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miércoles, 20 de mayo de 2015

Consejos para dormir a un bebé


La imagen que aparece a la izquierda de este texto forma parte de una serie de "recomendaciones" que un centro de salud entrega a las mamás que acuden con sus bebés a la revisión de los 4 meses. No es mía, ha llegado a mí a través de las redes sociales.
Hay tantas cosas que me enfadan que ni siquiera sé por cuál empezar. Me molesta el tono alarmista ("si no lo has hecho ya, es el momento"), me disgusta la rigidez ("el niño debe asociar el sueño con unas rutinas"), me enfurece el cinismo final ("si el niño llora, déjale cada vez más tiempo hasta que vayas a consolarlo"). Lo peor quizás es que estas recomendaciones (entiéndase como eufemismo) provienen de un centro de salud, es decir de un equipo médico que técnicamente se encarga de velar por la salud de los bebés.
Vaya por delante que no tengo absolutamente nada en contra de los pediatras. Es más, la mayoría de los que he conocido destacan por su profesionalidad y empatía. Sin ir más lejos, ni a mi pediatra actual ni a la enfermera se les ha ocurrido jamás decirme cómo, dónde o con quién tenían que dormir mis hijos; se han limitado a recalcar que los despertares son normales, que no hay que preocuparse y que si el bebé se despierta llorando, es importante tratar de descubrir la causa. Pero en tantos años de andadura por el foro de Dormir sin llorar he podido leer unos cuantos disparates que no me han dejado indiferente: el más curioso, uno que "recetó" un exorcismo o una limpieza espiritual para tratar los terrores nocturnos; más frecuentes, los que recomiendan destetar para que duerma mejor, sacar al bebé de la cama o dejarle llorar. En otras palabras, el panfleto que decora mi entrada de hoy no parece ser un caso aislado.
Me da rabia, porque seguramente esas mamás ya habrán oído alguna recomendación similar: muchas personas que han criado hijos hace algunas décadas tienden a dar consejos en esa línea. Sin embargo, el hecho que lo recomienden en un centro de salud, que lo diga un médico, que lleva bata blanca, ha estudiado y por tanto, sabe, lo hace más grave todavía. Opino que lo que diga el médico en temas de salud va a misa; ahora, si habla de crianza, su opinión tiene la misma validez que si me hablara de política o de cocina: es decir ninguna, o mucha, en función de lo mucho o poco que se ajuste a mi propio enfoque.
Admito que ese folleto no dice nada que no se oiga o lea por doquier; también soy consciente de que quien esté determinado a dejar llorar a su bebé lo hará, sin tener en cuenta las recomendaciones en contra; quien no quiera dejarle llorar no lo hará, sin importarles lo que ponga esa hoja o cualquier otra. Sin embargo, entre ambas posturas existe una inmensa zona gris, formada por padres que dudan, que no quieren hacerlo pero no saben si así se equivocan, o que sienten la tentación de probar pero no saben qué consecuencias pueda tener: ellos (y sus bebés) son las verdaderas víctimas de esas teorías, porque a veces unas recomendaciones tan contundentes, sin bibliografía ni ciencia que sirva de soporte, pero pronunciadas con la seguridad y la firmeza de los que saben, pueden borrar de un plumazo las resistencias y los intentos de buscar soluciones que sean del agrado de toda la familia.
Desde que lo vimos, en Dormir sin llorar empezamos a darle forma a la idea de crear nuestra propia versión. No somos expertas, no somos médicos ni profesionales, ni científicas ni académicas, no somos nada más que madres; al mismo tiempo, no somos nada menos que madres, y puede que por ello entendamos mejor que nadie los quebraderos de cabeza que sufren muchas mamás primerizas, la sensación de soledad y de indefensión.
No nos gustan los métodos, ni los gurús del sueño que proliferan como setas, ni las recetas rígidas de obligado cumplimiento. Cada niño es un mundo, cada familia debe encontrar su propio camino hacia la felicidad, no existen fórmulas mágicas; sin embargo, existen pautas que pueden tranquilizar, que pueden ayudar a dar un pequeño paso hasta la solución. Existen manos que guían y voces que consuelan.
Así que no hay método, no hay truco. La ciencia de Dormir sin llorar equivale a conectar con el bebé, tratar de entender sus necesidades y adelantarse a ellas en la medida de lo posible. Implica olvidarse de las horas que faltan para levantarse, centrarse en el momento presente y no en la lavadora sin poner. Significa abrazar, besar, mimar, querer, alimentar, hablar, escuchar, cantar, contar, esperar, compartir, soñar.
Para quitar el mal sabor de boca que deja la hojita del centro de salud, un regalo: otra serie de recomendaciones para dormir bebés, esta vez las nuestras. Lo podéis difundir, descargar, imprimir, regalar a la suegra, al frutero, a la mamá del parque o a quien opine sin venir a cuento, y como no, entregar en la próxima revisión si en algún momento os dicen que habrá que dejarle llorar.

sábado, 21 de febrero de 2015

Ya duerme sola

Mi hija tiene una cama nueva, una cama de mayor, con una sábana violeta y un cojín de Minnie. Va encajada en un mueble a medida, una composición de estantes, puertas y cajones. Es un mueble blanco con los cantos en color fresa y los tiradores verde lima, sus colores favoritos; un mueble donde caben todos sus libros y juguetes. Le ha gustado tanto que nada más verlo ha decidido irse a dormir a su cama.
Sabía que tarde o temprano llegaría este momento, pero a decir verdad, me pilló desprevenida. Me lo imaginaba como una especie de transición, una sucesión de etapas, pero no, ha sido un salto hacia lo desconocido.
Me dijo toda ilusionada que esa noche dormiría en su habitación; al llegar la hora de dormir, se subió a la cama que hemos compartido desde que nació, y me pidió que la acompañara a su cuarto. Así lo hice, me tumbé con ella para que tomara teta y me planteaba saborear ese rato de complicidad. Sin embargo, apenas duró un minuto. Adiós mamá, si quieres puedes ir a la cama grande, me dijo. He aprendido a interpretar ese si quieres como una invitación a dejarles crecer y no atosigarles; hace unos años, oí esa misma expresión en boca de su hermano: mamá, si quieres puedes irte, ya me duermo yo solo.
Así que me fui, volví a mi habitación, a mi cama que hasta el día anterior había sido nuestra, y me pareció más grande y fría que nunca. Para que luego digan que la angustia de separación es típica de los bebés, acabo de experimentar un brote a mi edad.
Ella durmió del tirón, yo me desvelé unas cuantas veces; fui a verla tratando de no hacer ruido, me quedé en silencio al lado de su cama, oyendo su respiración pausada, viéndola dormir abrazada a un peluche. Por la mañana vino a verme y se acurrucó contra mí, me contó que en su cama nueva se duerme fenomenal y que a partir de ahora va a querer dormir en su cuarto todas las noches.
Así que ha llegado el momento de hacer balance, por lo menos en lo que al colecho se refiere. Han sido casi nueve años, primero con él, luego con ella, a veces con los dos. Es una experiencia que he vivido, disfrutado y saboreado durante casi una década.
Tengo la satisfacción de decir que ha durado todo lo que ellos han querido, y me alegro de que hayan conseguido encontrar la seguridad necesaria para dar ese paso; por otra parte, sé que lo echaré de menos.
Dicen que solo recordamos momentos, y esos momentos los voy a atesorar mientras viva: el olor de su pelo, esa mezcla a champú y sudor que no sé describir y para mí representa el olor de la felicidad, su sonrisa al despertar, el calor de su cuerpecito durmiendo a mi lado, hasta guardo un recuerdo cariñoso de las patadas en las costillas y los tirones de pelo al moverse.
También recuerdo esas advertencias, esas predicciones agoreras, esas preguntas incrédulas y esas frases hirientes. Otra vez, el tiempo me ha dado la razón, así que los opinólogos ya pueden ir poniéndose en fila para pedir disculpas.
Lo bueno de respetar el ritmo de los niños es que se acaba consiguiendo exactamente lo mismo que empleando otras técnicas, pero sin necesidad de sufrir durante el proceso. No es debilidad, no es miedo a imponerse, no es falta de límites: solo se trata de darles lo que necesitan, sabiendo que tarde o temprano pasarán a la siguiente fase.
Llevo ya unos cuantos años asesorando en Dormir sin llorar, y las preguntas sobre el colecho aparecen con cierta frecuencia. Por mi parte, está claro que cada uno tiene derecho a decidir cómo y dónde dormir, faltaría más, pero tengo la impresión de que el problema a menudo no es el colecho en si, sino la opinión del entorno. Son muchas más las mamás que dudan a la hora de hacerlo porque les han dicho alguna barbaridad al respecto que las que se sienten incómodas con ello.
Existen muchas maneras de motivar a un niño para que se "independice". A veces basta con redecorar un poco el cuarto, permitir que elija un papel pintado, comprar un juego de sábanas con sus personajes favoritos o colgar un cuadro nuevo; el orgullo de ser mayor suele hacer el resto.
Incluso si no se hace nada, como en mi caso (soy de lo más laxo que os podéis imaginar a la hora de propiciar este tipo de cambios), acabarán pidiendo con insistencia disponer de su propio espacio.
Así que si os encontráis en esa situación y os someten a presiones, que sepáis que no es cierto que nunca saldrán de vuestra cama, ni que dormirán con vosotros siendo adolescentes, ni que tendréis que acompañarles a la universidad o de luna de miel. Llegará el día en que querrán dormir solos, y puede que llegue antes de lo esperado: algunos se animan más pronto, otros tardan un tiempo más, pero todos los niños acaban por trasladarse a su habitación.
Por mi parte, me ha tocado oír unas cuantas frases poco acertadas a lo largo de estos años. Algunas bienintencionadas, procedentes de personas que a pesar de todo pretendían ayudarme; otras lanzadas como piedras por quienes querían agrandar su ego a base de destrozar el ajeno. A estos últimos, o quizás a todos ellos, les dedico esta imagen.
Pues eso, el tiempo me ha dado la razón, y cuando quieran, pueden venir a pedir disculpas.
Como dice mi amiga Mon, todo pasa y todo llega... y cuando pasa, se echa de menos.

