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sábado, 10 de octubre de 2015

Meritene y maldades

Si algún día tu hijo te dice que eres una madre mala, es que eres muy buena, dicen en el más reciente anuncio de Meritene, último eslabón de una larga cadena de despropósitos patrocinados por Nestlé.
Como si no tuviéramos bastante con el de Pediasure, ese que explicaba que uno de cada dos niños se deja comida en el plato.
¿Por qué uno de cada dos niños se deja comida en el plato, mamá? preguntó mi hija.
Porque uno de cada dos padres les pone demasiada comida, contestó su hermano.
Por lo menos, el Pediasure intentaba enumerar las bondades de las verduras y el pescado a ritmo de música, pero este, directamente no hay por donde cogerlo.
Llego tarde, porque ya ha sido brillantemente desmontado en este artículo (entre otros) y a decir verdad, ni siquiera habría escrito esta entrada de no ser por los recuerdos que me ha traído a la cabeza.
Vaya por delante que no me considero un modelo a seguir en cuanto a nutrición infantil; es más, reconozco que en mi casa no siempre comemos las 5 raciones diarias de fruta y verdura, nuestro menú semanal puede no ser todo lo variado que recomiendan los nutricionistas, y si bien intentamos no comer porquerías a diario, de vez en cuando incorporamos algo de comida basura a nuestra dieta.
Pienso que una dieta variada debe ser precisamente así, variada, y por tanto de vez en cuando hay que hacer hueco también para los donuts y las patatas fritas; me parece peligroso abusar de las comidas malas, pero igual consideración me merece el prohibirlas tajantemente sin posibilidad de negociación. Que conste que lo digo como superviviente de terrorismo nutricional durante la infancia, me temo que gracias a ello me he quedado un poco tocada, incluso después de media vida sin haber vuelto a comer acelgas.
En otras palabras, admito que en mi casa no siempre comemos de manera ejemplar, pero por lo menos no se estila la costumbre de cebar a los niños con batidos y demás complementos innecesarios, ni mucho menos los hacemos comer bajo coacción.
Eso es lo que realmente me molesta del anuncio de Meritene. No es tanto que nos intenten vender como imprescindible un producto que es precisamente lo contrario, sino la manera en la que lo hacen. Es posible que a estas alturas me haya acostumbrado a las familias felices de los anuncios de la tele, esas familias rubias y sonrientes que siempre se levantan de buen humor y no pierden la alegría ni ante la mancha de tomate más resistente. Quizás por eso me ha chocado tanto la actitud de la madre del anuncio de Meritene. Es curioso que Nestlé haya intentado justificarse diciendo que su anuncio pretende ensalzar la paciencia y la perseverancia de las que hacen gala muchos padres a la hora de la comida; personalmente, por mucho que lo mire, esas virtudes no las veo por ningún lado, el comportamiento de la madre me parece más bien amenazador y chulesco.
El asombroso caso de la niña que comía brócoli sin necesidad de amenazas
Yo solía volver del colegio con el estómago encogido, preguntándome qué habría para comer; algunos menús anunciaban directamente una batalla campal. Así que perdonadme, pero me resulta mucho más fácil empatizar con el chico afectado por el  "síndrome del niño malcomedor" (palabro inventado por las multinacionales que fabrican suplementos, pero de gran impacto psicológico) que con esa madre, tan pacientemente autoritaria y tan amenazadoramente perseverante (¿es ironía o sarcasmo? preguntaría mi hijo. Un poco de cada, creo.)
Lo que más me repatea es la dichosa frase que abre esta entrada, si algún día tu hijo te dice que eres una madre mala, es que eres muy buena. Históricamente, se ha usado esa frase como justificación barata para tranquilizar conciencias, como autorización para cometer una ristra de barbaridades que nos pondrían los pelos como escarpias si la víctima - perdón, el objetivo, fuera un adulto en vez de un niño.
Mis hijos nunca me han dicho que soy una madre mala, así que probablemente para Nestlé y compañía, debo ser más mala que un dolor.
El anuncio es nuevo, pero hasta donde yo sé, el Meritene lleva ya unos cuantos años en comercio. Mi primer contacto con esta gama de complementos se produjo hará unos 6 años, cuando mi pediatra de entonces le diagnosticó a mi hijo el famoso síndrome del niño malcomedor. A decir verdad, mi niño era (y sigue siendo) muy alto y delgado, pero sinceramente su peso siempre ha estado dentro de las tablas; siempre le noté activo, curioso y despierto, con lo cual no me preocupaba excesivamente si se dejaba comida en el plato.
Pues nada, en una revisión este señor me vino a decir que el niño estaba "descompensado", me sometió a un interrogatorio en cuanto a nuestros hábitos alimenticios y al considerar "insuficientes" las cantidades que el niño acostumbraba a comer, intentó endiñarme un estimulante del apetito (sí, un medicamento, de esos que actúan sobre el cerebro). Digamos que la diplomacia no es mi fuerte, y le contesté a las claras que me negaba a drogar a mi hijo para que comiera. Entonces me propuso el dichoso Meritene, y cuando también me negué a eso, me jugó la carta del niño enfermo dejando caer la posibilidad de que mi hijo tuviera un trastorno metabólico. Allí me enfadé de verdad, y le dije que si consideraba que mi hijo pudiera tener algún problema de salud, ya podía mandarnos a hacer las pruebas que considerara oportunas para confirmar o desmentir su diagnóstico en vez de sugerirme cebarle como si fuera un pavo. Como era de esperar, reculó rápidamente y no nos mandó ninguna prueba, posiblemente el único problema era mi negativa a llenar los bolsillos de Nestlé.
Así que seguramente, para mi ex pediatra, era una madre mala; y posiblemente, para mi suegra, mi cuñada, la vecina del quinto, alguna mamá del parque y un largo etcétera, también.
Todo sea dicho, con mi hijo mayor pagué la novatada. Nunca le sometí a presión, ni me enfadé para que se acabara el plato como ocurre en los aterradores anuncios de Meritene (he descubierto que hay una serie entera, el tema es el mismo, la madre-sargento que coacciona al niño y este le espeta "eres muy mala", y a continuación viene la repelente frasecita limpia-conciencias), pero en mi fuero interno me sentía nerviosa e intranquila ante la posibilidad de que sufriera carencias.
Llegó un día en el que decidí olvidarme de la presión. No ocurrió ningún milagro, mi hijo no se zampó una sandía entera ni nada por el estilo; pero yo empecé a vivir un poco mejor, a confiar más en mí misma y en mi instinto. A día de hoy, en plena racha preadolescente, está desarrollando un apetito voraz. Quien le ha visto y quien le ve, desde luego no está mal para un niño "malcomedor".
Con mi hija no tuve que replantearme el tema de la presión, porque directamente no la hubo. Con mi facilidad habitual para hacer amigos, mandé a la porra a todo opinólogo, y dejé que ella misma se administrara y regulara. A día de hoy, no recuerdo que se haya negado a probar ningún alimento, come cantidades aceptables y su menú es muy, muy variado. Come hasta brócoli, pero sin necesidad de rodearla de juguetes para luego castigarla retirándoselos, como en el dichoso anuncio.
Así que habrá que darle la vuelta a la frase: si mis hijos dicen que soy buena, debo ser malísima. Y a mucha honra.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Consejos para dormir a un bebé


