Desde que tengo uso de razón, me prometí a mí misma que tendría más de un hijo. Como muchos hijos únicos, añoraba algo que no llegué a conocer.
En realidad, ser hija única no tiene nada de malo, incluso ofrece ciertas ventajas. Sin embargo, de niña solía envidiar a las amigas que tenían hermanos: mi casa parecía más ordenada, más silenciosa y menos espontánea que las suyas; es más divertido saltar en el sofá o hacer una lucha de almohadas cuando alguien juega contigo.
Obviamente, ser hija única no me impidió tener amigos, primos y conocer a otros niños con los que jugar, pero no pude experimentar los pros y contras de esa convivencia diaria de la que disfrutaban las familias más numerosas. Además, creo que el hecho de no convivir con otros niños más o menos de mi edad me hizo madurar de repente en algunos aspectos, mi niñez fue más breve de lo que debería haber sido.
Cuando mi marido y yo decidimos buscar un bebé, yo tenía clarísimo que algún día repetiríamos la experiencia; en cambio mi marido, que procede de una familia numerosa, no estaba tan seguro. Como dije al principio, a menudo añoramos lo que no llegamos a conocer.
Mi hijo fue hijo único durante cuatro años y medio, y a decir verdad no me arrepiento de ello: pude dedicarle todo ese tiempo sin tener que repartirlo con nadie más, pude concentrar todas mis energías en él y en sus juegos, con él me estrené en la maternidad y no pensé en ir a por otro hasta tener la (casi) certeza de estar haciéndolo medianamente bien.
Al final tiramos por la ventana todos los miedos y las inseguridades, y llegó la princesita. A diferencia de su hermano, desde que nació no pudo disfrutar de todo mi tiempo, porque lo tiene que compartir; lógicamente, tiene sus parcelas de exclusividad, igual que las tiene mi hijo, pero en ocasiones me veo obligada a hacer malabares para que cada uno reciba su "ración" de dedicación materna, intento adaptarme a las exigencias de cada uno y ser ecuánime al mismo tiempo (no es nada fácil, pero merece la pena).
Últimamente juegan juntos a menudo; no juegan de la misma manera, pues sus habilidades e intereses son todavía muy diferentes, pero aún así, encuentran un terreno común, actividades de las que ambos disfrutan, cada uno a su manera.
Suelen jugar en la habitación de mi hijo, arrodillados en el suelo, vuelcan una caja de juguetes y cada uno se pide las piezas que prefiere. Algunas veces se enfadan y tengo que mediar; otras, se ponen a jugar por separado; otras más, cada vez con mayor frecuencia, se ponen a jugar un juego que solo ellos entienden, donde cada uno fija sus propias reglas.
La foto que he elegido para esta entrada procede de uno de esos juegos: como podéis ver, en mi casa criamos con apego hasta a los peluches, porque esos dos siempre están juntos, la rana en brazos del oso que es más grande. Mi hija me los trajo, por turnos, para que les diera teta, y después mi hijo les puso pañal, porque son bebés.
Me quedé embelesada observándoles mientras jugaban, viendo como se reían a la vez de algo que yo no entendí. Sé que nada de esto garantiza que cuando sean mayores se vayan a llevar bien, sin embargo, espero que el día que lleguen a adultos lleven grabadas en sus corazones esas miradas de complicidad.