miércoles, 21 de marzo de 2012

¡Mujer!

Después de haber engatusado, quiero decir convencido, a Mon a contestar a las 32 preguntas sobre si misma, me siento moralmente obligada a recoger el guantelete que me lanza en señal de reto y a contestar a las suyas...

Qué buscas? Amar y ser amada.
¿Qué sientes? Ahora mismo, un torbellino de sentimientos. Lo explicaré con detalle en cuanto consiga ponerlos un poco en orden.
¿Quién eres? Una soñadora empedernida.
¿Qué sueñas? Con hacer de mi pequeño mundo un lugar que merezca la pena vivir.
¿Hacia dónde miras? En todas direcciones: hacia atrás para recordar de dónde vengo, hacia adelante para saber adónde voy, a los lados para disfrutar del paisaje.
¿Qué deseas? Ser recordada con cariño.

sábado, 17 de marzo de 2012

3x32

Me llega de la mano de Marián, de De repente mami, esta tentadora invitación a desnudarme virtualmente. Se trata de ir contando cosas sobre mí, de 3 en 3, y si bien no estoy muy segura del interés que podáis tener en conocerme mejor, admito que me divierte mucho la idea de desvariar un poco. Así que vamos allá:

3 cosas que más te gustan de tu físico y por qué
Mis ojos: tienen un color un tanto extraño, una mezcla de azul, gris y verde, y aunque parezca mentira cambian ligeramente con el tiempo o con mi estado de ánimo. Si brilla el sol son azules, si llueve se tornan grises y si mi estado de ánimo es muy extremo (porque me siento increíblemente feliz, terriblemente enfadada o lo que sea) se vuelven verdes.
Mi pelo: curiosamente, de pequeña me acomplejaba, yo soñaba con ser rubia como las modelos de las revistas y me tocó en suerte un castaño cobrizo. Desde la primera adolescencia estuve probando todo tipo de tintes, tonalidades y mechas para intentar parecerme a alguien que no era yo. Sin embargo, con el tiempo me he reconciliado con mi pelo: después de tantos años y de tantos cambios, sigue siendo parte de mí. Después de la insensatez que cometí hace unos años cuando me lo corté (la última vez, lo juro) para cambiar de imagen, ha vuelto a ser decididamente largo.
Mis uñas: prácticamente lo único que sigo cuidando, a pesar de la falta de tiempo. Empecé a pintármelas cuando tenía unos 8-9 años, recuerdo que mi madre me hizo prometer que no me las pintarías de rojo. He cumplido mi promesa porque hasta el día de hoy nunca he recurrido al rojo "clásico", que no me gusta. En cambio, mis uñas han pasado por todos los colores del arco iris y más.

3 cualidades de tu persona que más destacas
Soy tenaz: como buena Tauro, no suelo rendirme con facilidad. La única batalla que se pierde es la que se abandona.
Soy generosa: no me refiero a lo material (en ese aspecto, soy más bien todo lo contrario), sino a los sentimientos. Si consigo superar la desconfianza inicial, no escatimo y amo sin reservas (aunque, eso sí, a veces me cuesta dar forma a tantas toneladas de amor).
Sé pedir perdón: soy orgullosa, pero si hace falta soy capaz de tragarme el orgullo e intento rectificar.

3 deseos para este año que empezamos
Salud, a toneladas, para mí y para todos los que están cerca de mí (presencial y virtualmente).
Éxito para un proyecto que hemos emprendido, que verá la luz más adelante y del que no puedo hablar.
Amor, también a toneladas y para todos, porque es lo que mueve el mundo.

3 fechas importantes para vosotras
24 de febrero de 1996, cuando empecé a salir con mi marido
12 de marzo de 2006 y 20 de septiembre de 2010, fechas de nacimiento de mis hijos.

3 regalos que hayáis recibido en estas fechas
Un dibujo precioso que me ha hecho mi hijo, en el que se ha pintado a si mismo entregándome un ramo de flores.
Una vela roja para iluminar el ratito de sobremesa con mi marido por las noches.
Unos pasteles de frambuesa, que me encantan.

3 lugares en los que has estado y te gustaría volver a estar
Roma, porque he estado mil veces pero cada vez que vuelvo la redescubro de mil formas distintas
Indonesia, el país que juré visitar antes de morirme.
Punta Cana, donde disfrutamos de una auténtica luna de miel varios años antes de casarnos.

3 motivos por los que te gusta formar parte de la blogosfera
Porque soy un poco exhibicionista: me encanta hablar de lo que me importa y ver que hay gente que lo aprecia, lo comparte, lo comentan.
Porque aquí he hecho amigas con las que me siento más en sintonía que con algunas de las "de fuera".
Porque así pongo orden en mis pensamientos y mis sentimientos (o por lo menos, lo intento).