La imagen que aparece a la izquierda de este texto forma parte de una serie de "recomendaciones" que un centro de salud entrega a las mamás que acuden con sus bebés a la revisión de los 4 meses. No es mía, ha llegado a mí a través de las redes sociales.
Hay tantas cosas que me enfadan que ni siquiera sé por cuál empezar. Me molesta el tono alarmista ("si no lo has hecho ya, es el momento"), me disgusta la rigidez ("el niño debe asociar el sueño con unas rutinas"), me enfurece el cinismo final ("si el niño llora, déjale cada vez más tiempo hasta que vayas a consolarlo"). Lo peor quizás es que estas recomendaciones (entiéndase como eufemismo) provienen de un centro de salud, es decir de un equipo médico que técnicamente se encarga de velar por la salud de los bebés.
Vaya por delante que no tengo absolutamente nada en contra de los pediatras. Es más, la mayoría de los que he conocido destacan por su profesionalidad y empatía. Sin ir más lejos, ni a mi pediatra actual ni a la enfermera se les ha ocurrido jamás decirme cómo, dónde o con quién tenían que dormir mis hijos; se han limitado a recalcar que los despertares son normales, que no hay que preocuparse y que si el bebé se despierta llorando, es importante tratar de descubrir la causa. Pero en tantos años de andadura por el foro de Dormir sin llorar he podido leer unos cuantos disparates que no me han dejado indiferente: el más curioso, uno que "recetó" un exorcismo o una limpieza espiritual para tratar los terrores nocturnos; más frecuentes, los que recomiendan destetar para que duerma mejor, sacar al bebé de la cama o dejarle llorar. En otras palabras, el panfleto que decora mi entrada de hoy no parece ser un caso aislado.
Me da rabia, porque seguramente esas mamás ya habrán oído alguna recomendación similar: muchas personas que han criado hijos hace algunas décadas tienden a dar consejos en esa línea. Sin embargo, el hecho que lo recomienden en un centro de salud, que lo diga un médico, que lleva bata blanca, ha estudiado y por tanto, sabe, lo hace más grave todavía. Opino que lo que diga el médico en temas de salud va a misa; ahora, si habla de crianza, su opinión tiene la misma validez que si me hablara de política o de cocina: es decir ninguna, o mucha, en función de lo mucho o poco que se ajuste a mi propio enfoque.
Admito que ese folleto no dice nada que no se oiga o lea por doquier; también soy consciente de que quien esté determinado a dejar llorar a su bebé lo hará, sin tener en cuenta las recomendaciones en contra; quien no quiera dejarle llorar no lo hará, sin importarles lo que ponga esa hoja o cualquier otra. Sin embargo, entre ambas posturas existe una inmensa zona gris, formada por padres que dudan, que no quieren hacerlo pero no saben si así se equivocan, o que sienten la tentación de probar pero no saben qué consecuencias pueda tener: ellos (y sus bebés) son las verdaderas víctimas de esas teorías, porque a veces unas recomendaciones tan contundentes, sin bibliografía ni ciencia que sirva de soporte, pero pronunciadas con la seguridad y la firmeza de los que saben, pueden borrar de un plumazo las resistencias y los intentos de buscar soluciones que sean del agrado de toda la familia.
Desde que lo vimos, en Dormir sin llorar empezamos a darle forma a la idea de crear nuestra propia versión. No somos expertas, no somos médicos ni profesionales, ni científicas ni académicas, no somos nada más que madres; al mismo tiempo, no somos nada menos que madres, y puede que por ello entendamos mejor que nadie los quebraderos de cabeza que sufren muchas mamás primerizas, la sensación de soledad y de indefensión.
No nos gustan los métodos, ni los gurús del sueño que proliferan como setas, ni las recetas rígidas de obligado cumplimiento. Cada niño es un mundo, cada familia debe encontrar su propio camino hacia la felicidad, no existen fórmulas mágicas; sin embargo, existen pautas que pueden tranquilizar, que pueden ayudar a dar un pequeño paso hasta la solución. Existen manos que guían y voces que consuelan.
Así que no hay método, no hay truco. La ciencia de Dormir sin llorar equivale a conectar con el bebé, tratar de entender sus necesidades y adelantarse a ellas en la medida de lo posible. Implica olvidarse de las horas que faltan para levantarse, centrarse en el momento presente y no en la lavadora sin poner. Significa abrazar, besar, mimar, querer, alimentar, hablar, escuchar, cantar, contar, esperar, compartir, soñar.
Para quitar el mal sabor de boca que deja la hojita del centro de salud, un regalo: otra serie de recomendaciones para dormir bebés, esta vez las nuestras. Lo podéis difundir, descargar, imprimir, regalar a la suegra, al frutero, a la mamá del parque o a quien opine sin venir a cuento, y como no, entregar en la próxima revisión si en algún momento os dicen que habrá que dejarle llorar.

