muchas exponentes del bando contrario suelen ponerse a la defensiva, ofrecer explicaciones que nadie les ha pedido y lanzarse de cabeza a criticar a quienes no opinan igual.
Me atrevo a decir que en mi vida le he preguntado a una madre si da el pecho o el biberón, si está a favor de las guarderías, de la escolarización o de la educación en casa, si su hijo duerme con ella o en una habitación aparte; no lo pregunto porque me parece una falta de educación y una intromisión injustificada en la vida privada del personal. Ahora, si me lo cuentan y me piden opinión, me considero con derecho a decir lo que pienso sin que se me lancen a la yugular por no hacer lo que se considera políticamente correcto hoy en día.
A veces nos sentimos atacados cuando sabemos que podíamos haberlo hecho mejor. No sé si será el caso, pero en las madres-verdugo más virulentas me ha parecido ver un atisbo de inseguridad.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Hermanos

Desde que tengo uso de razón, me prometí a mí misma que tendría más de un hijo. Como muchos hijos únicos, añoraba algo que no llegué a conocer.
En realidad, ser hija única no tiene nada de malo, incluso ofrece ciertas ventajas. Sin embargo, de niña solía envidiar a las amigas que tenían hermanos: mi casa parecía más ordenada, más silenciosa y menos espontánea que las suyas; es más divertido saltar en el sofá o hacer una lucha de almohadas cuando alguien juega contigo.
Obviamente, ser hija única no me impidió tener amigos, primos y conocer a otros niños con los que jugar, pero no pude experimentar los pros y contras de esa convivencia diaria de la que disfrutaban las familias más numerosas. Además, creo que el hecho de no convivir con otros niños más o menos de mi edad me hizo madurar de repente en algunos aspectos, mi niñez fue más breve de lo que debería haber sido.
Cuando mi marido y yo decidimos buscar un bebé, yo tenía clarísimo que algún día repetiríamos la experiencia; en cambio mi marido, que procede de una familia numerosa, no estaba tan seguro. Como dije al principio, a menudo añoramos lo que no llegamos a conocer.
Mi hijo fue hijo único durante cuatro años y medio, y a decir verdad no me arrepiento de ello: pude dedicarle todo ese tiempo sin tener que repartirlo con nadie más, pude concentrar todas mis energías en él y en sus juegos, con él me estrené en la maternidad y no pensé en ir a por otro hasta tener la (casi) certeza de estar haciéndolo medianamente bien.
Al final tiramos por la ventana todos los miedos y las inseguridades, y llegó la princesita. A diferencia de su hermano, desde que nació no pudo disfrutar de todo mi tiempo, porque lo tiene que compartir; lógicamente, tiene sus parcelas de exclusividad, igual que las tiene mi hijo, pero en ocasiones me veo obligada a hacer malabares para que cada uno reciba su "ración" de dedicación materna, intento adaptarme a las exigencias de cada uno y ser ecuánime al mismo tiempo (no es nada fácil, pero merece la pena).
Sin embargo, mi niña tiene algo desconocido para los hijos únicos: a su ídolo, un hermano mayor al que intenta imitar en todo, alguien que tiene que parecerle un cruce de niño y de adulto, divertido como un niño y al mismo tiempo hábil como un mayor. Él tiene a una admiradora, una personita que le sigue allá donde va, que a veces le chincha pero le adora.
Últimamente juegan juntos a menudo; no juegan de la misma manera, pues sus habilidades e intereses son todavía muy diferentes, pero aún así, encuentran un terreno común, actividades de las que ambos disfrutan, cada uno a su manera.
Suelen jugar en la habitación de mi hijo, arrodillados en el suelo, vuelcan una caja de juguetes y cada uno se pide las piezas que prefiere. Algunas veces se enfadan y tengo que mediar; otras, se ponen a jugar por separado; otras más, cada vez con mayor frecuencia, se ponen a jugar un juego que solo ellos entienden, donde cada uno fija sus propias reglas.
La foto que he elegido para esta entrada procede de uno de esos juegos: como podéis ver, en mi casa criamos con apego hasta a los peluches, porque esos dos siempre están juntos, la rana en brazos del oso que es más grande. Mi hija me los trajo, por turnos, para que les diera teta, y después mi hijo les puso pañal, porque son bebés.
Me quedé embelesada observándoles mientras jugaban, viendo como se reían a la vez de algo que yo no entendí. Sé que nada de esto garantiza que cuando sean mayores se vayan a llevar bien, sin embargo, espero que el día que lleguen a adultos lleven grabadas en sus corazones esas miradas de complicidad.

