martes, 22 de abril de 2014

Regreso a mi tierra - parte I (El viaje del corazón)

Acabamos de volver de unas vacaciones en Italia. Cada vez que he vuelto a mi país han resonado en mi cabeza las palabras que Alfredo, un personaje de Nuovo Cinema Paradiso, una de mis películas favoritas, dirige a Totò: le anima a marcharse del pueblo y a no mirar atrás, le explica que cuando uno vuelve al poco tiempo, lo encuentra todo cambiado, pero cuando regresa al cabo de muchos años, descubre que todo sigue igual.
Me marché, y volví casi todos los años, cada vez que las circunstancias y la economía me lo permitían; volví con mis padres, sola, con mi ex, con mi marido. Volví siempre que pude durante diez años; visité los lugares de mi infancia y comprobé que Alfredo tenía razón, el paso del tiempo había borrado muchos de los sitios donde anidaban mis recuerdos.
El bar de Giovanni donde iba a comprarme el helado los fines de semana ya no existía; tampoco quedaba rastro del taller de Aldo ni de la lechería de Gabriella. La papelería a la que iba con mis amigos al acabar el colegio seguía allí, pero había otro dependiente, ya no estaba ese simpático señor de pelo canoso al que comprábamos gominolas con sabor a limón y coca cola, a escondidas de nuestros padres que no querían que nos estropeásemos los dientes con esas porquerías; ya no podía pegar la nariz al escaparate de mi juguetería favorita, embobada ante el tren eléctrico que cruzaba ríos y montañas de cartón piedra, porque en su lugar una joyería exponía relojes y pulseras de precios astronómicos.
Sobre todo, en cada regreso, me asaltaban los recuerdos de los que ya no estaban conmigo: mi abuela, mi primo, mi tía, mi tía abuela, mi otra abuela nos fueron dejando; amigos de infancia que se marcharon a otros lugares por trabajo o por amor.
Cuando me preguntan de qué parte de Italia soy, me cuesta contestar. Yo nací en un sitio, mi padre era de otro, veraneábamos en un tercero, vivimos unos años en otro más, y en todos ellos dejé un trozo de mi corazón. Pertenezco a todos ellos, y a la vez a ninguno.
Pasaron los años y dejé de volver. Mi familia, mis amigos estaban esparcidos por toda la geografía y habría sido imposible ver a todos en un solo viaje; además, no me encontraba con ánimos para pasar unos días visitando ciudades a las que ya no reconocía, que habían sido mías pero me resultaban extrañas porque quizás nunca me habían pertenecido del todo.
Luego tuve a mis hijos y aplacé de nuevo la vuelta, me parecía muy complicado embarcarme en un viaje de tantos kilómetros con niños pequeños.
No volví a pensarlo hasta este año, cuando mi marido y yo logramos milagrosamente arañar unos días en Semana Santa, coincidiendo con las vacaciones escolares.
Pensé que, como en tantas otras ocasiones, acabaría por verlo todo a través de los ojos de mis niños, pero esta vez curiosamente no fue así.
El primer impacto fue inesperado, casi violento. Estaba en el bar del aeropuerto de Malpensa, a punto de pedir algo de beber para mi hijo, pero las palabras no acudían a mi boca. Mejor dicho, acudían pero no en el idioma correcto: tuve la desagradable sensación de ser extranjera en mi tierra. Duró apenas unos segundos, porque en cuanto empecé a oír mi idioma por todas partes, estos últimos veinte años lejos de mi país se borraron de un plumazo: recuperé mi acento castizo, volví a recordar un montón de expresiones que no he utilizado en dos décadas, me sentí de nuevo en casa.
A lo largo de esa semana, recorrimos más de mil kilómetros mi familia y yo, juntos con mi padre y mis tíos, nos reencontramos con parientes a los que no había visto en años, conocimos a otros que llegaron después.