martes, 3 de febrero de 2015

Víctimas de malos profesionales

La Lactancia Materna Prolongada está generando muchos ingresos en los Hospitales por desmedro. No es lo mismo dar pecho tres meses que darlo durante seis y no digamos nada si se prolonga por encima del año de vida. Por poder hacerse, puede hacerse. Pero ¿es bueno o malo para los niños? ¿Acaso un niño de dos años de edad medio desnutrido, con estigmas raquíticos y anémico, no es una "víctima" del actual dogmatismo? Y eso sin hablar de los complejos de Edipo severos que están aflorando ante amamantamientos tan prolongados. En contra de las Recomendaciones actuales, considero que en los países desarrollados el destete total o parcial debe hacerse a los cuatro meses de vida. A partir de ese momento llega la primera papilla de cereales y progresivamente de fruta, verduras etc. Si el destete es más tardío, casi siempre hay problemas con las papillas y eso conduce inevitablemente a carencias nutricionales y a convertir a esos niños en "victimas" del actual dogmatismo.

Semejante joya, por definirla de alguna manera, no merecería nada más que una sonrisa sarcástica y displicente si se tratara de la opinión de la suegra, del frutero o de la vecina del quinto. Sin embargo, estas palabras las vomita, perdón, escribe, José María González Cano, pediatra del Hospital General de Castellón; un profesional de la salud, un pediatra, un patólogo infantil.
A estas alturas, me atrevo a decir que he leído bastantes barbaridades, pero pocas veces me he topado con afirmaciones tan faltas de ética y de rigor, aderezadas para más inri con una buena dosis de arrogante paternalismo.
Vaya por delante que no he leído el libro, titulado Víctimas de la lactancia materna, ¡ni dogmatismos ni trincheras!, y para ser sincera, con esta introducción no lo compraría ni para calzar una mesa coja.
El tema de la lactancia, como no, levanta ampollas cada vez que se menciona.
Antes de que empiece el apedreo virtual, antes de que se abra el fuego y se dé comienzo a la ráfaga de acusaciones (talibana, radical, fanática, hay que respetar todas las posturas, cada madre es libre de decidir cómo alimentar a sus hijos, a mí me han criado a biberón y estoy perfectamente, etc), me gustaría dejar claras un par de cosas.
La indignación, la vergüenza, la decepción, la rabia, la irritación, la impotencia y el fastidio que ese párrafo me han producido no van dirigidos a las madres que no amamantan por la razón que sea, sino al autor del esperpento, y a sus numerosos congéneres que no vacilan a la hora de cargarse alegremente una lactancia, por ignorancia y desidia en el mejor de los casos, y por intereses económicos y falta de ética en el peor.
No es mi intención juzgar a nadie; debo admitir que en este aspecto, al igual que muchos otros, hay decisiones que no comparto, y me resulta bastante difícil respetar aquellas posturas que suponen un atropello a las necesidades y los derechos de los niños. Sin embargo, sería muy arriesgado y prepotente por mi parte dar por sentado que las madres que deciden no dar el pecho, o renunciar cuando se encuentran ante una dificultad, lo hacen movidas por el egoísmo y la superficialidad. Cada mamá es dueña de decidir dónde pone el límite, de velar por la salud de su bebé pero también por su propio bienestar emocional.
Hay ocasiones en las que el fin de una lactancia (sea prematuro o no, buscado o impuesto, voluntario o forzoso) genera profundas heridas emocionales. Lo sé porque he llevado esas heridas, han rasgado mi alma durante años.
He sido una de esas mamás que no pudo dar el pecho tras su primera maternidad, porque así me lo hicieron creer. Quien quiera leer toda la historia, puede hacerlo a través de este enlace. Sé muy bien lo que significa sentirte incompleta, menos madre, menos mujer, dudar de tu capacidad para alimentar a tu hijo, creerte dueña de un cuerpo imperfecto, inútil, incapaz de hacer lo que debería ser natural.
Lo sé porque he pasado un tiempo considerable llorando por mi fracaso, atormentada por recorrer una y otra vez el camino emprendido, para descubrir por qué, en qué momento mi cuerpo empezó a fallarle a mi hijo.
Aceptar todo esto y asumirlo como un castigo divino es una transición dolorosa; pero un par de años después llegó el despertar, y con él la información, el conocimiento y el poder. Descubrí que si bien la responsabilidad última del fracaso era mía, a mi vez había sido víctima de los consejos nocivos, sesgados y nefastos de un pediatra cuya opinión sobre lactancia era comparable a la de José María González.
Si me pusiera a recopilar las perlitas que salieron por la boca de mi ex pediatra en temas de lactancia, daría para otro libro. Me crucé con él hace no mucho por las calles de mi barrio, no me vio o más probablemente fingió no verme: digamos que no nos despedimos en buenos términos, y supongo que le habrán puesto al tanto de la reclamación que redacté en su día. Cuando vi a ese señor de apariencia afable, que agachó la cabeza al pasar delante mío, no supe si entrar a polemizar o pasar de largo. Por suerte o por desgracia, tomó la decisión por mí, pero los recuerdos empezaron a arremolinarse en mi cabeza. Volví a sentir la vieja desesperación, la sensación de impotencia mientras él, desde lo alto de su pedestal, me regalaba sus sabios consejos: nada de a demanda, el pecho cada tres horas; si no te sube la leche, ni te plantees insistir; las propiedades de la leche artificial son exactamente las mismas que las de la leche materna.