martes, 6 de noviembre de 2012

Dormir sin llorar

Hoy al mediodía, el programa Nens de la emisora Tarragona Radio ha ofrecido una entrevista a Rafi López, fundadora y administradora del foro Dormir sin llorar; la entrevista se puede escuchar a través de este enlace.
Hace cuatro años y medio que conozco el foro de Dormir sin llorar, y si tuviera que resumirlo en pocas palabras, diría que me ha cambiado la vida. Lo descubrí por casualidad, por aquel entonces necesitaba respuestas, estaba desesperada por saber si era cierto que mi hijo, que entonces tenía dos años, se resistía tanto a dormir por mi culpa, porque no le había dejado llorar y le estaba malcriando, y en el foro no solo las encontré, sino que pude comprobar que "lo mío" no era tan raro como pensaba.
Al principio, me limitaba a leer, hasta que conseguí reunir el valor necesario para publicar tímidamente mi primera consulta; me sentí acompañada y arropada, así que empecé a escribir con mayor asiduidad.
Confieso que me costó bastante atreverme a dar consejos, porque me daba apuro hacerlo siendo novata; con el tiempo, aprendí que todas las aportaciones son de agradecer.
Yo soy tan solo una de los más de 14.000 usuarios que han pasado por el foro; me atrevo a decir que prácticamente todas (hablo en femenino, pues somos mayoría de mamás) hemos entrado para lo mismo, para buscar la solución a un problema de sueño, real o supuesto, de nuestros retoños. Algunas se marchan al poco tiempo, puede que porque nuestra filosofía no encaja con su forma de pensar, o porque una vez solucionado o encarrilado el problema que las ha llevado hasta el foro deciden seguir con su vida; otras vuelven periódicamente, y cada vez que lo hacen es como volver a abrazar a una amiga de la que hacía tiempo que no sabíamos nada; también las hay que directamente no nos marchamos.
Un foro es como una casa con las puertas abiertas de par en par, cada cual es libre de entrar y salir como le plazca, de decidir si se encuentra cómodo, si le gusta la decoración y de elegir su sillón favorito. Sin quitarle ningún mérito a Rafi, el foro somos todas, las que llevamos miles de mensajes y las que apenas han escrito media docena, las que lo conocemos desde hace tiempo y las que acaban de llegar, las veteranas y las nuevas.
Allí tengo a mi tribu, unas amigas que en algunos casos viven a cientos de kilómetros y aún así siento más cercanas que algunas personas que tengo al lado. Mi tribu, que comparte conmigo las mismas preocupaciones sobre crianza, que me sostiene cuando flaqueo, me escucha cuando me desahogo, una tribu hecha de manos amigas dispuestas a acompañarme. Gracias a Dormir sin llorar, ya no me siento sola con mis ideas "locas".
Todo esto se lo debo (se lo debemos) a Rafi, porque sin tanta pasión, ilusión, entusiasmo, alegría, compromiso y entrega por su parte, DSLL no sería una realidad. Tengo la suerte de haberla conocido en persona, y puedo asegurar que es igual de encantadora que a nivel virtual.
Como dije antes, un foro no es estático, sino algo cambiante: la estructura puede ser fija, pero el tejido varía en función de las aportaciones que recibe. Últimamente, hemos propuesto crear un subforo de (pre)adolescencia para uso y disfrute de las que tenemos niños más mayorcitos. Sé que puede parecer absurdo que un foro de sueño infantil dedique un espacio a hablar de adolescentes, pero bien mirado, yo no lo veo así: como dice una amiga mía (parte de mi tribu) todo pasa y todo llega, y tarde o temprano dejaremos de preocuparnos por los desvelos nocturnos, las rabietas, el control de esfínteres o los deberes de primaria para enfrentarnos a nuevos retos. Algún día mis hijos irán al instituto, sufrirán por amor, querrán salir de noche, se pasarán el día escuchando una música que me parecerá horrorosa y siguiendo modas cuestionables, tendré que hablar con ellos de drogas, de anticonceptivos, negociar la hora de llegar a casa, dejarles tomar sus decisiones sin imponerles las mías a la vez que rezaré para que elijan el camino que yo considero correcto.
Pasaré por todo esto, pero no quiero hacerlo sola, necesito a mi tribu, que por aquel entonces tendrá hijos adolescentes igual que yo. Podemos hablar de piercings y de carreras universitarias a la vez que buscamos trucos para reducir los despertares de los bebés y explicamos qué es la angustia de separación.
Llamadme tonta, pero mientras escribo esto estoy llorando a lágrima viva, me duele en el alma la idea de marcharme de DSLL algún día para buscar mis respuestas en otros lares, y pienso que igual haciendo un poco de reforma podemos ampliar la casa y evitar así que nadie tenga que irse a otra más grande.
Hasta que descubrí a Dormir sin llorar me sentía insegura, incapaz y llena de miedos, debatiéndome eternamente entre lo que me pedía el instinto y el miedo a malcriar. El foro ha sido mi metamorfosis, mi catarsis; igual pido lo imposible, pero me cambió, y me gustaría que siguiera cambiando conmigo. El tiempo lo dirá.