Duomo de Milán
Visitamos los lugares de interés turístico, pero al mismo tiempo hicimos el viaje del corazón, ese recorrido paralelo que no aparece en ninguna guía pero tiene un significado especial: los lugares donde hemos dejado un trocito de nuestra alma. Mi padre nos contó historias de cuando era niño, nos enseñó la casa de la abuela, nos habló del manzano que crecía en el patio y de la estatua que se encontraba en un parque a poca distancia, a la que él llamaba l'uomo di ferro, el hombre de hierro, que tanto le asustaba de niño.
Volví a ver la casa de mi tía, sus estantes repletos de fotos de familia, cada una con su historia, a veces divertida y a veces trágica; mientras los niños jugaban en el jardín me quedé con ella en su cocina, hablando de todo y nada, esa misma cocina en la que años atrás preparó la piadina di crudo e rucola para mi marido y el suyo, que acababan de volver de ver un partido de fútbol en el campo.
Salí a la calle y descubrí que queda mucho más de lo que me he perdido. A veces las cosas cambian de forma pero el contenido permanece: un hombre con maletín y un traje de raso casi translúcido, un chico con la cara tatuada cruzándose fugazmente con una señora ataviada con estola de visón y tacones a la salida de la iglesia de San Babila, piezas distintas que forman el mismo mosaico de antaño.
Pude deleitarme de nuevo con un cappuccino como Dios manda, los chicles Big Babol con los que se pueden hacer pompas tan grandes que pringan la nariz, los escaparates con sus productos desplegados en perfecta armonía, los dependientes que nunca dejan de sonreír, los bocadillos que cuestan un despropósito, las revistas que hablan de famosos a los que ya apenas conozco pero conservan el mismo look de siempre.
Cuánta razón tenía Alfredo, he tenido que volver al cabo de muchos años para descubrir que todo sigue igual. La brecha ya se ha cerrado, porque yo también sigo siendo la misma.

Continuación: Regreso a mi tierra - parte 2 (Criar en tribu)

viernes, 7 de marzo de 2014

Por favor, no me feliciten

Dentro de un par de horas, se volverá a celebrar el 8 de marzo. Para ser sincera, es un día que aborrezco porque con el tiempo se ha degradado hasta convertirse en mera fiesta comercial, un día en el que hay que comprar mimosas, perfumes o bombones, para agasajar a las mujeres, sin pararnos a pensar realmente en su auténtico significado. Lo siento, pero no quiero que me regalen nada, ni que me feliciten siquiera. El 8 de marzo no es el día de la mujer a secas, no es un día en el que regocijarnos por ser mujeres, ni para echarnos flores por ser tan buenas mujeres, madres, esposas o amantes.
El 8 de marzo no es una fiesta, sino una reivindicación. Se estableció en memoria de un suceso que ni siquiera tuvo lugar ese día, sino más tarde, el 25 de marzo de 1911, para ser exactos.
Cuentan las crónicas que ese día murieron más de un centenar de mujeres trabajadoras, encerradas en una fabrica por sus patrones, deseosos de reprimir de esta manera cualquier protesta de parte de sus subordinados. Imposibilitadas para salir, encontraron una muerte horrible; las más jóvenes apenas tenían 14 años.
Si bien las condiciones laborales han mejorado desde entonces, no podemos negar que en muchos países las mujeres siguen teniendo un papel secundario, por recurrir a un eufemismo. Desde que nacen, son consideradas inferiores, su papel es el de esclavas, no reciben apenas educación, son obligadas a contraer matrimonio a temprana edad y forzadas a gestar y parir antes de que sus cuerpos estén preparados para ello.
Incluso en los países modernos del llamado primer mundo una mujer no suele recibir el mismo trato que un hombre: a nivel laboral suelen percibir salarios más bajo aunque desempeñen el mismo trabajo que sus compañeros varones, la libertad sexual de las chicas está mucho más restringida que la de los chicos, están cuatro veces más expuestas que los hombres a sufrir abusos sexuales o violencia doméstica.
No podremos alcanzar la felicidad mientras uno de los géneros siga empeñado en dominar y aplastar al otro; como leí una vez, no tenemos derecho a ser iguales, sino el mismo derecho a ser diferentes.
Por todo ello, por favor no me feliciten. Queda mucho camino por recorrer, muchas mentalidades por cambiar, no nos desviemos del objetivo porque nos regalen flores.