3 libros favoritos
El secreto de la Diosa: una novela, bastante verosímil, sobre el fin del matriarcado. Fuerte, intensa y a ratos cruel, pero inolvidable. Después de leer a Lorenzo Mediano he sido incapaz de encariñarme con los descafeinados personajes de Jean M. Auel.
El nombre de la Rosa: cada vez que la leo (y ya lo he hecho unas cuantas veces) descubro nuevos detalles que se me han pasado por alto. Uno de los autores que más admiro, y no porque sea de mi tierra.
Cien años de soledad: la leí en el instituto y me aburrió. Años después, me pareció magistral.

3 cosas que te gustaría hacer y todavía no has hecho
Escribirle una carta de amor a mi marido.
Adelgazar.
Hacerme un piercing: no es broma, la última vez que me corté el pelo me arrepentí tanto que me dije a mí misma que, si algún día volvía a sentir la necesidad de cambiar de imagen, optaría por la aguja en vez de la tijera. Estoy empezando a sentir esa necesidad... ¿Nariz, lengua o ceja?

3 sitios donde no has estado pero te gustaría visitar
Bora Bora: soy muy urbanita pero lo dejaría todo para vivir en una cabaña al lado de la playa (con mis seres queridos, por supuesto).
Nueva York: una ciudad llena de contrastes que no me quiero perder.
La India: país fascinante donde los haya, magia en estado puro.

3 de tus comidas favoritas
Bucatini all'amatriciana: puestos a pedir, los que preparan en Perilli.
Patatas, hechas de cualquier manera.
Nutella: por su trascendencia en mis recuerdos infantiles, porque como engorda mucho no la como casi nunca, por el regustillo a chocolate que deja en el paladar incluso horas después de haberla terminado.

3 olores que te gusten
El pelo de mis hijos, ya lo conté en esta entrada.
Café recién molido: huele a hogar.
Vainilla: dulce y al mismo tiempo sensual.

3 sueños (¿cumplidos?)
Ser fiel a mí misma.
Escribir un libro.
Ser feliz y hacer felices a los que me rodean.

3 personas
Mi madre, mi padre y mi marido: por enseñarme, acompañarme, protegerme y valorarme; por conocerme mejor de lo que me conozco a mí misma y no restregarlo nunca.

3 colores
Violeta: mi color favorito, desde siempre.
Negro: es considerado un color sombrío por ser el color de la oscuridad; pero la oscuridad también es magia y promesa. Además, es mi comodín por excelencia a la hora de elegir ropa: combina con todo y adelgaza un montón.
Blanco: en muchos países (en China y en la India, entre otros) es el color del luto y de la muerte. Será que no temo a la muerte, pero a mí me transmite tranquilidad.

3 nombres de chica
Miriam: según algunos, es una variante de María, según otros un nombre diferente. Sea como sea, es el nombre de mi hija, y significa "la elegida".
Noelani: es un nombre hawaiano que significa "nube del paraíso". En su día lo barajé, pero mi marido es más - digamos - clásico para los nombres, y además mis hijos decidieron cómo se llamarían cuando estaban en la barriga (algún día contaré esa historia por entero).
Gaia: es un nombre bastante popular en Italia, y viene a su vez de Gea, diosa de la Tierra en la mitología griega.

3 nombres de chico
Elías: es el nombre de mi hijo, el nombre de un profeta y el nombre del médico que me salvó la vida antes de que viniera al mundo.
Dylan: nombre celta que significa "hijo del mar".
Federico: cuando era niña, decidí que si algún día tenía un hijo le llamaría así. Fue mi nombre favorito durante muchos años.
Por cierto, no soy religiosa, soy más bien mística, pero me acabo de fijar en que casi todos los nombres que he elegido hacen algún tipo de referencia a la divinidad. Curioso.

3 estados de ánimo que sueles tener a menudo
Felicidad
Agradecimiento
Expectación

3 momentos de tu vida
Cuando me casé y cuando nacieron mis hijos

3 animales
Tigre: el signo al que pertenezco según el horóscopo chino. Desde siempre, me han gustado los felinos.
Gato: el equivalente casero del tigre.
Ave Fenix: por su capacidad de regeneración (creo que no se especifica que los animales no puedan ser imaginarios).