lunes, 28 de abril de 2014

Dormir sin llorar - El libro de la web

Una vez leí que para tener una vida plena hay que tener hijos, escribir un libro y plantar un árbol. A partir de ahora, puedo decir con orgullo que solo me queda el árbol.
El próximo 20 de mayo sale a la venta Dormir sin llorar - El libro de la web, del que soy coautora. Me gustaría presentarlo diciendo que es el mejor libro sobre sueño infantil jamás escrito, aunque para hacer honor a la verdad me veo obligada a hacer una serie de puntualizaciones.
He leído unos cuantos libros que tratan en parte o en su totalidad el sueño de los niños, y he hojeado
unos cuantos más; por lo general, hasta donde he podido comprobar, se dividen en dos categorías: unos explican cómo, cuánto y dónde debería dormir un bebé, hacen hincapié en la firmeza de los padres a la hora de conseguir el objetivo que se han planteado, recomiendan dejar llorar al bebé hasta que se acostumbre, no acudir, o no hacerlo hasta pasado un tiempo, si se despierta y así sucesivamente; otros muestran un enfoque más respetuoso, defienden que el sueño es un proceso evolutivo, explican que los despertares son normales, pero tienden a ser parcos en consejos a la hora de capear el temporal.
En Dormir sin llorar defendemos sin dudarlo esta última corriente, consideramos que dejar llorar a un bebé no es ético, ni efectivo, ni saludable; sin embargo, tantos años de experiencia foril, de dar y recibir consejos, nos han enseñado que no se trata simplemente de aguantar hasta que el sueño del niño empiece a parecerse al de un adulto. Es posible mejorar el sueño de todos, del bebé pero también de los padres, sin que nadie se resienta ni tenga que sufrir por ello.
Este libro es la culminación de un proyecto que empezó hace casi cuatro años, aunque por aquel entonces ni se nos pasaba por la cabeza la idea de escribir un libro sobre sueño infantil. Empezamos recopilando artículos para debatirlos, actualizar la Guía Dormir sin Llorar con la información que encontrábamos útil, y poco a poco fue tomando forma la idea de redactar un folleto con consejos respetuosos sobre sueño para irlo repartiendo en las maternidades, consultas de pediatría y grupos de apoyo. Una cosa fue llevando a la otra, y empezamos a barajar la idea de escribir un libro y autoeditarlo, hasta que la editorial Obstare decidió apostar por nosotras y hacerse cargo de la edición.
Esta es la historia "oficial" de nuestro libro, pero al mismo tiempo también es nuestra historia: una historia de noches en vela detrás de una pantalla, de un borrador en Google docs con notas en todos los colores del arco iris (cada una un color, para controlar los cambios), de capítulos escritos a una sola mano y con un bebé a la teta, de conversaciones y debates; es una historia de expectación, de superación, de ganas de hacer algo grande y de contribuir a cambiar el mundo. Es mi historia, es la historia de Rafi, de Mon, de Merche, de Bego, de Cristi y de Rosalina, una historia de madres, foreras y amigas. Gracias a todas por estos años, por lo que las palabras no pueden expresar.
Alea jacta est, y larga vida a Dormir sin llorar.