sábado, 22 de febrero de 2014

Mala leche

La foto que ilustra esta entrada se ha publicado en la fanpage de una conocida compañía fabricante de juguetes y demás productos destinados a la infancia.
Mala leche es el primer título que me ha venido a la cabeza, aunque a estas alturas ya no sé si la mía, al ver la mencionada foto, o de quien haya pensado utilizarla como reclamo para la marca.
Me diréis que tiendo a ver solo lo negativo de las cosas, y es posible que estéis en lo cierto (o no, tengo muchas entradas en el tintero que no publico por falta de tiempo, aunque es verdad que lo negativo parece dar más juego), pero en mi humilde opinión, es una imagen que no tiene desperdicio.En ella se puede apreciar a un niño pequeño dándole un biberón a un bebé, acompañado de la leyenda "Si te lo acabas todo, te harás tan grande como yo".
Es una imagen que debería resultar bonita y enternecedora, pero como talibana de la teta que soy, me chirría cosa mala.
Me parece admirable y precioso, sin duda, que el niño mayor cuide de su hermanito, pero ¿a los señores publicistas no se les ha ocurrido otra manera de representar gráficamente el apego fraternal? Personalmente, me habría parecido infinitamente más conmovedor y acertado que hubieran publicado una imagen de dos niños jugando juntos, o de un niño mayor mimando a uno más pequeño.
En segundo lugar, ese "si te lo acabas todo" evoca cierto chantaje emocional, acuden a la mente imágenes de madres desesperadas que lo intentan todo con tal de que el bebé se termine el cuarto de litro de papilla de 7 verduras con carne y arroz que, según el pediatra o el villano de turno, es el único alimento capaz de evitarles monstruosas carencias nutricionales en un futuro no demasiado próximo.
Para rematar, el "te harás tan grande como yo" me recuerda a los trillados comentarios de suegras, vecinas y opinólogos en general, se parece peligrosamente a ese con biberón se crían igual, frase de cabecera de quienes se atreven a dar consejos de lactancia cuando de lactancia saben bien poco.
La foto, según he podido comprobar, ha causado cierto revuelo en la comunidad feisbukera, hasta el punto de que en un grupo en el que participo se ha llegado a preguntar si es posible denunciarla.
La pregunta no es tan ilógica como parece si tenemos en cuenta que la conocida red social acostumbra a censurar las fotos de bebés amamantados, dando así origen, entre otros, al movimiento conocido como Revolución blanca. Si a determinadas personas les ofende ver a un bebé amamantado, cabe esperar que a otras les ofenda ver a otro tomando un biberón.
Sin embargo, me temo que una hipotética denuncia en ese sentido tiene bastante pocas posibilidades de prosperar, a no ser que se consiga demostrar más allá de toda duda que el biberón es un símbolo fálico y por tanto la foto incumple las famosas normas de Facebook.
Hasta donde sé, se puede denunciar cualquier foto, desde las que nos resulten claramente ilegales u ofensivas hasta las que simplemente nos incomoden o nos den repelús, pero luego alguien se encarga de revisar las denuncias recibidas y decidir qué fotos merecen quedarse y cuáles deben ser irremediablemente condenadas a la hoguera virtual.
Por algún motivo, ese alguien o quien por él, parece considerar que el binomio bebé + teta equivale a pornografía, e incumple por tanto las normas, desencadenando la caza de brujas, perdón, procedimiento habitual que puede concluir con la eliminación del perfil culpable, mientras que utilizar las tetas, o cualquier otra parte del cuerpo, como reclamo sexual no las incumple y se trata por tanto de un uso legítimo y justificado de la libertad de expresión.
Puedo entender, en parte, que Facebook no censure cualquier foto que sea denunciada solo porque a alguien le moleste verla; si lo hicieran, se quedarían en blanco y negro. Por tanto, si se denuncia esa foto, o cualquier otra, hay que tener claros los motivos.
Que yo sepa, una foto de un bebé tomando un biberón no es ilegal, a no ser que se publicite leche de inicio: en ese caso, incumplirían el código de comercialización de sucedáneos de leche materna y la imagen debería ser retirada. Sin embargo, esa imagen ha aparecido en la página de una fábrica de juguetes, no anuncia ninguna marca de leche artificial, y puestos a rizar el rizo, ese biberón puede contener leche materna.
Por otra parte, lo legal no siempre coincide con lo cabal, y lo que personalmente me molesta de esa imagen no es lo que muestra, sino lo que da a entender. Como una prenda de ropa interior, lo que revela es sugerente, pero lo que esconde es esencial.
Después de décadas de culturas del biberón, estamos acostumbrados a encontrarlo por doquier, en las cestas de regalos para recién nacidos, en las revistas de puericultura, en los cuentos para niños, en los dibujos animados. Consciente o inconscientemente, imágenes como estas contribuyen a fomentar, a agrandar aún más un imperio construido por un puñado de multinacionales que buscan llenar su bolsillo sin importarles los daños colaterales que puedan causar.
Finalmente, os pido que por favor no intentemos reconducirlo otra vez al trillado debate buenas madres vs. malas madres. No se trata de que se pueda ser buena madre dando biberón y mala madre dando teta, ni de que haya bebés alimentados con fórmula que no han tenido un catarro en su vida y bebés enfermizos a pesar de que tomen pecho, no se trata de libertad de elección ni de ser radical o moderado.
Si me habéis leído aquí y allá, sabréis que mi hijo mayor tomó biberón a mi pesar; así que he estado en ambos bandos, he recibido críticas por esto y por aquello. Esto no es una revancha, ni un desahogo. A estas alturas, las heridas que mi lactancia fracasada me produjo en su día están más que sanadas y cicatrizadas; sin embargo, no puedo evitar pensar que a lo mejor en este momento otras mamás están pasando por una situación similar.
Considero que cuando una lactancia se hace cuesta arriba, cuando el seguir luchando solo provoca dolor y sufrimiento, es la madre la que debe tomar la decisión última sobre seguir adelante o tirar la toalla. En ambos casos, su decisión merece respeto y comprensión, no críticas y juicios sumarios.
Admito que cuando renuncié a dar el pecho a mi hijo me molestó bastante ser mirada con desdén en la farmacia al comprar leche de inicio o con pena cuando le daba el biberón en el parque.
Pero, pensándolo bien pensado, me molesta mucho más que las personas que en su momento estaban en posición de ayudarme no lo hayan hecho, se limitaron a cantarme las alabanzas del biberón y a decirme que daba lo mismo una cosa que la otra; en algunos casos lo hicieron por ignorancia, en otros, movidos por intereses comerciales.
Cuando hablamos de que "no se es peor madre por dar biberón", "se crían igual de bien", "la LM es mejor, pero..." solemos recurrir a ejemplos extremos donde la lactancia es imposible, véanse madres adoptivas, mastectomías, medicamentos incompatibles (que no son muchos, pero haberlos haylos, como las meigas).
Sin embargo, la grandísima mayoría de lactancias fracasan por razones mucho más triviales, mal agarre, estimulación inadecuada o insuficiente, y sobre todo, información desfasada, maliciosa, tendenciosa y nefasta del entorno, profesionales de la salud incluidos (sin ánimos de generalizar).
La foto con la que empecé esta tirada es solo una muestra, una pequeña piedra en el camino, pero juntando todas las piedras se puede construir una torre que llegue hasta el cielo, y así nos va.