3 canciones
Me quedaré solo, de Amistades peligrosas, porque estaba sonando cuando ligué con mi marido (o él conmigo, no lo tengo muy claro).
Miracle of love, de Eurythmics, porque cuando estaba embarazada de mi hijo mayor pensaba en él como un milagro de amor.
Peinas el aire, de La Caja de Pandora, porque la oí por primera vez cuando esperaba a mi hija y la relaciono con ella desde entonces.

3 películas
Forrest Gump
El color púrpura
Las cenizas de Angela

3 sitios de la ciudad en la que vives
El parque al que voy con mis niños
La cafetería donde mi marido y yo nos pasábamos horas hablando del futuro
El monumento frente a mi primera casa

3 mentiras piadosas
Te veo mejor
No me pasa nada
No he oído el móvil

3 personajes públicos que te repateen
Eduard Estivill: por plagiar y propagar el maltrato psicológico y por la arrogancia con la que enarbola los supuestos estudios que defienden su aberración a la vez que desacredita e incluso desmiente los que la desaconsejan.
Ana Obregón: a mi juicio, posiblemente la peor actriz de series del panorama nacional. Además, me sorprende que semejante falta de talento vaya unida a manías de grandeza.
Princesa Letizia: quizás no le tendría tanta tirria si los medios de comunicación no se empeñaran en ensalzar constantemente su sencillez y cercanía. Me parece fría, calculadora y un tanto estirada.

3 cuentos infantiles
Pinocchio: pero el original, escrito por Collodi. Una historia de otros tiempos y aún así tan actual.
El libro de los colores: no es exactamente un cuento, pero se lleva la palma en cuanto a momentos de risa tonta. Sale una ilustración en la que se ha cambiado el orden de las cosas, y mi hijo y yo nos mondábamos hablando del sol en el suelo.
Geronimo Stilton en el reino de la fantasía.

3 cosas que te recuerdan a tu niñez
Los chicles Big Babol
El muñeco Cicciobello
Nadar con aletas

3 juegos de mesa
Mah Jongg: me refiero a la versión de mesa, no al videojuego de emparejar fichas que se ha hecho popular en internet. Jugué auténticos maratones con mis padres, soy bastante mala pero es un juego que me fascina.
La oca: el primer juego de mesa que aprendí.
Il trabocchetto.

3 personajes públicos que te gusten
Carlos González
Julia Roberts
Giobbe Covatta

3 personas (públicas o no) a las que admires
Mi marido, por ser como es y por haber aportado la parte que le faltaba a mi alma.
Rafi López, creadora de Dormir Sin Llorar, por todo lo que ha conseguido y por lo que va a conseguir, por su amistad y muchas cosas más.
Gandhi.

3 cosas que harías/comprarías si te tocara un premio muy gordo en la lotería
Un piso en la playa.
Un Volvo V60 para llegar hasta allí.
El resto del dinero, lo ahorraría para el futuro de mis niños.

3 puntos negativos de tu carácter
Soy impulsiva: tiendo a decir lo primero que me pasa por la cabeza y no siempre es lo más adecuado.
Analizo demasiado las cosas.
Me enfado con facilidad.

Y le paso el reto a...
Mon, de Entre mimos y juguetes.
Yasmin, de Aprendiendo de Adrián y Gael.
Pilar, de Maternidad Continuum.

viernes, 16 de marzo de 2012

Lágrimas de orgullo

Anoche, 22:30 aprox.
A mi niño se le acaba de caer su primer diente. Ha sido, como diría una amiga mía, un pedacito de justicia cósmica, dada la expectación que le producía este acontecimiento.
Llevaba meses revisándose los dientes con la esperanza de que se le moviera alguno, explicándome que a su amiga María ya se le habían caído tres y a él, que es el segundo mayor de la clase, todavía ninguno (me dijo textualmente que lo consideraba extremadamente injusto).
Finalmente, el viernes pasado cuando fui a recogerle al colegio, me anunció triunfante que unas horas antes se le había empezado a mover un diente.
Desde entonces, el estado de su pieza dental se ha convertido en el tema estrella en casa y en su clase, pues por lo visto las conversaciones de sus amigos giran en torno al mismo argumento: a este se le cayó un diente, a ese dos, el otro decía que se le movía uno pero era mentira y así sucesivamente.
Antes, mientras cenaba, el diente le sangró un poco y se asustó porque le dolía; al rato se le pasó y más tarde, mientras se cepillaba antes de ir a dormir, me informó con entusiasmo que se le acababa de caer. Lo primero que hicimos fue sacar la cámara para inmortalizar su nueva fisionomía; lo segundo, guardar el diente en la mesilla de noche debajo de un vaso esperando la inminente visita del Ratoncito Pérez.
Nos ha pedido, a su padre y a mí, que nos vayamos a la cama pronto y que no hagamos ruido, no vayamos a asustar al generoso roedor.
Así que aquí estoy, delante del ordenador, recordando con ternura su nueva sonrisa desdentada mientras derramo silenciosas lágrimas de orgullo. Su diente es el último eslabón de la cadena de cambios que me anuncian que mi niño poco a poco va haciéndose mayor.
Estoy orgullosa, pero a la vez me siento nostálgica: me ocurrió lo mismo cuando dejó el pañal, cuando empezó el colegio, cuando aprendió a caminar, en un sinfín de otras ocasiones. Sin embargo, esta vez el puntito de dolor que acompaña su evolución es un poco más punzante, quizás porque el cambio es físico, tangible.
Cada variación del estado anterior me recuerda lo breve que es la vida, lo rápido que pasa el tiempo. Echo la vista atrás y desearía poder retroceder en el tiempo para rectificar las veces que no he tenido suficiente paciencia, para tragarme los gritos que se me han escapado en ocasiones, para volver a jugar con menos prisas y más interés, para volver a disfrutar todos y cada uno de los momentos importantes.
Sin embargo, sé que no puedo volver atrás pero puedo seguir adelante, puedo (y quiero) seguir acompañándole en cada una de las etapas futuras, maravillarme ante los sucesos más cotidianos, saborear esa magia que impregna mi vida desde que la veo a través de sus ojos.