Contenido

Prólogo de Carlos González

CAPÍTULO 1- INFORMACIÓN GENERAL SOBRE EL SUEÑO DE LOS BEBÉS - El sueño normal del bebé y el bebé que duerme mal - ¿Por qué se despiertan los bebés? 
CAPÍTULO 2- ESTRATEGIAS BÁSICAS Y NECESARIAS PARA MEJORAR EL SUEÑO - El ambiente del sueño- Plan de siesta - Guardería - Viajes - La rutina de buenas noches
CAPÍTULO 3- BEBÉS DE 0 A 3 MESES - ¿Cómo duermen los recién nacidos? - ¿Qué el bebé se duerma sin ayuda?- Estrategias para dormir a un bebé de 0 a 3 meses - El colecho, una opción a tener en cuenta - El Síndrome de la Muerte Súbita del Lactante y el colecho - Otros problemas y otras soluciones - El bebé con cólicos - Técnica para envolver al bebé - El cólico y la falta de siestas - El cólico en bebés amamantados - Masajear al bebé - El descanso de la madre en el post-parto - Estadísticas - Plan de acción.
CAPÍTULO 4- BEBÉS DE 4 A 7 MESES- ¿Cómo duermen los bebés de 4 a 7 meses? - Crisis de crecimiento en bebés amamantados - Consejos básicos para el sueño - Identifica las señales de sueño del bebé - Dormirse en brazos - Dormirse con el chupete - Dormirse comiendo y despertarse para comer - ¿Cereales para dormir más y mejor? - Regreso al trabajo y cuidado por el papá u otras personas - Estadísticas - Plan de acción
CAPÍTULO 5- BEBÉS DE 8 A 12 MESES- ¿Cómo duermen los bebés de 8 a 12 meses? - La angustia de separación y el apego - ¿Cómo ayudar-(nos) a superarlas ?-  La salida de los dientes - La alimentación complementaria y su relación con el sueño - Nuevos hitos: aprender a sentarse, ponerse de pie y gatear - Sacarlo de la habitación de los padres - Descansar durante el día - Identifica las señales de sueño del bebé - Palabras mágicas - Dormirse en brazos - Dormirse con el chupete - Plan cambia-rutinas, dormirse comiendo o siendo mecido, etc. - Plan padre - Estrategias para madres que dan el pecho - Estadísticas - Plan de acción
CAPÍTULO 6- BEBÉS DE 1 A 2 AÑOS- ¿Cómo duermen los bebés de 1 a 2 años? - La angustia de separación - Salida de más dientes - Nuevos hitos: caminar, correr, hablar.. .- Las rabietas. - Consejos básicos para el sueño.- Alimentos que favorecen el sueño- Otros problemas, otras soluciones- Dormirse en brazos- Plan cambia-rutinas, dormirse comiendo o siendo mecido, etc -  Plan padre - Biberones nocturnos - Estrategias para madres que dan el pecho - Cambiarlo de habitación - Estadísticas - Plan de acción
CAPÍTULO 7- NIÑOS DE 2 A 3 AÑOS- ¿Cómo duermen los niños de 2 a 3 años? - Rabietas, los terribles dos- Miedos - Dejar los pañales - La siesta - Alimentos que favorecen el sueño - ¿Pesadillas o terrores nocturnos? - Plan padre - Biberones nocturnos - Estrategias para madres que dan el pecho - Dormir en su habitación y permanecer en ella - Estadísticas - Plan de acción
CAPÍTULO 8- NIÑOS DE MÁS DE 3 AÑOS- ¿Cómo duermen los niños de más de 3 años? - Miedos - El inicio del colegio - Consejos básicos para el sueño - Cenas para dormir - Malos sueños - Mojar la cama, enuresis nocturna - Celos de hermanos - Dormir en su habitación toda la noche - Dejar el chupete - Conclusiones - Plan de acción
CAPÍTULO 9- DORMIR A DOS O MÁS- Hermanos de diferente edad - Mellizos o gemelos
CAPÍTULO 10- MOLESTIAS QUE QUITAN EL SUEÑO- Gases y cólicos- Reflujo gastroesofágico - Parásitos intestinales.- Catarros, tos, mocos - Salida de los dientes - Dematitis atópica - Alergias alimentarias o intolerancias a alimentos - Apnea del sueño y ronquidos - Pesadillas y Terrores nocturnos.- Sonambulismo - Adormecimiento brusco.   
CAPÍTULO 11- FÁRMACOS Y OTRAS SUSTANCIAS- Suplementos de melatonina - Antihistamínicos - Homeopatía- Flores de Bach - Plantas medicinales.
CAPÍTULO 12- MITOS SOBRE EL SUEÑO DE LOS BEBÉS-¿No pasa nada porque llore? - ¿A partir de los 3 meses debería dormir del tirón? - ¿Es raro que no sepa dormirse solo?- ¿El colecho hace a los niños dependientes? - ¿Dormirá mejor si se cansa mucho durante el día? - ¿El sueño se recupera? - ¿El mal dormir se hereda?
CAPÍTULO 13- ¿POR QUÉ SIN LLORAR?- ¿Qué son los métodos de extinción?- ¿Cómo funcionan realmente los métodos de extinción? - ¿Por qué sin llorar? Porque Dormir Sin Llorar, funciona.


El libro ha sido publicado por la editorial Obstare, con ISBN 978-84-941016-7-0 y se puede comprar en la tienda online de Dormir sin llorar, en Casa del libro, FNAC y en tu librería favorita.
Otros enlaces:
 

sábado, 29 de junio de 2013

Que le den al "todo vale"

El 29 de junio se celebra el Día mundial del sueño feliz, y lo voy a celebrar con una entrada dedicada al sueño infantil.
Es un tema que parece estar de moda, dada la cantidad de autoproclamados gurús y expertos que van surgiendo por doquier, cada uno con sus teorías, opiniones o evidencias.
Creo que cualquiera que haya leído un par de entradas de este blog habrá entendido que le tengo declarada la guerra al método Estivill y afines; me parece que es un tema actual, de hecho, cada vez que he escrito unas líneas dándole caña al "metodito" las lecturas han subido como la espuma. Sin embargo, en esta ocasión no voy a hablar de esa corriente, sino de otra, puede que más sutil pero igual de dañina.
No sé si tiene nombre oficial, al desconocerlo la he bautizado el "todo vale". Sus adalides no se deciden por ninguna postura definida, van dando bandazos de un lado a otro con el objetivo de caer bien a todo el mundo, de captar el mayor número posible de seguidores o clientes con independencia de su forma de pensar.
A efectos prácticos se suele traducir en un cúmulo de disparates, como por ejemplo dar por hecho que todos los padres quieren lo mejor para sus hijos, y por tanto es igual de respetable dejarles llorar que atenderles; que el sueño es un proceso evolutivo, pero el bebé tiene que adquirir una serie de hábitos para dormir de forma correcta; que cada niño es distinto y lo que funciona con uno no funcionará con otro, pero hay que acostarles en la cuna despiertos para que se duerman solos y así sucesivamente.
Admito que nunca me han gustado las medias tintas, pero haciéndome un poco de terapia tengo que confesar que tengo tanta manía a este afán de quedar bien y de darlo todo por bueno porque en mi infancia fui una víctima del "todo vale".
Mi madre decía que dormí mi primera noche del tirón a los tres años y medio. Según las circunstancias y el humor del momento, este suceso se convertía en una simpática anécdota a compartir durante la sobremesa de una comida familiar (ahora os vais a reír un rato con esto), un velado reproche (fíjate lo mal que lo pasé) o directamente una maldición encubierta (ya verás como te toque uno igual).
Entre el pediatra que les decía que no debían dejarme llorar pero tenían que sacarme de su habitación lo antes posible, el libro del Dr. Spock que consideraba el colecho una perversión sexual y los consejos agoreros de amigos y vecinos, a mis padres les tuvo que costar horrores capear el temporal durante esos tres años y medio.
Para tener a todos contentos, me acostaban despierta en mi cuna y en mi habitación, y si me despertaba mi madre acudía a calmarme, sin sacarme de la cuna y por supuesto sin llevarme a su cama, si yo me negaba a dormir ella tampoco dormía.
Me contó que le pidió al pediatra que me diera algún medicamento para dormir (tengo entendido que en aquellos años no se andaban con chiquitas, recetaban tranquilizantes para adultos en dosis reducidas) y el médico dijo que ni hablar, que eso podía ser muy peligroso y no iba a poner en riesgo mi salud; visto así, se lo agradezco, pero a decir verdad, tampoco aportó ninguna idea más allá de tener paciencia.
De aquella época me han quedado algunos flashbacks, con el tiempo he llegado a dudar de si se trata de recuerdos reales o si de algún modo los he implantado en mi memoria al empezar a bucear más profundamente en el mundo del sueño infantil. Sea como sea, me veo a mí misma de pie en esa cuna, agarrada a los barrotes, llorando a pleno pulmón mientras unas sombras amenazadoras se ciernen sobre mí. No recuerdo nada más, no sé cuánto tiempo tardaban mis padres en acudir o qué hacían. Lo único que la huella del tiempo no ha conseguido borrar es ese fotograma, una niña pequeña llorando de pie en la cuna.
Sabiendo lo que ahora sé, algo me dice que no quería estar sola, y que todos nos habríamos ahorrado un montón de noches insomnes si mis padres hubieran hecho caso a su instinto y no al pediatra o al Dr. Spock.
Cuando nació mi hijo, tenía el listón tan sumamente bajo en lo que a sueño se refería que casi di saltos de alegría al descubrir que no tenía que pasarme las noches de pie. Hay que decir que dormía con nosotros, pero por aquel entonces curiosamente no lo relacioné, ni lo consideré una circunstancia digna de mención.
También hay que decir que la maldición no se cumplió, porque mi hijo por lo general no se despertaba excesivamente, su "problema", si así lo queremos llamar, era que podía tardar una eternidad para dormirse.
En cuanto a mi niña, no sé si será como era yo a su edad, pero es posible que haya cierto parecido. Hasta el año y pico se dormía en cinco minutos a lo sumo, pero se despertaba, en media, cada dos horas. Ahora que le falta poco para cumplir los tres me ha regalado alguna que otra noche del tirón, pero lo habitual es que se despierte una o dos veces.
Se vuelve a dormir con la teta, lo cual nos anestesia al instante a las dos y prácticamente ni nos enteramos, pero supongo que de haber aplicado los consejos que el pediatra dio a mi madre, a estas alturas estaría para el arrastre.
Y aún así hay quien se empeña en intentar demostrar lo perjudicial que es pasar la noche lo más decentemente posible en vez de complicarse la vida para forzar la máquina, en tratar de convencernos que es mejor arruinarnos el presente para evitar unas hipotéticas secuelas futuras, en hacernos ver que hay que buscar un término medio cuando en este extremo se está estupendamente.
Pues así de claro, que le den al "todo vale", con lo a gusto que me siento yo en mi rinconcito radical.