A Rafi, si me lees: GRACIAS POR HABERLO HECHO POSIBLE.

martes, 30 de octubre de 2012

Talibanes

Creo que el debate lo empezó mi amiga Pilar, de Maternidad continuum, al preguntar si los pediatras deberían ser asesores de lactancia; a raíz de su entrada, he tenido ocasión de leer varios artículos y comentarios sobre el tema.
Este tipo de artículos habitualmente acaba dividiendo a los lectores en dos bandos, están los que defienden la lactancia materna y los que lamentan el daño que están haciendo los (mal) llamados talibanes de la teta. Confieso que soy incapaz de leer a estos últimos sin reprimir una expresión de incredulidad: resulta que a estas alturas, todavía hay gente que cree en la existencia de una especie de conspiración a escala mundial cuyos siniestros fines pasan por por culpabilizar a las madres que no han dado el pecho y poner a los bebés en peligro de vida con tal de no recurrir a la leche artificial.

Para volver a la pregunta inicial, personalmente opino que no, no es necesario que un pediatra sea asesor de lactancia: es una profesión que respeto profundamente, y que abarca muchísimos campos, y cada cual es libre de especializarse en aquellos que más le interesan y motivan, faltaría más.
Exigirle a mi pediatra unos conocimientos profundos y pormenorizados sobre lactancia materna se me antoja igual de descabellado que pretender que se sepa de memoria la receta de la merluza en salsa verde.
Sin embargo, para aprovechar el ejemplo de la merluza, un pediatra tiene la obligación de saber a partir de qué edad se le puede dar merluza a un bebé, y la información debe ser acorde a las recomendaciones de los organismos oficiales.
La pena es que todo el mundo parece estar de acuerdo en lo que respecta a la merluza, pero si tratamos de aplicar el mismo razonamiento a la teta, por desgracia la cosa cambia.
Repito que no le exigiría a mi pediatra una cultura enciclopédica sobre lactancia, pero creo que tengo derecho a pedir que tenga por lo menos unos conocimientos básicos y razonablemente actualizados sobre el tema, que no se dedique a perpetuar tópicos, mitos y teorías de hace décadas, y sobre todo, que intente no emitir juicios de valor o presentar opiniones personales como si fueran verdades científicas.
En mi opinión, si una madre quiere amamantar pero se encuentra con problemas, lo más ético, sensato y correcto sería intentar encontrar la causa y ponerle remedio; si el pediatra en cuestión no es ducho en lactancia, debería remitir a la madre a un asesor o a un grupo de apoyo donde puedan ayudarla.
En cambio, es bastante frecuente que el pediatra se dedique a desanimarla, a inventarse enfermedades peregrinas (véase tu leche no alimenta) y a solucionarlo todo a golpe de biberón.