sábado, 1 de febrero de 2014

Premio Liebster Award

Ante todo, siento lo que he tardado en recogerlo, a veces siento que debería tener ocho brazos como la diosa Kali para llegar a todo a tiempo.
Me lo otorga Mon, de Entre mimos y juguetes, y me ha hecho muchísima ilusión a la vez que me ha sacado los colores teniendo en cuenta el poco tiempo que dedico al blog últimamente.
Para recogerlo, tengo que contestar a 11 preguntas y entregarlo a mi vez a 11 blogs.
 
¿Por qué ese nombre para el blog?
Ya lo expliqué en mi primerísima entrada, Kim era mi apodo favorito de los que mi madre inventaba para mí. Con el tiempo se convirtió en mi nombre online, me parecía original y fácil de recordar, y a estas alturas es una especie de alter ego, mi nombre real corresponde a la persona de la vida real y Kim a la bloguera, forera, moderadora, escritora. Mi nombre real está ligado a la obligación y Kim a la vocación, aunque últimamente estas facetas van solapándose.
 
¿Cuánto tiempo inviertes en el blog diariamente?
Mucho menos de lo que me gustaría. En realidad tengo pensado dedicarle una noche a la semana, pero no siempre lo puedo cumplir.
 
¿Miras el blog antes de acostarte y al despertarte?
A veces, cuando acabo de publicar una entrada y me entra curiosidad por saber cuánta gente la ha leído y si alguien la ha comentado.
 
¿Qué opinas de las redes sociales?
Me parecen una herramienta muy valiosa, ahora, como en todo, el peligro radica en la manera de usarlas.
 
Si pudieras tomarte un café con la persona que eligieras ¿Quién sería? 
Tendría que ser un café comunitario, porque me parece injusto elegir a una sola persona.
 