viernes, 12 de abril de 2013

Adiós, Pirata Tuerto

A lo mejor no es definitivo, pero de momento lo parece: desde hace varias noches, mi hijo no me pide que le cuente un cuento antes de dormir. Ahora le doy un beso y se queda en su habitación mientras yo voy a dormir a su hermana; con solo aguzar un poco el oído puedo saber lo que hace. Le oigo abrir cajones, sacar pinturas o juguetes con los que se entretiene un rato; oigo a su padre entrar a hablar con él, darle las buenas noches; más tarde un crujido de muelles me dice que se ha metido en la cama.
Mi hija está en una de esas etapas en la que se resiste al sueño todo lo que puede, con lo cual en ocasiones llego a tardar una hora. Cuando salgo de la habitación, la casa está a oscuras, en silencio excepto por la televisión que mi marido suele ver a esas horas.
Recorro el pasillo intentando no hacer ruido y me paro un momento a contemplarle mientras duerme. Le aparto el pelo de la cara, le doy un beso, si se ha destapado vuelvo a subir el edredón.
Ha pasado otra etapa, en realidad él lo ha querido así, entiende que su hermana tarda mucho en dormirse, que en ocasiones no quiere quedarse sola y es misión imposible contarle un cuento con tranquilidad, quizás también se siente mayor para esos cuentos inventados noche tras noche, siempre distintos y en el fondo muy parecidos.
Al igual que con anterioridad me despedí de la ciudad de los conejos, del fantasma cantarín y de la ranita traviesa, ha llegado la hora de decirle adiós al Pirata Tuerto. En realidad es un Playmobil, comprado hace dos años en una tienda de Sepúlveda en ocasión de un viaje de Semana Santa, y se convirtió inmediatamente en uno de sus juguetes favoritos; en lo que a cuentos se refiere, después de dos años ha sido el personaje más longevo que ha protagonizado nuestro final del día.
Ya no hay más cuentos, ya no me acurruco junto a él respirando el olor de su pelo mientras me invento historias siempre nuevas. Ya es mayor y parece que no lo necesita.
Así que adiós Pirata Tuerto, y gracias por acompañarnos durante este tiempo. La historia del accidente en el que perdiste el ojo le hizo comprender la importancia de ir al médico cuando nos encontramos mal; tus viajes a países exóticos en busca de tesoros fabulosos llevaron la emoción hasta nuestra casa; tus aventuras junto al Pirata Espadachín me ayudaron a explicarle el valor de la amistad, y a hacerle entender que esta sigue adelante incluso a pesar de las peleas y las discusiones; tus bromas al Pirata Tontolaba añadían el toque de humor; la astucia con la que conseguías burlar a los malvados bandidos hablaba de la importancia de aprender a resolver conflictos sin necesidad de llegar al enfrentamiento físico; los deberes de lengua se hicieron menos pesados al descubrir que tenías que limpiar la cubierta del barco aunque no te gustara; los consejos del sabio Patapalo nos sacaron de apuros cuando me quedaba en blanco y no sabía cómo continuar el cuento.
Sé que es una tontería, pero me despido de ti con lágrimas en los ojos, porque sé que no volverás, y un día pasarás a formar parte de esa cápsula del tiempo en la que almaceno cosas que hemos dejado atrás.
Si me lo permitís, tengo un consejo para los que tenéis niños que tardan literalmente horas en dormirse: como dice mi amiga Mon, todo pasa y todo llega. No desesperéis, disfrutad del momento, porque cuando una etapa termina, no vuelve, y es posible que tengáis que despedir a vuestro Pirata Tuerto particular antes de lo que pensáis.
Gracias por todo Pirata Tuerto, sigue surcando los siete mares a bordo de tu galeón. Nunca te olvidaré, ni olvidaré los ratos que pasé junto a mi niño mientras le hablaba de ti.
Hasta siempre.