Esta mañana
Cuando me fui a dormir, estaba algo melancólica, no podía parar de reflexionar acerca de la infancia de mi hijo y de la mía propia.
De pequeña, la caída de mis propios dientes de leche nunca me hizo especial ilusión. En una foto tomada el día de mi quinto cumpleaños luzco un hueco en la encía inferior, pero por mucho que me esfuerce no consigo recordar si venía el Ratoncito Pérez, ni siquiera me acuerdo de lo que hacía con mis dientes en cuanto se caían, no parece haber sido un acontecimiento digno de mención. Y si lo ha sido, el tiempo ha borrado todos esos recuerdos.
Mi madre guardó todos mis dientes. Me los trajo mi padre hace no mucho, se puso a hacer limpieza en casa y se los encontró. Decidió entregármelos, porque al fin y al cabo eran algo mío, pero tras pensármelo un poco los tiré, porque ya tengo bastantes trastos acumulados como para añadir también un pañuelo con mis piezas dentales. Me desprendí de aquel recuerdo mío aunque agradecí el cariño con el que mi madre lo atesoró durante el resto de su vida.
Esta mañana no nos ha hecho falta el despertador, pues ha tocado diana antes de las 07:00 para comprobar si el Ratoncito Pérez se había llevado su diente. Se lo ha llevado, y le ha dejado unas moneditas a cambio, que esta tarde "invertiremos" en un gormiti junto con el resto de sus ahorros.
Su diente reposa ahora en una cajita en mi joyero, oculto en el estante más alto del armario. Joya entre las joyas, comparte protagonismo con la pulsera identificativa que le pusieron en el hospital nada más nacer, con el primer mechón de pelo que le corté, con todas las piedras miliares que guardo como oro en paño y que paulatinamente me acercan al fin de su infancia.