¿Qué opinas sobre que los bebes se críen con mascotas?
De entrada, me parece una experiencia muy enriquecedora. Dicho esto, ahora mismo no me encuentro en una etapa vital en la que me sienta capacitada para tener una mascota, igual me lo plantearé más adelante.
 
Un deseo…
Paz, luz y amor infinito. Parecen tres deseos, pero en realidad son tres facetas del mismo.
 
Si tuvieras el poder de cambiar lo que quisieras ¿Qué cambiarías?
Cambiaría la distribución de la riqueza: si los que tienen demasiado tuvieran un poco menos, los que no tienen nada tendrían mucho más, y seríamos todos más felices.
 
¿Qué esperas de tu blog?
Seamos sinceros, escribo porque me gusta, no me vendo, trato temas que me interesan sin pensar en si tienen tirón o no... pero me gusta la notoriedad, me encanta que se me lea, así que espero que mi blog siga creciendo, gracias a vosotros.
 
El momento de tu vida…
La Nochevieja de hace 2 años. Estaba tumbada en la cama, contándole un cuento a mi hijo mientras mi hija mamaba; en ese momento me reconcilié con el mundo entero, con la vida, con la Nochevieja (por si no lo sabéis, es el aniversario de la muerte de mi madre). Me sentí feliz, en paz. Los momentos destacables de mi vida suelen estar relacionados con mi estado de ánimo y no con acontecimientos concretos.
 
Nunca más...
... me traicionaré a mí misma por miedo a disgustar a alguien.
 
Y ahora lo voy a repartir a otros 11 blogs, por orden alfabético:
 
1. Aprendiendo de Adrián y Gael: por la envidia (sana) que me dan sus manualidades y por la forma inteligente y respetuosa que tiene de exponer sus ideas.
 
2. Buceando en mí: porque es pura poesía, y para desearle que disfrute de esa cachorrita que ahora mismo está buceando en ella.
 
3. Charlando en el patio: porque acaba de empezar y me gustaría que continuara, porque hoy me ha sacado una sonrisa con su última entrada. Por cierto, tengo otro premio pendiente que repartiré en la próxima entrada, este lo tenía pendiente de antes.
 
4. De repente mami: porque no he tenido ocasión de decírselo todavía, pero estoy encantada de que haya vuelta.
 
5. Habichuelas mágicas: porque me encanta su espíritu guerrero.
 
6. Lactando amando: porque es muy instructivo y al mismo tiempo me toca la fibra sensible.
 
7. Mamá es bloguera: acabo de descubrir este blog, y me ha encantado.
 
8. Mimos y teta: por esa revolución blanca, esas agallas a la hora de reivindicar lo que debería ser lo natural.
 
9. Princesas y princesos: otro blog que he descubierto recientemente, y que no he podido parar de leer.
 
10. Reeducando a mamá: porque no conozco a nadie más capaz de soltarle unos (merecidos) garrotazos virtuales a Estivill con tanta elegancia y estilo.
 
11. Soy mamá, soy persona: porque me gustan mucho los temas que trata, y cómo los trata.


jueves, 30 de enero de 2014

Uno de tantos

Me adhiero a esta iniciativa, llamada Di NO a la violencia infantil, creada por Mamá es bloguera y Princesasyprincesos; hace unos días leí un post de Charlando en el patio sobre el tema y me vino a la cabeza esta historia. Hace años que me la contaron, pero durante mucho tiempo permaneció enterrada en mi memoria en ese extraño lugar a mitad de camino entre la reminiscencia y el olvido. Creo que ha llegado la hora de rescatarla.
 