jueves, 6 de diciembre de 2012

El club de las madres-verdugo

He llegado a este blog a través de un enlace que encontré en un grupo de Facebook en el que participo. Confieso que me costó un poco desprenderme de los prejuicios, por el simple hecho de que el nombre del mismo (Duérmete mamá) me chirriaba bastante, al recordarme peligrosamente el título de un libro que pretende "enseñar a dormir a los niños" dejándoles llorar hasta la extenuación en una habitación a oscuras.
He leído alguna entrada, aquí y allá, y he llegado a la conclusión de que se trata de un blog de maternidad que defiende unas ideas que personalmente no comparto; obviamente, cada cual es muy libre de escribir en su blog lo que le da la real gana, faltaría más. No me ha sorprendido ni para bien ni para mal, pues parece resumir lo que hoy en día se considera políticamente correcto.
En cambio, lo que sí me ha sorprendido (y muy desfavorablemente, por cierto) ha sido la mayoría de los comentarios respondiendo a todas y cada una de las entradas que he leído. Si bien no me encuentro de acuerdo con muchas de las entradas, debo decir que las mamás que las redactan lo hacen de manera bastante educada y contenida. Sin embargo, muchas de las madres que comentan (y dicho sea de paso, piden a grito respeto para su postura, sea cual sea) se permiten el lujo de insultar abiertamente a las que opinan de forma diferente, amén de recurrir a una serie de burradas sin pies ni cabeza para intentar sostener un argumento del que claramente carecen. En los comentarios se encuentran por doquier esos simpáticos calificativos tipo "ecomadre" o "madre-vaca", acuñados evidentemente por alguien que ni se ha tomado la molestia de analizar la corriente sobre la que iba a escribir, o medias verdades del tipo "a mí me han criado a biberón y estoy perfectamente", "el colecho es peligroso porque hay niños que mueren aplastados" o "esto es una secta que se está poniendo de moda".
Admito que no me gustan las etiquetas y detesto ser encasillada, pero tras ver la rabia, la inquina, la hiel, el rencor y en ocasiones hasta el odio que destilan algunas opiniones, no he podido resistirme a rebautizar alguna de sus autoras como "madres-verdugo".
Vaya por delante que no me considero "seguidora de la crianza natural" en el sentido estricto: digamos que me siento más afín a este tipo de crianza que a cualquier otra, porque el respeto al niño y a sus etapas me parece algo básico y fundamental; ahora, considero que tengo derecho a labrarme mi parcela dentro de ese marco de respeto, adoptar lo que me parece más adecuado y prescindir de lo que no me convence.
Sin embargo, intento en la medida de lo posible tomar decisiones razonadas, informarme de las ventajas y desventajas de cada postura y adoptar la que mejor se ajuste a mi forma de pensar y de entender la maternidad (y también guiarme por mi instinto, faltaría más).
Las entradas más indignantes del mencionado blog son, a mi entender, las que tratan el tema de la lactancia. Reconozco ser radical, fundamentalista y hasta talibana de la teta al respecto, pero considero que en muchos casos habría que informarse antes de opinar.
Mi cruzada particular se reduce a pedir que los profesionales sanitarios se informen antes de recomendar biberones de apoyo cuando no son necesarios, y a quejarme por las opiniones no solicitadas y los comentarios jocosos que me toca escuchar de vez en cuando (dicho sea de paso, me gustaría saber dónde viven las mamás que se sienten cuestionadas y presionadas por su decisión de no dar el pecho, porque en mi entorno te suelen cuestionar justo por lo contrario).
Estoy de acuerdo con ellas hasta cierto punto, porque sinceramente duele que la gente emita juicios de valor sin conocer tu historia, pero tengo que decir que, tras años de frecuentación de foros de crianza con apego, blogs afines y demás publicaciones "sectarias" no he visto que la corriente mayoritaria se dedique a llamar malas madres (expresión ampliamente utilizada por aquellas que optan por la lactancia artificial) a las que dan el biberón por el motivo que sea. De todo habrá, pero hasta donde yo he podido ver, las madres que defienden la lactancia suelen hablar de su propia experiencia, defender su punto de vista, y difundir información (demostrada científicamente) acerca de los beneficios de dar el pecho, apoyar a quiénes quieren darlo pero se encuentran con dificultades y proponer argumentos a favor para quienes estén dudando.
En cambio, la principal defensa de quienes se sitúan (la mayoría de las veces por decisión propia) en el bando contrario, suele ser la de atacar, insultar y descalificar a las que hacen las cosas de otra manera. He tenido que leer, en uno de los comentarios del mencionado blog, que las madres que dan el pecho a niños de tres años son unas enfermas mentales. En calidad de progenitora condenada al manicomio (pues no hemos llegado todavía a los tres años, pero esa es la intención) me he dado por aludida, me he picado y me he puesto a escribir esta entrada, para vapulear verbalmente a ciertas ideas, a mi modo de ver, bastante poco respetables.
Para empezar, me hace cierta gracia que las personas que defienden el biberón por elección lo hagan enarbolando la bandera de la libertad individual, como si las que damos el pecho lo hiciéramos por obligación. Lógicamente, no se puede forzar a una madre a dar el pecho si no quiere hacerlo, pero considero que antes de tomar una decisión hay que sopesar los pros y contras, y hay que hacerlo en base a información actualizada y fiable, y no siguiendo tópicos viejos de décadas.
Quien no quiera dar el pecho, que no lo dé; quien no quiera informarse, que no lo haga; quien prefiera cerrar los ojos ante las ventajas (demostradas) de la lactancia materna y repetir mecánicamente que es muy importante que la madre se sienta cómoda o liberada, es muy libre de actuar como mejor le parezca, pero que luego no pongan en la picota a quienes hemos elegido otro camino, por convicción propia y no por moda. Simplemente, porque no es igual dar el pecho que no hacerlo, atender a un bebé que dejarle llorar, estar con él que dejarle al cuidado de terceros para realizarse trabajando o haciendo vida de pareja y un sinfín de ejemplos similares. No se trata de hacer un ranking de la mejor madre a la peor, ni de concursar para ganar la medalla de madre del año: en mi caso, se trata simplemente de hacer lo que creo que es mejor para mis hijos, y por extensión para mí, de ser fiel a mis principios y de no permitir que me aconsejen en contra de lo que siento.
Pienso que mis opiniones personales son igual de discutibles que las del resto de la humanidad, pero las defiendo con pasión porque he llegado a ellas después de sopesar también las alternativas.
Personalmente, no me siento amenazada por las madres que dan biberón desde el primer día, las que mandan a los niños a la guardería para que socialicen ni por las que aplican el método Estivill (en este último caso, me dan mucha pena los bebés, pero no percibo a las madres como un peligro para mis creencias). En cambio, he notado que muchas exponentes del bando contrario suelen ponerse a la defensiva, ofrecer explicaciones que nadie les ha pedido y lanzarse de cabeza a criticar a quienes no opinan igual.
Me atrevo a decir que en mi vida le he preguntado a una madre si da el pecho o el biberón, si está a favor de las guarderías, de la escolarización o de la educación en casa, si su hijo duerme con ella o en una habitación aparte; no lo pregunto porque me parece una falta de educación y una intromisión injustificada en la vida privada del personal. Ahora, si me lo cuentan y me piden opinión, me considero con derecho a decir lo que pienso sin que se me lancen a la yugular por no hacer lo que se considera políticamente correcto hoy en día.
A veces nos sentimos atacados cuando sabemos que podíamos haberlo hecho mejor. No sé si será el caso, pero en las madres-verdugo más virulentas me ha parecido ver un atisbo de inseguridad.

martes, 6 de noviembre de 2012

Dormir sin llorar

Hoy al mediodía, el programa Nens de la emisora Tarragona Radio ha ofrecido una entrevista a Rafi López, fundadora y administradora del foro Dormir sin llorar; la entrevista se puede escuchar a través de este enlace.
Hace cuatro años y medio que conozco el foro de Dormir sin llorar, y si tuviera que resumirlo en pocas palabras, diría que me ha cambiado la vida. Lo descubrí por casualidad, por aquel entonces necesitaba respuestas, estaba desesperada por saber si era cierto que mi hijo, que entonces tenía dos años, se resistía tanto a dormir por mi culpa, porque no le había dejado llorar y le estaba malcriando, y en el foro no solo las encontré, sino que pude comprobar que "lo mío" no era tan raro como pensaba.
Al principio, me limitaba a leer, hasta que conseguí reunir el valor necesario para publicar tímidamente mi primera consulta; me sentí acompañada y arropada, así que empecé a escribir con mayor asiduidad.
Confieso que me costó bastante atreverme a dar consejos, porque me daba apuro hacerlo siendo novata; con el tiempo, aprendí que todas las aportaciones son de agradecer.
Yo soy tan solo una de los más de 14.000 usuarios que han pasado por el foro; me atrevo a decir que prácticamente todas (hablo en femenino, pues somos mayoría de mamás) hemos entrado para lo mismo, para buscar la solución a un problema de sueño, real o supuesto, de nuestros retoños. Algunas se marchan al poco tiempo, puede que porque nuestra filosofía no encaja con su forma de pensar, o porque una vez solucionado o encarrilado el problema que las ha llevado hasta el foro deciden seguir con su vida; otras vuelven periódicamente, y cada vez que lo hacen es como volver a abrazar a una amiga de la que hacía tiempo que no sabíamos nada; también las hay que directamente no nos marchamos.
Un foro es como una casa con las puertas abiertas de par en par, cada cual es libre de entrar y salir como le plazca, de decidir si se encuentra cómodo, si le gusta la decoración y de elegir su sillón favorito. Sin quitarle ningún mérito a Rafi, el foro somos todas, las que llevamos miles de mensajes y las que apenas han escrito media docena, las que lo conocemos desde hace tiempo y las que acaban de llegar, las veteranas y las nuevas.
Allí tengo a mi tribu, unas amigas que en algunos casos viven a cientos de kilómetros y aún así siento más cercanas que algunas personas que tengo al lado. Mi tribu, que comparte conmigo las mismas preocupaciones sobre crianza, que me sostiene cuando flaqueo, me escucha cuando me desahogo, una tribu hecha de manos amigas dispuestas a acompañarme. Gracias a Dormir sin llorar, ya no me siento sola con mis ideas "locas".
Todo esto se lo debo (se lo debemos) a Rafi, porque sin tanta pasión, ilusión, entusiasmo, alegría, compromiso y entrega por su parte, DSLL no sería una realidad. Tengo la suerte de haberla conocido en persona, y puedo asegurar que es igual de encantadora que a nivel virtual.
Como dije antes, un foro no es estático, sino algo cambiante: la estructura puede ser fija, pero el tejido varía en función de las aportaciones que recibe. Últimamente, hemos propuesto crear un subforo de (pre)adolescencia para uso y disfrute de las que tenemos niños más mayorcitos. Sé que puede parecer absurdo que un foro de sueño infantil dedique un espacio a hablar de adolescentes, pero bien mirado, yo no lo veo así: como dice una amiga mía (parte de mi tribu) todo pasa y todo llega, y tarde o temprano dejaremos de preocuparnos por los desvelos nocturnos, las rabietas, el control de esfínteres o los deberes de primaria para enfrentarnos a nuevos retos. Algún día mis hijos irán al instituto, sufrirán por amor, querrán salir de noche, se pasarán el día escuchando una música que me parecerá horrorosa y siguiendo modas cuestionables, tendré que hablar con ellos de drogas, de anticonceptivos, negociar la hora de llegar a casa, dejarles tomar sus decisiones sin imponerles las mías a la vez que rezaré para que elijan el camino que yo considero correcto.
Pasaré por todo esto, pero no quiero hacerlo sola, necesito a mi tribu, que por aquel entonces tendrá hijos adolescentes igual que yo. Podemos hablar de piercings y de carreras universitarias a la vez que buscamos trucos para reducir los despertares de los bebés y explicamos qué es la angustia de separación.
Llamadme tonta, pero mientras escribo esto estoy llorando a lágrima viva, me duele en el alma la idea de marcharme de DSLL algún día para buscar mis respuestas en otros lares, y pienso que igual haciendo un poco de reforma podemos ampliar la casa y evitar así que nadie tenga que irse a otra más grande.
Hasta que descubrí a Dormir sin llorar me sentía insegura, incapaz y llena de miedos, debatiéndome eternamente entre lo que me pedía el instinto y el miedo a malcriar. El foro ha sido mi metamorfosis, mi catarsis; igual pido lo imposible, pero me cambió, y me gustaría que siguiera cambiando conmigo. El tiempo lo dirá.