Por razones que hasta el día de hoy no soy capaz de explicarme, no cambié de pediatra cuando empecé a informarme y a abrir los ojos, y tampoco lo hice cuando volví a ser madre. Me dije que escucharía al pediatra en todo lo relacionado con la salud de mis hijos, pero la crianza era cosa mía y por tanto podía limitarme a desoír consejos no solicitados a ese respecto.
Me equivoqué, y mucho. Mi segunda lactancia también se hizo muy cuesta arriba al principio, y con las dificultades llegaron las críticas. Teniendo en cuenta los antecedentes, sabía que el pediatra no estaba a favor de la lactancia, pero no se me había ocurrido pensar que estaba rematadamente en contra: no solo no me ofreció la más mínima ayuda, sino que se dedicó a sabotear también ese intento desde el minuto uno. Llegó un momento en el que sentía algo parecido al pánico al pensar en la siguiente revisión: sabía que iba a pasar un mal rato, que intentaría por todos los medios forzarme a destetar. También era de los que opinaban que la lactancia más allá de los 6 meses causaba problemas de crecimiento y un sinfín de calamidades no mejor identificadas.
La gota que colmó el vaso llegó cuando mi hija cumplió los 4 meses, cuando este señor declaró que su ganancia de peso era "muy escasa" (800 gramos en un mes, totalmente aceptable según los baremos de la AEPED por lo que tengo entendido), que había que adoptar "medidas extremas" porque la niña estaba en el percentil no-sé-qué y le correspondía estar en el percentil no-sé-cuánto.
Las "medidas extremas" coincidían totalmente, como no, con el camino hacia la salvación que recomienda el Dr. González Cano: destete total e introducción de papilla de cereales (pero no una cualquiera, sino hecha con leche de inicio de una marca determinada y cereales también de una marca determinada, sí, la misma del calendario y de los folletos que exhibía en la sala de espera). Llegados a este punto, tuvimos un intercambio de opiniones bastante acalorado, él me dejó claro lo que pensaba de las talibanas de la teta y yo, de los pediatras caducos sin ganas de actualizarse.
Me marché de su consulta para no volver.
Todo sea dicho, no todos los pediatras son así. El que tengo actualmente jamás se ha metido en temas de crianza, más allá de lo estrictamente relacionado con higiene y seguridad, nunca ha intentado colarme sus opiniones y desde el principio me dejó claro que la fecha del destete es cosa mía. 
Sin embargo, me indigna sobremanera pensar en la gran cantidad de profesionales de la salud que siguen una política de acoso y derribo como la que padecí yo en su día. No hablo solo por mí, soy bastante activa en los foros y en las redes sociales, y me he topado con historias similares con cierta frecuencia.
Si esto es ser talibana, que me digan dónde recojo el burka, pero cada vez que oigo o leo odiseas de este tipo, me hierve la sangre. Este tipo de "profesionales" (nótese el entrecomillado) son una vergüenza para su colectivo: no por su desinformación, ni por su falta de ganas, ni por su prepotencia, ni siquiera por los intereses que los puedan estar moviendo. Es porque te hacen dudar, sentirte inútil, porque te arrebatan una experiencia dichosa sin pensárselo dos veces, porque provocan unas heridas que cuesta mucho cerrar, porque nos infantilizan, porque nos imponen sus opiniones personales (y sus neuras) como si fueran verdades científicas.
Para concluir, hay una petición en change.org para pedir la retirada del libro en cuestión (quien quiera firmarla, puede hacerlo a través de este enlace); personalmente, creo que de no ser posible su retirada, habría que poner en la portada una advertencia como en los paquetes de tabaco: las autoridades sanitarias advierten que poner en práctica estos consejos puede perjudicar seriamente la salud de su hijo.
 
 

martes, 29 de julio de 2014

Lactancia materna: un triunfo para toda la vida


El próximo 1 de agosto se celebrará el Día Mundial de la Lactancia Materna, y este año el lema va a ser el que he elegido como título de la entrada, Lactancia materna: un triunfo para toda la vida.
Si os interesa participar, podéis consultar las instrucciones así como acceder a los códigos para uniros al carnaval bloguero a través de este enlace.