lunes, 20 de febrero de 2012

Mi ranita

Desde siempre, soy muy dada a inventar apodos cariñosos para todo el mundo, y como era de esperar, mis hijos tampoco se han librado de esta costumbre.
El primer apodo que le di a mi hijo mayor fue ranita: me vino a la cabeza un día cuando le vi dormir en esa postura típica de los recién nacidos, con los brazos levantados, las manos al lado de la cabeza y las piernas ligeramente flexionadas.
Luego inventé los cuentos de la ranita traviesa, que con el tiempo se convirtió en una especie de alter ego suyo, un personaje imaginario cuyas aventuras se parecían sospechosamente a las nuestras.
Además de ser el más antiguo, ha sido el apodo más longevo, pues ha perdurado en el tiempo hasta ahora... o quizás debería decir hasta hace unos días.
A finales de la semana pasada le dije a mi niño ven aquí, mi ranita traviesa, y me contestó muy serio: mamá, no me gusta que me llames ranita, no soy una rana, soy una persona como tú. Desde entonces, no he vuelto a utilizar el apodo, que se quedará atrás, irremediable e irreversiblemente, como tantas otras etapas.
A veces miro a mi hijo y una punzada de nostalgia empaña el orgullo que siento al verle tan mayor.
Hasta hace un par de años era un niño muy tímido, pero con el tiempo se ha vuelto bastante extrovertido y sociable, no le cuesta nada hacer amigos y disfruta muchísimo de la compañía de otros niños. A menudo queda con sus primos, con amigos, con compañeros del colegio: van juntos al parque, al cine, a su casa, a la nuestra. Atrás han quedado los tiempos en los que los "expertos" de turno me vaticinaban las mayores desgracias, porque mi negativa a mandarle a la guardería para que "aprendiera a socializar" iba a convertirle en un inadaptado. Ahora tiene una vida social que más me gustaría a mí.
Recuerdo cuando, hasta hace no mucho, teníamos etapas en las que ni siquiera me dejaba ir al baño sola. Ahora ni siquiera me deja entrar en el baño si está él, porque es mayor y no necesita ayuda, y porque le empieza a dar vergüenza que le vea desnudo (a pesar de la naturalidad con la que he intentado tratar el tema desde siempre).
La caja con los tractores y demás réplicas de vehículos industriales con las que hemos pasado tardes enteras jugando ha quedado olvidada en el estante superior del armario: ahora nuestros juegos son cada vez más complejos, igual que la nave de Star Wars de Lego, que ha conseguido montar él solo. Cada vez juega solo con mayor frecuencia, algunas veces porque el ajetreo diario no me permite pasar con él tanto tiempo como me gustaría, otras porque él mismo me lo pide.
Ahora mi niño come solo, duerme solo, se viste solo, va al baño solo: lejos de convertirse en un crío inseguro y dependiente por culpa de la sobreprotección materna, mi hijo es ahora un chico maduro, responsable, asertivo, empático y altruista (lo dejo aquí, porque la lista de cualidades no tendría fin). Tiene sus propias ideas, que no siempre coinciden con las mías pero admirables por la pasión con las que las defiende, sus propios gustos, sus razonamientos, no siempre correctos desde mi punto de vista pero siempre sorprendentes.
Sigue siendo mi ranita, aunque ya no quiere que le llame así, y a veces, cuando le miro sigo utilizando el apodo para referirme a él, aunque ya no lo hago en voz alta. Me consuelo pensando que todavía me deja llamarle polluelo, un apodo muy adecuado para la primera personita que ha habitado mi cuerpo, y que ahora ha empezado a volar.


 

sábado, 28 de enero de 2012

Aprender


Cuando era pequeña, al igual que todos los hijos únicos, soñaba con tener más de un hijo.
Al hacerme mayor, fui añadiendo más detalles a mi fantasía infantil: tendría dos, niño y niña para más señas, preferentemente por ese orden. Decidí que los educaría como me educaron a mí, con una mezcla de cariño y disciplina, sería una madre moderna y autosuficiente, porque la maternidad no me impediría volver a trabajar en cuanto pudiera, y por supuesto mantendría mi identidad y mi vida de pareja, pues yo iba a ser una de esas madres liberadas que dejan a los niños con los abuelos para hacer una escapada con su marido de vez en cuando.