A Rafi, si me lees: GRACIAS POR HABERLO HECHO POSIBLE.

martes, 2 de octubre de 2012

Ya era hora, Dr. Estivill


Dicen las malas lenguas que Estivill se ha retractado, igual que lo hizo Ferber hace unos años; en mi opinión, no es exactamente así: retractarse significa admitir abiertamente haberse equivocado y asumir las consecuencias de los errores cometidos. Lo que ha hecho el Dr. Estivill en esta ocasión es lo mismo que acostumbra a hacer desde hace tiempo: tergiversar la realidad cuando una pregunta le resulta incómoda.
El que sigue es un extracto procedente de una entrevista concedida al periódico El País, que se puede consultar íntegramente a través de este enlace y cuyo único objetivo parece ser el de promocionar su último libro (cada respuesta finaliza con la coletilla "En nuestro libro ¡A dormir! encontrará más información al respecto"):
Imagen: cortesía de Dormir sin llorar
He leido el libro "Duérmete niño", y tengo la duda de a qué edad se debe empezar a aplicar el método que propone. En un recién nacido con lactancia materna a demanda, ¿cómo es posible conjugarla con el método?
Recientemente hemos publicado el libro 'A dormir', que es la actualización de los conocimientos sobre el sueño de los niños. En él, explicamos unas normas para enseñar a dormir a los niños correctamente respetando la lactancia materna, de hecho los estudios científicos que hemos publicado en la revista española de pediatría han sido realizados en niños con lactancia materna a demanda. En el cerebro de los niños existe un grupo de células que es nuestro reloj biológico. Es el que nos indica que hemos de dormir de noche y estar despiertos de día. Como otras estructuras del cerebro de los niños, este reloj biológico es inmaduro al nacer. Por esto los niños duermen a trocitos y no pueden dormir de un tirón las horas nocturnas hasta los seis meses de edad. Las normas que explicábamos en 'Duermete niño' eran para los niños a partir de los tres años que tenían el denominado 'insomnio infantil por hábitos incorrectos'. Estas normas no pueden ser aplicadas en los niños más pequeños por esta inmadurez de su reloj biológico. Hay que realizar otras rutinas respetando la lactancia materna a demanda para ir enseñando a este reloj biológico a sincronizarse con el medio ambiente y así llegar de seis meses con un sueño nocturno adecuado de unas once horas y tres siestas diurnas: una después del desayuno, una después de la comida y una después de la merienda. En nuestro libro 'A dormir' explicamos estos nuevos conocimientos científicos y damos las pautas adecuadas para que el niño, siguiendo la lactancia a demanda, pueda ir estructurando adecuadamente su sueño.

Ante tan asombrosa declaración, solo se me ocurren dos posibilidades: la primera, que el Dr. Estivill esté mintiendo descaradamente; la segunda, que me falle estrépitosamente la comprensión lectora (a mí y posiblemente a un montón de lectores más). Tenía entendido que en el Duérmete niño, a los niños de tres años con el denominado (o inventado, ya que por lo que sé, ni en el DSM-IV ni en ninguna otra publicación digna de tal nombre se recoge tal enfermedad) "insomnio infantil por hábitos incorrectos" había que ponerles una valla en la puerta de la habitación para que no pudieran salir ("¡Da igual si se levanta, como si se quiere quedar dormido en el suelo!" escribe el Dr. Estivill a este respecto, haciendo gala de la empatía que siempre le ha distinguido). A los que había que dejar llorar era a los bebés a partir del 6º mes, e incluso antes, véase: "Desde el tercer mes, no os levantéis a cogerlo ante el primer gemido".
El libro no explica a partir de qué número de gemido está permitido cogerle (si es que lo está), y tampoco qué se debería hacer en caso de que los gemidos se conviertan en llanto.
Por otra parte, confieso que el método Estivill nunca me ha convencido. Siempre he pensado que si había que buscar una solución a los problemas de sueño debía ser una solución conjunta, junto con el bebé, no contra él, porque no se puede basar la felicidad de uno en la infelicidad de otro.
Sin embargo, conozco a muchos padres (cuya comprensión lectora debe ser tan escasa como la mía) que se lo han creído, que han dejado llorar a sus bebés, han limpiado el vómito "sulfurándose por dentro" como recomienda el libro, y ahora descubren que todo eso no ha servido de nada, porque resulta que el patrón de sueño de sus hijos se debía a una inmadurez de su reloj biológico y no a unos supuestos hábitos incorrectos.
Me pregunto qué les dirá el Dr. Estivill a esos padres: si admitirá haberse equivocado, les ofrecerá una indemnización (debería ofrecérsela a sus hijos, más bien) o simplemente les dirá que son tontos y no saben leer.

Incluso si seguimos esta última hipótesis y damos por sentado que millones de padres somos incapaces de procesar lo que leemos (cosa que no es cierta, pues el infame Duérmete niño deja claro en un sinfín de ocasiones que hay que ignorar voluntariamente al bebé por mucho que llore, y recalco que estamos hablando de bebés a partir de los 6 meses), cabría esperar que su nuevo libro ¡A dormir! ofreciera un enfoque algo más empático y respetuoso.
Nada más lejos de la realidad, pues el nuevo libro ofrece también pautas para los recién nacidos, circunstancia que en el anterior no se daba. Según las nuevas instrucciones, al recién nacido se le debe acostar en su cuna y en su habitación desde el primer día de vida; tampoco se le debe atender con prontitud por lo visto: ya que los recién nacidos tienen la mala costumbre de lloriquear (textual) por la noche, el Dr. Estivill recomienda deshacerse de los intercomunicadores, para poder dormir bien (los padres, el bebé no importa). También hace hincapié en que se le debe acostar despierto para que pueda conciliar el sueño por si solo (está prohibido cogerle, pero tampoco explica qué hay que hacer si no lo consigue).
Asimismo, el concepto que tiene el Dr. Estivill de la lactancia a demanda resulta cuanto menos curioso: para empezar, si un bebé de 6 meses debe dormir 11 horas seguidas por la noche y tres siestas al día, apenas le queda tiempo para mamar; en segundo lugar, ofrece una interesante explicación del reflejo de succión, y a continuación advierte que muchos padres primerizos cometen el grave error de confundirlo con una señal de hambre, lo cual puede llevar a sobrealimentar al bebé o a darle de comer a deshoras, cargándose así de un plumazo el concepto de demanda, la producción de leche de la madre y la lactancia materna, por ese orden.