Por lo que a mí respecta, estaba todavía pensando de qué debía hablar en mi entrada: he hablado largo y tendido de mi experiencia con la lactancia que poco me queda por añadir.
Sin embargo, será cosa del destino, esta tarde al salir para un recado me he cruzado con mi ex pediatra: tan solo intercambiamos una mirada fugaz, lo bastante fugaz como para no tener que entretenernos más, pero lo bastante duradera para darnos cuenta de que ambos nos habíamos reconocido.
No nos paramos a saludarnos, pues no nos despedimos en muy buenos términos, por decirlo de algún modo; desconozco si le habrá llegado mi reclamación, si habrá servido de algo.
Es curioso que tengamos que convertir la lactancia en una batalla, es curioso que tengamos que sentirnos orgullosas de hacer algo que nuestras abuelas y bisabuelas han hecho con total naturalidad durante décadas; por otra parte, los tiempos cambian, y no siempre para mejor.
Mi abuela amamantó a mi padre durante dos años, hasta que él mismo se destetó; supongo que en algún momento se le habrá hecho cuesta arriba, pero también sé que no tuvo que enfrentarse a la extrañeza general, ni a opiniones no solicitadas. En aquellos tiempos se daba el pecho sin más, todo el mundo lo hacía: no hacía falta preguntar nada al pediatra ni ir a grupos de apoyo, porque siempre había una legión de familiares y amigas con experiencia a quien recurrir.
Hoy en día no es tan fácil; a menudo, los que más se atreven a aconsejar sobre el tema son los que menos conocimientos tienen al respecto.
A veces, lo difícil no es encontrar un profesional que esté a favor de la lactancia materna, sino a uno que no esté decididamente en contra. Eso fue lo que le hice saber a mi ex pediatra en ocasión de nuestro último encuentro; para quien no lo sepa, este señor me recomendó destetar a mi hija, que por aquel entonces tenía 4 meses, para empezar a darle biberones de cereales. La niña había subido 800 gramos en el último mes, ganancia que él consideraba "muy escasa", y cuando le hice saber que el baremo que fija la AEP para bebés de esa edad era de 100 a 200 gramos por semana, me replicó que aún así, "debería haber engordado más".
Me prometí en su día escribirle una carta cuando mi hija se destete; pero he decidido aprovechar la semana de la lactancia para desquitarme un poco.
Vaya por delante que cuando hablo de mi ex pediatra no pretendo catalogar a todo el gremio ni mucho menos; de hecho, tanto los pediatras como la enfermera de nuestro centro de salud tienen una buena formación al respecto y de ser necesario, remiten a sus pacientes al grupo de apoyo más cercano.
Pero, como se suele decir, en la variedad está el gusto (aunque a veces no puedo evitar pensar que habría más gusto con menos variedad), y en pleno siglo XXI todavía es posible toparse con pediatras que suelten perlitas como las que figuran a continuación:
  • Las propiedades de la leche artificial son exactamente las mismas que las de la leche materna.
  • Si la niña no engorda lo que yo quiero que engorde, vamos a darle biberones.
  • Los bebés tienen que mamar cada 3 horas, y a partir de los 3 meses, cada 4: si piden más a menudo, la leche no alimenta y hay que destetar, si piden menos, les empacha y también hay que destetar.
  • Una ganancia escasa de peso puede deberse a un virus o a otras razones, pero también a la mala calidad de la leche, así que vamos a darle biberones.
  • ¿La niña vomita? (no) ¿Tiene reflujo? (no) ¿Regurgita? (alguna vez). Con el pecho, esto no tiene solución, en cambio, si le dieras biberón, podría recetarte una leche antirreflujo.
  • Es imprescindible iniciar la alimentación complementaria a los 4 meses cuando el bebé está por debajo del percentil 50.
  • No sé por qué te empeñas en seguir con el pecho, a los 6 meses hay que destetar de todas formas para pasar a la leche de continuación.
  • Las asesoras de lactancia son unas fanáticas porque piensan que lo único bueno es la LM, y no es así, hay muchas buenas opciones.
  • La lactancia prolongada (léase más de 6 meses) provoca problemas de crecimiento.
No sabría decir por qué no le he mandado a freír espárragos antes, porque he seguido soportando ese incesante goteo de insensateces en cada visita. En parte, pensé que podía limitarme a seguir sus pautas en lo que a salud se refiere, y que me habría asesorado por mi cuenta en temas de lactancia. Pero al ver que hacía caso omiso de sus recomendaciones, este señor encareció la dosis, y se dedicaba prácticamente a acribillarme a preguntas con el fin de sabotear nuestra lactancia.
Nunca lo admitió abiertamente, pero imagino que tenía algo que ver con la conocida multinacional que le regalaba los calendarios, los bolígrafos y demás cachivaches presentes en la consulta.
Al final me marché, no sin antes recomendarle que se actualizara un poco y tras redactar la reclamación correspondiente. No fue una rabieta, ni un impulso, no se debió a la última discusión que mantuvimos, ni se trató de una cuestión de orgullo, no quise perjudicar su carrera ni dañar su reputación. Simplemente me di cuenta de cuánto daño hacen los profesionales de este calibre.
El problema no radica solo en los consejos desfasados, ni en las recomendaciones peregrinas, ni en las predicciones agoreras, ni en la falta de formación o de ganas de actualizarse: el verdadero problema es que este tipo de médicos nos hacen dudar, ponen en tela de juicio nuestra capacidad a la hora de alimentar a nuestros bebés, a menudo nos amenazan con carencias nutricionales inexistentes y nos hacen ver fantasmas donde no los hay.
Tengo que admitir que mi ex pediatra tenía razón en una cosa: tengo muy mala leche, pero no en el sentido que él pretendía darle. La tengo porque me molesta sobremanera que me infantilicen, que me digan qué tengo que hacer, cómo tengo que alimentar a mis hijos y qué se supone que debo hacer con mis tetas.
El fin de la lactancia lo va a decidir mi hija, que por cierto, lejos de experimentar problemas de crecimiento, se encuentra en la actualidad en un más que respetable percentil 60, a pesar de no haber probado los cereales.

martes, 30 de octubre de 2012

Talibanes

Creo que el debate lo empezó mi amiga Pilar, de Maternidad continuum, al preguntar si los pediatras deberían ser asesores de lactancia; a raíz de su entrada, he tenido ocasión de leer varios artículos y comentarios sobre el tema.
Este tipo de artículos habitualmente acaba dividiendo a los lectores en dos bandos, están los que defienden la lactancia materna y los que lamentan el daño que están haciendo los (mal) llamados talibanes de la teta. Confieso que soy incapaz de leer a estos últimos sin reprimir una expresión de incredulidad: resulta que a estas alturas, todavía hay gente que cree en la existencia de una especie de conspiración a escala mundial cuyos siniestros fines pasan por por culpabilizar a las madres que no han dado el pecho y poner a los bebés en peligro de vida con tal de no recurrir a la leche artificial.