Como siempre, como en todo, la vida no ha sido como la soñaba, ha demostrado ser muchísimo mejor. A veces pienso que debería haber sido madre antes, pero aún así no me arrepiento. Me digo a mí misma que podría haber tenido hijos en otro momento, pero en ese caso no serían los mismos niños, y como no los cambio por nada, he llegado a la conclusión de que al fin y al cabo he elegido el momento perfecto para ser madre (o tal vez ellos han elegido el momento perfecto para venir al mundo).
Estaba escrito en el gran libro del destino que algún día sería madre, que en realidad había nacido para eso, y que todas las quimeras que perseguí hasta ese momento eran meros espejismos, espirales de humo de colores llamativos, incorpóreas e insustanciales, pero no lo supe hasta que llegó el momento.
La maternidad me descubrió mi sitio en el mundo. Es curioso, pero cuando pensamos en la relación de unos padres con sus hijos habitualmente damos por sentado que los padres son los que enseñan, los que trazan el camino, los que guían a los niños debido a su experiencia. Sin embargo, gracias a mis hijos he podido descubrir que si nos paramos a observar y a escucharnos a nosotras mismas, son los niños los que nos muestran el camino: un camino a menudo escondido, incluso negado, un camino que nos ha esperado pacientemente durante muchos años. Ellos son nuestros auténticos maestros, los que nos ayudan a descubrirnos y a conocernos mejor.
Cuando nació mi hijo mayor, dos meses después de la muerte de mi madre, me encontraba anímicamente muy mal. Su llegada fue un elixir, renací con él y juntos emprendimos el camino. Mi niño me ayudó a atravesar el dolor y a superarlo, me enseñó a amar sin reservas, a escuchar mi corazón, a comunicarme sin palabras, a gozar de las victorias y a fortalecerme con las derrotas. Borré de un plumazo todas mis ideas preconcebidas, dejé de mirar hacia fuera y empecé a mirar hacia dentro, a observarme a mí misma. Gracias a él, descubrí que tenía el poder de crear y moldear mi mundo, de captar la esencia de los sentimientos y de librarme (por fin) de los convencionalismos y de las apariencias. Él ha sido mi despertar.
Luego llegó mi niña: vino a conectarme incluso más con mi instinto. Con ella aprendí que creía saber pero me quedaba mucho por aprender. Había logrado escucharme a mí misma pero aprendí a escucharla también a ella. Me enseñó a luchar por un ideal, con ella descubrí que para llegar a la cima de la montaña lo que importa no es subir rápido sino disfrutar del ascenso. Con su llegada, el mundo que estaba creando se expandió y se inundó de ternura, de fuerza vital, de sueños cumplidos.
Cuando nació, me dije que mi familia estaba completa. Pero desde hace un tiempo, siento que todavía no estamos todos, que hay una chispa de luz entre las estrellas que todavía no ha bajado para llenarnos de felicidad. No sé decir por qué, es algo que se escapa a la lógica, es simplemente algo que siento, intuyo y percibo. Tres es el número perfecto, tres son las etapas vitales de cualquier mujer. Creo en el destino, en el azar y sé que todavía tengo que llenar un trocito más de mi corazón.
Mi marido tiene claro que no va a buscar más hijos, y yo, para ser sincera, no tengo ganas de tratar de convencerle de lo contrario, de hablar o de discutir. En cierto modo me he acomodado, sé que el tiempo se me echa encima porque no soy ninguna niña, y si no ocurre a corto o medio plazo ya no ocurrirá; de momento, prefiero disfrutar de la etapa tan serena, apacible, maravillosa y feliz que estamos atravesando. Sé que nosotros no lo buscaremos, pero un día él o ella nos buscará a nosotros. Lo sé por esa sabiduría que procede de la intuición: es un sexto sentido que permanece dormido durante largos períodos pero nunca me abandona del todo.