Los libros que ofrecen esta visión de la puericultura, que suprimen la parte más agradable de la maternidad y fomentan el desapego desde el minuto 1, a menudo consiguen alejar emocionalmente a la madre del bebé, divorciarla de su instinto, volviéndola tan vulnerable que preferirá seguir comprando libros o pedir consejo al experto de turno en vez escucharse a sí misma y a su bebé.
Por supuesto, no pretendo decirle a nadie cómo debe vivir su maternidad. Cada cual es libre de hacerse la pregunta y buscar la respuesta que considere más satisfactoria.
Personalmente, considero que la maternidad no es una obligación y ni siquiera un derecho, sino un privilegio, y como tal deberíamos vivirla en su plenitud, disfrutando de todos los dones que nos ofrece.
Admito que nunca me he sentido especialmente realizada al cambiar un pañal o al quitar restos de comida de un babero; sin embargo, cuando he tenido a un bebé dormido en mis brazos, o en mi regazo, cuando le he olido el pelo mientras le daba besos en la cabecita, cuando he visto su barriguita moverse apaciblemente al ritmo de su respiración es cuando he sentido la MATERNIDAD con mayúsculas fluir por mis venas.

En esta ocasión, la declaración del Dr. Estivill no me parece insultante como habitualmente, porque prefiero leer entre líneas y quedarme con el mensaje positivo que contiene: gracias a estas palabras, el mundo creado por el Dr. Estivill se ha derrumbado como un castillo de naipes.
Dice que las normas del Duérmete niño son aplicables únicamente a mayores de tres años que sufren una enfermedad inexistente, y eso equivale a admitir que jamás se debería dejar llorar a un bebé.
Reconoce por fin que los supuestos problemas de sueño en bebés se deben a la inmadurez de su reloj biológico y no a la falta de firmeza de sus padres. Ya no ve un trastorno donde no lo hay, ni ofrece soluciones para problemas que él mismo crea.
Pasa por alto el hecho de que forzar la maduración del reloj biológico inevitablemente trae problemas y deja secuelas, pero creo que es evidente, y si no lo ve así, solo tiene que echar un vistazo a los numerosos estudios que se han realizado sobre el tema.
Ya era hora, Dr. Estivill: por desgracia, demasiado tarde para muchos niños, pero quizás todavía a tiempo para muchos otros.
Bienvenidos a la nueva era.

martes, 13 de septiembre de 2011

Amo ser tu almohada: 10 razones para practicar el colecho

El blog Amor maternal acaba de lanzar una interesante propuesta, que resume del siguiente modo:
Amo Ser Tu Almohada: 10 razones para practicar el colecho es un Carnaval de Blogs iniciado por Amor Maternal para tratar de romper con el tabú social que existe en torno a dormir con los hijos, dar a conocer esta opción tan sana y natural como agradable tanto para el niño, como para sus padres y proporcionar información fiable y experiencias personales al respecto.
Amo ser tu almohada: 10 razones para practicar el colecho


Lo he leído y no he podido resistirme a la tentación de aportar mi granito de arena.
En realidad, el colecho es un armario del que no necesito salir porque nunca he entrado en él, lo considero un hábito natural y un arreglo satisfactorio para todos; puesto que lo declaro con toda seguridad, admito que las críticas que recibo son escasas, así que he tenido pocas ocasiones para justificarme, explicar mis motivos o tan solo pararme a pensar en ello. Por este motivo, agradezco esta oportunidad de exponer mis reflexiones. Aclaro que hago referencias a mis dos hijos a pesar de que el mayor decidió "independizarse" y ya no colecha conmigo. Vamos allá, desde un punto de vista totalmente egoísta, estas son mis razones:

 
Amo ser tu almohada:
10 razones para practicar el colecho.

1. Porque no tengo miedo a malcriar: malcriaré a mis hijos si un día les compro un móvil de última generación en vez de hablar cara a cara con ellos, si atiborro su habitación de juguetes para no tener que participar en sus juegos o si decido apuntarles a un montón de actividades para dedicar mi tiempo libre a otros quehaceres. No los malcriaré si les ofrezco mi amor y mi cariño, sin límites y de forma incondicional, de día y de noche. Mañana recogeremos lo que sembramos hoy.

2. Porque no tengo vocación de mártir: levantarse varias veces por la noche para atender a un bebé que parece despertarse constantemente tiene que ser agotador. No me gusta sufrir gratuitamente y menos aún hacer sufrir a un bebé aplicándole métodos de adiestramiento para que no me moleste. En cambio, el colecho minimiza los desvelos y los despertares y todos descansamos más.

3. Porque así duermo mejor: sufro de insomnio desde que tengo memoria, no me sirve contar ovejas ni ningún otro remedio conocido, y tampoco me gusta tomar somníferos. Escuchar la respiración de mi bebé que duerme plácidamente a mi lado mientras su aroma me envuelve y me transmite su calor es lo más relajante que he probado en la vida y me ayuda a conciliar el sueño.

4. Porque así me levanto mejor: confieso que tengo un mal despertar, y no soy persona si no tomo una taza de café bien cargado. Pero cuando abro los ojos y le veo dormir junto a mí, o directamente me despierta mirándome con los ojos como platos y su sonrisa traviesa, el mal humor se esfuma como nieve al sol.

5. Porque no sigo las modas: periódicamente, algún comité de expertos se dedica a explicarnos cómo deberíamos educar a nuestros hijos, y estas opiniones se difunden a la velocidad del rayo, ya sea a través de la televisión, de los periódicos o de las webs de pañales. Si escucho a estos expertos es bastante probable que, dentro de unos años, se reúna otro comité y decida que lo he hecho todo fatal y tenía que haber actuado de otro modo, con lo cual es posible que me arrepienta de haber seguido unos consejos que no acababan de convencerme; en cambio, si escucho a mi corazón, no hay comité que valga.

6. Porque me hace sentir importante: cuando mi hijo tenía una pesadilla y se despertaba asustado, le volvía a dormir abrazándole mientras le daba besitos en la cabeza. Mi hija a veces se desvela y al verme a su lado se me acurruca, mama un poco y se vuelve a dormir. Me encanta pensar que mi sola presencia consigue tranquilizar a mis hijos de esa manera.

7. Porque es bueno para los viajes: desde siempre, mis hijos no relacionan el dormir con la cama, sino con nosotros. Las veces que nos hemos ido de viaje apenas han notado el cambio de ambiente.

8. Porque soy una vaga: suelo comprobar, de forma casi compulsiva, que duermen bien. El colecho me permite hacerlo sin necesidad de ir de una habitación a otra.

9. Porque nos hace felices a todos: como ya he dicho, dormimos todos mejor. Así somos más felices los cuatro; y ya puestos, también hacemos felices a los criticones y a los detractores de siempre, dándoles una razón más para ponernos a caldo.

10. Porque siento que es lo correcto: lo siento, lo percibo, lo intuyo. Es un impulso innato, inexplicable y visceral. En realidad no necesito explicaciones para colechar, las necesitaría para dejar de hacerlo.