A este respecto, quiero dejar claro que no pretendo demonizar la leche de fórmula: en algunos casos por desgracia es necesaria, y para esos casos, menos mal que está. Si hay que suplementar porque existe una razón de peso, pues se suplementa, y además sin sentirse culpables porque en esa situación concreta es lo mejor para el bebé; pero no hay que olvidar que la lactancia artificial tiene riesgos, y por este motivo se debería recurrir a ella únicamente en casos estrictamente necesarios cuando no hay otra alternativa posible. Considero que la lactancia es un derecho del niño, no un capricho de la madre.
Si esto es ser talibana, entonces lo soy, y a mucha honra.
Los asesores de lactancia, las consultoras IBCLC y los grupos de apoyo han nacido en respuesta a la desinformación que muchas veces reina en el ámbito sanitario. Su labor, hasta donde he podido comprobar, consiste en ayudar a las madres a seguir amamantando cuando quieren hacerlo, no en perseguir a quienes han decidido no dar el pecho por el motivo que sea.
Existen estudios científicos que demuestran los riesgos de la lactancia artificial; son estudios que duelen mucho (mi primera lactancia fracasó, así que creo que sé de lo que hablo), pero aún así, querer ignorar la realidad, enfadarse y matar al mensajero no sirve de nada.
Lo que me sigue llamando la atención es que a estas alturas se sigue hablando mucho de los talibanes de la teta pero no se dice nada de los que están en el otro extremo: no son los talibanes del biberón, sino más bien los talibanes anti-teta.
He tenido la mala suerte de toparme con un pediatra así, un señor que consideraba a la teta culpable de todo, que intentaba obligarme a destetar, por activa y por pasiva, que llegó a decirme que una lactancia prolongada (para él, prolongada significaba 6 meses) podía ocasionar problemas de crecimiento.
Sin embargo, en una cosa tenía razón: tengo mala leche, pero no en el sentido en que lo decía, sino porque se la tengo guardada. El día que mi hija se destete le escribiré una carta contándole lo que pienso de sus teorías.
En su día, ese señor dio a entender que yo era una talibana de la teta, y me vi obligada a contestarle que viniendo de él, me lo tomaría como un cumplido.

lunes, 22 de octubre de 2012

Cadenas

Imagen: 3D chain breaking, de David Castillo Dominici
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Antes de ser madre, yo era de las que decían que dejaría al bebé con los abuelos para irme una semanita de viaje con mi marido de vez en cuando. Sumergida en la autocomplacencia, lo argumentaba diciendo que un hijo no me iba a cambiar la vida, pero las razones reales, esas que acechaban ocultas tras mi coraza, eran más profundas.