Cloud profile, de idea go
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Un día, una diminuta luz decidirá abandonar la infinidad del universo para instalarse dentro de mí, para ayudarme a descubrir el camino que todavía me queda por recorrer: porque gracias a mis hijos, he aprendido muchísimo, pero todavía me quedan unas cuantas lecciones.
Necesito aprender que la vida está llena de sorpresas, que el destino baraja las cartas pero nosotros las jugamos, necesito descubrir la auténtica magia del nacimiento, necesito parir en cuclillas en mi dormitorio alumbrada por la luz de las velas (y de la luna, si procede). Esta es una lección que también debe aprender mi marido, necesita librarse de sus miedos, comprender que el sufrimiento no es fin a si mismo, no es un dolor de muelas, es un dolor que enseña, transforma, purifica.
He aprendido a escucharme y a luchar, ahora tengo que aprender a dejarme llevar. Necesito recibir estas lecciones y todas las que me quiera enseñar, interiorizarlas y hacerlas mías, para poder cerrar el círculo y llegar a ser mejor mujer, mejor madre y mejor persona.
Estoy preparada, pero para lograrlo necesito que vengas. Sé que algún día lo harás, y cuando llegues, me sentiré completa, porque por fin estaremos todos.

miércoles, 18 de enero de 2012

Normas, costumbres, tratos y acuerdos


El otro día me tocó mantener, muy a mi pesar, el enésimo debate sobre las normas.
Todo empezó cuando mi interlocutor comenzó una conversación-monólogo acerca de un niño al que conozco: este niño tiene una serie de problemas que ahora no vienen a cuento, y que a mi modo de ver se deben a una situación familiar algo delicada. Sin embargo, mi interlocutor se empeñó en que el único problema del niño era su incapacidad de acatar las normas, puesto que su madre comete el gravísimo e imperdonable error de no obligarle a ello (aunque os parezca increíble, os juro que la madre en cuestión no soy yo).
No pude contenerme, y le hice saber que en mi opinión, la madre está en su perfecto derecho de hacer lo que le dé la gana en su propia casa, y que no tiene ninguna obligación de hacer caso a consejos o imposiciones de terceros; puesto que la diarrea verbal acerca de la necesidad de normas parecía no tener fin, traté de acortarla explicando que opino que las normas son buenísimas, siempre y cuando sean para todo el mundo, adultos y niños. En cambio, es posible que un niño se muestre reacio, por ejemplo, a recoger su habitación si ve que su padre se pasa el día tumbado en el sofá delante de la televisión: añadí que, a mi modo de ver, eso no suele ocurrir por culpa de la rebeldía del niño, sino de la incapacidad del padre de predicar con el ejemplo. Para rematar, dejé claro que en mi opinión, la disciplina estricta suele ser más apropiada para un cuartel militar que para una familia.
3d Chain Breaking de David Castillo Dominici
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Mi breve alegato tuvo que resultar sumamente ofensivo para mi interlocutor, que se apresuró a cambiar de tema. En cuanto a mí, llevo varios días dándole vueltas y a pesar de ello, sigo sin entender por qué tantos adultos (la práctica totalidad de los que conozco, a decir verdad) se obsesionan de esta manera con las dichosas normas.
Me gustaría decir que en mi casa no necesitamos nada de eso, pero sería mentir. Admito que una convivencia necesita ser mínimamente reglamentada para no convertirse en un caos; sin embargo, lo que no me entra en la cabeza es la obcecación con la que algunos pretenden cuadricular cada faceta de la vida de los niños.
Hablando de normas, en mi casa está prohibido insultar y pegar. Es, como decía antes, una norma que considero lógica y sensata y de aplicación universal para todos, tanto los que vivimos aquí como los que vienen de visita. También están prohibidas las actividades consideradas dañinas o peligrosas y unas cuantas cosas más, pero no muchas.
Por lo demás, tenemos costumbres, que vienen a ser una especie de normas flexibles. Son cosas que habitualmente hacemos porque las consideramos necesarias o beneficiosas, pero creemos que no se acabará el mundo si nos las saltamos en un momento puntual. Por ejemplo, a diario nos damos un baño o una ducha porque nos gusta estar limpios y no queremos que la gente nos haga el vacío por oler mal, pero si un día estamos demasiado cansados o se nos echa el tiempo encima conseguimos prescindir del aseo diario sin remordimientos. Los amigos de las normas argumentan que, si se le concede a un niño la posibilidad de saltarse el baño un día, querrá saltárselo siempre: no sé si será así con los niños de los demás, pero a los míos decididamente no les ha pasado nunca. Tenemos ciertas rutinas, no por gusto sino por cuestión de organización, pero suelen ser bastante flexibles.
Sobre todo, cuando los deseos de mi hijo chocan con los nuestros, hacemos tratos (a la peque todavía no le ha llegado la edad de negociar, pero todo se andará). Los amigos de las normas suelen horrorizarse cuando lo menciono, porque les parece un disparate permitir que los niños opinen e incluso decidan acerca de sus vidas. Lo llaman anarquía, yo lo llamo democracia, un sistema donde todo el mundo tiene derecho a dar su opinión y a ser escuchado. Para algunos, la democracia es un sistema donde gana quien tiene la mayoría: en otras palabras, si los padres quieren hacer algo y el niño no, el niño se fastidia, porque está en minoría.
Lo bueno de los tratos (por lo menos, de los que hacemos en casa) es que cada parte suele ceder un poco, no se obtiene todo lo que se pretendía pero tampoco se renuncia completamente a ello, y además me parece un ejercicio excelente para que mi niño aprenda a ser flexible, a empatizar con los demás y a cumplir su palabra. Si mi hijo quiere jugar a disfrazarse con mi ropa o la de su padre, le dejo siempre y cuando se comprometa a dejarlo todo como estaba cuando termine. Sabe que si no lo hace, no podrá volver a jugar: no porque le castigue, ni para que entienda quién manda, ni siquiera porque el trato vaya a ser sustituido por una norma rígida e inflexible, simplemente porque es mi ropa y yo dispongo de ella, al igual que cada uno es libre de administrar sus pertenencias como mejor le plazca. Es una lección que ha aprendido hace mucho, más o menos cuando tenía unos dos años y yo no le obligaba a compartir sus juguetes aunque tuviera que enfrentarme a las miradas asesinas y a los sermones de amigos y familiares. Como decía antes, creo que las normas son buenas cuando son para todo el mundo.
He llegado a la conclusión de que establecer un complicado entramado de normas de obligado cumplimiento es elegir el camino fácil: solo hay que dar órdenes y esperar que los demás las cumplan. Lo difícil es replantearnos nuestra actitud cuando es necesario, descubrir que hemos sido injustos aunque pretendiéramos ser ecuánimes, pedir perdón porque al no tener un esquema fijo es más fácil cometer un error.
Lo más gratificante de todo es darnos cuenta de que no estamos criando tiranos, como los consejeros profesionales predijeron en su día (se equivocaron, para variar), sino pequeños librepensadores con sus ideas y sus maravillosos razonamientos, no siempre aceptables pero sin duda admirables y sorprendentes por su lucidez y complejidad, personitas que analizan, negocian y sobre todo empatizan con nuestras propias necesidades, porque como se suele decir, de tal palo tal astilla.
Hay que tener ganas de amargarse la vida con las normas, con lo bonito que es llegar a un acuerdo.