viernes, 22 de julio de 2011

Malos hábitos

En cuanto oigo hablar de malos hábitos a la hora de dormir, me viene a la cabeza mi abuela materna, que después de cenar se preparaba una cafetera triple porque decía que el café la ayudaba a conciliar el sueño. Curiosamente, yo también heredé esta costumbre y en mis años mozos podía tomarme una taza de café a las tantas de la noche y después dormía como un tronco. Supongo que si intentara hacerlo ahora, me pondría como una moto (me pongo nerviosa solo de pensarlo).
Pero objetivamente, tomar café antes de ir a la cama es un mal hábito.
Sin embargo, los que hablan de malos hábitos no suelen referirse a mi abuela, sino a mis hijos, los dos, que necesitan dormirse acompañados.
En realidad, sospecho que mi hijo mayor no lo necesita, porque cuando fue de excursión con el colegio durmió fuera de casa sin ningún problema y regresó más feliz que una perdiz. Pero creo que le gusta, le resulta agradable que papá le lea un cuento, que yo le cuente dos más y después le abrace y le duerma con mimos. A mí también me gusta, y admito que echaré de menos esta costumbre cuando él ya no quiera mantenerla, así que cabe preguntarse quién de los dos tiene malos hábitos.
Mi hija también no puede dormir si no es conmigo, o mejor dicho con mi teta. Me dicen que está malacostumbrada, y que debería sustituir la teta por un chupete o un biberón de cereales. Teniendo en cuenta que mi hija es más lista y no se dejaría engañar tan fácilmente, admito que también me resulta agradable dormirla a ella.
Para mí, no existe nada más relajante que observar a mis hijos dormidos y escuchar su respiración pausada, lo que significa que he elegido conscientemente malcriarlos, con nocturnidad y alevosía (nunca mejor dicho).
Door in the sky de Danilo Rizzuti
www.freedigitalphotos.net
Mis padres me sacaron de su habitación cuando tenía 6 semanas, porque el Dr. Spock así lo recomendaba; cuando yo fui madre, me propuse al principio un plazo más largo, digamos 3 meses. Pero luego llegaron los 3 meses y seguía viendo a mi bebé tan chiquitín e indefenso que me remordía la conciencia dejarle solo en una habitación a oscuras; además, tener que levantarme una y otra vez para atenderle me cansaba solo de pensarlo, con lo cual decidí alargar un poco el plazo. El sueño del bebé evoluciona, pero en realidad la que más ha evolucionado he sido yo: con el tiempo, dormir a mi hijo dejó de ser un deber, casi una obligación, para convertirse en un maravilloso momento de complicidad que nos une.
Así que todas las noches, cuando papá termina su cuento, nos vamos a su cama los tres, nos apretujamos (él cerca de la pared, yo en medio y la niña mamando) y empezamos el ritual. Me pide cuentos, ahora que se ha hecho mayor los quiere de piratas, caballeros y dragones, aunque a veces también le gustan las historias de ranitas traviesas que cruzan el río o de conejitos que forman una cooperativa para cultivar zanahorias. Algunas veces me interrumpe para sugerir alternativas; otras, lo hace porque en su cabecita se arremolinan docenas de preguntas que necesitan salir: ¿qué es el gas? ¿por qué no podemos tener un pony? ¿por qué las personas cuando mueren suben al cielo y las hojas se caen del árbol? ¿por qué los bebés no saben hablar?

Poco a poco, los ojitos se le empiezan a cerrar. Dejamos de hablar y se acurruca contra mí mientras le hago mimos hasta que le vence el sueño.
Es nuestro momento. Es cuando más consciente soy del grandísimo amor que siento hacia él, la admiración y sorpresa que me producen sus progresos, las preguntas que hace, sus observaciones, a veces tan ingenuas y al mismo tiempo impregnadas de una sabiduría que yo no poseo, o quizás he olvidado hace tiempo. En esos momentos es cuando me doy cuenta de que todo ha merecido la pena, despertarme en medio de la noche para estar a su lado si me necesitaba, los litros de café que tomé en el trabajo para mantenerme despierta, las vueltas por el pasillo con él en brazos a pesar del dolor de espalda, la preocupación por los dientes que no le dejaban dormir, las canciones que he vuelto a cantar cuando casi había olvidado la letra y la melodía, el sentimiento de inutilidad cuando seguía llorando y no era capaz de adivinar lo que tenía que hacer para calmarle, el estrés, el cansancio, las ojeras.
Ha merecido la pena no escuchar a los que me decían que el método Estivill es mano de santo, que no pasa nada porque llore un poco, que cogiéndole en brazos ya no dormiría de otro modo. Porque si hubiera hecho caso, ahora no disfrutaría de su compañía todas las noches.




Con mi niña, vuelvo a buscar las huellas que dejé en el camino. Por ahora, no necesita cuentos, solo mimos y teta, pero es probable que con el tiempo el ritual se vuelva más elaborado. Cuando le llegue el momento, imagino que me pedirá sus propios cuentos e inventaremos nuestras propias tradiciones. Pero con ella lo tengo más claro, soy consciente de que quiero que tengamos estos malos hábitos, ya no hay dudas ni reivindicación alguna, solo una serena aceptación de lo que es natural, del instinto que ata mi corazón a mis entrañas.
No me engaño, sé que esto también es pasajero, algún día mis niños serán adolescentes y después adultos que querrán dormir solos en su cama, sin cuentos, sin canciones, sin charlas y sin mimos de mamá. Cuando llegue ese día, luciré mi mejor sonrisa, les diré que me alegro mucho y les felicitaré por ser tan mayores, mientras un trocito de mi corazón se encogerá de pena al ver que mis niños se alejan.
Respetaré su independencia, me levantaré una docena de veces por noche para ir a verles y comprobar si respiran bien, si están tapados, si no tienen pesadillas, si no se han levantado. Pero lo haré sin que se den cuenta, para que no digan que mamá es una pesada que no les deja en paz. Y sentiré esa indefinible mezcla de orgullo por la etapa que sobreviene y tristeza por la que se esfuma.


miércoles, 22 de junio de 2011

Buenas noches

Mis padres no me leían cuentos antes de ir a dormir, ni me acompañaban para ayudarme a conciliar el sueño: tenía que aprender a dormirme sola, se suponía que era bueno para mi independencia, así que les daba un beso de buenas noches y me iba a la cama. Nunca me detuve a pensar si me hubiera gustado tener alguna rutina de buenas noches, y como no podía echar de menos algo que nunca había experimentado, lo asumí con naturalidad.
Aurora borealis, de nixxphotography
http://www.freedigitalphotos.net
Sin embargo, nunca he sido capaz de quedarme dormida sin más, así que me inventaba cuentos para dormir. Cuando veía sombras moviéndose en la oscuridad, o escuchaba ruidos que me aterraban, trataba de reconducirlos a algo conocido y por tanto tranquilizador. Cuando no me acechaba ningún peligro imaginario, me imaginaba historias rocambolescas, situaciones estrambóticas en las que yo era la protagonista y la heroína de turno. Quizás fuera mi forma de procesar los acontecimientos del día, de reparar de algún modo las pequeñas y grandes injusticias que a veces me tocaba sufrir.
Mantuve esa costumbre durante muchos años, era mi manera de contar ovejas. Conseguí dejarla de lado cuando la cambié por una sesión de mimos con mi marido, porque me resultó más agradable quedarme en silencio abrazándole y notando como se me cerraban los ojos al entrar lentamente en estado de somnolencia. El amor es el mejor narcótico que existe.
Ahora que soy madre, duermo a mis hijos todas las noches. Hubo un tiempo en que lo hacía porque necesitaban sentirse acompañados; pero hace mucho que ese tiempo ha quedado atrás, ahora lo hago simplemente porque todos lo disfrutamos. Suelo dormir a ambos a la vez, la pequeña se me duerme en la teta, y al mayor le cuento historias, las mismas historias raras que antaño inventaba para mí misma, pero adaptadas a la fantasía de un niño de cinco años. Imaginamos cuentos sobre ruidos cuando oímos alguno, convertimos los acontecimientos del día en un relato de aventuras, inventamos historias de fantasmas ridículos que no espantan a nadie para ahuyentar los miedos y llenamos la habitación de seres fantásticos que los demás nunca podrán ver.
Soy incapaz de leerle un libro por la noche, me es incómodo leer con un bebé mamando, pero sobre todo, mi imaginación no se deja someter por el yugo de las palabras escritas, así que esa parte se la dejo a papá, que imita las voces mucho mejor que yo y sabe hacer comentarios graciosos que a mí no se me ocurren.
Lo mío es el reino de la fantasía, ir fabulando sobre la marcha, inventarme cuentos que se puedan medir (los cortos solo llegan hasta el garaje, los más largos llegan hasta China).
Después, cuando se duermen, permanezco inmóvil durante unos minutos, saboreando ese momento tan especial, escuchando sus respiraciones pausadas mientras les abrazo. Los caballeros, magos, piratas, dragones, exploradores y animales que hemos conjurado se difuminan y se escabullen para esconderse en el saco de los cuentos, y solo queda una oscuridad cálida y envolvente.
Para contar un cuento, solo hay que poner palabras a los sueños.