Para volver a la pregunta inicial, personalmente opino que no, no es necesario que un pediatra sea asesor de lactancia: es una profesión que respeto profundamente, y que abarca muchísimos campos, y cada cual es libre de especializarse en aquellos que más le interesan y motivan, faltaría más.
Exigirle a mi pediatra unos conocimientos profundos y pormenorizados sobre lactancia materna se me antoja igual de descabellado que pretender que se sepa de memoria la receta de la merluza en salsa verde.
Sin embargo, para aprovechar el ejemplo de la merluza, un pediatra tiene la obligación de saber a partir de qué edad se le puede dar merluza a un bebé, y la información debe ser acorde a las recomendaciones de los organismos oficiales.
La pena es que todo el mundo parece estar de acuerdo en lo que respecta a la merluza, pero si tratamos de aplicar el mismo razonamiento a la teta, por desgracia la cosa cambia.
Repito que no le exigiría a mi pediatra una cultura enciclopédica sobre lactancia, pero creo que tengo derecho a pedir que tenga por lo menos unos conocimientos básicos y razonablemente actualizados sobre el tema, que no se dedique a perpetuar tópicos, mitos y teorías de hace décadas, y sobre todo, que intente no emitir juicios de valor o presentar opiniones personales como si fueran verdades científicas.
En mi opinión, si una madre quiere amamantar pero se encuentra con problemas, lo más ético, sensato y correcto sería intentar encontrar la causa y ponerle remedio; si el pediatra en cuestión no es ducho en lactancia, debería remitir a la madre a un asesor o a un grupo de apoyo donde puedan ayudarla.
En cambio, es bastante frecuente que el pediatra se dedique a desanimarla, a inventarse enfermedades peregrinas (véase tu leche no alimenta) y a solucionarlo todo a golpe de biberón.
A este respecto, quiero dejar claro que no pretendo demonizar la leche de fórmula: en algunos casos por desgracia es necesaria, y para esos casos, menos mal que está. Si hay que suplementar porque existe una razón de peso, pues se suplementa, y además sin sentirse culpables porque en esa situación concreta es lo mejor para el bebé; pero no hay que olvidar que la lactancia artificial tiene riesgos, y por este motivo se debería recurrir a ella únicamente en casos estrictamente necesarios cuando no hay otra alternativa posible. Considero que la lactancia es un derecho del niño, no un capricho de la madre.
Si esto es ser talibana, entonces lo soy, y a mucha honra.
Los asesores de lactancia, las consultoras IBCLC y los grupos de apoyo han nacido en respuesta a la desinformación que muchas veces reina en el ámbito sanitario. Su labor, hasta donde he podido comprobar, consiste en ayudar a las madres a seguir amamantando cuando quieren hacerlo, no en perseguir a quienes han decidido no dar el pecho por el motivo que sea.
Existen estudios científicos que demuestran los riesgos de la lactancia artificial; son estudios que duelen mucho (mi primera lactancia fracasó, así que creo que sé de lo que hablo), pero aún así, querer ignorar la realidad, enfadarse y matar al mensajero no sirve de nada.
Lo que me sigue llamando la atención es que a estas alturas se sigue hablando mucho de los talibanes de la teta pero no se dice nada de los que están en el otro extremo: no son los talibanes del biberón, sino más bien los talibanes anti-teta.
He tenido la mala suerte de toparme con un pediatra así, un señor que consideraba a la teta culpable de todo, que intentaba obligarme a destetar, por activa y por pasiva, que llegó a decirme que una lactancia prolongada (para él, prolongada significaba 6 meses) podía ocasionar problemas de crecimiento.
Sin embargo, en una cosa tenía razón: tengo mala leche, pero no en el sentido en que lo decía, sino porque se la tengo guardada. El día que mi hija se destete le escribiré una carta contándole lo que pienso de sus teorías.
En su día, ese señor dio a entender que yo era una talibana de la teta, y me vi obligada a contestarle que viniendo de él, me lo tomaría como un cumplido.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Cumplimos, superamos, seguimos.


Cumplimos dos años.
Mi polluela cumple dos años; y ella y yo cumplimos dos años de lactancia. A nivel nutricional, estoy cumpliendo las recomendaciones de la OMS, pero a nivel emotivo estoy cumpliendo con ella. A nivel emotivo, estos dos años no tienen precio.
Han pasado dos años, que se dice pronto, y en estos dos años ha habido de todo: al principio problemas y obstáculos de todo tipo, pero al cabo de unos meses dimos comienzo a una experiencia mágica y maravillosa que quedará grabada a fuego en mi corazón durante el resto de mi vida.
Siempre recordaré esa mirada tierna y cómplice que intercambiamos, esa manita traviesa rebuscando en mi escote con nocturnidad y alevosía, esa vocecita que últimamente pide su alimento, algunas veces con timidez (¿teti?), otras con urgencia (¡¡¡TETIIIIII!!!).
Este es solo uno de los muchos senderos del camino de la maternidad que me recuerda lo afortunada que soy; recorredlo conmigo si queréis.

Superamos las dificultades.
Empezamos tan mal que pensé que no llegábamos ni a dos meses. Nuestros comienzos fueron dificilísimos: lactancia diferida, luego mixta; no me voy a extender porque ya lo hice en otro momento. Ahora todo eso ha quedado atrás; ya no me enfado porque me hayan dicho que no lo lograría, ahora solo me queda la feliz tranquilidad de haberlo logrado, y la voluntad de disfrutar de esta experiencia.

Seguimos nadando contra corriente.
Aunque la OMS y demás organismos oficiales coincidan en que se debería dar el pecho hasta los 6 meses de forma exclusiva y combinada con otros alimentos durante 2 años como mínimo, parece que más de uno no se ha enterado. En su día, tuve que luchar contra mi antiguo pediatra, que opinaba que la lactancia artificial tenía "exactamente las mismas propiedades" (textual) que la materna, que relactar era una tontería porque "total, a los 6 meses hay que dejarlo para pasar a la leche de continuación" (textual, de nuevo); me tocó escuchar un sinfín de consejos no solicitados sobre las ventajas del biberón; tranquilizar a los que me preguntaban alarmados si el pediatra (el nuevo, el anterior se fue a la porra cuando trató de forzarme a destetar a los 4 meses para darle biberones de cereales) sabía que la niña seguía mamando "a su edad".
(Por cierto, lo que dijo mi pediatra actual el otro día al enterarse de que la niña seguía mamando "a su edad" fue: eso es lo mejor que puedes darle. También hay pediatras como Dios manda, la pena fue no haber encontrado a uno así desde el principio.)
En realidad, lo nuestro no debería considerarse "contra corriente", debería ser lo normal, en el sentido de habitual. Sin embargo, aunque hay que decir que las cosas están cambiando, sigue siendo la opción minoritaria. Por mi parte, es la opción que hemos escogido las dos, y nos sentimos muy felices con ella.