martes, 10 de enero de 2012

El centro del mundo

Hoy he leído, en un foro del que soy asidua, el mensaje de una mamá temerosa de estar malcriando a su bebé: por lo visto, la maestra considera que el niño es un déspota, porque necesita ser cogido en brazos, y que se le debería hacer esperar "por su bien", porque no se puede tener todo en la vida y el niño tiene que aprender que no es el centro del mundo.
No sé si me choca más el hecho de que esta señora (que para más inri trabaja con niños) considere merecedor de semejante calificativo a un bebé que apenas levanta un palmo del suelo, o que este tipo de teorías sean tan extendidas y tengan tantos seguidores.
Si pienso en un déspota, me viene a la mente un jefe que tuve hará cosa de quince años: una persona maleducada, arrogante, desagradable y falta de empatía; no sé como le educaron, pero me inclino a pensar que ese señor arrastra una serie de carencias, y que difícilmente se las han causado por cogerle mucho en brazos.
Mucha gente opina que hay que acostumbrar a los niños a tolerar la frustración para que entiendan que en la vida no todo viene regalado. Personalmente, no creo que llevarnos palos antes de tiempo o con mayor frecuencia nos ayude a recibirlos con una sonrisa en el futuro. Si no, que se lo digan a la gente que juega a la lotería todas las semanas y sigue llevándose un disgusto al ver que no le ha tocado.
Sé que no se puede tener todo en la vida, lo aprendí a temprana edad, porque más o menos era lo que me venían a decir mis padres cada vez que yo protestaba porque había acelgas para comer. Pero lo habría aprendido de todos modos el día que mis compañeros de clase no quisieron incluirme en sus juegos, cuando mi padre estuvo más de un mes fuera de casa por motivos de trabajo pese a que le suplicara para que se quedara conmigo, cuando el chico que me gustaba no me hizo caso, cuando acontecía una muerte en familia (muchas, por desgracia).
Dicho esto, quiero aclarar que las acelgas han sido una valiosa lección. Gracias a ellas, aprendí que los adultos mienten, porque cuando me decían si no te comes las acelgas, no hay nada más no era cierto, porque teníamos la nevera repleta; que existe una doble vara de medir según se trate de niños o de adultos, porque a mi madre no le gustaba el cordero y nunca comíamos cordero, y yo odiaba las acelgas y aún así me obligaban a comerlas de vez en cuando.
En mi casa no entran acelgas, que no he vuelto a comer desde entonces, ni alcachofas, porque no le gustan a mi marido. He aprendido la lección, aunque dudo que sea lo que pretendieron enseñarme en primer lugar. Las imposiciones y las amenazas no suelen dar resultados; las lecciones que mejor se aprenden son las que nos enseñan con amor.
También he conseguido aprender que no soy el centro del mundo. Si muriera ahora mismo, las estaciones seguirían sucediéndose, la gente se levantaría por la mañana y se acostaría por la noche ignorante de mi desgracia. Tan solo soy una diminuta pincelada en el gigantesco lienzo de la creación divina, tan insignificante que nadie notaría su ausencia.
Se suele decir que nadie es imprescindible, y al igual que yo, mis hijos tampoco son el centro del mundo. Sin embargo, son el centro de mi mundo, del mundo que su padre y yo hemos empezado a construir el día que nos miramos a los ojos y nos dijimos que lo nuestro era algo por lo que merecía la pena luchar.
No puedo cambiar el mundo, pero puedo cambiar el mío, puedo darle la forma que yo quiera, puedo convertirlo en un lugar cálido y acogedor donde refugiarse o en un campo de batalla donde se aprende a tolerar la frustración a marchas forzadas. Por mi parte lo tengo claro, y si por desgracia habrá momentos en los que mis hijos sufrirán sin que yo pueda hacer nada para evitarlo, por lo menos podré estar a su lado tratando de aliviar el dolor que todo sufrimiento conlleva. Y sobre todo, haré lo que está en mis manos, evitarles sufrimientos innecesarios "por su bien", para que aprendan, para que se acostumbren o para engordar mi ego de adulto.
Como se dice en mi tierra, y no lo traduzco porque perdería la magia, per tutto il mondo non sarai nessuno, ma per qualcuno puoi essere tutto il mondo.