Se llamaba Alen, y fuimos juntos a primero de primaria. La historia que voy a contar es rigurosamente real: por un momento pensé en cambiarle el nombre, en elegir uno que fuera simbólico y representativo, pero por curiosidad me puse a buscar el significado de Alen, y según una de las versiones que encontré, es de origen yiddish y significa "solo"; demasiado profético para cambiarlo.
A duras penas recuerdo su cara, estaba sentado delante de mí pero no éramos amigos. Era un niño bajito, pálido, con el pelo color arena, tímido y silencioso. Supe de su historia porque la maestra no se cortaba a la hora de cotillear con las otras madres, y años después, mi madre me la contó.
Alen era hijo de madre soltera, detalle que en aquellos tiempos ya no se consideraba escandaloso, pero proporcionaba un sinfín de chismes jugosos a numerosos grupos de señoras que intentaban parecer modernas y liberadas mientras luchaban sin éxito contra décadas de represión y dominación patriarcal.
Su madre le había tenido muy joven, poco más que adolescente; era fruto de una relación con un hombre mucho mayor. Decían las malas lenguas que la madre de Alen se había quedado embarazada en un desesperado intento por mantener a su lado a su amante casado, pero obtuvo el efecto contrario. Nunca vi al padre de Alen, no sé quién es ni si se ocupó nunca de su hijo más allá de reconocerle como propio; sé que el niño pasaba casi todo el día en compañía de su abuela materna, que le quería con locura, pero a la hora de cenar volvía a casa con su madre, y allí su vida se convertía en una pesadilla.
Más de una vez llegó a clase con marcas y moratones; sin embargo, a diferencia de muchos niños maltratados, que son coaccionados a mentir, él nunca atribuía sus heridas a algún accidente doméstico inexistente, y contestaba a las preguntas con una sinceridad alarmante: su madre se había enfadado con él y le había abofeteado hasta hacerle sangrar la nariz, su madre le había empujado y se había golpeado contra un mueble, su madre le había pegado porque era torpe y estúpido.
Un día, Alen no fue al colegio; el día siguiente tampoco vino, ni al otro. Si no me equivoco, estuvo ausente durante más de un mes. Cuando volvió, lo hizo con ambos brazos escayolados.
Así aparece en la foto de clase, con una camisa de manga corta en pleno invierno, la única prenda a través de la cual podía pasar su "armadura".
Los demás niños envidiábamos estúpidamente esos brazos, ser el centro de todas las miradas, ver cómo esa escayola se llenaba progresivamente de firmas, dibujos y dedicatorias.
Años después, entendí que no había nada que envidiar. Nunca me quedó muy claro qué había ocurrido exactamente, tengo entendido que Alen estaba sentado en un taburete, o en una silla alta, su madre le empujó, o le tiró, o le quitó el taburete de debajo y él se fracturó los brazos a causa de la caída.
Fuera como fuera, afortunadamente alguien, no sé quién, tuvo las agallas de denunciar. Hubo una investigación y a la madre de Alen le quitaron la custodia. Dicen que fue a vivir con su abuela, la que le adoraba, y que ella le matriculó en un colegio más cercano a su casa.
Nunca le volví a ver, ni supe qué fue de él. Acabo de buscarle en google y encontré su página de Facebook; por lo que he podido leer, tiene una carrera universitaria, un trabajo, una novia. Espero que la vida le haya tratado bien, porque bastante duros fueron sus comienzos.
Y Alen es solo uno de tantos, uno solo de muchos niños que llevan su sufrimiento a cuestas como una cruz, que tienen demasiados accidentes, demasiados moratones, se muestran demasiado educados, demasiado silenciosos y complacientes o al revés, demasiado agresivos y problemáticos ante la indiferencia general de esta sociedad que prefiere enterrar la cabeza bajo la arena y pensar que no es de su incumbencia.
Por desgracia, la prensa nacional es muy parca en noticias de este tipo, parece que tengan miedo a sensibilizar a la población al respecto. Las noticias sobre menores delincuentes suelen tener mucha relevancia, casi siempre acompañadas de unas cuantas advertencias sobre la necesidad de ser estrictos y autoritarios para evitar males mayores, en cambio existe una extraña conspiración del silencio en lo que a niños maltratados se refiere.
Ojalá llegue el día en que todos nos podamos unir y levantar nuestra voz contra el maltrato infantil, para que historias como la de Alen no se vuelvan a contar jamás.



jueves, 23 de enero de 2014

La revolución blanca

Parece que Facebook sigue en sus trece... A raíz de la retirada de la "escandalosa" foto de madres amamantando (la podéis ver a través de este enlace) y de la "Revolución blanca" que ha surgido como protesta a las políticas abusivas de una red social que considera ofensiva una imagen de un bebé siendo alimentado pero no parece tener problemas con la exposición de tetas en un contexto sexualmente explícito, decidí aportar también mi granito de arena.
Tengo un video, precioso, obra de Colo de Buceando en mí, titulado Compañía para una lactancia prolongada. Yo no lo hice, ni lo pensé, pero contribuí con una foto y me siento orgullosísima de él como si lo hubiera creado yo solita.
Lo compartí en mi página personal, y en unos grupos en los que participo, pero al intentar subirlo en la fanpage de El mundo de Kim, recibo un aviso en el que se me indica que el video ha sido retirado, no porque se vean tetas, sino por violación del copyright.
Sobran los comentarios, o mejor dicho, no voy a meterme en un embrollo legal para reclamar mi derecho a subir un contenido que se ha creado precisamente para ser difundido.
Por si os habéis quedado con la intriga, aquí lo tenéis:
 