Mi madre recibió una crianza bastante machista: no tanto como podía haberlo sido, no tanto como la de muchas amigas y primas suyas, pero aún así la igualdad brillaba por su ausencia. Le dejaron claro desde el principio que ningún hombre tenía derecho a ponerle la mano encima, ni a considerarla inferior por el simple hecho de ser mujer, pero al mismo tiempo fue víctima de ese machismo sutil y no por ello menos dañino: le inculcaron la tácita aceptación de que ser esposa y madre iba a ser su único objetivo en la vida, le transmitieron un trasnochado sentido del deber según el cual su obligación iba a ser servir a los demás miembros de la familia, la animaron a renunciar a sus aficiones y a sus propios intereses para cumplir con sus obligaciones de esposa y madre de familia.
Para mí quiso otra cosa, pero desgraciadamente no supo hacer con su vida otra cosa que la que habían previsto para ella: realmente renunció a muchas cosas por mi padre y más adelante para mí. Renunció a trabajar fuera de casa, a tener aficiones y horizontes más allá de la familia.
A mí me lo contaba, me explicaba como se echó a llorar cuando se dio de baja del trabajo cuando estaba embarazada de mí, porque sabía que no iba a volver y cerraba definitivamente una etapa de su vida; me decía que había dejado de ir a conciertos de música clásica porque a mi padre no le gustaba o que le llegó un momento en el que renunció a tener más hijos porque yo daba mucho trabajo.
En los momentos buenos, todas estas historias significaban fíjate hasta dónde puede llegar el amor de una madre; pero en los momentos malos, se traducían más bien en mira a todo lo que he tenido que renunciar por tu culpa.
Años después, me di cuenta de que algunas de esas renuncias las había hecho a regañadientes, por presión social, por miedo al juicio ajeno, o simplemente porque era lo que se esperaba de ella. Creo que mi gen rebelde y contestador nació en ese momento, porque empecé a darme cuenta de que prefería equivocarme pensando con mi propia cabeza que acertar por hacer caso a los demás.
Decidí que el día que tuviera hijos no les cargaría jamás con el peso de una decisión que ellos no tomaron, y pensé que la forma más lógica de conseguirlo sería no renunciar a nada que me hiciera feliz. Me convertí en una acérrima defensora de la teoría del tiempo de calidad, convencida de que a mis futuros hijos les iba a beneficiar más verme menos tiempo, pero feliz y realizada, que tenerme todo el día en casa amargada y descontenta.
Mis teorías se fueron al traste en el mismo instante en que me pusieron en brazos por primera vez a mi hijo recién nacido: le miré, al principio con curiosidad, porque durante 9 meses había intentado imaginar qué aspecto tendría; pero luego la oxitocina y la emoción del momento hicieron el resto. Contemplé a mi bebé, lo mejor, lo más perfecto, quizás lo único bueno que había hecho en la vida hasta ese momento y entendí que con él y por él no habría renuncias: en ese momento empecé a quererle con cada fibra de mi ser, y simplemente supe que por él iría hasta el infinito y más allá.
Hasta la fecha, he sido fiel a mis principios: no he renunciado a nada a lo que no quisiera renunciar. He dejado de lado algunas aficiones y costumbres que tenía antes, pero ha sido totalmente voluntario; simplemente he cambiado, y por ejemplo ya no me apetece salir a bailar hasta las tantas, igual que en su día dejé mis juegos de niña porque ya había superado esa etapa.
Sigo siendo bastante impermeable a la presión social, de hecho no suelo hacer caso a los consejos no solicitados, sobre todo si están reñidos con mi instinto. Me da un poco igual lo que los demás consideren correctos y he llegado a la conclusión de que las únicas personas con derecho a juzgar mi manera de educar a mis hijos son ellos mismos.
Los viajes siguen siendo una asignatura pendiente. Me encanta conocer países lejanos, pasear por una playa de arena tan blanca y fina como la harina, disfrutar de un amanecer de colores aquí desconocidos; pero lo volveré a experimentar más adelante, porque mis niños todavía son pequeños para soportar tantas horas de avión.
Ya no queda ni rastro de mi propósito de irme a solas con mi marido: mi corazón no está encadenado, sino fusionado con el de ellos; no me he anulado como persona, al revés, he crecido, he evolucionado, he dejado de mirarme el ombligo, mi marido y mis hijos, mi pequeña tribu, me han descubierto el verdadero sentido de la vida.
Con ellos, por ellos y para ellos he conseguido romper las cadenas.