Cumplimos una promesa.
En los "días malos", cuando todavía luchábamos por instaurar una lactancia que se resistía, me prometí a mí misma que si lo lográbamos no destetaría, que dejaría que fuera mi niña la que decidiera cuándo y cómo dejar la teta, que la dejaría seguir adelante para lo bueno y para lo malo.
Dos años después, sigo preguntándome qué puede ser lo "malo" de nuestra lactancia: quizás algún mordisco, algún desvelo nocturno, algún momento embarazoso al bajarme la camiseta en público... pero son minucias comparadas con la tranquilidad, la felicidad y la paz interior que la lactancia nos aporta.

Superamos las críticas.
Al principio, me consideraban una pobre mamá con problemas para dar de mamar; en el peor de los casos, y teniendo en cuenta mi fracaso anterior, una mujer físicamente incapacitada para dar el pecho.
Más adelante, cuando vieron que no me rendía, dejé de ser una desgraciada digna de compasión y lástima para convertirme en una loca fanática que prefería perjudicar a su hija (esto sí que dolía) antes que pasarse a la leche de bote.
A estas alturas, ya no necesito responder a los ataques: no hace falta que les recuerde que estaban todos equivocados, porque a la vista está que mi niña crece sana y fuerte sin necesidad de enriquecer a las productoras de leche infantil.

Seguimos disfrutando del camino.
El camino que nos queda es un camino de rosas; tuvimos la mala suerte de pincharnos con las espinas al principio, pero desde hace mucho tiempo solo olemos el perfume.
Tengo que decir que después de las dificultades iniciales no he vuelto a tener ningún problema: nunca he tenido dolor, ni mastitis, ni infecciones. Algunas lactancias son como un camino con baches, a cada poco hay un sobresalto. La mía fue como saltar un barranco, pero ahora tengo el camino despejado y disfruto de cada metro recorrido.
Cumplimos un sueño.
Al principio, soñaba con una lactancia prolongada, luego hubo una temporada en la que llegar a los dos años me habría parecido, más que un sueño, un milagro. El año fue todo un hito, pero dos años son un triunfo.

Superamos el miedo.
El miedo nos acompañó durante buena parte de este viaje: miedo a dejarla con hambre, a fracasar, a no ser capaz, a tirar la toalla. Ahora ya no hay miedo: para vencerlo, ha sido fundamental el apoyo presencial y virtual que he recibido a lo largo de estos dos años (que quede claro que no todo son críticas), y recuperar la confianza en mí misma y en mi capacidad de alimentar a mi hija.

Seguimos cumpliendo.
Hemos llegado hasta aquí, ahora el límite es el cielo.
Soy consciente de que cada paso que damos nos acerca inevitablemente al destete: no sé si ocurrirá dentro de dos meses o de tres años, por mi parte no le pongo fecha, dejaré que la decida ella. Y cuando eso ocurra, podré decirme de verdad que he cumplido con la lactancia.

lunes, 9 de abril de 2012

Heridas cicatrizadas II - Lucha y rendición

Continuación de:
Heridas cicatrizadas I - Un mal comienzo

Sentada en el suelo, con mi hijo plácidamente dormido en mi regazo, reflexionaba acerca de lo ocurrido. Ahora me doy cuenta de que lo que ocurrió en realidad fue que el bebé apenas había tenido ocasión de estimular la producción de leche, porque entre la glucosa, el que le ponía al pecho cada tres horas y el biberón que le acababa de dar le habían quitado las ganas de engancharse a la teta. Sin embargo, la inevitable conclusión a la que llegué gracias a mis (nulos) conocimientos sobre el tema, fue que no tenía leche: tal y como me habían dicho en el hospital, igual que le había pasado a mi madre, a mi suegra, a mi amiga, a un montón de madres que conocía.
Al día siguiente, fui a ver al ginecólogo para la revisión y le dije que no me había subido la leche. Tengo que decir que este señor ha sido el único profesional sanitario que consulté en su momento que no me recomendó olvidarme del tema. Me dijo que eso era prácticamente imposible: ya teníamos comprobado que no tenía ningún problema de tiroides que justificara una posible hipogalactia (y aún así me mandó una analítica para volverlo a descartar); me comentó que un trauma muy fuerte, como había sido la muerte de mi madre, podía afectar seriamente la tasa de prolactina y hacer que la subida fuera menor y más tardía. Me recomendó ponerme al bebé al pecho todo lo posible, comprarme un sacaleches para acelerar la producción y consultar cualquier duda con el pediatra. Los primeros dos consejos fueron muy acertados; el tercero, desastroso.
Al relatarle la historia, el pediatra me dijo textualmente: a estas alturas, ni te lo plantees. Le contesté que aún así, me lo quería plantear, y le pedí que me explicara cómo hacerlo. Me indicó que me pusiera al bebé al pecho, pero no todo lo posible, sino cada tres horas para que fuera asociando la teta con la comida (un consejo que hoy en día me parece una burrada, pero confieso que en su momento lo encontré sensato) y si rechazaba el pecho, que le diera el biberón.
Así que añadí otro despropósito al cúmulo de errores garrafales que ya había cometido, y respeté escrúpulosamente las tres horas de rigor. Entre tomas, probaba con el sacaleches.
A todo esto, creo que mi convicción de que "no me había subido la leche" tenía un fondo de verdad. En condiciones normales, una estimulación tan escasa e inadecuada me habría provocado una mastitis de caballo, en cambio no tuve la más mínima molestia. Puede que el sacaleches fuese malísimo, puede que no supiera utilizarlo correctamente (a veces llegué a hacerme sangre), pero nunca conseguí más de unas pocas gotas. Entonces cogía esa cantidad tan mísera, que apenas alcanzaba a cubrir el fondo del biberón, y mojaba los labios de mi hijo mientras lloraba de impotencia porque era todo lo que podía darle.
No sabría decir cuánto tiempo aguanté así: creo que un mes, más o menos. Evidentemente, después de aquel primer biberón vino un segundo, un tercero y otros más. Tengo que decir en mi defensa que mi error no fue no buscar información, sino buscarla en la dirección equivocada. No tenía ni idea de que existieran grupos de apoyo a la lactancia (ojalá lo hubiera sabido), así que me centré en investigar acerca de la subida de la leche, la forma de incrementarla, cómo tener más leche, toda una serie de disparates que poco tenían que ver con el problema real.
Mi entorno se dedicó a intentar sabotear todos mis esfuerzos, con la mejor intención del mundo, pero dejándome claro que me estaba proponiendo algo imposible, repitiéndome una y otra vez los mismos tópicos: no insistas, si no se puede no se puede, no pasa nada, no importa, no eres peor madre por dar biberón, con el biberón se crían igual de bien, lo importante es que el niño no pase hambre.
Mi marido intentó ayudarme, me ofreció su apoyo, me escuchó (que no es poco), secó mis lágrimas, pero su condición de hombre le impidió llegar hasta las raíces de mi dolor, creo que nunca llegará a comprender la magnitud de mi derrota.
Llegó el día de la rendición. Todavía consigo visualizarlo como si se tratara de una película: es un día como muchos otros, hecho de infructuosos intentos de extraerme una leche que simplemente no quiere salir; me pongo al niño al pecho, y empieza a llorar como un loco. Me digo a mí misma que últimamente empieza a llorar nada más ver la teta, el pobre tiene que asociarla con pasar hambre. Tras lloros y más lloros (suyos y míos), le doy el biberón y al rato se queda dormido. Le dejo en la cama y como un autómata voy a la habitación contigua, cojo el sacaleches y lo llevo a la cocina. Lo arrojo a la basura con todas mis fuerzas mientras maldecía mi destino, mis tetas inútiles y mi ineptitud como madre. Luego abro la ventana, me siento y (Dios me perdone) me enciendo un cigarro. El dolor que me abrasa la garganta me ayuda a olvidar aquel otro, más punzante y profundo, que me atenaza las entrañas.
Contemplo las volutas de humo que bailan por mi cocina y desaparecen lentamente como mis esperanzas, mientras las lágrimas que se deslizan lentamente por mi cara me hacen pensar, una vez más, en lo que pudo ser.