sábado, 11 de enero de 2014

Sueños

Esta entrada, que mi amiga Mon ha publicado en su blog Entre mimos y juguetes, me ha hecho pensar. Pensaba explicarle mis reflexiones en un comentario, pero sería demasiado extenso y no tenía intención de invadir su espacio, por lo tanto prefiero trasladarlo aquí.
A diferencia de Mon yo nunca he tenido un sueño: he tenido muchos, mi vida entera ha estado salpicada de sueños de todos los tamaños y colores, como el empedrado de un sendero, con lo cual me sería difícil identificar a uno solo de ellos como el sueño de mi vida.
Mis sueños de antaño eran muchos y variados: algunos simplemente venían a mi mente, otros los encontraba por el camino, otros más venían heredados, por no decir impuestos.
Mi madre tenía unos cuantos sueños preparados para mí, me los ofreció como un puñado de retales arrancados de aquel lugar que se encuentra a medio camino entre la felicidad y lo que nos habría gustado conseguir pero no pudimos. Quería que yo estudiara, que me licenciara, que encontrara un buen trabajo, que me realizara profesionalmente y que después, solo después, me casara y tuviera hijos para decidir espontáneamente dejarlo todo para cuidar de mi familia.
Mi padre no lo tenía tan claro, o quizás no lo expresaba de forma tan directa, pero estaba de acuerdo en que un trabajo interesante era prioritario para una vida feliz y que a mayor nivel de estudios, mayores posibilidades de encontrar un buen empleo.
Por desgracia para ellos, nunca me gustó estudiar. Me apasiona aprender, pero detesto el aprendizaje dirigido, que me digan qué debo aprender, cuándo, cuánto, cómo y qué es lo que debo opinar acerca de las lecciones que recibo.
No entendía cómo mis padres podían atribuir una importancia tan exagerada al éxito académico y profesional, a la vez que ellos tampoco comprendían por qué no quería lanzarme hacia ese futuro en el que según ellos se encontraba la clave de mi felicidad.
Yo tenía claro que quería ser feliz, pero también supe desde siempre que la felicidad no va necesariamente asociada a una carrera o a un empleo.
Quizás no tenía ambición, pero tenía sueños: soñaba con tener una casa propia, un sofá de terciopelo rojo en el salón, que me besaran bajo la lluvia, quería conocer (y ligarme) a un actor cómico protagonista de un programa de televisión que veía todos los domingos, quería vivir, viajar, reír, encontrar el amor, ser amada, admirada por mis amigos, aceptada por todo el mundo, quería sostener a mi bebé en brazos y darme cuenta de que en mi vida había un antes y un después, ir con mis hijos a la playa y decidir entre todos cómo pasaríamos el día, construir mi propia vida, ladrillo a ladrillo, sabiendo que era mía.

Door in the sky
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Demasiada adrenalina, demasiada imprevisibilidad para ser empaquetada y liberada en el interior de un aula o de una oficina.
Así que no hubo universidad, ni empleo de alto standing: no quise cumplir ninguno de los sueños que mis padres prepararon para mí, excepto el de ser feliz.
A veces echo la vista atrás y recuerdo mis sueños de entonces, con ternura o con pesar los vuelvo a colocar en el lugar que les corresponde. Algunos los he cumplido, otros no, otros más han ido perdiendo importancia durante el camino.
Si tuviera que hacer un balance, diría que adoro mi vida: la adoro con sus más y sus menos, con sus problemas y sus malos momentos, porque cada paso que he dado me ha llevado hasta donde estoy.
Sigo soñando e imaginando un futuro que no sé si llegará, pero la edad y la experiencia me han enseñado que lo bonito de los sueños es la sensación de felicidad absoluta que sentimos cuando conseguimos extender la mano hacia el infinito para atraer el sueño hacia el mundo real.