Continúa en Heridas cicatrizadas III - descubriendo la magia

jueves, 6 de octubre de 2011

Pediatría sin sentido

Yo también lo he leído. Entero no, por supuesto (comprarlo sería una forma bastante absurda de perder tiempo y dinero), pero no he podido resistir la tentación de hojear las primeras 40 páginas, que están disponibles de forma gratuita en internet.
El blog Reeducando a mamá ha publicado un excelente artículo sobre el (escaso) sentido común de algunos pediatras al que podéis acceder desde aquí.
Por mi parte, tengo claro que carezco del sentido común al que apelan los autores del libro, así que, a falta de sentido común, he tratado de recurrir al sentido del humor e intentar leerlo en clave cómica, pero sin éxito: si bien algunos pasajes podrían ser desternillantes leídos en voz alta por algún monologuista del Club de la comedia, los consejos del libro van en serio, muy en serio.
Por tanto, viendo que me falta sentido común y también sentido del humor, no me ha quedado más remedio que intentar leerlo con calma para que no me hierva la sangre.
Para empezar, el estilo utilizado es una mezcla de campechano, simpático y graciosete, similar al del Duérmete niño y demás despropósitos de uno de los coautores. Sin embargo, bajo esa pátina de amabilidad y de corrección política se esconde el mismo refrito de topicazos adultocéntricos al que nos tienen acostumbrados: nos dicen que el contacto físico es muy importante para establecer un buen vínculo con el bebé y a continuación nos alerta sobre los peligros de dormirle en brazos, nos hablan de las etapas del sueño infantil para después decirnos que si un recién nacido se despierta, los padres no deben intervenir sino esperar a que vuelva a coger el sueño por si solo (en otras palabras, hay que dejarle llorar hasta que se harte), nos explican las ventajas de la lactancia materna pero añaden que el biberón es una opción igual de válida si la madre no quiere o no puede dar el pecho. (De hecho, dan a entender que algunas "no pueden" por una especie de castigo divino, puesto que ni siquiera mencionan los problemas más frecuentes ni la existencia de grupos de apoyo que pueden ayudar a solucionarlos).
La frase que más me chirría, debido a mi experiencia personal, es "la mamá debe seguir las normas de la lactancia materna a demanda o biberón, según su deseo y las recomendaciones de su pediatra", sobre todo porque no explica qué debería hacer la mamá cuando su deseo no coincide con las recomendaciones de su pediatra. Lo digo porque tuve un pediatra que estaba claramente en contra de la lactancia, a juzgar por algunas de sus frases ("si la niña no engorda un mínimo de 200 gramos a la semana, vamos a destetarla y darle biberones", "las asesoras de lactancia creen que lo único bueno es la leche materna, cuando existen muchas otras buenas opciones", "si la niña regurgita, con el pecho no va a mejorar, pero si le dieras biberón te puedo mandar una leche específica", y la gota que colmó el vaso, cuando mi hija tenía 4 meses y después de haber engordado 800 gramos en el último mes: "tenía que haber engordado más, así que vamos a darle cereales en todas las tomas"). Por tanto, a falta de sentido común, y de sentido del humor, decidí cambiar de pediatra, y afortunadamente la actual es más afín a mi manera de ver las cosas.
Después de este inciso, otra cosa que me llama la atención es que, al tratarse de un libro que teóricamente habla de pediatría, a juzgar por el índice, solo 142 de las 487 páginas están dedicadas a enfermedades y accidentes varios, que a mi entender entran dentro de las competencias del pediatra. Las 345 restantes hablan de los temas más variados, cómo se cambia un pañal, cómo elegir un buen colegio, cómo es el sueño, la socialización y (como no) la disciplina. Los hay que tienen mucho sentido común, pero poco sentido del ridículo.
En resumen, lo que he leído parece una recopilación de consejos de la suegra (escritos de forma elegante, eso sí), con algunos guiños a la corrección política para quedar bien con todos los bandos, y totalmente contraindicado para estómagos sensibles. Y solo he leído 40 páginas, pero a mi modo de ver suficientes para querer cambiarle el título de Pediatría con sentido común... a Pediatría sin sentido.